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viernes, 5 de marzo de 2021

Terrazas sí, manifestaciones no

 Me he acercado esta tarde a la tienda cerrada de Carlos Paz, en cuya puerta hay mensajes de sus vecinos, velas y flores de despedida. Ayer nos contaba la pérdida Ángel Alda, el cronista de Olavide, en Somos Chamberí. Apenas he podido detenerme un instante frente al altar vecinal para no obstaculizar el paso de otros peatones

 
Foto: Angel Alda

Las tardes de los viernes es dificilísimo caminar por Madrid. Las sillas y mesas de los bares invaden las aceras, compitiendo con los alcorques de los árboles, los cubos de basura, los escasos bancos públicos y sin respetar los espacios de los viandantes que en algunos tramos han de caminar en fila india. 

La salida masiva de jóvenes y menos jóvenes a tomar cañas al aire libre, actividad muy sana y muy loable, sin duda ninguna, convierte Madrid en un gran parque temático del terraceo. ¡Si hasta los franceses se vienen de excursión para sentarse en una terraza callejera a disfrutar...!

Viendo tal concentración de gente y la falta de medidas de precaución, porque en muchas terrazas no se guardan distancias de seguridad (ni entre los de una misma mesa ni entre estos y los de la mesa de al lado) y la clientela no se coloca la mascarilla entre sorbo y sorbo, viendo este gentío desbordado y desbordante, una se pregunta ¿por qué se prohiben las manifestaciones del 8 de marzo? ¿Acaso estarían las manifestantes más arrimadas que los chicos y chicas de las terrazas? ¿Acaso no llevarían las mascarillas puestas? ¿Acaso no estarían al aire libre?

¿Alguien puede aclararlo? Porque yo no lo entiendo.

Podría entenderlo si no se  permitieran las terrazas a tope, las calles comerciales a tope, el metro por la mañana a tope, los conciertos de ciertos divos....

Y hablando de concentraciones. ¿Se ha pensado esta señora que aparece todos los días en la tele diciendo alguna frase ocurrente  la que se va a montar en las calles de Madrid en semana santa si los residentes no salen y se vienen para acá todos esos visitantes a los que ella invita a "a mover la maltrecha economía" nuestra. No podrán venir visitantes de Toledo o de Ávila, estando cerrados los perímetros de las comunidades colindantes, pero ¡que vengan los franceses, los suecos, los belgas....!

Madrid ya es casi Magaluf.

lunes, 25 de mayo de 2020

Vengan sin prejuicios que disfrutarán más


Hay cola frente al centro de Salud. La enfermera sale, consulta, vuelve a entrar, volverá a salir en unos minutos con la respuesta. No hay atención primaria en el barrio.
En la plaza, a cien o doscientos metros, se están instalando mesas y sillas para la hora del aperitivo. Frente a uno de los bares, el más madrugador, ya hay tres mesas ocupadas por personas que desayunan.
Podemos tomarnos el café o la cerveza al aire libre pero,¡cuidado!, que no te de una faringitis o te salga un sarpullido que tu médica no pasa consulta. ¡Paradojas de la crisis! O más bien, paradojas de Madrid.

Hoy es noticia esta ciudad y esta comunidad. Al fin pasamos a fase 1. Sin médicos, sin enfermeros pero con terrazas disponibles. Los medios de comunicación se despliegan por las calles para comprobar la emoción de los paisanos. A mí que no me pregunten, que yo me atengo a lo que dicen los sanitarios: teníamos que haber reforzado los centros de salud antes de dar el siguiente paso. Pero ni se han reforzado, ni se han abierto al público siquiera.

Leo  comentarios peyorativos sobre Madrid en Twitter. Ya sé que navegar mucho por esta red menoscaba la salud mental y el ánimo de quien lo hace pero una es débil y cae en la tentación de vez en cuando.

¡Cuánta inquina contra Madrid! Como si Madrid fuera solo el gobierno regional, el gobierno central, los poderosos de la economía y la banca, como si los madrileños no fuéramos ciudadanos normalitos, con penas y alegrías, ventajas e inconvenientes, esfuerzos, compensaciones y complicaciones distintas pero equiparables o paralelas a las de quienes habitan en otros pueblos y ciudades españolas.

Los madrileños no tenemos la culpa de que el virus se haya ensañado en nuestra población. El continuo ir y venir de viajeros, trabajadores, turistas, visitantes nos ha convertido en el centro de la epidemia hispana. Pero miremos un solo dato: en los días en que se contagiaron los miles de enfermos que empezaron a acudir a los hospitales a partir del 12 de marzo, se celebraba en Ifema la gran feria de arte contemporáneo, ARCO, a la que acudieron 93.000 personas de diferentes países. ¿No es posible que más de una dejaran sus virus en Madrid sin ser de Madrid?

Y sobre todo quiero decirles a los detractores, a los que nos acusan de tantos defectos y tanto protagonismo, ¡oigan, que madrileños son muchos paisanos suyos, gentes que se han venido a vivir aquí porque buscaban trabajo, porque quieren estudiar aquí, porque sus padres los trajeron de niños, porque sus hijos los trajeron de viejos, porque les dio la gana mudarse!
Que madrileños no somos solamente los nacidos en Madrid, también lo son los que se empadronan aquí, vengan de donde vengan. Y no les cogemos tirria por venir de otros lugares. 

Sean un poco clarividentes quienes nos denostan. Que seguro que vienen muchas veces a Madrid de compras, de museos, de teatros, de visita a los parientes. Si vienen sin prejuicios contra los madrileños, seguro quedisfrutaran más de su estancia.

Museo Reina Sofía. A disposición de visitantes de toda procedencia.


martes, 19 de mayo de 2020

Madrid no es esa señora que habla por nosotros

Me da pereza escribir. El ambiente es tan confuso, tan crispado que lo que escribiría serían improperios hacia muchos individuos e individuas. Y trato de eludir la rabia y el insulto.
Esta mañana, por ejemplo, escuché a un dirigente que hablaba de "odio a Madrid" por parte del gobierno de la nación. ¿Se puede ser mas imbécil?

Claro, que casi es peor esa otra que define el estilo de vida madrileño hablando de las muchas horas que perdemos en el transporte y que a cambio hemos inventado un estilo de ocio propio. ¡Será cateta! Los madrileños no somos ni mejores ni peores que el resto de los españoles, convivimos con nuestras dificultades, nuestros atascos y nuestras ventajas, que las tenemos, pero nos gusta la juerga, la cultura, el aperitivo, la risa, la amistad, tomar el sol y pasear lo mismito que le gusta a cualquier otro paisano de cualquier pueblo o ciudad española.

Basta ya de demonizarnos o de lanzarnos esos elogios engañosos y sensibleros que nos condenan al desprecio y a la burla del resto del país.

Madrid no es esa señora que habla por todos nosotros, los que no salimos en los programas carroñeros de las mañanas. Sólo tiene un voto de cada cinco. Por su carácter, su trayectoria profesional (?) y su capacidad cerebral desconoce la realidad múltiple de Madrid y no conecta con una enorme mayoría de madrileños.

Lo que nos preocupa, y mucho, es que tenemos los centros de salud cerrados. También los centros de urgencias de los fines de semana. Nos faltan médicos y enfermeros. Se siguen anulando citas médicas programadas para estas fechas a los enfermos crónicos y a los mayores.
¿A qué tanto empeño en abrir los bares si nos falta lo elemental?
¿Por que no abren los parques, las bibliotecas y los museos, que para eso sí tienen permiso?

Por cierto, seguimos aplaudiendo. Foto: El diario

domingo, 3 de abril de 2011

La realidad ¿es arte?

"Bajan las escaleras con lentitud, pulsando en cada piso el botón de la luz para no quedarse a oscuras". Esta frase, tan sencilla en apariencia, detuvo mi lectura. Apenas empezaba a familiarizarme con los personajes y los ambientes de Viene la noche", el tercer libro de la trilogía de Óscar Esquivias. Me vi bajando las escaleras de mi casa y pulsando el interruptor en cada rellano para evitar que se me fuera la luz en mitad de un tramo de escaleras. Un gesto tan cotidiano, tan ínfimo se había convertido ante mis ojos en materia literaria. 

Desde este momento estaba ya rendida a la novela. Que siguió sorprendiéndome cuando, siguiendo la lectura, empezaron a desfilar por sus páginas calles por las que he caminado, bares que conocía, ambientes que he contemplado más de una vez. Reconocer los sitios me hizo volver a ellos para recordarlos (y retratarlos) y me suscitó una cuestión, una duda sobre el arte realista o el realismo en el arte.

El intento de reflejar en un cuadro, en un escenario o en una novela, una serie de hechos, situaciones y ambientes inspirados en la vida real, que el autor conoce de primera mano, ¿es un aliciente para el lector o es un lastre, una disminución de la calidad de la obra? 

He leído artículos y reseñas de profesores y autores que opinan que el arte debe escapar de los límites y las limitaciones de la realidad, a fin de adquirir un rasgo más sublime, más universal. El arte, dicen, deber ser un tanto abstracto o ambiguo para no ser una mera fotografía de la realidad, sin valor cultural elogiable.

Durante un tiempo los prebostes de la cultura oficial despreciaron la pintura de Antonio López porque era demasiado realista. Sin embargo, contemplando un cuadro de López, observando su Gran Vía o sus tejados de Madrid desde la perspectiva de Vallecas, ¿quién se atrevería a compararlos o a confundirlos con una fotografía o un paisaje calcado?

En el caso de la literatura, cuando un escritor de ficción introduce en su novela datos tomados de la realidad física en la que se mueven sus personajes, (caso de la novela de Óscar Esquivias), no está, en mi particular opinión, elaborando un reportaje ni un documental, sino convirtiendo la vida real en materia literaria, tan válida y encomiable como cualquier argumento que procediera exclusivamente de su imaginación. Siempre que sea un buen escritor, claro está. Siempre que tenga talento y capacidad de fabulación, siempre que no se conforme con escribir lo que ve o lo que oye sin pasarlo antes por el tamiz de su estilo y de su talento. 

No obstante, detecto en algunas novelas, que suceden en tiempo presente en una ciudad auténtica, un cierto afán por eludir datos que servirían al lector para reconocer el lugar. ¿Acaso si el escritor aporta esos datos le restaría universalidad e interés a la novela? ¿Acaso perdería valor a ojos de un lector de Badajoz o de Santander si en sus páginas se mencionara el paseo de Recoletos o la pastelería La Mallorquina?


Por la calle de la izquierda, camino del bar, viene Benjamín caminando desde su calle.
Yo no soy profesional de la crítica ni de la enseñanza, pero creo que Viene la noche, una novela basada en una realidad viva, es una obra de arte, un retrato literario acertadísimo, ameno y elocuente de la ciudad en la que habitan sus personajes, una ciudad que se reconoce, que se menciona con nombres y apellidos. Porque los sentimientos, los desencuentros, los miedos, las ansias, las rencillas de quienes transitan por sus páginas podrían ser, cambiando de colores y tamaños, los de millones de personas de cualquier ciudad del planeta.

domingo, 20 de marzo de 2011

Viene la noche. Tetuán, el barrio. (1)

Me apeo en la estación de Estrecho y miro a la gente que transita por el andén. Busco a Benjamín, el padre de Jaime, el marido de Teresa, el suegro de Sara. No veo a nadie de su edad a mi alrededor. Subo dos tramos de escaleras y salgo a la calle Bravo Murillo, a la altura de Francos Rodríguez. Sigo buscando a Benjamín. 
Ahora sí veo hombres mayores en las aceras. Ancianos que se mezclan con mujeres apresuradas, que cargan bolsas y tiran de la mano de criaturas jaleosas, y con docenas de chicos y chicas que han salido a divertirse y se agolpan ahora en los cruces de las calles y ante los escaparates de los comercios. Los rasgos de los jóvenes indican su condición de inmigrantes o, acaso, de hijos de inmigrantes venidos del norte de África o de un país del continente americano. Los viejos, en cambio, tienen cara de ser de aquí, de Madrid, o de Toledo, o de Almería, o de Burgos, como es el caso de Benjamín. A él, acostumbrado a sus vecinas dominicanas, le sigue, no obstante, sorprendiendo el aspecto de Bravo Murillo: desde hace unos años las aceras son un mosaico de ojos, pieles y cabellos diferentes, un conglomerado de razas y culturas, una especie de “naciones unidas” en miniatura.

¿Conocerá Benjamín la historia de esta calle, que dista alrededor de 500 metros de la de Wad Ras, en la que él habita?

Bravo Murillo debe su nombre al ministro de Isabel II que emprendió la tarea de traer agua potable a la ciudad desde un río que discurre por el norte de la provincia. A principios del siglo XIX esta vía era la carretera de Francia. Por ella  circulaban los viajeros que iban hacia el norte de la península y hacia los países europeos. O hacia los pueblos de Fuencarral o de Colmenar Viejo.

En 1860 las tropas del general O´Donnell, que venían de Marruecos, donde habían obtenido una victoria sonada sobre los nativos sublevados en Tetuán, levantaron sus tiendas junto a la carretera, en terrenos que pertenecían al consistorio de Chamartín de la Rosa. Al asentamiento se le dio entonces el pomposo nombre de Tetuán de Las Victorias. En años sucesivos el entorno se llenó de merenderos, tenderetes, casitas humildes, talleres de reparación, chatarrerías…. Hasta una plaza de toros se construyó en las inmediaciones.

En los márgenes de la carretera se  abrieron callejas, donde se avecindaron familias trabajadoras de pocos recursos. En 1929 recibieron con alborozo el metro, cuando la línea 1, Cuatro Caminos-Sol, se extendió hasta Tetuán. Sobre todo los que trabajaban en el centro de la capital. En 1948 la barriada se escindió del municipio de Chamartín de la Rosa y fue anexionada al de Madrid, lo que multiplicó su población, sus inmuebles y sus negocios.

En el margen occidental de Bravo Murillo quedan todavía caserones antiguos, de traza modesta y calidad dudosa, aunque también se han levantado cientos de edificios modernos cuyos precios no son ya tan asequibles para los bolsillos menos pudientes. En la vertiente oriental, las viviendas menos ostentosas conviven con los inmuebles de lujo y las torres de oficinas de alto nivel, ubicadas la mayoría en la zona conocida como AZCA.

Quizás Benjamín ya no transite por estas calles. Al fin y al cabo, los hechos que narra el libro que leemos, Viene la noche, de Oscar Esquivias, se remontan a las navidades del año 2006. Además, todavía ando por la página 200 de la novela, cuando la amante de Benjamín, Clarita, se ha ido a vivir a la costa con su hija. Igual Benjamín también se ha mudado de barrio. Igual ha sufrido un síncope a causa de su mal talante. Igual Teresa se ha cansado de hacerle las cenas y le ha puesto de patitas en la calle. Todo puede ser.
Bravo Murillo, dirección Tetuán. En la orilla derecha se ve la torre de la iglesia de San Antonio, a la que acude Benjamín con Teresa.
Leo este libro gracias a Pedro Ojeda Escudero y su propuesta de lectura colectiva, un experimento interesante. Sobre todo porque me ha permitido descubrir al autor y una novela como ésta.

lunes, 18 de enero de 2010

Historias de Madrid

Sí, hay muchas historias en Madrid, muchas historias de gentes, de edificios, de bares y tabernas, de rincones que esperan, solapadas entre el gentío y el bullicio de las calles y las plazas de esta ciudad trepidante, a que venga un periodista con curiosidad y afanes literarios y sea capaz de descubrirlas y plasmarlas en las hojas de un periódico o una revista. Muchas de esas historias son tan efímeras como el papel que las contiene, pero hay otras historias, redactadas con la solidez de un profesional de la comunicación y la sensibilidad de un poeta urbano, que merecen sobrevivir al tiempo, fijarse en la memoria de sus lectores y conservarse, cosidas en las páginas de un libro, en la mejor estantería de la casa de quienes aman el arte de la escritura.

Este es el caso de un libro del que el jueves, el día 21 de enero, se hablará en la sala cultural de Fnac, en la plaza de Callao. El libro se llama así, Historias de Madrid, y su autor es Rodolfo Serrano, a quien algunos conoceréis por su blog. Confieso que sólo he leído algunas de esas historias cuando se publicaron en la prensa, que no he leído la totalidad, pero puedo asegurar donde haga falta que Rodolfo es de los que escriben artículos que llegan al corazón del lector porque él pone el corazón en sus palabras.


A Rodolfo le debo estar en estas latitudes, él fue el que me convenció para meterme en el berenjenal de inventar un blog (hace ahora dos años casi exactos). La experiencia ha sido singular y fructífera, y a él siempre le agradeceré que me animara. Hoy me reconvenido porque últimamente estoy un poco vaga con las letras.

Intentaré enmendarme, Rodolfo.

sábado, 4 de abril de 2009

El teatro de Bartoli

Por esa calle que viene de la Puerta del Sol, bajaba antaño un arroyuelo, que desaguaba en un barranco, me dice el viejo Bartoli cuando me asomo a uno de los balcones del edificio del Teatro Real, que hoy he venido a visitar. El barranco estaba ahí, donde la calle del Arenal se junta con la plaza. Más acá estaban los pilones donde las mujeres lavaban sus ropas. El agua de sus caños no era la del arroyo, sino que procedía del subsuelo de la Plaza Mayor.

Cuando llegué con mi compañía a la plaza de los Caños del Peral, en 1708, la nave de los lavaderos se hallaba en desuso y los munícipes me permitieron instalar bajo sus techos el escenario de mi teatro, continúa narrando Francesco Bartoli, mientras mis ojos sobrevuelan las cabezas de los peatones que a la hora cenital de la mañana transitan por la soleada plazoleta que se ve desde el balcón.
El Corral de Trufaldini funcionó durante treinta años y ligó el destino de este rincón madrileño con el arte escénico en los siglos venideros.Cuando murió Bartoli, el consistorio recuperó el solar de los lavaderos y en él construyó el Teatro de los Caños del Peral (1738), cuyas paredes llegaron al siglo XIX hechas una ruina. Así pues, se procedió al derribo del inmueble para levantar en su lugar, en tiempos de Isabel II, un lujoso teatro de la Ópera. La reina lo estrenó en 1850, asistiendo a una representación de La Favorita, de Gaetano Donizetti.

A pesar de los incendios, las grietas, las inundaciones, las amenazas de derribo y los largos periodos de obras y reformas que ha sufrido, el coliseo está a punto de cumplir los 158 años de existencia.Trescientos años llevamos ya subidos al escenario, me dice Bartoli, el viejo cómico italiano, cuyo espíritu guía a los visitantes por los salones del Teatro esta mañana.

Trescientos años de arte, de música y de cultura, susurra con un acento de orgullo, sin importarle que su nombre sea desconocido por la mayoría de los madrileños que contemplan el edificio y de los melómanos que asisten a los conciertos que en su seno se celebran.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Concierto en el Conservatorio

Os propongo un paseo por las inmediaciones de la calle Atocha y de la glorieta que, aunque su rótulo es Emperador Carlos V, todos llamamos así.

Aquí al lado, entrando por la calle de Santa Isabel, está el Museo Reina Sofía, un magnífico edificio lleno de arte del siglo XX, cuya fachada es fácil de reconocer por las dos torres de cristal por las que ascienden los ascensores hasta sus pisos más altos.

Pero no quiero que nos detengamos hoy aquí, sino que atravesemos esta plazoleta invadida por turistas que acuden a visitar el museo y por vecinos de la barriada, que toman el sol o cuidan de sus niños pequeños. Quiero que acerquemos a un edificio situado en uno de los laterales.

En la puerta principal del caserón, que hace el número 2 de la calle Doctor Mata, vemos el rótulo que lo identifica: Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Este es nuestro destino esta tarde.

El edificio fue diseñado hacia 1769, por Francisco Sabatini arquitecto a quien el rey Carlos III había encargado los planos para un Hospital General que agrupase los distintos dispensarios, sanatorios y clínicas que se extendían por la capital. Del proyecto total, sólo llegaron a levantarse la parte que hoy ocupa el Reina Sofía y este otro inmueble dedicado a la enseñanza musical.

Sus dependencias se desligaron del Hospital General para albergar el Hospital Clínico de San Carlos a mediados del XIX. En sus salas se instruían los alumnos de la Facultad de Medicina, situada en la calle Atocha 106. Hasta que médicos, profesores y aulas se trasladaron a la Ciudad Universitaria, donde están actualmente.

En 1990 se inauguró el edificio como Conservatorio. Sus volúmenes interiores se los reparten cinco aulas grandes, 35 medianas, 27 cabinas de estudio, dos auditorios y varios espacios para servicios pedagógicos y administrativos. El número de alumnos ronda los mil cuatrocientos. Pero no hemos venido hasta aquí para hablar de ellos.

A lo que venimos es a escuchar un concierto organizado en homenaje al compositor navarro Agustín González-Acilu en ocasión de su 80 cumpleaños. A escuchar a Diego Fernández Magdaleno, que toca el piano con una maestría que nos embelesará. Os lo aseguro.

Entremos ya que están a punto de dar las ocho y el concierto va a comenzar.

La foto es de Alejandro Blanco. La he hallado en Flickr

lunes, 1 de septiembre de 2008

El pintor de Flandes

"Pronto se perdió por el tejido enmarañado que eran las calles de Madrid, donde una callejuela cortaba a la otra sin que se pudiera apreciar más orden que el que las particularidades del terreno o el capricho hubieran dictado. La gente se cruzaba en su camino mirándolo de reojo".

El joven extranjero que pasea por la villa es Paul, un pintor flamenco que ha venido a Madrid en 1622, segundo año del reinado de Felipe IV, quien ha cedido las riendas del gobierno del imperio a Gaspar de Guzman, Conde de Olivares. Paul es un personaje creado por Rosa Ribas para fabular un suceso que conmocionó a los madrileños en esa segunda década del siglo de Oro: el asesinato en la calle Mayor de Madrid de don Juan de Tassis, conde de Villamediana.

Al conde se le achacaban amores con la reina Isabel de Borbón, hija del rey francés Enrique IV y primera esposa de Felipe IV. También se le acusaba en los mentideros de la villa (los lugares donde gobernantes, conspiradores y demás potentados propalaban rumores y noticias que les convenía que el pueblo supiera) de querer sustituir al poderoso Oliveros en sus oficios de ministro. Villamediana tenía fama de mujeriego y jugador, de poeta sin trabas y vividor.

Con estos mimbres Rosa Ribas ha creado una novela, El pintor de Flandes, que resulta muy grata de leer por su buen estilo, su cuidado léxico y su forma de engranar lo real con lo ficticio, los recuerdos del protagonista con su presente de exiliado en una isla innominada del océano.

Pero si la trama es interesante, también lo es la descripción del ambiente y de las costumbres de los cortesanos y paisanos de aquellos tiempos tan loados por lo muy fructífero que resultaron para el arte hispano..

“Los domingos también se ruaba. En días fríos en carrozas cubiertas; en verano las carrozas de la nobleza iban casi todas descubiertas, excepto las de aquellos que querían mirar sin ser vistos. (…) Todo Madrid parecía concentrarse en ese ir y venir por la calle Mayor en otoño y en invierno o por el Prado de San Jerónimo cuando el tiempo era más suave. El conde se engalanaba con un cuidado extremo desde la cabeza hasta las botas aunque estas últimas no fuera a verlas nadie durante la rúa”.

Una advertencia antes de terminar: la autora cambia el orden cronológico de algunos acontecimientos y recrea situaciones que no se produjeron. Pero no hay que olvidar que este libro es una novela. Inspirada en personajes que existieron en la realidad histórica española, pero una obra de ficción.

martes, 19 de agosto de 2008

Madrid en maqueta

Hace tiempo que el edificio está en obras. Su fachada principal, con una portada churrigueresca bastante llamativa, está cubierta por lonas gigantescas tras las cuales hay que buscar el portalón de entrada. Estamos en la calle de Fuencarral, a cinco minutos andando de la Gran Vía, junto a la estación de metro de Tribunal, una zona donde abundan los comercios y los bares de copas, pero que no suele ser muy transitada por el turismo estival.

El edificio ante el que nos encontramos fue en sus orígenes un Hospicio, donde eran recogidos niños sin familia y ancianos mendigos. A principios del siglo XX, los indigentes y los huérfanos fueron trasladados a otras instituciones porque el vasto inmueble se había deteriorado casi hasta la ruina. No se derribó porque intervinieron en contra de su desaparición una serie de intelectuales, que consiguieron que se convirtiera en Museo Municipal. Como tal fue inaugurado en 1929 con Manuel Machado, el hermano de Antonio, como director.

Desde que se iniciaron las últimas obras de rehabilitación, que todavía durarán varios años más, el Museo sólo expone una mínima parte de sus fondos en una sala que antaño fuera la capilla del Hospicio. Entre las joyas que se exhiben, hay una maqueta de madera de la ciudad, en la que se puede contemplar cómo era Madrid en las primeras décadas del siglo XIX, después de la guerra de la Independencia.

La fabricó el teniente coronel de Artillería, León Gil de Palacio, quien recibió el encargo en noviembre de 1828 y lo dio por cumplido en el mismo mes de 1830. La maqueta, con unas dimensiones de 5,20 x 3,50 metros, perteneció al patrimonio del Estado hasta que le fue cedida al Museo Municipal.

A través de la cristalera que la protege, observo las tapias que rodeaban la villa en el siglo XIX, con sus puertas y portillos (de las que sólo perduran la de Toledo y la de Alcalá, porque la de San Vicente no es la original); observo las torres de las iglesias y los conventos, que abundaban en Madrid antes de que el proceso de Desamortización de Mendizábal provocara el derribo de algunos. Observo los solares sin urbanizar en torno al Palacio Real, al cuartel de Conde Duque, a las crujías del Palacio del Buen Retiro que sobrevivieron a la guerra con los soldados franceses Distingo la Puerta del Sol, todavía sin la forma elíptica actual, la Plaza Mayor, la depresión de la calle Segovia, sobre la que cuarenta años después se alzaría un viaducto.

Podría pasar horas reconociendo las fachadas de madera de los inmuebles cincelados con esmero y detalle por Gil de Palacio, admirando los que ya no existen y no conozco más que por las crónicas de los historiadores y las estampas de los ilustradores que se guardan en museos como éste.

A veces pienso, como piensan los niños en relación a sus juguetes, que me gustaría disminuirme hasta el tamaño adecuado para pasear por esta ciudad de madera en miniatura y perderme en el laberinto de callejuelas y plazoletas vacías, por las que no ha pasado el tiempo desde hace cerca de dos siglos.

lunes, 19 de mayo de 2008

Rodin en Madrid

François-Auguste-René Rodin nació en París en el año 1840 y vivió hasta los 77 años dejando un legado escultórico que hoy se agrupa en uno de los museos más bellos de la capital francesa.

El Museo Rodin, situado en 79 Rue de Varenne, en las cercanías de la Torre Eiffel y de las orillas del Sena, es una de las instituciones de las que un viajero no puede prescindir cuando visita París. Esta es una vista desde sus jardines.

Las esculturas más voluminosas del artista se hallan entre árboles y arbustos. El paseo por el jardín, si el tiempo se acompaña de sol, es tan agradable como la visión de las obras del maestro Rodin. El pensador, El beso, Las puertas del infierno, Los burgueses de Calais están en este recinto.


La obra titulada El beso se encuentra estos días en Madrid, formando parte de una exposición organizada por la Fundación Mapfre en su sala de Exposiciones, situada en las inmediaciones de la Castellana. La muestra se titula "El cuerpo desnudo" y consta de dibujos realizados por Rodin y de una veintena de obras escultóricas traídas desde París.

sábado, 10 de mayo de 2008

La reina del Museo

¿Quién es ésta? pregunta el visitante, que se ha detenido frente a la estatua sedente de una mujer de mármol, acoplada junto a una de las escaleras del museo. ¿Es una diosa? ¿Es una reina? Y aquí ¿qué pinta?

Pintar, no pinta nada, porque no hay cuadro que lleve su rúbrica en las salas inmediatas. Pero su emplazamiento en el museo, se lo tiene bien merecido Isabel de Braganza. Era hija del rey portugués Juan VI, y de una infanta española, Carlota Joaquina. Vino a España en 1816 para casarse con Fernando VII, un rey chulo y egoísta, que era hermano de su madre. Ella tenía diecinueve años, su tío el rey tenía treinta y dos. Todavía se apreciaban en Madrid cuando a la ciudad llegó la joven Isabel los efectos de la guerra librada por los españoles contra las tropas de Napoleón.

La pobre reina fracasó en sus intentos de conquistar el amor de su marido, que prefería holgarse con mujeres de menor rango social. Pero logró, sin embargo, convencer al nefasto Fernando para que emprendiera la creación de una gran pinacoteca, cuyo esplendor ella no llegaría a contemplar pues falleció de un mal parto a los dos años de matrimonio.

En uno de los márgenes del paseo del Prado se alzaba el esqueleto de un vasto caserón, proyectado por el arquitecto Juan de Villanueva para sede del Gabinete de Historia Natural, que había creado por Carlos III en 1772. A instancias de su esposa, Fernando VII contrató a Antonio López Aguado, discípulo de Villanueva, para que rehabilitase el edificio y lo acondicionara para dedicarlo a Museo Real de Pinturas y Esculturas.

Como tal se inauguró en 1819, contándose tres salas y 311 obras de arte, muchas de las cuales procedían de las colecciones reales. En 1828 había ya siete salas abiertas, con 755 cuadros. A raíz de la revolución de 1868, la pinacoteca pasó a depender del estado, y cambió su título por el de Museo nacional del Prado. Poco después, se añadieron a sus fondos las tres mil piezas del Museo de la Trinidad, que procedían de los conventos desamortizados por el ministro Mendizábal en 1836.

No ha dejado el Prado de aumentar sus espacios, sus colecciones y su prestigio en sus casi dos siglos de existencia. El último proceso de ampliación, firmado por Rafael Moneo, se terminó en diciembre de 2007 y significó un aumento de su superficie en 22.000 metros cuadrados.

¿Qué diría la reina portuguesa, cuya estancia en Madrid fue tan breve, si pudiera ver las colas de visitantes que se agolpan cada mañana a las puertas de la magnífica pinacoteca que ella alentó?

Se merece esta Isabel el pedestal sobre el que está sentada en el Museo.

lunes, 28 de enero de 2008

Deudas pendientes

Pablo es lo que en Madrid se llama un chico de barrio. Ha estudiado Derecho pero no ha conseguido un trabajo mejor remunerado que el de cobrador de morosos en una gestoría que se está yendo a pique. Un día se encuentra en el metro con un amigo de adolescencia, Trendy, que muere ese mismo día en extrañas circunstancias. La existencia de Pablo se enmaraña, obligado por el inspector de policía Antonio Roche a colaborar en las investigaciones para esclarecer el crimen.

A través de las páginas de Deudas Pendientes, su autor, Antonio Jiménez Barca, nos arrastra por los vericuetos y rincones de una ciudad que él conoce a fondo, tejiendo y aderezando la historia de Trendy, la de Pablo y la de muchos chicos de barrio que son esencia y futuro del Madrid esponjoso y heterogéneo del siglo veintiuno.

La trama se complica cuando Pablo nota que a él lo persigue alguien…Pero eso ya no se puede contar. El lector ha de enterarse en el libro, que ha publicado la Editorial El Tercer Nombre, y que fue reconocido con uno de sus galardones por los participantes en la Semana Negra de Gijón de 2007.

Antonio Jiménez es un periodista que no se conforma con informar sino que, además, impregna las noticias de amenidad y de sentimientos, como si él las viviera desde dentro para mejor narrárselas a los que son ajenos a las circunstancias y al ambiente del suceso. Antonio le da interés y emoción a cualquier tema que trate: una entrevista con un investigador o un personaje político, un reportaje sobre las peripecias de un inmigrante africano en Madrid, una crónica diaria sobre los asistentes al juicio sobre el atentado atroz del 11 de marzo… todo lo que firma Antonio Jiménez puede considerarse periodismo de calidad extra.

Actualización: Aconsejo el artículo de Antonio sobre la novela negra, publicado cinco días después de esta entrada en Babelia.