sábado, 12 de diciembre de 2009

Ciclistas en la ciudad

No les atemoriza la magnitud del atasco ni el peso pestilente de la contaminación. No les detienen las zanjas ni las vallas de las obras que jalonan las calles de la ciudad. Ellos siguen pedaleando sobre el asfalto, rumbo a su escuela o a su oficina, a cumplir un recado o a participar en una fiesta vespertina. Hay chicas bien arregladas, chicos con mochilas a la espalda, señores maduros, tipos de atuendo estrafalario... Circulan por la ciudad sorteando las moles de los autobuses, la fiereza de los vehículos, aguantando sus humos y sus bocinazos.

Para mí son una especie de héroes urbanos. O, cuando menos, gentes valientes que se arriesgan al porrazo y a la asfixia en una ciudad que resulta agresiva para todo el que circule sin la protección de la carrocería de un coche o de un autobús. Agresiva sobre todo para los viandantes y los ciclistas.

En Madrid los ciclistas existen, aunque apenas se les perciba entre la masa espesa del tráfico que invade sus arterias como un colesterol maligno. No disponen de carriles especiales para circular por los barrios céntricos, no son respetados como debieran por los automovilistas, no gozan de la simpatía de los peatones porque a veces se meten por las aceras para protegerse de los coches, no cuentan con el apoyo de las autoridades locales para hacer sus recorridos. O sea, que existen porque son valientes y arriesgados, no porque las circunstancias sean favorables para este medio de transporte limpio, barato y, sobre todo, no contaminante.


En Barcelona y Sevilla las bicicletas son multitud. Los ayuntamientos de esas ciudades han implantado un servicio de uso público que sirve a los barceloneses y a los sevillanos para desplazarse por las calles de la localidad. El usuario coge la bici en un aparcamiento cercano a su domicilio o a su lugar de trabajo y la deja, minutos después, en otro aparcamiento próximo a su destino. Abonarse a este servicio, me contó un ciclista en Barcelona, cuesta 30 euros al año. En la foto de arriba retraté un estacionamiento de bicis en la Plaza de Cataluña.

En París los grupos de ciclistas son frecuentes en las avenidas y en los puentes que cruzan el Sena, como estos que circulaban una mañana de septiembre por Pont de Alexandre.

En París las bicicletas son tan cotidianas que en ellas circulan señores y señoras septuagenarias, personas que acuden a fiestas y cenas de gala, con vestido largo y pajarita, familias con varios retoños, ejecutivos de traje y corbata, estudiantes, turistas.

En Madrid, en cambio, los ciclistas son solamente personas audaces que combaten a diario con el inhumano tráfico de las calles y que no cesan de pedir que se les respete y se les habiliten vías de circulación. Desde hace cinco años hay un movimiento en pro de la bici que está empezando a tener repercusión en los medios de comunicación: todos los últimos jueves de mes se concentran en la Plaza de Cibeles y emprenden por las calles cercanas una ruta que obstaculiza el tráfico rodado que invade el centro de la ciudad, como si éste sólo les perteneciera a los que van sobre motores. En este artículo vereís los detalles.

Lo más que ha hecho en esta ciudad el consistorio es plantar barras para aparcar las bicicletas en algunos puntos de la ciudad. Pero ¡ay!, que esto más que una ventaja es una trampa para los ciclistas. Porque los ladrones de bicicletas acuden directamente a estos aparcamientos, con cizalla y, tal vez, furgoneta, para llevarse las que están allí sujetas mientras sus propietarios hacen una gestión, asisten a clase o a una conferencia en un centro cultural. Si esos aparcamientos estuvieran llenos de bicicletas públicas, seguramente no las robarían. O se perseguiría a los ladrones con más ahínco que cuando las bicis son particulares.

Aquí os dejo un par de vídeos para disfrutar de la fiesta que se montan los ciclistas los últimos jueves de mes en esta villa machacada por el tráfico.



domingo, 29 de noviembre de 2009

Barcelona sin Onofre

A este parque se llamó y aún se sigue llamando "el parque de la Ciudadela". En 1887, cuando Onofre Bouvila puso los pies en él, se estaba levantando allí lo que había de ser el recinto de la Exposición Universal. Eso ocurrió a principios o a mediados de mayo de ese año. Para entonces las obras estaban muy avanzadas. El contingente de obreros empleado en ella había alcanzado su máxima dotación, es decir, cuatro mil quinientos hombres. Este número era exorbitante, no tenía precedente en la época. A él hay que agregar otro número indeterminado pero igualmente grande de mulas y borricos. También funcionaban allí entonces grúas, máquinas de vapor, ingenios y carromatos. El polvo lo cubría todo, el ruido era ensordecedor y la confusión, absoluta.

Después de ciento veintidós años, el parque de la Ciudadela es un recinto pacífico por donde transitan algunos paseantes, respirando el aire fresco de la tarde del otoño. El nombre lo debe a una fortaleza que mandó construir Felipe V en 1714, después de vencer a los catalanes, que no le aceptaban como sucesor del último Austria, Carlos II, que murió sin descendencia. La ciudadela fue derribada en 1868, cuando se destronó a la reina Isabel, y fueron cedidos sus terrenos al municipio.

De la Exposición Universal de 1888 quedan algunos pabellones, una gran cascada, en cuyo diseño participó Gaudí, y un pintoresco Arco de Triunfo, que fue la entrada al recinto. Dentro del parque se encuentra el Parlament de Catalunya, que ocupa un antiguo arsenal desde la época de la Republica.

De Onofre Bouvila no queda rastro en la Ciudadela, a donde él iba a repartir pasquines anarquistas y a vender crecepelo, ni en las avenidas de esta ciudad moderna y vistosa. Cuando él llegó a Barcelona, el Ensanche estaba levantándose sobre campos en los que hasta hacía pocos lustros pastaba el ganado y crecía silvestre la vegetación. En las calles estrechas de la población ya no cabían sus pobladores, muchos de ellos recién llegados en busca de trabajo y de un futuro sin las miserias de los pueblos del interior.

La ciudad crecía y prosperaba sin quitar los ojos del mar, sin dejar de oler la humedad de aquel Mediterráneo que le daba vida. Así lo cuenta Eduardo Mendoza en "La ciudad de los prodigios", (Seix Barral, 1986).

Aunque a finales del siglo XIX ya era un lugar común decir que Barcelona vivía "de espaldas al mar", la realidad cotidiana no corroboraba esta afirmación. Barcelona había sido siempre y era entonces aún una ciudad portuaria: había vivido del mar y para el mar; se alimentaba del mar y entregaba al mar el fruto de sus esfuerzos; las calles de Barcelona llevaban los pasos del caminante al mar y por el mar se comunicaba con el resto del mundo; del mar provenían el aire y el clima, el aroma no siempre placentero y la humedad y la sal que corroían los muros; el ruido del mar arrullaba las siestas de los barceloneses, las sirenas de los barcos marcaban el paso del tiempo y el graznido de las gaviotas, triste y avinagrado, advertía que la dulzura de la solisombra que proyectaban los árboles en las avenidas era sólo una ilusión; el mar poblaba los callejones de personajes torcidos de idioma extranjero, andar incierto y pasado oscuro, propensos a tirar de navaja, pistola y cachiporra; el mar encubría a los que hurtaban el cuerpo a la justicia, a los que huían por mar dejando a sus espaldas gritos desgarradores en la noche y crímenes impunes; el color de las casas y las plazas de Barcelona era el color blanco y cegador del mar en los días claros o el color gris y opaco de los días de borrasca. Todo esto por fuerza había de atraer a Onofre Bouvila, que era hombre de tierra adentro.

Conocer el pasado de una ciudad a través de la literatura te ayuda a apreciar lo que ves cuando estás en ella: los edificios, los monumentos, las vías, los mercados. En los contrastes y las diferencias se pueden encontrar pistas certeras sobre su evolución y sobre la esencia de sus gentes. En el pasado de una ciudad están la mayoría de las claves de su situación actual.

Por eso, en cuanto regresé de Barcelona busqué el libro y volví a leerlo, con la ventaja de tener recientes en la memoria los nombres de los lugares por los que se mueve el personaje de Eduardo Mendoza. Bouvila corretea por una urbe en expansión, especula con los solares en los que se proyectan los nuevos barrios, se involucra en tramas mafiosas y en conspiraciones políticas, se enriquece, se labra una fama que combina el temor con el respeto y consigue sobrevivir, viejo y audaz, hasta la siguiente Exposición Universal de Barcelona, celebrada en 1929 en Montjuitch.

Un buen libro este de Mendoza para indagar en la historia de esta magnífica ciudad.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Fábula del tonto

Circulan por el ciberespacio mensajes, chistes, leyendas, fotos, bromas, chascarrillos que los amigos y conocidos te mandan repetidas veces, inundando con su afecto los buzones electrónicos que a veces, cuando no tenemos tiempo para vaciarlos, se nos colapsan dramáticamente. No soy muy aficionada a reenviar mensajes, porque sé que son cebos para pescar direcciones y, acaso, para meterte bichos o elementos espiadores en el ordenador. Pero reconozco que algunos tienen bastante gracia y una cierta dosis de ingenio.

Como esta fábula que me llega de las tierras extremeñas que tanto me gustan. ¡Cuánto dice en tan pocas líneas!
Transcribo:

Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se divertían con el tonto del pueblo, un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas.
Diariamente, algunos hombres llamaban al tonto al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso.
Él siempre tomaba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.

Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
- Lo sé señor, no soy tan tonto ..., vale la mitad, pero el día que escoja la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.


Dice el mensaje, como conclusiones, que Ni siempre es tonto el que parece tonto, ni siempre son tan listos los que aparentan serlo.
También dice que una ambición desmedida te puede dejar sin ingresos. Y, que la opinión más transcendente es la que cada uno tenga de sí mismo.

Y aporta una moraleja:

'El verdedero inteligente, hombre o mujer, es el que aparenta ser tonto delante de un tonto que aparenta ser inteligente'


¿Quién no conoce o ha conocido alguna vez a un tonto que se comportaba como si fuera un ser inteligente? ¿Quién no conoce a hombre o mujer que pregonan sus virtudes y sus habilidades con altanería y menosprecio hacia los demás, cuando éstos saben que son torpes, indecisos e inseguros, desmañados en su trabajo, proclives al error e, incluso, algo cortos de entendederas?

¿Quién no conoce a tipos y tipas envanecidos tras haber accedido a un cargo bien remunerado, que presumen de gestores brillantes, cuando de todos es sabido que su único mérito para llegar tan alto ha sido su adhesión al dueño de la empresa, al partido político que gobierna la localidad, o al ricachón del pueblo?

¿Quién no se ha callado cuando ha tenido que aguantar las bromas, las lecciones o los consejos de uno de esos "inteligentes" que, con tanta abundancia, proliferan en nuestro mundo?


sábado, 14 de noviembre de 2009

Obama y la sanidad

Cuando acuda a Oslo a recoger el Premio Nobel de la Paz, el próximo 10 de diciembre, Barack Obama no llevará las manos vacías. Habrán amainado las voces que el pasado 9 de octubre, cuando se anunció la concesión del galardón al presidente de Estados Unidos, criticaron la decisión de los miembros del parlamento noruego o, cuando menos, expresaron sus dudas, su sorpresa y su desacuerdo.

Obama ya tiene en su saldo positivo una victoria y la posibilidad de pasar a la historia de su país no sólo por ser el primer hombre negro que alcanzó la presidencia sino también, y sobre todo, por ser el gobernante que implantó la sanidad pública, el hombre que consiguió para los habitantes de Estados Unidos una atención sanitaria completa sin haber tenido que firmar previamente una póliza de salud, ni haber tenido que negociar con la aseguradora el tratamiento o la estancia en una clínica. Todavía quedan trámites que cumplir, votaciones que ganar, resistencias que vencer. Pero Obama ha conseguido subir el primer peldaño en una empresa en la que, años atrás, fracasaron Bill Clinton y su esposa Hillary, por culpa de los parlamentarios de los grupos del gobierno y de la oposición.

Si la reforma sanitaria se consolida, el estadounidense que enferme sabrá que recibirá atención médica, sean cuales sean sus condiciones económicas familiares. No tendrá que endeudarse con el banco, hipotecar su casa, sacar del colegio a sus hijos para combatir sus dolores y sus patologías e, incluso, para salvar su vida.

En Europa contemplamos con estupor el gran esfuerzo que ha hecho Obama y su gobierno para convencer a las gentes de a pie de que la sanidad pública es favorable para ellos. Leí en el periódico que la ley de Obama prohibirá desde el próximo año que las compañías aseguradoras, que ahora funcionan en el ámbito de la sanidad, rechacen a un paciente que haya estado enfermo antes de cotizar o rescindan su póliza cuando se le diagnostique una enfermedad grave.

"Esas prácticas, las más sangrantes de todas las medidas abusivas que son corrientes actualmente, dejan en el desamparo a miles de enfermos de cáncer que se ven obligados a vender todas sus propiedades y endeudar a su familia para pagar sus tratamientos".

Se calcula que el 96% de la población contará a partir del próximo año con un seguro de salud. Se ofrecerá cobertura a 36 millones de estadounidenses que no la tenían, pues sólo recibían atención sanitaria los jubilados y las familias muy pobres.

¿Que esto le resta popularidad a Obama? Pues claro. Pero él ha cumplido su compromiso, al margen de los varapalos, las amenazas y las burlas de los derechones de su país. Me gustaría que los gobernantes de este país tuvieran tanto valor como Obama y no se arredraran tanto cuando han de promulgar leyes que no les gustan a los sectores más conservadores del lugar. ¿No han ganado las elecciones con un programa que decía esto y aquello? Pues les toca cumplirlo. Aunque haya voces contra la Memoria Histórica, la Ley del Aborto o la erradicación de los símbolos cristianos de la escuela que atentan contra el artículo 16 de la Constitución española de 1978, que dice "Ninguna confesión tendrá carácter estatal".

domingo, 1 de noviembre de 2009

Tranvías de Praga

En Praga suenan los carrillones, las voces templadas de los guías y los chascarrillos de los turistas, las ruedas de los tranvías que corren por las calles con un estrépito metálico que llega a hacerse imprescindible para el viajero que pretende conocer todos los rincones interesantes de esta ciudad con fama de hermosa y acogedora.


Hay tranvías de colores llamativos, tranvías disfrazados de anuncios rodantes, tranvías avejentados, tranvías supersónicos. Trepan por el adoquinado de las calles altas y descienden a velocidad vertiginosa, hacia la ribera del río Moldava, algunos de cuyos puentes cruzan con arrogancia, transportando nativos y forasteros que buscan jardines por los que pasear y montañas a las que trepar para contemplar desde arriba los tejados y las torres afiladas de la ciudad.



La experiencia de montar en el tranvía es tan intensa como el sabor de la cerveza que sirven en los bares de Praga, en vasos altos y fríos, a un precio que te anima a pedir otra, a riesgo de ir dando trompicones hasta tu próximo destino.



El uso de las máquinas digitales conlleva un gran riesgo: nos traemos de vuelta a casa un montonazo de fotografías pues, sabiendo que no necesitaremos ir a la tienda para pasarlas al papel, retratamos todo lo que se nos antoja singular, aunque su interés no sea excesivo. Ya tiraremos lo que no vale o no nos gusta. Lo difícil luego es poner fecha y localización a cada imagen, tarea que todavía no he cumplido con las de Praga.


Y una última cosa: ¿qué recomendaríais de Barcelona los que la conocéis bien? Yo la conozco poco, quiero verlo todo, casi todo. Y apreciaré consejos, trucos y opiniones. Gracias por anticipado

lunes, 26 de octubre de 2009

El hombre que paró el golpe

Cuenta Javier Cercas en su libro "Anatomía de un instante", del que comenté algo hace unas semanas, que quien realmente paró el golpe de estado de Tejero, Milans y Armada, fue Sabino Fernández Campo, de cuyo fallecimiento informa hoy la prensa.

Fue él, secretario del rey, quien se percató de que Alfonso Armada estaba detrás (o dentro) de la conspiración militar del 23 de febrero de 1981, a una hora temprana de la tarde, cuando todavía parecía que el oficial de mayor rango, el Elefante Blanco del que hablaban los que habían invadido el Congreso, era Milán del Bosch.Y fue él quien impidió que Armada acudiera a la Zarzuela, a explicarle al monarca lo que estaba ocurriendo, tal cómo lo habían planificado los golpistas.

"Aunque Armada insistió en que debía hablar personalmente con el rey, la reiterada negativa de Fernández Campo le obligó a quedarse en el cuartel General del Ejército con lo que el antiguo secretario no pudo acercarse al monarca y la pieza fundamental del golpe no encontró su punto de encaje. "

¿Qué habría pasado si no hubiera intervenido el secretario del Rey? ¿Si no hubiera impedido que Armada influyera en el rey, si no hubiera rechazado después su propuesta de encabezar un gobierno que sustituyera al de UCD, tal como había sugerido un rato antes Milans del Bosch, con quien había estado negociando por teléfono , fingiendo ambos que Armada estaba fuera de la conspiración?

"Después de hablar de riesgos, de sacrificios personales y del bien de la Corona y de España, Armada le expone a Fernández Campo la propuesta de Milans y el secretario del rey lo interrumpe. Es un disparate, dice. Yo también lo creo, miente Armada. Pero si no queda más remedio, estoy dispuesto... Fernandez Campo vuelve a interrumpirlo, le repite que lo que dice es un disparate".

Sirvan estas palabras de Cercas para recordar al hombre que aquel día, posiblemente, salvó a este país de una regresión a su pasado dictatorial.
Y de agradecimiento por hacerlo.

(En la foto, Fernández Campo aparece con su mujer, la escritora Teresa Álvarez).

viernes, 23 de octubre de 2009

Jean, el aplicado

¡Qué disgusto se habrá llevado el papi! El niño ha tenido que ceder al chantaje mediático, insoportable para una persona joven e idealista como es el chaval. No podrá cumplir su sueño. Lo leo hoy en el periódico:

"Nicolas Sarkozy, no optará al final al puesto de presidente de la EPAD, el organismo público que gestiona el desarrollo urbanístico de La Défense, la zona de negocios más importante de Europa, erizada de rascacielos, símbolo del poder económico y financiero de París. Sarkozy hijo, en una entrevista televisada en la cadena pública France 2, aseguró ayer que renuncia a la elección, tras "reflexionar mucho en una cuestión que no es fácil" y tras asistir a "una campaña de manipulación y desinformación" sobre sus intenciones".

¡Pobrecito Jean! Él, que tanto se lo ha currado, tanto que ni siquiera tuvo tiempo para estudiar y sacarse su carrera como cualquier chico de su edad. Sólo ha aprobado primero de Derecho. El año pasado suspendió segundo, tanto en junio como en septiembre, dice la información. Y eso que tiene 23 años y a esa edad un chico español ya va por cuarto o quinto. Claro que él estaba tan ocupado labrándose su futuro político....

Que nadie le reclame por su incultura o su vagancia. Ni por carecer de estudios o no estar preparado, como alguién le ha reprochado. Hay gente que llega muy lejos sin saber más que las cuatro reglas (o ni eso). ¿No fue emperador del mundo un tipo que leía los libros al revés? ¿No se hacen muchimillonarios en cualquier país gentes cuya formación es tan precaria que igual no saben ni conjugar un verbo en pasado? Porque, díganme ustedes, ¿cuáles son los méritos intelectuales del llamado Pocero, el de las casas de Seseña? ¿Y los del secretario más fotografiado del pepe valenciano? ¿No han visto las faltas de ortografía que metió en su discurso de dimisión?

Yo animo a Jean a que siga tirando de apellido y se deje de tonterías tales como son estudiar y formarse, tener un master, ir a museos, leer libros y otras zarandajas del estilo. Así no se llega a la cumbre. Lo que hay que hacer es medrar, montar escándalos (¿me estoy acordando de los buenos modales de que hacen gala los diputados españoles cuando está en la tribuna un representante del gobierno en el que ellos no participan? ), casarse con una cantante de buena presencia, salir en la tele todos los días diciendo chorradas que llamen la atención de público y críticos sobre ti. Eso es lo que ayuda a triunfar.

Por cierto, buscando fotos del chaval, he encontrado un artículo de hola, que contaba en 2008 que quería ser actor. ¿Será el mismo chico? ¿Cómo habrá sido el proceso de cambiar de opinión?

martes, 20 de octubre de 2009

Contando cabezas

Aquí seguimos con el tema: contando manifestantes desde arriba, desde abajo, desde las pantallas de televisión. Si el asunto no fuera tan serio, sería digno de un diálogo del club de la comedia.

"Y usted, ¿cómo contó a los asistentes? Yo cogí un cuaderno y me puse a pintar palotes a medida que pasaban los manifestantes frente a mí. Pues yo me llevé un rosario y le di cuatrocientas quince veces por cada misterio. Pues yo le pregunté a todos mis conocidos y con las cifras que me dieron hice una media y me salió un resultado muy fiable, se lo aseguro".

Siempre hacen lo mismo estos de las manifestaciones "multitudinarias" de los sábados, amparados por las mitras episcopales y los más aguerridos de entre los mandos de un partido que no gobierna ahora, pero que durante los ocho años que gobernó no se dio cuenta de que estaba en vigor una ley que iba contra sus principios morales más arraigados. Ya lo ha dicho Mayor "tristón" Oreja: "No había que haber mirado a otro lado. Tengo cierta responsabilidad como ministro que fui por actuar con cierta parálisis". Por lo menos el hombre tiene capacidad de arrepentimiento como su religión le manda. No como otros, que todavía no han pedido disculpas por haberse equivocado con lo de las armas de destrucción masiva de Irak y con la autoría intelectual de los crímenes del 11 de marzo en Atocha.

Volviendo a la manifa del sábado: una empresa se dedica a contar gentes a traves de fotografías aéreas y mediante un sistema de numeración por persona detectada. Labor minuciosa que no es, por eso, dudosa ni digna de burla. ¿No estamos acostumbrados ya a ver detalles de las ciudades y los pueblos de todo el mundo a través de google maps? ¿No podríamos contar desde nuestra casa cuántas personas transitaban por el Puente Carlos, de Praga, en el momento en que se hicieron las fotos de la ciudad checa que cualquiera puede consultar desde su ordenador? Entonces, ¿por qué dudar del sistema de contabilidad de manifestaciones de Lynce?

Pero a mí, más allá de las cifras, lo que me gustaría saber de la gente que acudió a esa manifestación es cuántos de ellos aceptarían (aunque fuera de tapadillo) un aborto si la afectada fuera su hija o la novia de su hijo, cuántos estarían dispuestos a quedarse en casa con un niño cuya madre no pudiera mantenerle, a financiar la educación de los niños cuyos padres no tienen medios para mandarles al colegio o para comprarles los libros de texto, cuántos estaban en contra de la guerra de Irak, en la que murieron muchos niños que ya habían nacido y crecido...

Lo que hay que reconocer es que estos señores del sábado no habrán conseguido los dos millones de asistentes que dicen pero sí que han conseguido que hablen millones de personas de ellos. Aunque sea para comentar, una vez más, cuánta mentira nos transmiten los medios de comunicación y cuánta hipocresía mueve esta sociedad.

De datos también hablan Isabel y matacucarachas. Y de los 16 años hablaba Ciberculturalia

lunes, 12 de octubre de 2009

Afganistán sin cometas

Afganistan, en un periodo anterior a los desastres y conflictos provocados por rusos y talibanes. Amir, hijo de un padre notable en su comunidad, se cría en un hogar sin mujeres. El hijo de su criado, Hassan, es su compañero de juegos, su amigo devoto, el mejor volador de cometas de la región. Pero Amir le trata con desdén, le hace pagar la frustración que le produce el poco amor que su padre le demuestra, quizás porque al nacer el niño murió su esposa.

La vida tranquila de los niños se tuerce a causa de un episodio dramático. Hassan es la víctima, pero Amir, testigo mudo del suceso, se ensaña con su amigo y consigue alejarlo de su casa. En 1973 se instala el país un gobierno comunista apoyado por los invasores rusos. Estalla en Afganistán la guerra. Muchas familias huyen al extranjero, mientras los talibanes conquistan el país y lo someten a una dictadura religiosa. El castigo, la muerte, el dolor se ceba en los hombres y, sobre todo, en las mujeres que permanecen en el país.

En Estados Unidos, gracias al trabajo de su padre en una gasolinera, Amir estudia, inicia una carrera como escritor y se casa con una mujer de su nacionalidad, que está marcada por un devaneo amoroso anterior. Amir la ama sin considerar que ella tiene alguna culpa porque la suya respecto a Hassan, al que no olvida, es mayor que cualquiera.

Un buen día un viejo amigo le reclama desde Afganistán. Hassan ha muerto y su hijo está en un orfanato...

No es una historia de amistades infantiles, no es una historia dulce. La imagen de la portada y la faja en la que se indica los miles de ejemplares que se han venido de la novela podrían confundir al lector, hacerle pensar en una novelita fácil de niños que se alejan y se reencuentran, superan sus traumas, reanudan sus relaciones infantiles... Pero no es así.

"Cometas en el cielo", de Khaled Hosseini, es una historia dura, porque se desarrolla en un país que sufre, un país hostigado por injusticias sociales, discriminaciones de castas, invasiones, guerras, intransigencias políticas, persecuciones religiosas... Y esas lacras están presentes en la novela, condicionando a las gentes sencillas que tratan de sobrevivir a pesar de la pobreza, la ignorancia y la dependencia de los caprichos de los poderosos.

Las escenas más terribles corresponden a la época de los talibanes. Amir regresa a un Afganistán dominado por los guerreros islamistas que lapidan a mujeres en sesiones circenses, de asistencia masiva, que siembran el terror entre quienes no pertenecen a sus clanes, que destruyen pueblos de gentes a las que consideran inferiores. Y, aunque trata de pasar desapercibido, se tropieza con un enemigo que le espera desde la infancia para machacarle.

Cuando leía la novela, cuando tuve que contemplar la perversidad del guerrero talibán abusando de una criatura, creí que estaba leyendo una escena ficticia, totalmente ficticia. Pero hace unas semanas encontré este párrafo en un reportaje sobre los talibanes, que publicaba la revista dominical de El País. Un reportero había estado en el país, buscando talibanes para saber de ellos.

Lo que nos hemos encontrado es una sociedad de guerreros. Un mundo que ha hecho de la interpretación más extrema del Islam una forma de sobrevivir a la eterna tragedia afgana. Un mundo tribal que se agarra a su código de honor con tanta o más fuerza que al Islam. Un mundo donde sólo se respeta al que lucha. Y las mujeres no luchan. Dice un dicho pastún: "Todas las mujeres son despreciables, incluidas tu madre y tu hermana". Un mundo de hombres, donde hasta los amores son entre hombres. Un mundo que engendra prácticas que uno no espera encontrarse entre los talibanes. Hemos visto a los fieros comandantes de la insurgencia disfrutando de los bailes eróticos de niños que danzaban por unas monedas.

Hay una película basada en la novela, que no he visto pero que, si se ajusta al texto original, debe ser impresionante y tristísima. He encontrado estas secuencias en you tube




Afortunadamente, en la última página del libro de Khaled Hosseini, una cometa surca el cielo azul. No es Afganistán la tierra de la que se ha levantado, pero las manos de quienes tiran de los hilos proceden de aquel país. ¿Podrán regresar algún día estos exiliados a la tierra de sus antepasados? ¿Dejarán de padecer los que no pudieron escapar al régimen del terror? ¿Dejarán de morir de hambre las mujeres viudas y los niños sin padres? ¿Volverán algún día a lanzar a la atmósfera sus cometas los niños de Afganistán?

¿Que pasaría, me pregunto al hilo del reportaje que menciono arriba, si los soldados extranjeros se marcharan de Afganistán y se quedaran a solas los habitantes con los talibanes?


Agradezco vuestros mensajes afectuosos durante este tiempo que estoy medio ausente. No son causas malignas: vacaciones en septiembre, jaleos domésticos que exigen tiempos largos a pesar de su poca envergadura, unidos a ciertas ganas de adelantar lecturas y otras tareas pendientes, me tienen un tanto distanciada del ordenador. Paso de cuando en cuando por los blogs amigos, pero sigo ocupada en asuntos de este otro lado de la pantalla que hacen los días muy cortos. Aunque entre poco, sigo aquí y sigo con vosotros.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Anatomía de un instante

Llegó un tiempo en que lo dejaron solo. Los que antes le halagaban y le cortejaban, los que presumían de ser devotos suyos, los que buscaban el poder y la influencia a su lado, le dejaron solo cuando advirtieron que era un gobernante en declive, sin futuro, sin ningún as en la manga. Adolfo Suárez se quedó sin aliados en 1981, cuatro años después de las primeras elecciones democráticas de España desde 1936, en las que se había confirmado su liderazgo y el poder del partido que él encabezaba, la Unión de Centro Democrático, UCD.

La caída de Adolfo Suárez fue, en cierto modo, el resultado de un contubernio en el que se implicaron partidos políticos, (el suyo y los de la oposición), poderes eclesiásticos, monarquía, sindicatos, militares… La conjunción de tantos conspiradores y adversarios tuvo una consecuencia fatal: abonar el terreno para que los sectores ultraconservadores del Ejército fraguaran un golpe de estado que pudo haberle costado muy caro al país pues, de haber triunfado, nos habrían arrebatado la democracia y, tal vez, nos habrían condenado a una nueva dictadura. De esto nos habla Javier Cercas en su libro Anatomía de un instante”.(Mondadori, 2009)

El título nos introduce en el trabajo que realizado el autor: Contemplando las imágenes del asalto al Congreso por una cuadrilla de guardias, que amenazaban con las armas a los diputados, unas imágenes que se han repetido cientos de veces en las pantallas de la televisión y en las páginas de las revistas y los periódicos, Cercas se detiene a diseccionar a los personajes que participan en la escena, indagando en sus motivaciones, sus engaños, sus aspiraciones, sus encuentros, saca a la luz sus historiales, remontándose a los años juveniles que, en algunos casos, coinciden con los de la guerra civil.

"Ya no existen grandes enigmas sobre el 23-F. Lo digo después de haberlo leído todo y hablado con muchos de los protagonistas. Lo que quedan son zonas de sombra. No hay historiadores académicos que se hayan ocupado del golpe. La razón es que no existen documentos. Pero yo me he dedicado a mirar, a escuchar y a leer con atención. A fijarme en esas cosas que todo el mundo hemos visto pero que no hemos acertado todavía a interpretar" decía Javier Cercas cuando se publicó su libro, en abril de 2009.

¿Qué hizo el rey durante aquella tarde de febrero, después de enterarse de que unos uniformados habían tomado a los diputados como rehenes? ¿Rechazó el golpe por convicción propia o por intereses que nadie rebelaría entonces? ¿Hubo alguien que le aconsejara y que interviniera en su decisión? ¿Qué pensaría Suárez mientras se quedaba sentado en su escaño cuando todos los diputados se metían debajo del suyo? ¿No tendría miedo Carrillo, que hizo otro tanto? ¿Qué sabía Guitérrez Mellado de los golpistas y por qué intentaron tirarlo al suelo sus subordinados? ¿Cómo se lo montó Armada para que no se sospechase de él en los momentos del asalto?

El libro nos ayuda a dar respuesta a las dudas que nos han quedado en la cabeza, dudas que no se han diluido a pesar de los cientos de libros, artículos, películas, chistes, que hemos leído, oído, visto a lo largo de los veintiocho años que han transcurrido desde que Tejero y los suyos entraran en el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Javier Cercas, que escribe con una claridad y una contundencia admirables, aporta múltiples datos sobre los acontecimientos y una extensa bibliografía para apoyar las opiniones que él emite sobre los personajes, su comportamiento, sus pretensiones.

A pesar de que él saca conclusiones de sus pesquisas y utiliza adjetivos para calificar a los personajes, no se le advierte al autor tendenciosidad ni afán de manipulación de mentes ajenas, sino que su texto parece una invitación continuada al lector, le incita a meditar y sacar también sus propias conclusiones. Cercas no oculta su predilección por la democracia, pero sus afirmaciones vienen avaladas por las entrevistas a quienes vivieron los hechos o los padecieron, por las consultas de libros de ideología dispar, por la observación de documentos audiovisuales….

La figura más descollante del libro es, por supuesto, Adolfo Suárez, el artífice de la transición, un periodo que se ha mitificado tanto como la figura que lo impulsó. Criado en las estructuras de poder franquistas, ministro del Movimiento (un amago de partido político consentido por el dictador para aglutinar a sus partidarios), amigo de cualquiera que tuviera un papel relevante en la vida política española, Suárez fue capaz de destruir los engranajes de la dictadura y edificar sobre sus escombros, un sistema democrático parlamentario, encabezado por el rey que le había encomendado la misión.

Lo malo es que cuando ya había cumplido su tarea, cuando Juan Carlos reinaba ya en una España con una constitución democrática, aprobada por los ciudadanos, y había celebrado unas elecciones generales, cuando parecía imposible desandar el camino que nos había sacado de la larguísima postguerra, los poderes fácticos se volvieron contra Suárez y allanaron el camino a los militares conservadores que, añorando los años en que ellos dictaban la ley y las normas, querían controlar la democracia o erradicarla.

Considero este libro imprescindible para todo el que desee conocer a fondo la historia más reciente de España. Y doy fe que se lee con la misma facilidad con que se lee una novela. Una buena novela

Fotos: portadas del diario El País del 24 y el 25 de febrero de 1981. La imagen de Suárez es de Marisa Flórez y se publicó en el mismo diario en 1986

Si no cuento mal, esta es mi entrada número 200. Si cuento mal, es la 201 o la 202.
Prefiero que sea la 200 para asociar el número redondo a un libro que me ha resultado tan interesante.

domingo, 30 de agosto de 2009

Reconciliación

En julio se cumplieron 43 años de la asonada franquista. Todavía sin recuperar los restos de los fusilados por la revancha nacionalista, todavía sin rendir el merecido homenaje a muchos de los que murieron por el simple hecho de pensar en clave republicana o de izquierdas,. Todavía sin dejar de escuchar los berridos de quienes se empeñan en pasar las páginas de la historia sin leerlas ni comentarlas.

Han pasado 43 años y todavía hay gente empecinada en no permitirnos decir que la guerra fue ilegal, que fue un golpe de estado contra la voluntad popular, contra un régimen establecido con la legitimidad que dan las urnas, que fue una aberración y una masacre en la que no cabía ninguna razón sino tan sólo la fuerza de las armas.

Todavía hay gente que no ha podido enjugar sus lágrimas y decir, sin que nadie se burle o intente hecerle callar, que su padre, su abuelo, su hermana, su prima o su amigo era una persona honrada que no merecía la muerte. Que sus asesinos fueron unos delincuentes.

Pero también hay muchas voces que claman por los muertos y los desaparecidos. Y hay pueblos españoles que quieren devolverles su buen nombre y decirles a sus sucesores que lamentan la pérdida de aquellos vecinos. Fue el caso de Villalpando, un pueblo de Zamora, situado a 239 kilómetros de Madrid, donde el día 4 de julio se celebró un homenaje a 28 vecinos muertos, víctimas de la guerra civil.

El historiador José Álvarez Junco leyó un discurso, que unos días después se reprodujo en el periódico El País. Yo quiero conservar esas palabras y compartirlas con quien pase por aquí. Porque son una lección de civismo, de respeto y de decencia.

"Éste es un acto de homenaje hacia aquellas víctimas y, por tanto, simbólico por encima de todo. Queremos proclamar en voz muy alta, delante de todos, que un grupo de vecinos de este pueblo -veintiocho, según ha investigado Agapito Madroño- sufrió una muerte violenta que de ninguna manera merecía; y queremos decir a sus familias, que no sólo vieron morir a un ser querido sino que soportaron más tarde el oprobio y la humillación, que aquello fue también injusto porque no eran culpables de nada".

"Queremos declarar aquí, en nombre del pueblo entero, que ellos, y desde luego sus familiares muertos, fueron y son seres dignos, dignísimos, y que tienen derecho a caminar con la cabeza bien alta. Si alguien debe sentir vergüenza somos los demás, por haber tardado tanto en rendirles este homenaje, al que estábamos obligados desde hace mucho tiempo. Estamos aquí, en suma, todos -o deberíamos estar todos-, para comprometernos seriamente a que hechos de este tipo no se repitan. Nunca más una guerra civil como aquélla."

"Por estas razones, éste de hoy no es un acto exclusivo de los familiares o los simpatizantes de ciertas tendencias políticas, las derrotadas en 1939. Es importante resaltar que este homenaje ha sido refrendado por unanimidad en el ayuntamiento. Somos todos los que debemos sellar la reconciliación, reconociendo que se cometieron brutalidades por ambos lados. Por ambos, y no sólo por uno, como proclamó el franquismo, que homenajeó, y mucho, a sus "caídos por Dios y por España".

Nota: Dedicado a Navegante rojo, que dice en su blog que "no hay futuro sin memoria". El recuerdo de los que se fueron antes de tiempo no puede caer en el olvido al que le condenaron los que no respetaron la vida ni la dignidad de quienes no pensaban como ellos.

viernes, 21 de agosto de 2009

Detectives de novela

El cine americano les dio facciones y modales a los detectives y policías de las novelas negras que se leían en las primeras décadas del siglo XX. En la memoria colectiva de lectores y espectadores, el rostro de Humphrey Bogart está asociado a la figura de Sam Spade, el detective privado que protagoniza "El halcón maltés”. uno de los clásicos del género. Dasshiel Hammett escribió la novela, que se publicó en 1930. Y John Huston dirigió la película basada en su trama, en 1941.

Sancho Bordaberri, sin embargo, no tiene esa referencia física cuando en 1944 decide investigar la tragedia que ocurrió en Guetxo diez años antes: Leonardo Altube fue encadenado a una roca junto a su hermano gemelo, Eusebio, y murió ahogado cuando subió la marea. La intervención de algunos vecinos salvó a su hermano del mismo final. Sancho, que regenta la librería del pueblo, es el protagonista de la novela “Sólo un muerto más”, (Tusquets, 2009), firmada por el escritor Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923).

Apasionado del género negro, Sancho ha leído todas las novelas que se acumulan en una sección especial de su librería y ha intentado seguir los pasos de los autores que las escribieron. Su carrera literaria, empero, ha fracasado antes de iniciarse: las editoriales han rechazado, una tras otra, las dieciséis novelas que el hombre les ha enviado con el afán de verlas publicadas. Sancho no se rinde. Si no puede emular a los autores de las novelas policíacas, se convertirá en uno de los personajes que pululan por sus páginas. Así surge Samuel Esparta, la versión local de Sam Spade.

Como tres siglos antes un hidalgo de la Mancha, Sancho actúa según las pautas de comportamiento aprendidas de sus héroes literarios. El detective de Guetxo se mete en la piel de esos individuos osados y tenaces, intuitivos y arriesgados que crearon los clásicos del género. Y bajo su atenta mirada va descubriendo el misterio que durante diez años ha quitado el sueño a sus paisanos.

Sancho es un personaje simpático para el lector. Su lealtad a esos tipos hieráticos y aparentemente duros, en los que se inspira cuando duda o se atemoriza, provocan una mezcla de ternura y de admiración, en la que también caben la complicidad y el buen humor.

Me pregunto, sin embargo, cómo habría actuado Sancho si sus ídolos no hubieran sido los personajes de Dashiell Hammet, de Raymond Chandler o de Erle Stanley Gardner, sino los que nacieron en las últimas décadas del siglo XX, los que ahora llenan las estanterías de los aficionados a la novela negra. Me refiero a Adam Dalgliesh, el policía inglés de P. D. James, que cultiva la poesía y se deja guiar por su sensibilidad artística; a Kurt Wallander, el detective sueco de Henning Mankell, un tipo solitario y nostálgico, que mira siempre al cielo para evaluar el clima de la jornada. Me refiero también a Kostas Jaritos, creación del griego Petros Makaris; a Guido Brunetti, el policía que corretea por Venecia con Donna Leon; a Petra Delicado, la inspectora de Barcelona inventada por Alicia Jiménez Barlett; a Harry Bosch, el hombre de Michael Connelly en Los Ángeles; incluso a Charlie Parker, a quien John Connolly le dado un nombre que suena a música de jazz.

A los detectives de papel actuales no les encajan las facciones de Bogart. Yo me los figuro menos rígidos y más vitalistas que los que inspiran las aventuras de Sancho, porque en su talante y en su comportamiento influyen notablemente el miedo y los amores, las responsabilidades familiares, las enfermedades, las manías, las aficiones, la tecnología moderna. Son seres que vacilan, que tropiezan, se equivocan, se obsesionan, se enfadan…

Todo es cuestión de gustos, claro está. Y la proliferación de investigadores en la literatura propicia que cada lector se implique en las aventuras de aquel con el que mejor se identifique. O el que más le conmueva. Si bien hay que tener cuidado para no meterse por ellos en jaleos, como le ocurre al librero de Guetxo.

En las fotos, Bogart con la estatuilla del Halcón Maltés y, abajo, Kenneth Branagh, en el papel de inspector Wallander, en una serie realizada por la BBC.

sábado, 8 de agosto de 2009

Los hombres que no amaban a las mujeres

Un sábado de agosto, con el calor vaciando la ciudad, y las tareas aparcadas hasta el lunes... Es buen momento para romper esta pausa que me tomé hace un mes y contar algo de lo que he leído en las últimas semanas. Estoy cumpliendo una serie de compromisos y realizando algunas tareas que se habían quedado retrasadas. Una de ellas era leer esos muchos libros que se me iban amontonando en la mente y en las estanterías. Entre los cuales hay un título que veo todos los días en cuanto salgo a la calle. No sólo en los escaparates de las librerías, también, y sobre todo, en el transporte público.

Sé que a estas alturas es difícil decir algo nuevo sobre "Los hombres que no amaban a las mujeres", de Stieg Larsson, el autor sueco que ha ganado tantísimos elogios y comentarios cuando ya no podía disfrutar del éxito. Sobre la trilogía que componen este título y los dos que le siguen, se han lanzado cientos de comentarios en blogs, en periódicos, en conversaciones de sobremesa, en tertulias espontáneas con los compañeros de trabajo. He oído alabanzas, múltiples alabanzas sobre la obra de Larsson. ¿Demasiadas quizás?

Se trata de una novela negra, trenzada con las fórmulas habituales en el género, que cuenta las peripecias de Mikael Blomkvist, un periodista económico de Estocolmo, que es condenado en un juicio por difamar a un gran industrial del país. La decisión de apartarse de la revista que edita, junto a su amiga Erika, coincide con una oferta de trabajo que le llega de otro empresario, Henrik Vanger, hombre de ochenta y tantos años que dirige un emporio familiar. El anciano está obsesionado por la desaparición de una sobrina en 1966. Durante cuarenta y tantos años, las investigaciones sobre el asesinato de Harriet Vanger no han dado ningún resultado y ahora le pide a Mikael que intente él averiguar qué fue lo que ocurrió. Si otros fallaron, piensa el periodista, no va poder él resolver el misterio. Pero se pone a analizar fotos, documentos, periódicos de la época, habla con miembros de la familia, y saca sus propias conclusiones. En el momento álgido, se le une Lisbeth Salander, una joven huraña, con la que forma un dúo muy efectivo. Y no cuento más, que no debo.

Larsson ha escrito una novela correcta e interesante, que se ha traducido al castellano con gran acierto: no hay giros lingüísticos ni vocablos extraños que le recuerden constantemente al lector que el texto que tiene ante sus ojos no es más que una versión de una obra extranjera. Las técnicas del género se utilizan con pericia, creando curiosidad al lector y animándole a continuar leyendo una página más, un capítulo más aunque sean altas horas de la madrugada.

Los personajes resultan creíbles y dignos, sus reacciones son consecuentes con el carácter que les otorga su autor. Hasta Lisbeth, esa extraña chica, flaca y lista, de comportamiento frío e imprevisible, resulta un tanto real a medida que el lector se adentra en sus intimidades. De ellos me ha sorprendido cuánto café toman y con qué frecuencia fuman. Larsson, que murió de un ataque al corazón motivado, según he leído, por las excesivas dosis de café y de tabaco, por la falta de descanso, y el estrés, les aplica a sus personajes esa forma de vida trepidante que a él, a la postre, le resultó fatídica.

En cuanto al argumento, lo encuentro sólido, sin agujeros ni trampas para justificar lo inexplicable. Quiero decir: el lector se va enterando en cada capítulo de lo que descubren Mikael y Lisbeth, sigue paso a paso la investigación y entiende las deducciones que ellos hacen. Larsson no se saca de la manga (como hacen algunos novelistas de misterio) un suceso o un personaje imprevisto para que las piezas del puzle casen cuando la trama se le atasca. No. Todo está perfectamente explicado. Y eso, en mi opinión, es un mérito añadido.

También es meritorio el afán de Larsson de denunciar los malos tratos a las mujeres, los abusos y las violaciones de los que son víctimas en un país tan "adelantado" como es Suecia. Yo creo y apuesto por el compromiso social de los escritores (y de los artistas y gentes de la cultura, en general). Y este libro está comprometido con los malos hábitos de una sociedad civilizada y con las personas que luchan contra ellos. A la par, Larsson denuncia también el racismo y saca a colación la existencia del nazismo en Suecia, del que poco sabemos por estas latitudes.

Mi opinión es, pues, favorable. Pero, aunque le encuentro muchos rasgos positivos y la considero una novela recomendable, no la calificaría nunca de obra maestra. Es una buena novela de misterio pero no la más sorprendente, ni la más audaz ni la más innovadora. Larsson escribe bien, pero su narración carece de grandes logros literarios, de descripciones llamativas, de ideas sublimes. Como dice el blog de Elena, Perdida entre libros, no hay frases tan bellas que a una le den ganas de apuntarla en un papel para releerla de cuando en cuando y reflexionar sobre su contenido.

Además, creo que le sobran unas cuantas páginas. Una vez se resuelve el enigma central, el interés del libro decae tanto que hubiera convenido que las siguientes cuarenta o cincuenta páginas se resumieran en cinco o diez.

No he visto la película que se hizo sobre el libro. Pero he leído una crítica que igual valdría para este libro que para otros muchos. Está en Ojos de papel. Aquí os la dejo.

domingo, 5 de julio de 2009

Una pausa

Durante unos días voy a echar las persianas. No es por el calor, o quizás tenga algo que ver este bochorno que nos cambia las rutinas y nos empuja hacia los cuartos más oscuros de las casas.
Se me acumulan unas cuantas tareas de índole diversa y voy a tener que dedicarme a ellas. Unas son obligaciones de la vida cotidiana, otras son acontecimientos amables, encuentros alegres que el verano propicia. Otras son proyectos que se van quedando rezagados durante meses y un buen día los retomas y te propones avanzar en ellos.

En cualquier caso, abriré las ventanas de cuando en cuando (quizás desde casas ajenas) y os leeré con el mismo gusto que durante los meses de frío.

Os dejo esta imagen de un libro que he sacado de la red, porque el verano, con ratos de siesta y de ocio más frecuentes, es buena estación para echarle mano a los libros que en invierno se nos han escapado. Yo estoy estos días con "Anatomía de un instante", el libro de Javier Cercas que compré en la feria, con su firma, y estoy disfrutando de tal forma que os lo aconsejo a todos los que sintáis interés por la historia española reciente. Es una versión de la época de la transición y del golpe del 23 F vista por un hombre que escribe muy bien y que no se posiciona en ningún bando.

Luego, a ver si me enfrento, al fin, con la trilogía de Larsson, para poder compartir coloquios con mis amigos y mis allegados.

Os veo en algún punto del espacio en cualquier momento.

jueves, 2 de julio de 2009

Maruja Mallo

Sabemos pocas cosas de las pintoras españolas de principios del siglo XX. En las salas de los museos no hay muchos cuadros con firma femenina. Y en las antologías y estudios culturales de aquel periodo son escasas las referencias a su labor artística. Fueron contemporáneas de Picasso, de Juan Gris, de Gutiérrez Solana, de Sorolla... y acaso con ellos compartieron en alguna ocasión los muros de una exposición colectiva, las aulas de una institución o un ciclo de conferencias sobre las influencias artísticas que llegaban desde otros países europeos.

Una de las pintoras de la que sabemos algo más y de la que sí hemos visto algún cuadro es Maruja Mallo. En el Reina Sofía hay, por lo menos, tres obras suyas. Entre ellas, una colorista “Verbena”, de la que os pongo una pequeña reproducción bajo estas líneas.


Nacida en Viveiro, en 1902, Maruja era una joven intrépida, rebelde y ocurrente, que a los 20 años se trasladó a Madrid para estudiar Bellas Artes. Aquí se relacionó con las vanguardias artísticas, en ebullición entonces, y empezó a darse a conocer como pintora singular. En 1927, con veinticinco años, gestó “La mujer de la cabra”, a la que seguirían las Verbenas y la serie de Cloacas y Campanarios.

La guerra truncó su trayectoria. Maruja salió de España en 1937, asustada por las barbaridades que había visto en Galicia, donde la pilló el golpe de los militares. Y no regresó hasta 1963.

Durante casi tres décadas de exilio, nunca dejó de pintar. Nunca dejó de experimentar ni de ser aclamada en los países americanos que la acogieron y la honraron como a otros otros creadores e intelectuales que se marcharon cuando la democracia pereció en España.

En los años setenta y ochenta, Maruja Mallo logró que se la reconociera en su país como la pintora genial que era. En los años noventa se organizaron dos muestras antológicas, una en La Coruña y otra en Madrid, que reunieron varios cuadros de Mallo, procedentes muchos de ellos de coleccionistas particulares.

Cuenta José Luis Ferris en su biografía de Maruja Mallo (Temas de Hoy, 2004), obra tan llena de datos y referencias documentales como de lirismo, que la pintora vivió los últimos diez años de su existencia recluida en una clínica geriátrica de Carabanchel, en Madrid, apagándose como una vela que había sido resplandeciente y exótica en el pasado. ¡Qué lastimoso final para una mujer que tanto empeño le puso a la tarea de vivir y tanto lustre le dio a la tarea de crear!

Maruja Mallo murió el 6 de febrero de 1995 sola y, posiblemente, triste. De ella asegura su biografo, que fue "una mujer original, fascinante y transgresora que desbordó los márgenes de su tiempo y que incurrió, como advirtiera María Zambrano, en uno de los errores más destructivos e imperdonables: ser libre”.

domingo, 28 de junio de 2009

Con Paqui

Se llama Francisca Hernández, Paqui, y en las fotos de hace años se le aprecia en la cara un gesto de plenitud que induce a la compasión porque ha perdido al hombre que posa a su lado. Pero no, ella no quiere compasión. No quiere que nadie le llame víctima a ella ni le cuelgue el cartel de víctima a su marido. Ella dice que él, Eduardo Puelles, salvaba vidas y que es un héroe. Y yo la creo. Porque sus palabras tienen la rotundidad de quien ha descubierto la verdadera esencia de la persona con quien comparte su vida y es capaz de empeñar su futuro por defenderlas.

Eduardo Puelles fue asesinado el 19 de junio en Arrigorriaga por los energúmenos que componen esa banda cuyas tres letras me niego a escribir en esta hoja. De manera zafia, cobarde y rastrera, eligieron el blanco de su bomba y se cargaron al hombre que amaba Paqui. Y ella dijo lo que pensaba sobre ellos, los asesinos, y sobre quienes los arropan. Sin dejarse vencer por el temor que a otros les impide hablar o les fuerza a decir frases torpes y ambiguas.

Si sirve de algo, aquí va mi firma contra todos los que quieren que Paqui se calle.

martes, 23 de junio de 2009

Broadway

Desde que éramos pequeños hemos escuchado el nombre de esa avenida con reverencia. Broadway. Hemos imaginado una calle llena de carteles, donde se exhiben los títulos de los espectáculos que, a veces, transformados en películas, han llenado n uestras salas de cine y las pantallas de nuestros televisores.

Broadway era en nuestra imaginación una avenida llena de música, el lugar mágico y vivificante donde se unen las voces de cientos de cantantes, los sonidos de miles de instrumentos, la cadencia de las melodías interminables que, cruzando el océano, llegan a nuestras ciudades, se insertan en nuestras historias personales y se hacen parte de nuestra memoria y nuestra rutina.

Y nuestra imaginación se convierte en realidad cuando llegamos a Broadway y sentimos en las pupilas el destello deslumbrante de las miles de bombillas que se encienden en las fachadas de la vía, en torno a los letreros que anuncian los espectáculos que están en cartel. Chicago, Billy Elliot, Hair, West side story. ¿Quedará algún ser humano sin haber visto todavía West side story?

Broadway es una vía que se salta las reglas toponímicas de Manhattan y su trazado cuadricular. Salvo los barrios del sur de la isla, los más antiguos, que se construyeron sin planificación regular cuando los inmigrantes europeos se instalaron en esta tierra de indios, el mapa de Manhattan está compuesto por una docena de avenidas, que corren de sur a norte, y unos centenares de calles, que van de este a oeste, todas ellas nombradas con números según su ordenación. (En algunos tramos, es cierto, algunas avenidas asumen otro nombre: la cuarta se llama Park Avenue, la sexta se llama de las Américas, la novena Columbus, la décima Amsterdam...)


Broadway, sin embargo, tiene un nombre distinto, quizás porque es una vía particular, con personalidad singular. A diferencia de las avenidas, Broadway sigue un itinerario oblicuo, que comienza en la punta sur de la isla, en Battery park, se entrecruza con nueve de las doce avenidas, y llega hasta la calle 215, donde se convierte en puente para cruzar el río y prolongarse en suelo del Bronx, uno de los distritos añadidos a Nueva York.

Caminando por Broadway, el turista atraviesa barrios y calles de sustancia, arquitectura y cometidos dispares, lo que le da una visión múltiple de la gran metrópolis. La compostura financiera de Wall street, el derroche comercial de Chinatown y de Soho, la severidad burocrática de la Sexta avenida con sus severos edificios de oficinas, el lujo y el poderío económico de la Quinta, el despliegue publicitario de Times Square, la luminosidad verde de Central Park, con el que linda en Columbus cicle, la sensibilidad artística de Lincoln Center, la concentración humana de las zonas residenciales de la Novena y la Décima, el saber y el talento de Columbia University...

Broadway es una especie de vena que recorre el corazón de Nueva York, dándole aire a sus barrios y multiplicando en ellos el afán de acoger y acaparar todas las razas, todas las lenguas, todas las culturas, todos los estilos de vida, que hacen esta ciudad tan grande y tan atractiva para los que llegamos de otro continente.


Foto 1. Times Square a las ocho de la tarde.

Foto 2. Así veía Broadway desde mi balcón en el piso 18.

jueves, 18 de junio de 2009

Los Bravos

Hace un par de años me regalaron un libro en el que se contaba la historia de este grupo, Los Bravos. Su trayectoria fue breve pues sacaron su primer disco en 1966 y, tres años después, ya estaban a punto de separarse. Pero sus canciones, Black is Black, Bring a little lovin, La moto y tantas otras, no han dejado de escucharse. Aunque hayan transcurrido cuarenta años desde que salieron al mercado.

Los Bravos. Recuerdos de una leyenda es el título del libro que escribe Guzmán Alonso Moreno. Se publicó en 2004, y es un relato pormenorizado y bien documentado del fenómeno que llevó a los Bravos a los primeros puestos de las listas de ventas internacionales. En realidad, ellos no eran un grupo de amiguetes aficionados a la música, que aprendieron juntos a cantar y fueron subiendo, uno a uno, los peldaños de la fama con sus temas, su tenacidad y su talento. No. El triunfo del conjunto se debió más bien a una tremenda operación de marqueting, diseñada por el productor francés Alain Milhaud, que manejó elementos de todo tipo para configurar el grupo y colocarlo en la cumbre.



Tony Martínez, guitarra, y Manolo Fernández, órgano, procedían de Los Sonor. Miguel Vicens, bajo, y Pablo Sanhelí, batería, venían de The Runaways, en donde habían coincidido con el cantante, Mike Kogel, que fue elegido para ser voz y rostro de Los Bravos. Sus primeros temas, compuestos por Manolo Díaz, que también fue miembro de Los Sonor, se escucharon en el programa más moderno de la radio, El Gran Musical, de Radio Madrid.

Durante dos o tres años Los Bravos arrasaron en el panorma musical español. Era la época dorada de Los Brincos, con quien competían en ventas y número de fans, de los guateques, de las revistas de información musical, de las actuaciones en directo los domingos por la mañana.

Aunque Mike cantaba muchas canciones en inglés, sus seguidores no dejaban de corear sus letras. Ni de acudir a las proyecciones de las dos películas, de calidad dudosa pero cargadas de música y humor, que Los Bravos protagonizaron. Hasta el hecho de viajar a Londres para grabar nuevos discos, fue considerado signo de su calidad y prestigo.

Pero las discrepancias entre los bravos, cuando se bajaban del escenario, el carácter indómito de su cantante, que se tenía por un divo internacional, las tensiones propias de una actividad desenfrenada y, quizás, el hecho de que su unión había sido artificial y no fruto de una ilusión compartida por los cinco chicos que actuaban juntos, minaron la solidez del grupo en pocos años. Milhaud los mantuvo a raya durante un tiempo. Pero sus buenas mañas no sirvieron de nada cuando estalló la crisis.

En 1968, el organista del grupo, Manolo Fernández, perdió a su mujer en un accidente de circulación dos meses después de su boda. Manolo no aguantó su ausencia y se quitó la vida pocas semanas después. Su muerte fue el principio de la agonía de Los Bravos. El inicio de una descomposición que se aceleró cuando el cantante, Mike, decidió emprender una carrera en solitario que no le llevó muy lejos. Consiguió meter dos temas en los programas musicales del momento. Luego se perdió su rastro. Mientras tanto, los tres bravos que se quedaron con el título, buscaban sustitutos para los ausentes y trataban de reconquistar su puesto en la música española. No lo llegaron a conseguir.

De todo esto, analizado con documentos de aquel periodo, trata el libro de Guzmán Alonso Moreno. Una obra interesante no sólo para los amantes de la música de los sesenta sino, sobre todo, para quienes hoy se dedican a la publicidad y a la comunicación.

Os dejo aquí otro enlace en el que se habla sobre los Bravos.
Y otro tema, este muy conocido.


jueves, 11 de junio de 2009

Un balcón en el piso 18

En Nueva York encontré un balcón al que asomarme. Un balcón que estaba en el piso décimo octavo de un edificio de 32 plantas, entre Broadway y la octava avenida. Desde el balcón veía edificios poderosos, altivos, estilizados: un panorama que ratificaba la visión de la ciudad como un compendio de desmesuras y osadías.

Este gigante de cristal y acero, que aparece junto a estas líneas, es uno de los más rascacielos más modernos de Nueva York. Se acabó de construir en 2006. Y es también la primera obra del arquitecto británico Norman Foster, en Manhattan.

La torre Hearst, que lleva ese nombre porque es la sede del grupo editorial Hearst (una de cuyas publicaciones es Cosmopolitan), está ubicada en la Octava Avenida, entre las calles 56 y 57. Sorprenden, cuando se ve por vez primera su silueta, sus fachadas compuestas por triángulos de cristal y ese aspecto de estar formado por cuerpos geométricos, apilados unos sobre otros, que le dan sus pisos retranqueados.

Pero más sorprende una vista de la torre desde su base, pues se levanta sobre un edificio de seis plantas, construido en 1928, que fue la primera sede de las empresas del magnate de la prensa, Randolph Hearst. Entonces ya se había planificado levantar un rascacielos, pero eran tiempos de depresión económica y el proyecto tuvo que esperar. Las plantas superiores de la torre han tardado casi ochenta años en florecer.


En Nueva York empezaron a alzarse los rascacielos (skycraper, los llaman en inglés) a principios del siglo XX. La ciudad estaba en auge y el terreno estaba limitado, puesto que Manhattan es una isla. Así que urbanistas, arquitectos y autoridades empezaron a pensar en plantar grandes construcciones en solares de dimensiones relativamente reducidas. Uno de los primeros edificios de este tipo fue el Flatiron Building, en la confluencia de la quinta avenida con Broadway, que es de 1902. Otro de los veteranos es el Chrysler Building, que ya os mostré en una foto anterior.

El subsuelo de Manhattan está formado por una franja de roca que facilita el anclaje de los rascacielos. Esta franja no es perpendicular a la superficie, sino que asciende y desciende a lo largo de los 22 kilómetros que mide la isla de norte a sur. Los rebaños de rascacielos se asientan, precisamente, en las zonas donde la capa rocosa es más superficial. Entre las calles 42 y 59, al sur de Central Park, se encuentran algunas de las torres que yo veía desde el balcón.

Os enseño otros dos. El del tejado puntiagudo, de nombre One Worldwide Plaza, es una torre comercial de 50 pisos, construida en los años 80 y situada en la Octava avenida, entre las calles 49 y 50. Por las noches lo veía iluminarse con unas luces suaves que le daban un aire mágico, incitante. El edificio de la derecha también encendía al anochecer las luces del ático. Pero no me consta que tenga un nombre especial.

El balcón desde el que saqué las fotografías pertenecía al apartamento que alquilamos a través de internet. La agencia inmobiliaria se llevó un porcentaje (sustancioso) por las gestiones de poner en contacto a los clientes con la dueña, quien demostró su hospitalidad con detalles destinados a sus inquilinos temporales. Su precio, aunque elevado porque es muy caro el hospedaje en Nueva York, era equivalente al que hubiera costado una habitación (doble o sencilla) en uno de los hoteles de Manhattan.

domingo, 7 de junio de 2009

Javier Cercas en la feria

Javier Cercas ha escrito un libro sobre el intento de golpe del 23 de febrero de 1981, que se anuncia interesante. Yo me propuse comprarlo cuando leí las entrevistas de promoción y las críticas. Y esperaba una ocasión, como la que brinda la Feria del Libro, para pedirle una firma al autor.

No soy amiga de filas para nada. A veces tienes que hacer cola para sacar dinero del banco, para pagar la compra o para hacer un trámite administrativo. Y la haces porque no te queda más remedio. Pero ponerse a la fila, esperar veinte o treinta minutos para que un señor o una señora te estampen una firma fría en la página primera de un libro... ¿compensa? Debería habérselo preguntado a estos señores que esperaban para que Ibañez, el padre de Mortadelo y Filemón, (un artista de los buenos, sin duda) les rubricase un libro de comics.

Pero a Cercas tenía ganas de decirle, a la vez que le pedía una firma, que sigo pensando que "Soldados de Salamina" es una obra muy lograda, tanto por su estilo y sus estructuras particulares (que, en mi opinión, han creado escuela), como por lo que tiene de canto a los soldados anónimos que perdieron la guerra civil y, por ello, perdieron también su cotidianeidad y sus raíces. El libro lo descubrí gracias al consejo de un amigo antes de que ganase la fama que le convertiría en uno de los libros más vendidos de los últimos años. Y se lo he recomendado, después, a unos cuantos amigos.

Cuando he llegado al parque del Retiro, sobre las 11.30, los altavoces estaban recitando los nombres de los escritores que firmaban en las casetas de la feria. No he oído el nombre de Cercas. Así que me he puesto a pasear, a ver libros, a ver las caras y los gestos de ciertos autores, he saludado a algún amigo... Había escritores a los que admiro (Bernardo Atxaga, Ian Gibson, Eduardo Mendoza), y también personajillos de las teles y radios reaccionarias, que me dan repelús, no sólo por la mala baba que suelen destilar ante los micrófonos sino también porque sospecho (en ciertos casos, me consta) que usan negros para llenar sus libros.


Cuando ya me disponía a marcharme, he oído por el altavoz el nombre que esperaba. Cercas estaba en la caseta de una librería y, ¡qué suerte la mía!, no había nadie haciendo cola. Así que me he acercado, he pedido el libros y he podido cruzar unas palabras con Javier mientras él ponía una dedicatoria en mi libro. No es un tipo envarado, os lo aseguro. No es de esos escritores a quienes, cuando la popularidad les abraza, el ego se les sube al cogote y te miran con la distancia del que se siente en un planeta distinto al que habitan el común de los mortales.

No se me ha ocurrido hacerle una foto. Además, lo confieso, he formado cola sin proponérmelo. Así que os dejo una imagen de ambiente.