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domingo, 29 de noviembre de 2009

Barcelona sin Onofre

A este parque se llamó y aún se sigue llamando "el parque de la Ciudadela". En 1887, cuando Onofre Bouvila puso los pies en él, se estaba levantando allí lo que había de ser el recinto de la Exposición Universal. Eso ocurrió a principios o a mediados de mayo de ese año. Para entonces las obras estaban muy avanzadas. El contingente de obreros empleado en ella había alcanzado su máxima dotación, es decir, cuatro mil quinientos hombres. Este número era exorbitante, no tenía precedente en la época. A él hay que agregar otro número indeterminado pero igualmente grande de mulas y borricos. También funcionaban allí entonces grúas, máquinas de vapor, ingenios y carromatos. El polvo lo cubría todo, el ruido era ensordecedor y la confusión, absoluta.

Después de ciento veintidós años, el parque de la Ciudadela es un recinto pacífico por donde transitan algunos paseantes, respirando el aire fresco de la tarde del otoño. El nombre lo debe a una fortaleza que mandó construir Felipe V en 1714, después de vencer a los catalanes, que no le aceptaban como sucesor del último Austria, Carlos II, que murió sin descendencia. La ciudadela fue derribada en 1868, cuando se destronó a la reina Isabel, y fueron cedidos sus terrenos al municipio.

De la Exposición Universal de 1888 quedan algunos pabellones, una gran cascada, en cuyo diseño participó Gaudí, y un pintoresco Arco de Triunfo, que fue la entrada al recinto. Dentro del parque se encuentra el Parlament de Catalunya, que ocupa un antiguo arsenal desde la época de la Republica.

De Onofre Bouvila no queda rastro en la Ciudadela, a donde él iba a repartir pasquines anarquistas y a vender crecepelo, ni en las avenidas de esta ciudad moderna y vistosa. Cuando él llegó a Barcelona, el Ensanche estaba levantándose sobre campos en los que hasta hacía pocos lustros pastaba el ganado y crecía silvestre la vegetación. En las calles estrechas de la población ya no cabían sus pobladores, muchos de ellos recién llegados en busca de trabajo y de un futuro sin las miserias de los pueblos del interior.

La ciudad crecía y prosperaba sin quitar los ojos del mar, sin dejar de oler la humedad de aquel Mediterráneo que le daba vida. Así lo cuenta Eduardo Mendoza en "La ciudad de los prodigios", (Seix Barral, 1986).

Aunque a finales del siglo XIX ya era un lugar común decir que Barcelona vivía "de espaldas al mar", la realidad cotidiana no corroboraba esta afirmación. Barcelona había sido siempre y era entonces aún una ciudad portuaria: había vivido del mar y para el mar; se alimentaba del mar y entregaba al mar el fruto de sus esfuerzos; las calles de Barcelona llevaban los pasos del caminante al mar y por el mar se comunicaba con el resto del mundo; del mar provenían el aire y el clima, el aroma no siempre placentero y la humedad y la sal que corroían los muros; el ruido del mar arrullaba las siestas de los barceloneses, las sirenas de los barcos marcaban el paso del tiempo y el graznido de las gaviotas, triste y avinagrado, advertía que la dulzura de la solisombra que proyectaban los árboles en las avenidas era sólo una ilusión; el mar poblaba los callejones de personajes torcidos de idioma extranjero, andar incierto y pasado oscuro, propensos a tirar de navaja, pistola y cachiporra; el mar encubría a los que hurtaban el cuerpo a la justicia, a los que huían por mar dejando a sus espaldas gritos desgarradores en la noche y crímenes impunes; el color de las casas y las plazas de Barcelona era el color blanco y cegador del mar en los días claros o el color gris y opaco de los días de borrasca. Todo esto por fuerza había de atraer a Onofre Bouvila, que era hombre de tierra adentro.

Conocer el pasado de una ciudad a través de la literatura te ayuda a apreciar lo que ves cuando estás en ella: los edificios, los monumentos, las vías, los mercados. En los contrastes y las diferencias se pueden encontrar pistas certeras sobre su evolución y sobre la esencia de sus gentes. En el pasado de una ciudad están la mayoría de las claves de su situación actual.

Por eso, en cuanto regresé de Barcelona busqué el libro y volví a leerlo, con la ventaja de tener recientes en la memoria los nombres de los lugares por los que se mueve el personaje de Eduardo Mendoza. Bouvila corretea por una urbe en expansión, especula con los solares en los que se proyectan los nuevos barrios, se involucra en tramas mafiosas y en conspiraciones políticas, se enriquece, se labra una fama que combina el temor con el respeto y consigue sobrevivir, viejo y audaz, hasta la siguiente Exposición Universal de Barcelona, celebrada en 1929 en Montjuitch.

Un buen libro este de Mendoza para indagar en la historia de esta magnífica ciudad.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Tranvías de Praga

En Praga suenan los carrillones, las voces templadas de los guías y los chascarrillos de los turistas, las ruedas de los tranvías que corren por las calles con un estrépito metálico que llega a hacerse imprescindible para el viajero que pretende conocer todos los rincones interesantes de esta ciudad con fama de hermosa y acogedora.


Hay tranvías de colores llamativos, tranvías disfrazados de anuncios rodantes, tranvías avejentados, tranvías supersónicos. Trepan por el adoquinado de las calles altas y descienden a velocidad vertiginosa, hacia la ribera del río Moldava, algunos de cuyos puentes cruzan con arrogancia, transportando nativos y forasteros que buscan jardines por los que pasear y montañas a las que trepar para contemplar desde arriba los tejados y las torres afiladas de la ciudad.



La experiencia de montar en el tranvía es tan intensa como el sabor de la cerveza que sirven en los bares de Praga, en vasos altos y fríos, a un precio que te anima a pedir otra, a riesgo de ir dando trompicones hasta tu próximo destino.



El uso de las máquinas digitales conlleva un gran riesgo: nos traemos de vuelta a casa un montonazo de fotografías pues, sabiendo que no necesitaremos ir a la tienda para pasarlas al papel, retratamos todo lo que se nos antoja singular, aunque su interés no sea excesivo. Ya tiraremos lo que no vale o no nos gusta. Lo difícil luego es poner fecha y localización a cada imagen, tarea que todavía no he cumplido con las de Praga.


Y una última cosa: ¿qué recomendaríais de Barcelona los que la conocéis bien? Yo la conozco poco, quiero verlo todo, casi todo. Y apreciaré consejos, trucos y opiniones. Gracias por anticipado

martes, 23 de junio de 2009

Broadway

Desde que éramos pequeños hemos escuchado el nombre de esa avenida con reverencia. Broadway. Hemos imaginado una calle llena de carteles, donde se exhiben los títulos de los espectáculos que, a veces, transformados en películas, han llenado n uestras salas de cine y las pantallas de nuestros televisores.

Broadway era en nuestra imaginación una avenida llena de música, el lugar mágico y vivificante donde se unen las voces de cientos de cantantes, los sonidos de miles de instrumentos, la cadencia de las melodías interminables que, cruzando el océano, llegan a nuestras ciudades, se insertan en nuestras historias personales y se hacen parte de nuestra memoria y nuestra rutina.

Y nuestra imaginación se convierte en realidad cuando llegamos a Broadway y sentimos en las pupilas el destello deslumbrante de las miles de bombillas que se encienden en las fachadas de la vía, en torno a los letreros que anuncian los espectáculos que están en cartel. Chicago, Billy Elliot, Hair, West side story. ¿Quedará algún ser humano sin haber visto todavía West side story?

Broadway es una vía que se salta las reglas toponímicas de Manhattan y su trazado cuadricular. Salvo los barrios del sur de la isla, los más antiguos, que se construyeron sin planificación regular cuando los inmigrantes europeos se instalaron en esta tierra de indios, el mapa de Manhattan está compuesto por una docena de avenidas, que corren de sur a norte, y unos centenares de calles, que van de este a oeste, todas ellas nombradas con números según su ordenación. (En algunos tramos, es cierto, algunas avenidas asumen otro nombre: la cuarta se llama Park Avenue, la sexta se llama de las Américas, la novena Columbus, la décima Amsterdam...)


Broadway, sin embargo, tiene un nombre distinto, quizás porque es una vía particular, con personalidad singular. A diferencia de las avenidas, Broadway sigue un itinerario oblicuo, que comienza en la punta sur de la isla, en Battery park, se entrecruza con nueve de las doce avenidas, y llega hasta la calle 215, donde se convierte en puente para cruzar el río y prolongarse en suelo del Bronx, uno de los distritos añadidos a Nueva York.

Caminando por Broadway, el turista atraviesa barrios y calles de sustancia, arquitectura y cometidos dispares, lo que le da una visión múltiple de la gran metrópolis. La compostura financiera de Wall street, el derroche comercial de Chinatown y de Soho, la severidad burocrática de la Sexta avenida con sus severos edificios de oficinas, el lujo y el poderío económico de la Quinta, el despliegue publicitario de Times Square, la luminosidad verde de Central Park, con el que linda en Columbus cicle, la sensibilidad artística de Lincoln Center, la concentración humana de las zonas residenciales de la Novena y la Décima, el saber y el talento de Columbia University...

Broadway es una especie de vena que recorre el corazón de Nueva York, dándole aire a sus barrios y multiplicando en ellos el afán de acoger y acaparar todas las razas, todas las lenguas, todas las culturas, todos los estilos de vida, que hacen esta ciudad tan grande y tan atractiva para los que llegamos de otro continente.


Foto 1. Times Square a las ocho de la tarde.

Foto 2. Así veía Broadway desde mi balcón en el piso 18.

jueves, 11 de junio de 2009

Un balcón en el piso 18

En Nueva York encontré un balcón al que asomarme. Un balcón que estaba en el piso décimo octavo de un edificio de 32 plantas, entre Broadway y la octava avenida. Desde el balcón veía edificios poderosos, altivos, estilizados: un panorama que ratificaba la visión de la ciudad como un compendio de desmesuras y osadías.

Este gigante de cristal y acero, que aparece junto a estas líneas, es uno de los más rascacielos más modernos de Nueva York. Se acabó de construir en 2006. Y es también la primera obra del arquitecto británico Norman Foster, en Manhattan.

La torre Hearst, que lleva ese nombre porque es la sede del grupo editorial Hearst (una de cuyas publicaciones es Cosmopolitan), está ubicada en la Octava Avenida, entre las calles 56 y 57. Sorprenden, cuando se ve por vez primera su silueta, sus fachadas compuestas por triángulos de cristal y ese aspecto de estar formado por cuerpos geométricos, apilados unos sobre otros, que le dan sus pisos retranqueados.

Pero más sorprende una vista de la torre desde su base, pues se levanta sobre un edificio de seis plantas, construido en 1928, que fue la primera sede de las empresas del magnate de la prensa, Randolph Hearst. Entonces ya se había planificado levantar un rascacielos, pero eran tiempos de depresión económica y el proyecto tuvo que esperar. Las plantas superiores de la torre han tardado casi ochenta años en florecer.


En Nueva York empezaron a alzarse los rascacielos (skycraper, los llaman en inglés) a principios del siglo XX. La ciudad estaba en auge y el terreno estaba limitado, puesto que Manhattan es una isla. Así que urbanistas, arquitectos y autoridades empezaron a pensar en plantar grandes construcciones en solares de dimensiones relativamente reducidas. Uno de los primeros edificios de este tipo fue el Flatiron Building, en la confluencia de la quinta avenida con Broadway, que es de 1902. Otro de los veteranos es el Chrysler Building, que ya os mostré en una foto anterior.

El subsuelo de Manhattan está formado por una franja de roca que facilita el anclaje de los rascacielos. Esta franja no es perpendicular a la superficie, sino que asciende y desciende a lo largo de los 22 kilómetros que mide la isla de norte a sur. Los rebaños de rascacielos se asientan, precisamente, en las zonas donde la capa rocosa es más superficial. Entre las calles 42 y 59, al sur de Central Park, se encuentran algunas de las torres que yo veía desde el balcón.

Os enseño otros dos. El del tejado puntiagudo, de nombre One Worldwide Plaza, es una torre comercial de 50 pisos, construida en los años 80 y situada en la Octava avenida, entre las calles 49 y 50. Por las noches lo veía iluminarse con unas luces suaves que le daban un aire mágico, incitante. El edificio de la derecha también encendía al anochecer las luces del ático. Pero no me consta que tenga un nombre especial.

El balcón desde el que saqué las fotografías pertenecía al apartamento que alquilamos a través de internet. La agencia inmobiliaria se llevó un porcentaje (sustancioso) por las gestiones de poner en contacto a los clientes con la dueña, quien demostró su hospitalidad con detalles destinados a sus inquilinos temporales. Su precio, aunque elevado porque es muy caro el hospedaje en Nueva York, era equivalente al que hubiera costado una habitación (doble o sencilla) en uno de los hoteles de Manhattan.

viernes, 5 de junio de 2009

De comidas y bebidas

¿Quién ha dicho que en Nueva York se come mal? Sí, claro que habrá gente que coma mal, que engulla dosis excesivas de hidratos de carbono, de grasa, de azúcares. Pero el que no sigue una dieta sana, no tiene pretexto. Si come mal será por falta de voluntad, no porque escaseen en los supermercados de la ciudad alimentos ligeros, naturales y frescos. Ni sitios donde se combinan, se guisan y se aderezan con verdadera maestría.

Paseando por las calles de la urbe, el visitante va descubriendo una colección de restaurantes de rótulos diversos y cartas en las que se le ofrecen especialidades culinarias exportadas desde cualquier rincón del planeta. Cocina etiope y mexicana, vietnamita y cubana, tailandesa, japonesa, coreana, italiana... De todo hay en esta ciudad de aluvión donde se cruzan culturas, lenguajes y pieles de los cinco continentes. Casi diría que lo menos habitual son los lugares donde se expenden las famosas hamburguesas que para nosotros simbolizan el estilo típico de alimentación americana.


En la zona de Wall Street, en las calles donde se acumulan oficinas y locales comerciales, proliferan los locales de comida rápida. Pero, ¡alto!, que eso tampoco ha de identificarse con las ya mencionadas hamburguesas. No. En estos establecimientos hay varios mostradores, dedicados cada uno de ellos a un tipo de comida. El de los alimentos cocinados, listos para servirse en el plato, es, posiblemente, el más apeticible. Hay arroz con verduras, pollo con hortalizas, albóndigas, judías, espaguetis con nata, pizzas troceadas, carne en salsa, pollo asado, quesadillas, emparedados, bollos… Y también hay lechugas (lechugas verdes y rojas, escarolas, rúcula), tomates, cebolla partida, aceitunas, sandía, melón, uvas, maiz… Se puede uno montar una estupenda ensalada que aporte las energías suficientes para continuar paseando por la ciudad sin que una digestión pesada atente contra su verticalidad.

Los precios no están tirados, porque en Nueva York la alimentación es más cara que en España. Pero os aseguro que por 12 o 15 dólares se puede uno tomar un menú sustancioso y salir del establecimiento con la sensación de haber comido bien.

Otra alternativa es tomarse un tentempié en la calle, en un puesto callejero de los cientos que se hallan plantados en casi todas las esquinas y delante de las fachadas de museos e instituciones que atraen a los turistas. Uno compra un "perrito" y se sienta en un banco al aire libre o en las escaleras de un edificio centenario a zampárselo. Esta fórmula no sale cara, pero si se practica a diario puede que nuestro estómago proteste.

Si optamos por un restaurante convencional, el camarero nos sorprenderá con un hábito que aquí, en España, es inusual. En cuanto los comensales se acomodan a la mesa, el camarero coloca delante de cada uno un vaso de cristal y lo llena de agua cargada de hielo. Cada vez que el vaso se vacía, el camarero vuelve a llenarlo. Te preguntará si quieres una bebida, la cual te cobrará cara. Pero al que come con agua, este hábito le supone un ahorro en el presupuesto del viaje.


Otra sorpresa es que, si te han servido un plato abundante, puedes llevarte lo que te sobra a casa. Le dices al camarero take away, éste asiente sin fruncir el ceño y, a los pocos minutos, te coloca sobre la mesa una bolsa de plástico blanco con un envase de aluminio que contiene tus espaguetis a la carbonara o la mitad del “burrito” que no has podido comer. En estas tierras en que vivo se suele mirar mal o tachar de rácano a quien osa pedir las sobras de su menú en el restaurante, pero allí se considera lógico y sensato que tú te lleves en una bolsa lo que ya has pagado.

Además, el restaurante reduce sus residuos y los olores que desprende el cubo de basura hasta que pasa el camión a recogerla.


Foto 1. A media mañana en Little Italy, buscando un sitio para comer.

Foto 2. Puesto de comida delante del Metropolitan.
Foto 3. Desayunando en la Octava Avenida.

martes, 2 de junio de 2009

Manhattan

Desde el mirador del Empire State Building, en el piso 86 del edificio al que King Kong trepaba, aferrando con una de sus manazas a su amada, a la que prestó sus rasgos en 1933 la actriz Fray Way, el visitante no se siente un gorila sino, acaso, un pájaro sin plumas. La perspectiva de Manhattan es tan impresionante que hay que asomarse a los cuatro costados de la terraza para hacerse una idea aproximada de las proporciones de la ciudad, de sus contornos fluviales y de la densidad del tráfico y del gentío de sus calles.


Desde aquí arriba se aprecia con exactitud la trama cuadriculada del callejero de Manhattan, que sólo se quiebra en los barrios del sur y en las esquinas donde Broadway se cruza con las avenidas.

Manhattan es el corazón de Nueva York, el más conocido de los cinco distritos que componen la gran urbe. Los distritos de Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island, fueron condados independientes del estado de Nueva York (cuya capital, por cierto, es Albany, aunque su población y su prestigio son inferiores a los de Nueva York) hasta 1898, año en que fueron anexionados al distrito de Manhattan, que llevaba ya el nombre de la ciudad.


Manhattan es una isla alargada (casi 22 kilómetros de sur a norte), situada en la desembocadura del río Hudson. Los primeros colonos que viajaron desde Europa hasta el continente americano, atravesando el océano Atlántico, se instalaron en el borde inferior de la isla. Los italianos y los ingleses, que atracaron en las riberas de Manhattan en el siglo XVI, siguieron pronto su ruta hacia el interior del continente. Los holandeses, que llegaron después, fueron quienes levantaron las primeras casas en la isla en 1621.

Cuentan las guías que los colonos compraron a los indios las tierras del extremo sur de Manhattan por unas cuantas monedas. Allí, en los solares en los que hoy se alzan los grandes edificios de Wall Street, surgió Nueva Amsterdan, una ciudadela donde convivían gentes de razas, religiones e idiomas diferentes. Pero la tolerancia y las buenas formas que regían la comunidad no impidieron que los europeos empuñaran sus armas contra los nativos cuando quisieron ampliar sus posesiones y cultivar los terrenos en los que habitaban los indios.

Los ingleses se apoderaron de Manhattan en 1664 y le dieron a la ciudad el nombre de Nueva York. La guerra por la Independencia de los Estados Unidos de América, (1775-1783), vació de ingleses la isla. El nuevo país convirtió a Nueva York en su capital entre 1784 y 1790.


Durante el siglo XIX la población neoyorkina aumentó notablemente con las sucesivas llegadas de inmigrantes: los 80.000 habitantes censados en 1800 pasaron a ser 700.000 en 1850 y se acercaban a los 3,5 millones en 1900. En el presente sobrepasan los ocho millones.

Esta expansión demográfica supuso la urbanización de toda la isla, tarea que se llevó a cabo aplicando un trazado callejero que se basa en la numeración de las avenidas, que cruzan la isla de sur a norte, y de las calles, que van de este a oeste. La rotulación numérica tiene la ventaja de que el forastero siempre sabe en qué punto del mapa se encuentra el lugar que busca y a cuánta distancia está del punto al que se dirige.


Vistas desde el mirador del Empire.
Foto 1. La cúpula, que se ilumina de noche, del Chrysler Building (1930). El edificio negro y esbelto que se alza a su derecha, es la Torre Tramp (2001), en cuyos pisos hay viviendas y oficinas.
Foto 2. Vista del Metropolitan
Life Tower (1909-1913), junto al Madison Square park.
Foto 3. El Rockefeller Center (1933), a cuyo último piso subimos una noche para contemplar el Empire. Como fondo, se aprecia la gran masa verde de Central Park.

domingo, 31 de mayo de 2009

Regreso a la ciudad superlativa



Cuando regresas a una ciudad que ya has visitado antes, tienes la posibilidad de reparar en detalles que te pasaron desapercibidos la primera vez, de captar sonidos, olores, formas, costumbres de los que, entonces, sólo percibiste retazos y perfiles que se te han quedado prendidos con alfileres en la memoria. Cuando emprendes la segunda visita, el destino te brinda la ocasión de saborear las esencias del lugar, de repetir experiencias agradables, de cerciorarte de las dimensiones de lo que te sorprendió cuando lo descubriste. De comprobar, además, las mudanzas del ambiente y del paisaje al haber transcurrido los meses y las estaciones.

Es lo que me ha ocurrido ahora, seis meses después de mi primer viaje a Nueva York, la ciudad superlativa. He regresado con una temperatura primaveral, un equipaje más ligero y unas ganas enormes de deambular por las calles que no he dejado de contemplar en fotos, en mapas, en historias desde mucho antes de la primera visita. Desde hace ahora un año exacto.


Nueva York es una ciudad donde la diversidad es la norma y lo excepcional no consta como tal. Para el turista, es difícil sentirse incómodo en la gran urbe. En cuanto sale a la calle, le resulta fácil integrarse en las muchedumbres que circulan por las avenidas (aunque los residentes caminan casi siempre con más prisas que el visitante), entenderse con los comerciantes que le ofrecen sus mercancías o sus servicios, con los camareros de los restaurantes y las tiendas de alimentación que se multiplican en los bajos de los majestuosos rascacielos.

Nueva York es una ciudad que admite con liberalidad a todo el que llega hasta ella, sea turista o estudiante, emigrante en busca de empleo, persona de negocios, artista, investigador, peregrino sin meta.

Esta vez, sin frío y con el día alargándose hasta cerca de las nueve, hemos vuelto a subir al Empire, a cruzar el puente de Brooklyn, a pasear por Central Park, a comer en Chinatown, a contemplar la zona cero… Os lo voy contando poco a poco desde aquí.

Foto 1: Domingo por la mañana en Times Square. La gente hace cola para comprar entradas de precio reducido para la sesión del día. En las gradas, algunos jóvenes se sientan a comtemplar el panorama publicitario.
Foto 2. Vista desde el Empire State Building a las 6 de la tarde. En el centro de la imagen, donde se cruzan Broadway y la Quinta avenida, está el edificio llamado Flatiron.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Valencia

A pesar de la crisis parece ser que muchos paisanos afortunados, los que han cogido "puente", se han metido en el coche y se han echado a la carretera. Los madrileños, como casi siempre, han tomado rumbo hacia Levante. Unos buscan el sol del Mediterráneo, otros se han ido a ver las fallas. Esta noche se informaba del éxodo automovilístico en los informativos de todas las cadenas de televisión.

Noticia estrella era también que Valencia está que arde. Arden las tracas y los petardos que estallan en todas las calles y explanadas. Arden los políticos que se reunen en el balcón del ayuntamiento para demostrar lo contentos que están y lo mucho que se apoyan entre ellos. Arden de rabia los pobres periodistas a los que no se permite la entrada en el consistorio para que no se acerquen a las autoridades y nos les pregunten chorradas sobre trajes y correas.


Yo me quedo con unas imágenes de Valencia que tomé hacetres semanas, cuando todavía no había tanto ruido, tanto bullicio y tanto politiqueo en exhibición. La de arriba es la calle que bordea la catedral. La de abajo es una perspectiva de la Ciudad de las Artes.

Y desde aquí doy las gracias a Vicent que fue el mejor guía que un visitante podría desear cuando se traslada a una ciudad que no es la suya.

domingo, 4 de enero de 2009

Del Soho a Chinatown

Los días de fiesta que nos brinda el final y el principio del año vienen bien para seguir ordenando fotos y colocando documentos en las carpetas del ordenador. Estos días ha aumentado el volumen de las que proceden de Nueva York y he escogido dos para hablaros de un par de barrios de la ciudad.

El primer barrio se llama Soho, que es una contracción de South of Houston. Fuimos a visitarlo sabiendo que era una zona de comercios y talleres instalados en grandes naves, que perdieron décadas atrás las funciones industriales para las que se construyeron.

Configurado a principios del siglo XIX como zona residencial, Soho se convirtió hacia 1860 en un barrio de asentamiento de fábricas y talleres que estuvieron funcionando cerca de cien años. En 1950, debido a las normas de modernización de la industria, los fabricantes buscaron nuevos asentamientos y el barrio estuvo a punto de ser derribado. Entonces acudieron a sus calles los artistas y artesanos, que aprovecharon sus amplios espacios para instalar talleres, galerías de exposiciones, salas de encuentro. Ellos pusieron de moda los lofts, que han sido después emulados en los países europeos.

Actualmente las plantas bajas de los edificios están ocupadas por comercios de diseño, cuyos escaparates respetan las estructuras arquitectónicas de las viejas fábricas del novecientos. Esta es una de esas tiendas del Soho.

La misma mañana que conocimos el Soho fuimos también a Chinatown, un lugar lleno de colorido, donde el día parecía más un domingo que un lunes. Estrechas tiendecitas se abrían a las aceras, con las paredes cubiertas de estantes donde se exhibían relojes, perfumes, bolsos y monederos... todo barato, muy barato. Me contaron que los productos realmente interesantes (falsos relojes que no pueden exponerse) se venden en las trastiendas de estos establecimientos o en sótanos a los que el posible comprador es invitado a entrar por alguno de los serviciales chinoamericanos que atienden el negocio.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Con Auster, en Brooklyn

Los personajes de Paul Auster, un escritor por el que siento especial interés, deambulan por las calles de Manhattan durante el día, hacen sus compras, se encuentran o se pierden, se paran a tomar café... Y luego regresan a Brooklyn atravesando el famoso puente que todos los turistas se empeñan en cruzar cuando visitan la ciudad.

Brooklyn, el distrito más poblado de los cinco que componen Nueva York, está situado en Long Island al sur de Queens. Su conexión con Manhattan, a través del puente construido en 1883, fomentó el asentamiento en sus barrios de muchos neoyorquinos, entre los que se contaban artistas e intelecutales de la talla de Auster.

Brooklyn se convierte se convierte en las novelas de Auster en un espacio mítico donde los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana cobran una transcendencia que merece ser transformada en literatura.

A Nueva York me llevé en la maleta un libro de 2003 que no había leído todavía: La noche del oráculo. El protagonista es un novelista de limitada relevancia que acaba de sobrevivir a una enfermedad que le ha tenido largo tiempo hospitalizado y le ha impedido cumplir con su profesión durante unos meses. Syd Orr sale una mañana de casa, se compra un cuaderno portugués de tapas azules en la papelería regentada por un chino servicial, y comienza a escribir una historia que adquiere para el lector tanta importancia como los sucesos que afectan al protagonista de la novela.

A Paul Auster le gusta insertar historias secundarias dentro de la historia principal, rizando el rizo cuando el personaje de la trama paralela se pone, a su vez, a leer un libro que también es inventado por el escritor. Pero esa multiplicación no supone un estorbo para la comprensión del argumento ni para la identificación del lector con el personaje principal.

Syd pasea por el Manhattan trepidante, de tráfico denso y ruido constante, por el que yo pasé hace pocos días. Quizás entra a comprar algo de comida para llevarse a casa a una de esas muchas tiendas de comestibles, como la que se ve en esta foto. Tiendas con aspecto de colmado, que permanecen abiertas hasta altas horas de la noche.

Esta Grocery está situada en la esquina de la calle 107 con la avenida de Manhattan.

Por cierto, el libro no me defraudó. Auster es un maestro.

domingo, 14 de diciembre de 2008

En el metro

Uno de los sitios donde mejor se puede apreciar la diversidad de razas y de tipos que conviven en Nueva York es un andén del metro. O un vagón de la red subterránea.

Al forastero le puede confundir un tanto el plano del metro, del Subway, cuando lo consulta por vez primera. Pero, a pesar de los tirabuzones que hacen las líneas que recorren el subsuelo de Manhattan y llegan hasta los otros distritos que configuran la ciudad, encontrará suficientes pistas y carteles para averiguar cuál es el itinerario que le conviene para ir a tal sitio y en qué estación ha de apearse.

El metro se estrenó en Nueva York en 1904. Las compañías privadas que explotaron las primeras líneas, lo cedieron en 1940 al gobierno municipal. En el presente lo integran 26 líneas y 468 estaciones. Su longitud supera los mil kilómetros. Cada día lo utilizan cerca de cinco millones de personas.


El metro funciona las veinticuatro horas del día y, según opinan quienes lo utilizan, es un servicio efectivo a pesar de que sus instalaciones están muy desgastadas y lucen bastante poco.

Los accesos son estrechos y suelen estar pegados a las paredes o embutidos en los bajos de los edificios del centro de la ciudad. Los túneles están ocupados por las vías de varias líneas, las cuales discurren en paralelo por algunos tramos. Así que mientras esperas tu tren en el andén, ves pasar los trenes de otras líneas al otro lado de las columnas que sustentan la bóveda.

Los trenes tienen un aspecto avejentado, frenan con brusquedad y hacen un ruido trepidante. Pero están limpios, bastante limpios. Como el resto de la ciudad.

Y aquí hago un paréntesis para manifestar mi agrado por la limpieza de Nueva York. Esta es una ciudad limpia, sin colillas ni papeles por el suelo, sin restos caninos, sin basuras desparramadas por las aceras. Desde el primer día me sorprendió la cantidad de gente con escobas que limpian las calles y los establecimientos comerciales. Si se te cae una servilleta en un bar, al instante aparece una persona con su escoba y lo recoge. ¿Es cuestión de educación o es temor a las multas que les ponen a quienes ensucian los espacios públicos? En cualquier caso, me gustaría que tomaran ejemplo los ciudadanos y las autoridades de Madrid. En serio.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Acción de Gracias

El día de Acción de Gracias, el Thanksgiving Day es la gran fiesta que celebran todos los estadounidenses con unanimidad, sin distinción de religiones o de creencias, de razas o de procedencia. La tradición data de 1621, cuando los primeros inmigrantes europeos, que habían viajado el año anterior hasta el continente norteamericano a bordo de un barco llamado Mayflower, decidieron organizar una fiesta para agradecer la recogida de sus primeras cosecha. En el festejo también participaron los nativos, los indios americanos que habían ayudado a los colonos a cultivar las tierras en las que se afincaron. Parece, pues, que la fiesta fue originada por un anhelo de paz, de prosperidad y de buena convivencia

El último jueves de noviembre, día 27 en 2008, las tiendas de Manhattan se cierran a mediodía y los neoyorquinos se reunen con sus familias para cenar el pavo. Algunos se han marchado a las localidades donde habitan sus parientes y otros se han desplazado a Nueva York (se ven los coches descargando niños, maletas y paquetes junto a los portales) para estar con sus allegados.

Es difícil ese día encontrar en el sur de Manhattan un sitio para comer algo a mediodía. El único establecimiento que los turistas encuentran abierto en las inmediaciones de Wall Street, es una pizzería donde nos sirven, un poco a regañadientes, unos trozos de pizza que engullimos sin dejar de observar a los dueños y a sus familiares que, con sus atavíos de gala, (que contrastan con la decoración deslucida del local), están juntando mesas y disponiendo las sillas que no ocupan los forasteros. Cuando estamos acabando la pizza, vemos que una mujer saca de la cocina el pavo, un enorme pavo, de color dorado que trincharán y degustarán en cuanto los forasteros se larguen del establecimiento.
Poco después, en una cafetería muy concurrida, los camareros latinos nos despachan unos cafés advirtiéndonos que van a cerrar en seguida. En el metro, los turistas atisban a una pareja de coreanos maduros que viajan hacia las calles altas de la ciudad portando un enorme recipiente de plástico donde tal vez vaya un pavo o, acaso, otra de las muchas viandas con que se acompaña el plato principal.

Unas horas antes hemos presenciado la cabalgata que organiza los almacenes Macy’s desde 1929. Por la séptima avenida han desfilado carrozas que arrastraban globos enormes, hinchados la víspera con helio, los cuales representaban a personajes infantiles, iconos nacionales, objetos diversos. (En la fotos se ve al Tío Sam). Las dimensiones de los globos eran más llamativas que su belleza o sus cualidades artesanales, pero las caras de los niños neoyorquinos, enrojecidas por el frío, se iluminaban cuando uno de esos monstruos aéreos se acercaba al punto en el que ellos esperaban junto a sus padres y abuelos.

Los turistas cenamos pavo en un restaurante de la calle 113, esquina a Broadway. Nos sirvieron los trozos de carne ya cortados, pero doy fe de que era pavo verdadero. O sea, que no era uno de esos pavos de plástico que usa Bush para hacerse fotos para los periódicos en el día señalado. Antes tomamos sopa de calabaza y de postre, tarta de pecán. Un menú delicioso. Como dice alguien que los conoce, ¿quién os ha contado que los estadounidenses no comen más que hamburguesas y patatas fritas?

martes, 9 de diciembre de 2008

Bordeando Manhattan

Manhattan es uno de los cinco distritos que componen la gran urbe neoyorquina. Los otros son Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island. Manhattan es una larga isla situada en la desembocadura del Río Hudson, al sur del Bronx, el único de los distritos que se halla en el continente, del cual está separada por el Harlem River.
Uno de los itinerarios obligados para el turista es el circuito que hacen los transbordadores que bordean Manhattan por el río. Los barcos se toman en Battery Park. El recorrido dura tres horas y cuesta unos 20 dólares.
Desde la cubierta del barco se aprecia la muralla de rascacielos que cortornean la isla por el sur. Edificios altísimos, que, asomándose a la orilla del río, parecen desafiar la estabilidad del terreno sobre el que se erigieron en las primeras décadas del siglo XX.

A los pocos minutos de abandonar el muelle, la vista ha de girarse hacia la derecha para saludar a The Lady, que con su brazo alzado y sosteniendo la llama que alumbra la libertad, es el principal icono artístico de Nueva York. Ahí está la gran dama francesa, mirando al mar por el que vino hasta esta islita en la que está apostada.

La estatua de la Libertad fue un regalo de Francia a Estados Unidos al cumplirse el centenario de su Declaración de Independencia (4 de julio de 1776). La obra le fue encargada al escultor francés Frederic Auguste Bartholdi quien tomó como modelo, según narra la leyenda, a su propia madre. La estructura interna de la estatua, que alcanzaría una altura de unos 46´5 metros y pesaría más de 220 toneladas, fue diseñada por el ingeniero Gustave Eiffel. Los estadounidenses se encargaron de construir un pedestal adecuado y de hacer el montaje de la Señora, que atravesó el Atlántico fragmentada en 315 piezas.

La Dama ha sido testigo de la transformación de la ciudad a la que presta sus luces, de la llegada masiva de inmigrantes de otros continentes y de su conversión en la megalópolis que hoy recibe al forastero. Ella presenció la tragedia de las Torres Gemelas, que ardieron y sucumbieron un fatídico 11 de septiembre y vio, después, como Nueva York recuperaba la calma y trataba de recuperar su vitalidad y sus costumbres sin cerrarse a las gentes que siguen llegando de otros continentes para estudiar en sus universidades, trabajar en sus oficinas o visitarla durante unos días de ocio.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Película en colores

Capítulo primero: él adoraba Nueva York, la idolatraba de un modo desproporcionado, la sentimentalizaba desmesuradamente. Para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro.
¿Lo recordais? Son palabras de Woody Allen en el inicio de su película "Manhattan" (1979), de la que me encanta esta escena nocturna.

Casi treinta años después de que se estrenara la cinta, yo he visto la ciudad en colores. Algunos días prevalecía el color gris, el de la niebla, pero otros días brillaba un sol que destellaba en el azul del cielo, en el verde de las praderas de Central Park, en las hojas pardas de los árboles, en el amarillo de los techos de los taxis que circulaban por el Village, en los rojos, los rosas y los morados de los tenderetes callejeros de camisetas, gorros y bufandas.

Pero este despliegue de vitalidad y colorido, no me impidió evocar constantemente las películas de Woody Allen mientras paseaba por Nueva York. O las secuencias de algunas series de televisión que se desarrollan en la gran urbe. Era como si esas estampas etéreas, que se nos quedan prendidas en el revés de la retina cuando una historia nos embebe, cobraran de pronto materialidad y volúmenes. Como si me hubiera subido al escenario de un teatro en el que antes había visto representar muchas obras de ficción.

¿Cuántas veces habremos vislumbrado en una pantalla la antena del Empire State Building o la cúpula luminosa del Chrisler Building ? Cientos de veces, miles. Y una mañana de noviembre, diferente a las demás, descubres uno de esos gigantes cuando caminas por la calle 34, o atisbas el otro cuando atraviesas la calle 42.

La tarde en que subimos al piso 86 del Empire, nos acordamos de esa película cursilona, de título intranscendente, en la que Meg Ryan y Tom Hanks se encuentran, por fin, enamorados y felices, en la planta 86 del rascacielos, arropados por una multitud de turistas que han subido a ver la ciudad como si fueran pájaros posados en un alero. Y mientras ascendíamos por corredores vacíos y salones acordonados, contemplamos los carteles de Kin Kong agarrado a la cima del edificio y combatiendo con las avionetas que trataban de abatirlo.

El Empire State Building se construyó bajo los efectos de la gran depresión económica, del año 1929. Los cimientos se iniciaron en enero de 1930 y el edificio se dio por rematado en mayo de 1931. Tiene ciento dos pisos, 381 metros de altura (más 62 de antena), unas 7.500 ventanas y una superficie útil de 654.000 metros cuadrados, según una de las guías que nos llevamos en el equipaje.

El Empire también contribuye al colorido de la ciudad. Por la noche, sus treinta últimos pisos se iluminan de acuerdo a unos patrones relacionados con las fiestas locales y nacionales, los eventos políticos y los triunfos de los equipos de beisbol de Nueva York. Así la vimos la víspera del día de Acción de Gracias. Y así lo vimos desde las tablas del Puente de Brooklyn una gélida mañana, en torno a las 12.00 horas, recortado sobre el cielo gris de Manhattan.


  1. Woody Allen con Diane Keaton.
  2. Tránsito en la calle 42.
  3. Empire State desde la Quinta Avenida.
  4. Manhattan desde el Puente de Brooklyn

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El frío intenso

El primer saludo que recibe el turista que llega a Nueva York con el otoño avanzado es el abrazo del frío. Un frío intenso, húmedo y descarado, que se cuela hasta los huesos, sorteando las barreras textiles. Aunque te hayas puesto varias prendas de ropa, guantes, bufanda, gorro, el frío te hace tiritar...

En Nueva York los gorros son en esta época elementos imprescindibles del atuendo cotidiano. En el trayecto del taxi que nos conducía desde el aeropuerto hasta el hotel, me llamó la atención que todos los viandantes que veía por las aceras iban tocados con gorros, costumbre que es inusual en Madrid, a pesar de que algunos días del invierno el frío desciende hasta los cero grados.

En Manhattan los gorros se venden en los puestos callejeros, en los vestíbulos de las tiendas, en los comercios de toda índole. Siempre hay un turista despistado o que ha desoído las predicciones metereológicas, que ha de comprarse con urgencia un gorro de lana. Si se compran dos o tres, el precio se rebaja.

También se usan las gorras de visera con logotipos de cualquier marca o publicidad de productos diversos. Estas que retraté se vendían en un puesto frente al Museo de Historia Natural.


El frío enrojece las orejas, seca los labios, sube los pañuelos y los cuellos de lana hasta la boca y fuerza a hombres y mujeres a usar siempre botas o deportivas. Pocas mujeres con tacones vi por las calles de la ciudad. Y pocas con faldas y medias. ¡Cualquiera se atrevía!

Mirad que abrigaditos iban los niños el día de la cabalgata de Acción de Gracias. Y eso que eran las once de la mañana y lucía el sol.

martes, 2 de diciembre de 2008

La ciudad superlativa

En Nueva York todo es superlativo: la altura de los edificios, la longitud de las avenidas, el censo de residentes (8,5 millones de personas en 2007), la oferta culinaria internacional, las dimensiones de los carteles publicitarios, la intensidad del frío, los espacios comerciales, el verdor de los parques, los mercadillos navideños, los precios de los hoteles y del transporte público….


En Nueva York la multiplicidad se detecta a simple vista: tantas razas, tantas lenguas, tantos atuendos, tantas posibilidades de ocio cada día, tantas manifestaciones culturales, tantos restaurantes, tantos estilos de ropa en los escaparates, tantos olores, tantos sonidos musicales a la intemperie... Las conjeturas de quien llega a la ciudad habiéndose preparado para la experiencia visionando películas, escuchando opiniones de los amigos que antes anduvieron por sus calles, consultando libros y páginas de internet, se quedan cortas cuando se está en Nueva York.


Cuando miras hacia arriba, sin lograr empero que tu mirada alcance el alero de las torres de Manhattan, cuando miras al frente y ves los carteles de los negocios y el gentío que discurre por las avenidas o las calles numeradas, cuando bajas al metro y te confundes con tipos que pululan por sus pasillos helados o con los espectadores de una sesión improvisada de rap, cuando subes al Empire y ves a tus pies las miles de luces de noviembre, a cualquier hora del día o de la noche te das cuenta de que estás en otro mundo, en un continente distinto. Pero también adviertes que no estás en un mundo extraño, de que sería fácil, relativamente fácil, acomodarte a las maneras de una ciudad poblada por gentes procedentes de todos los países del planeta.



He traído muchas fotos y unos pocos apuntes para compartir con vosotros. Poco a poco iré contándoos cosas que he visto y sentido.
Gracias por vuestros mensajes de despedida y por esperar mi regreso.
Espero que estos próximos días me cunda un poco el tiempo para ir pasando por vuestras casas. Por cierto: me he acordado de todos vosotros durante el viaje. Muchas fotos las he hecho con el fin de subirlas al blog.
De esta forma, el viaje se convertirá en una experiencia diferente a cualquier viaje anterior.

Fotos: Panorama del sur de Manhattan desde el río
Mercadillo navideño en Bryant Park
Zona cero en la mañana de un domingo.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Más cerca de Nueva York

En Nueva York las casas se calientan con vapor, que circula por cañerías. Por eso se ve en las películas un humillo que sale del pavimento. La ciudad de Nueva York está asentada sobre un suelo de roca, con alta concentración de mica, que es ideal para el anclaje de edificios. Las torres más altas se ubican en las parcelas donde la roca es más superficial.

Me he enterado de esto en un libro que se titula “A cien millas de Manhattan”. Me lo regalaron cuando anuncié el viaje a Nueva York y, a primera vista, me sorprendió su autor: Guillermo Fesser, uno de los dos componentes de Gomaespuma.

Guillermo se fue en el año 2002 a Estados Unidos, el país de su mujer. Se afincó en el estado de Nueva York, a cierta distancia de la capital. Su propósito era elaborar un guión de cine, pero lo relegó cuando empezó a relacionarse con la gente, con el entorno, a tomar notas de lo que veía y escuchaba. Al regresar a España, plasmó en un libro su notable experiencia: todo lo que había aprendido de un país que no se parece ni al de las películas del oeste ni es exactamente igual que el que asoma a los telediarios cuando hay una tragedia.

Con un estilo propio de quien está acostumbrado a narrar oralmente, Fesser transmite al lector su pasión por un mundo distinto al nuestro, y consigue que se perciba a los “americanos” como la gente tan estupenda que realmente debe ser.

Gomaespuma no es sólo una fórmula de humor, es también un proyecto social, un afán cultural que yo he descubierto siguiéndole el rastro a Guillermo Fesser.

Me encantó que me regalaran este libro que, reconozco mi error, a mí nunca se me hubiera ocurrido comprarme. Ha sido un gustazo leerlo.