jueves, 26 de febrero de 2009

Lorenzo Silva y la red

Acudí el martes a una mesa redonda en el Instituto Cervantes, cuyo tema era "el blog y la escritura del siglo XXI". Y tomé algunas notas de la intervención del escritor Lorenzo Silva. Os pongo el enlace por si os apetece pasaros por su página.

Lorenzo Silva es un gran defensor de Internet y, después de las intervenciones de los otros ponentes, con algunas frases apocalípticas respecto a los peligros del anonimato, explicó por qué utiliza la red y cuáles son, a su juicio y según su experiencia, las ventajas que él valora.

- En los blogs y en las páginas personales, el autor o el interlocutor escribe sin condicionantes, sin que haya una autoridad superior que dicte lo que puede contarse y lo que debe callarse, a tenor de los intereses comerciales, ideológicos y políticos de la empresa propietaria del medio en el que se escribe.

- No hay censores, lo que supone libertad. (Tampoco correctores, podría añadirse, lo que implica que cada uno ha de responsabilizarse de lo que dice, de cómo lo dice, de su ética, de su gramática, de su léxico.)

- Se rompen las barreras tradicionales de distribución, se saltan distancias físicas y se difunden las obras en lugares alejados en el espacio y en las formas sociales. Silva decía que, gracias a Internet, sus textos se leen en países en los que sus libros no se distribuyen porque no hay compensación económica. "No recibiré derechos de autor en esos lugares, pero tendré lectores que sin Internet no tendría".

- Se asumen críticas y discrepancias lanzadas por los lectores, se aceptan comentarios anónimos enojosos sin perder la paciencia ni las ganas de escribir, se aprende a tolerar... Se hace uno más maduro, podría resumirse.

Silva, autor de una veintena de novelas, lleva diez años sosteniendo una página personal en la que el lector puede dejar comentarios y mensajes. El ordenador del escritor guarda unos 20.000 correos, a los cuales Silva se refiere como si de un pequeño tesoro se tratase. Los mensajes malévolos, que sin duda ha recibido, no le han restado ganas de seguir indagando en las posibilidades de las nuevas tecnologías.

Acabé con la sensación de que Lorenzo Silva es un hombre tan apasionado por la literatura, que la busca en todos los circuitos, en todas las dimensiones y los mecanismos de la vida actual.
La foto es de ADN

lunes, 23 de febrero de 2009

Machado

¡Qué tristeza transmiten las fotos del poeta fallecido, arropado con una bandera republicana, en una pensión alejada de su hogar, de sus ciudades, de sus paisanos!

La prensa y los blogs se han llenado estos días con el nombre del poeta porque se cumplen ahora setenta años de su muerte. Esa foto de Machado es un símbolo de la derrota de un pueblo que creyó posible progresar, alcanzar el bienestar y la cultura, el equilibrio social, la gloria incluso. Un pueblo que tuvo que recurrir al silencio o al exilio para sobrevivir, que perdió a sus mejores artistas, a sus intelectuales, a sus escritores, a su gran poeta Antonio Machado.

Estos días estoy leyendo, precisamente, la biografía del poeta que Ian Gibson publicó en 2006: "Ligero de equipaje". Todavía estoy en el año 1930, cuando España empezaba a respirar los aires republicanos que traerían al país un cambio de régimen que muchos hombres y mujeres, entre ellos Machado, deseaban y alentaban. Años en que el poeta sufría de amores por culpa de una mujer que alimentaba su pasión sin permitirle acercarse a ella. Pero de esa historia todavía no conozco los detalles completos. Otro día os lo cuento.

Para exorcizar la tristeza de la foto de Antonio Machado difunto, quiero recordar la que le hizo un artista de la fotografía, llamado Alfonso, en un café de Madrid.

jueves, 19 de febrero de 2009

Hoy, Mercedes

Nos hemos metido en un bar de barrio, hemos pedido unas cervezas (alguna sin alcohol, ya sabes cómo vamos) y hemos brindado por ti, Mercedes.
Alguna ha mencionado a la niña, con la bata de cuadritos azules y las manos metidas en los bolsillos, que posa en el patio del colegio para una foto en blanco y negro que estos días hemos rescatado del cajón. Hemos recordado luego la última vez que estuvimos unas horas juntas, la merienda en tu casa una tarde de diciembre, el propósito que nos hicimos de volver en primavera para ver las lilas del jardín y hacernos otra tanda de risas a costa de nosotras mismas. La suerte se torció para ti antes de que cumpliéramos nuestra cita.
Te echaremos de menos, Mercedes. Tendremos que borrar tu dirección de correo electrónico, tu número de teléfono, pero guardaremos las fotos en las que apareces con nosotras, la que nos mandaste tú en septiembre con tu perro, los mensajes que nos escribías para referirnos noticias sobre tu salud. Hablaremos de ti cuando nos reunamos de nuevo y comentaremos cuánto te quisimos y cuánto te admiramos. Por tu coraje, por tu amor a la vida, por tu humor.
Seguro, Mercedes, que entre nuestras voces y nuestros silencios seguiremos escuchando tus risas.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Concierto en el Conservatorio

Os propongo un paseo por las inmediaciones de la calle Atocha y de la glorieta que, aunque su rótulo es Emperador Carlos V, todos llamamos así.

Aquí al lado, entrando por la calle de Santa Isabel, está el Museo Reina Sofía, un magnífico edificio lleno de arte del siglo XX, cuya fachada es fácil de reconocer por las dos torres de cristal por las que ascienden los ascensores hasta sus pisos más altos.

Pero no quiero que nos detengamos hoy aquí, sino que atravesemos esta plazoleta invadida por turistas que acuden a visitar el museo y por vecinos de la barriada, que toman el sol o cuidan de sus niños pequeños. Quiero que acerquemos a un edificio situado en uno de los laterales.

En la puerta principal del caserón, que hace el número 2 de la calle Doctor Mata, vemos el rótulo que lo identifica: Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Este es nuestro destino esta tarde.

El edificio fue diseñado hacia 1769, por Francisco Sabatini arquitecto a quien el rey Carlos III había encargado los planos para un Hospital General que agrupase los distintos dispensarios, sanatorios y clínicas que se extendían por la capital. Del proyecto total, sólo llegaron a levantarse la parte que hoy ocupa el Reina Sofía y este otro inmueble dedicado a la enseñanza musical.

Sus dependencias se desligaron del Hospital General para albergar el Hospital Clínico de San Carlos a mediados del XIX. En sus salas se instruían los alumnos de la Facultad de Medicina, situada en la calle Atocha 106. Hasta que médicos, profesores y aulas se trasladaron a la Ciudad Universitaria, donde están actualmente.

En 1990 se inauguró el edificio como Conservatorio. Sus volúmenes interiores se los reparten cinco aulas grandes, 35 medianas, 27 cabinas de estudio, dos auditorios y varios espacios para servicios pedagógicos y administrativos. El número de alumnos ronda los mil cuatrocientos. Pero no hemos venido hasta aquí para hablar de ellos.

A lo que venimos es a escuchar un concierto organizado en homenaje al compositor navarro Agustín González-Acilu en ocasión de su 80 cumpleaños. A escuchar a Diego Fernández Magdaleno, que toca el piano con una maestría que nos embelesará. Os lo aseguro.

Entremos ya que están a punto de dar las ocho y el concierto va a comenzar.

La foto es de Alejandro Blanco. La he hallado en Flickr

sábado, 14 de febrero de 2009

Rencor

Quiero compartir unas reflexiones que surgieron al hilo de uno de esos artículos de superación personal o de psicología de andar por casa, que leí hace unas semanas en una revista dominical. Este tipo de artículos contienen a veces sugerencias y consejos que convendría que aplicáramos a nuestra vida cotidiana. El que me llamó la atención se titulaba ¿Cambiar la vida está a nuestro alcance? En uno de sus epígrafes decía así:

"Construir y reparar relaciones significa también ser capaces de abandonar resentimientos, pasar página de conflictos y dejar de sentir rencores. Necesitamos hacerlo para liberar espacio para las relaciones que de verdad nos interesan, ya que al sentir rencor hacia alguien le estamos concediendo un auténtico poder sobre nosotros, pues nos acompaña en nuestra mente mañana, tarde y noche".

Sí, es cierto. Cuando el rencor se te mete en el cuerpo, cuando detestas a una persona, te pasas horas y horas pensando en ese hombre o esa mujer que te irrita, le das vueltas a sus palabras, a sus gestos, al episodio que provocó tu enojo, a su traición, piensas en lo que tú le dirías o lo que le harías para fastidiarle… Es decir, que le otorgas a la persona aborrecida un protagonismo descomunal en tu rutina cotidiana, le permites que te acompañe, como decía el autor del artículo, durante toda tu jornada, que estropee tu ocio, tus sueños nocturnos, tus momentos de recogimiento y reflexión. ¡El rencor te ha esclavizado!

Es difícil no sentir rencor hacia alguien que nos ha traicionado o nos está fastidiando constantemente en el trabajo, en el edificio en el que vivimos, hacia un gobernante que está cargándose la ciudad o el país en el que residimos. Pero si no nos tomamos la ofensa o el perjuicio con cierta calma, los estragos que el rencor producirá en nuestras cabezas y en nuestros corazones serán más difíciles de curar que los perjuicios físicos y materiales que provoca con sus acciones u omisiones tal personaje.

Pero ¿y cuándo sentimos rencor por una ofensa menor, por un malentendido, por una palabra que al otro se le escapó en un momento de ofuscación, por una frase que nos dirigieron sin ánimo de injuriar? Porque, desafortunadamente, muchos casos de rencor y enemistad están basados en un suceso absurdo, en un equívoco o en una reacción descomunal frente a un mensaje o un desatino en la conducta de una persona con la que mantenemos una relación familiar o de amistad. En vez de olvidar, comprender y perdonar, nos enquistamos en una postura de rencor q
ue, con el paso del tiempo, se va intensificando hasta convertirse en un odio visceral que nos amarga la existencia. La nuestra y la de quienes nos rodean.

¿Merece la pena perder un amigo o una hermana por un rencor estúpido? En este mundo lleno de dificultades y de situaciones comprometidas, ¿merece la pena desperdiciar el afecto de una persona que ha demostrado que te quiere por unas palabras que nos disgustan, por un desliz, por un desacuerdo?

Yo afirmo que no.

lunes, 9 de febrero de 2009

Eluana Englano

Los informativos de la radio y de la televisión han sido esta tarde pródigos en noticias. Alcaldes y consejeros que dimitían en Madrid, dirigentes políticos que acusaban de conspiración a sus adversarios y de poco ecuánimes a jueces y fiscales, pueblos achicharrados por el fuego en Australia, reproches a los terroristas que no cesan de poner bombas en cualquier calle de España…

Pero también ha surgido esta tarde una noticia que, sin ser positiva, ha supuesto un alivio: ha fallecido en Italia Eluana Englaro, una mujer de 38 años que llevaba casi la mitad de su vida, diecisiete años, adosada a una máquina que le impedía morir. El padre de Eluana,
Beppino Englaro ha luchado durante estos largos y tristes años para que su hija pudiera descansar, para que la liberaran de los cables que la retenían en un cuerpo que ya no tenía capacidad por sí mismo para sobrevivir.


Y cuando ya había ganado la batalla judicial, los aullidos de las cohortes vaticanas y los berridos del remozado Berlusconi, convertido en paladín de una moral cristiana que se habrá pasado por la entrepierna miles de veces en sus negocios y en sus relaciones personales, han atraído las miradas de todo el planeta hacia Italia, donde un padre luchaba por el derecho de su hija a morir como manda la naturaleza. Sin sondas, sin engranajes, sin prórrogas artificiales.

Mañana escucharemos berrear a Berlusconi y a los acólitos papales, pero ya no importará lo que digan. Lo que importa es que Eluana ha fallecido antes de que el
gobierno italiano aprobara con urgencia una ley que la condenaba a vivir sin vida. Eluana ha ganado su última batalla. Ya nada podrán hacer contra ella esa caterva de seres despiadados e inhumanos.

sábado, 7 de febrero de 2009

Más difícil para los hombres

Quiero contaros hoy el caso de un hombre de mediana edad que tenía a su madre enferma y con una discapacidad progresiva. Todas las mañanas, el hombre se escapaba de su trabajo a la hora en que otros se tomaban un desayuno tranquilo, iba a buscar a su madre y la llevaba a un centro donde se le sometía a terapia de mantenimiento. En una ocasión, uno de sus jefes le ofreció al hombre un puesto de mayores responsabilidades laborales, con la condición de que ampliara su jornada laboral. El hombre lo rechazó, alegando que en caso de aceptarlo no podría atender a su madre. El jefe le recriminó su falta de profesionalidad, le acusó de displicente, le dijo que nunca llegaría a nada en su trabajo... Claro que, en este caso, el afectado, que era de edad madura y un tipo seguro de sí mismo y de sus decisiones, no se mordió la lengua y le replicó como se merecía. Y siguió cuidando de su madre como su conciencia y sus sentimientos le dictaban. Sin importale perder el ascenso de categoría y de sueldo.

Este caso es real, pero no es tan frecuente como el de las madres que tienen que hacer equilibrios y milagros para compatibilizar su horario laboral con la atención de sus hijos. Porque todavía son mayoría las mujeres que se ocupan de las tareas domésticas y de los menores de la casa mientras que el marido y padre antepone sus funciones sociales y laborales a sus compromisos familiares. Afortunadamente, el número de hombres que asumen sus cargas familiares en igualdad con las mujeres (en algunos casos, incluso con más dedicación que ellas) va aumentando progresivamente.

Hace unos años, era infrecuente ver hombres recogiendo a los niños a la puerta del colegio, comprando la fruta o el detergente en el mercado, empujando el carrito de un bebé por las calles. En el siglo XXI la imagen del papá con el niño es tan habitual que ya no sorprende a nadie. En las oficinas los hombres piden permiso para llevar a sus críos al médico, se cogen excedencias legales para quedarse con un recién nacido en casa y modifican sus horarios y sus vacaciones para que coincidan con los de los escolares. Hay padres consecuentes, desde luego. Pero también ellos tienen sus problemas.

Como dice un amiguete mío, si a una mujer que solicita tiempo para estar con sus hijos sus jefes (y sus compañeros) la despachan con malas caras y palabras ácidas, ¿qué no se hará cuando la petición venga de un individuo del género masculino? Chanzas, risotadas, bromas sobre su condición sexual… todo vale para machacar al osado que no pone su vida laboral por encima de la convivencia familiar.

Como dicen en la entrada anterior Pedro, Julia y Merche las mujeres pueden ser en este asunto tan intolerantes como los hombres. O más. Algunas mujeres son despiadadas con sus subalternos y con los compañeros cuando éstos tratan de "conciliar". Sobre todo, supongo yo, las que no tienen niños en casa ni parientes mayores a los que cuidar.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Conciliar, ¿una utopía?

Si una mujer con talento puede compatibilizar sus obligaciones laborales con las tareas maternales y sus deseos de convivencia con su familia, nunca se le pasará por la cabeza la idea de abandonar su puesto y no privará, por tanto, a su empresa de sus capacidadaes profesionales.

Si una mujer embarazada o con hijos en edades de crianza no se topa con malos gestos e impedimentos cuando pide permiso para ir al médico o regresar a casa a una hora temprana para llevar a su niño al pediatra, cuando solicita recortar sus horarios para pasar con sus hijos el tiempo que ellos necesitan para hacer los deberes, nunca se planteará renunciar a su trabajo ni dejará de esforzarse para cumplir sus funciones con tanta efectividad como le sea posible.

Si una mujer joven advierte que en su empresa no son relegadas las madres a puestos secundarios, no son menospreciadas, despedidas o tratadas con menor consideración que los empleados que no tienen cargas familiares, no dudará en quedarse embarazada cuando le llegue el momento, ni considerará una tragedia tener que cuidar de sus padres ancianos cuando estos ya no se valgan por sí solos.

Estas ideas fueron surgiendo en un folio mientras asistía a un acto en el que una serie de personas, trataban de convencer de la necesidad de lo que se ha dado en llamar"conciliación de la vida familiar y laboral" a un público convencido de antemano de la necesidad de que las empresas se comprometan a facilitar horarios que no impidan ni a hombres ni a mujeres convivir con su familia, atender a sus hijos y velar por sus parientes con dependencias.

Pero yo no podía dejar de preguntarme, mientras les escuchaba y apuntaba estas ideas, si esas personas sentadas en la tribuna estaban tan convencidas como los oyentes de las delicias y ventajas de la conciliación. ¿Permitirán estos señores y señoras a sus empleadas domésticas, a los trabajadores de sus empresas, asociaciones o despachos oficiales, a los funcionarios de sus departamentos que flexibilicen sus horarios para atender a sus hijos?

Desconfiaba de tanta palabrería, porque hace unos años fui testigo del disgusto de una secretaria acorralada. Era una mujer de treinta y tantos años, madre de tres hijos a los que recogía en el colegio cuando salía de la oficina y con los que pasaba las tardes estudiando, llevándolos a la piscina o a los cumpleaños de sus amigos. Un día la responsable del departamento (otra mujer de edad similar) le comunicó que necesitaba que hiciera horas extraordinarias por la tarde. La secretaria se negó, aduciendo sus obligaciones familiares y rechazando cualquier tipo de estipendio. La jefa, que no podía obligarla, le respondió que debería ir pensando en buscarse otro destino.

Lo más llamativo no es que una mujer atentase contra la vida familiar de otra, sino que ambas estaban contratadas en una institución pública de la que con frecuencia salían proclamas, propaganda e informes en favor de la compatibilidad de los horarios laborales con los familiares.

La secretaria acabó marchándose del departamento, buscando un sitio donde no se la relegase ni afease su condición de madre. La jefa, al cabo, también perdió su puesto. Pero no fue porque tuvo que hacerse cargo de un pariente que padecía una enfermedad, sino porque no daba la talla.

Otro día hablamos de la conciliación cuando el afectado es del género masculino, ¿de acuerdo?

Los cuadros son de Pierre Auguste Renoir.