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martes, 28 de abril de 2020

¿Los primeros?

¡Qué peleas por ser los primeros en abrir!
Oigo declaraciones de autoridades regionales o locales reclamando ser los primeros en salir de confinamiento. Y me pregunto yo, ¿a qué tanta prisa en abrir los chiringuitos de las playas si no van a llegar de otras comunidades sus clientes habituales? ¿De qué les vale poner en marcha los hoteles si no funcionan los aviones en los que llegarían los turistas de otros países? ¿De qué les vale ser los primeros?

¿Será por ganar votos o será por eso de somoslosmejores que usan algunas de esas autoridades para consolar a sus vecindarios y reforzar los egos colectivos?

Otra pregunta que me surge estos días. Nos dan constantes noticias sobre la pronta apertura de los bares y nos alegra porque nos apetece regresar a la costumbre de tomarnos café y cañas con los amigos. Pero ¿qué pasa con los cines y los teatros? ¿Qué pasa con los museos y las salas de exposiciones? ¿No se consideran tan importantes para la recuperación económica como los restaurantes, los bares y los hoteles?

Maruja Mallo
La cultura también genera riqueza y puestos de trabajo, al margen de los beneficios no tangibles que nos aporta como seres pensantes y sentimentales. ¿Cuántos actores, trabajadores de la industria del cine, de las editoriales, de los museos están esperando que se termine el parón para volver a su puesto de trabajo, si es que su empresa no se ha ido al garete durante la crisis del maldito virus?

 ¡Qué ganas de volver a veros Maruja, María, Ángeles....!
María Blanchard

sábado, 19 de febrero de 2011

Chamberí en blanco y negro


La tienda de la foto sigue existiendo hoy día, aunque ha cambiado de contenidos y de colores.
Tienda de ultramarinos de Santa Engracia 55, 1914
Han pasado tantos años que los niños que asoman a los balcones, atraídos por el reclamo del fotógrafo, serían ahora ancianos centenarios. Y los huevos cuestan muchísimo más que los 55 céntimos (de peseta, o sea, 0,003 euros) que anuncia el cartel del escaparate, encima de los montones de alubias o de garbanzos. Las latas de conservas y los sacos de legumbres ya no llenan el espacio interior de la tienda, sino que allí se venden libros y material de papelería, se hacen encuadernaciones, fotocopias, revelado de fotos digitales..

Los actuales propietarios conservan esta foto, ampliada y rutilante, en una de las paredes del establecimiento. Para recordar que todos somos herederos de una historia forjada por hombres y mujeres que nos precedieron en las calles de nuestros barrios, personas que algo hicieron para que esta ciudad (y cualquiera) sea como es en el presente. Para bien o para mal.

La foto se ha convertido en la portada de un libro publicado este mes y titulado "Chamberí en Blanco y Negro, 1875-1975" Los profesores Juan Miguel Sánchez Vigil y María Olivera Zaldua, han indagado en diversos archivos públicos y privados (ABC, Fundación Diario Madrid, Museo de Historia de Madrid, Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, Instituto del Patrimonio Histórico, Archivo General de la Administración) y han recopilado casi trescientas fotos para llenar de imágenes este libro. De ellas, han entresacado 60 para montar una exposición que estará abierta hasta el mes de marzo en el Centro Cultural Galileo.

Plaza de Chamberí, tenencia de alcaldía
Para quien ahora transita por estas calles populosas del centro de la ciudad, cuajadas de edificios, de bares, de coches ruidosos y veloces, es asombroso contemplar los mismos escenarios en una época en que todavía las calles estaban bordeadas por solares sin edificar, y por su empedrado circulaban carros tirados por mulas, tranvías y unos pocos automóviles renqueantes y casi elitistas. 

Esquina de Ríos Rosas con Santa Engracia, 1920
Y merece la pena admirar la labor de los fotógrafos de entonces, artistas que utilizaban sus artilugios, complicados y voluminosos, con una maestría que convierte sus imágenes en obras imperecederas.

Las fotos, por supuesto, son del libro que menciono.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

John Lennon

Cuando nos apostamos frente al edificio que hace la esquina entre la 72 street y Central Park West me di cuenta de que los más jóvenes no habían nacido todavía cuando en aquella acera, frente a la puerta del edificio, fue asesinado John Lennon, un líder musical al que todos, jóvenes y mayores, admiramos por igual. Porque han pasado ya treinta años de aquella tragedia. Parece que fue ayer cuando un loco con pistola se cargó al creador, pero han pasado treinta años.

Pienso ahora, al ritmo de una de mis canciones preferidas, que si Lennon hubiera sobrevivido al embate del loco y de sus balas, serían muchas más, docenas quizás, las composiciones musicales que habría inventado para regocijo de quienes disfrutamos con sus obras. Pienso que el loco, además de segar una vida, lo cual nunca tiene excusa, acrecentó su fechoría privándonos de esas músicas que nunca llegaron a salir de la cabeza o del corazón de John.

Un delito equiparable a quienes asesinaron a García Lorca o a Miguel Hernández, impidiéndoles materializar una gran parte de la obra que habrían realizado si aquellos salvajes no hubieran torcido su destino con su implacable afán de acallar voces contrarias a su ideología.

Nos queda el consuelo de los versos y de la música. Y nos lo aplicamos como bálsamo contra la indignación.

lunes, 12 de abril de 2010

Las viudas, en libro

Es sabido (y aceptado), que el cine y la literatura son géneros con normas narrativas muy diferentes, que hacer una película no es calcar una novela sobre una pantalla y que hay que permitirle al cine licencias y modificaciones en función de una mejor comprensión de la trama e, incluso, de una mayor impacto de la historia en los espectadores. Supongo que en eso estamos de acuerdo casi todos. Pero yo me pregunto por qué se introducen en ciertas películas variaciones que no alcanzo a justificar. Me explicaré.

Fui a ver "Las viudas de los jueves" a poco de estrenarse. Es una historia coral, emplazada en una urbanización de cierto postín en la Argentina de finales del siglo XX. La crisis económica que se cierne sobre el país va minando la estabilidad de algunas familias, que no se resignan a perder la vida bullanguera y ostentosa que llevaban hasta ahora. Entre cenas, festejos y competiciones deportivas va pasando el tiempo y transformando comportamientos. Una mañana aparecen tres hombres muertos en una piscina, lo que conmociona a una comunidad que se creía sólida y protegida frente a los problemas del exterior.

Después de la sesión de cine, con buen sabor de boca todavía, busqué el libro de Claudia Piñeiro en el que Marcelo Piñeyro se basó para hacer su película. Y me llevé varias sorpresas, unas comprensibles y otras incomprensibles para mí.

Comprendo que en la película se hayan reducidos los muchos personajes de la novela se hayan reducido a cuatro parejas y a sus hijos; comprendo que en ellos se hayan concentrado caracteres, anécdotas y sucesos que en la obra de papel están distribuidos entre varias. familias. Comprendo que haya variado el número y la personalidad de los hijos, que se incremente el protagonismo de unos y se obvie pasajes relativos a otros componentes del vecindario.

Pero no entiendo por qué en la película se sustituye el problema de la niña adoptada, en liza permanente con su madre falsa, y se cae en el tópico de la adolescente provocativa y rebelde sin causa; por qué se introducen una violación y una atracción lésbica que no aparecen en la novela y se elude, en cambio, un dato que es clave para entender el final de la historia, que es más contundente en el libro que en la película.

¿Se trata de responder a los gustos de los espectadores, que son más morbosos y más exigentes que los lectores de libro? ¿Se trata de no obviar ninguno de los ingredientes que se creen imprescindibles para que una película sea taquillera?

Tampoco entendí nunca por qué David Trueba convirtió al protagonista de Soldados de Salamina, un trasunto del propio Javier Cercas, en mujer (salvo que fuera para adjudicarle a Ariadna Gil, su pareja, el papel principal de la obra).

De todos modos os digo que la película merece la pena. Aquí os dejo unas secuencias para que veáis de qué va la historia. ¡Ah! Los actores y las actrices estupendos.


miércoles, 3 de febrero de 2010

Cuadros salvados

Durante el mes de noviembre de 1936, las tropas de Franco asediaron Madrid, la capital de la República, por tierra y por aire. Mientras los militares sublevados disparaban sobre la ciudad desde las afueras (el frente estaba en la Ciudad Universitaria, muy cerca de las calles en las que los vecinos trataban de seguir viviendo), los aviones enemigos recorrían el cielo descargando sobre la población sus bombas mortíferas. No era su propósito asustar, sino destruir, a juzgar por las fotos que entonces se hicieron. Destruir edificios, destruir vidas, destruir símbolos, destruir cultura.

El día 16 de noviembre, entre las siete y las ocho de la tarde, varias bombas incendiarias, de procedencia alemana, cayeron en los tejados y en terrenos inmediatos al Museo del Prado, causando daños en el caserón de Villanueva. El bombardeo aceleró las tareas de evacuación de las obras de arte, que había comenzado seis días antes. Artistas e intelectuales españoles y extranjeros apoyaban al gobierno republicano en su empresa de salvar el patrimonio que guardaba la ciudad.


Descolgados de las paredes desde el verano y embalados en cajones de madera semejantes a los de la foto 1, el día 10 de noviembre salieron hacia Valencia los primeros cuadros del Prado. En fechas sucesivas se empaquetarían lienzos, esculturas y joyas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, los de la Biblioteca nacional, los de los Museos Sorolla, Cerralbo, Lázaro Galdiano, etcétera.


Una exposición titulada "Arte salvado" recuerda estos días en el Paseo del Prado la aventura de los cuadros del museo en aquellos tiempos trágicos de guerra y horror. En paneles colgados de cajas que simbolizan las que se utilizaron hace más de setenta años para evacuar los cuadros, se narra la historia de aquella aventura, tal como se aprecia en la Foto 2.

Las obras de arte se guardaron en Valencia, donde se había establecido el gobierno legítimo de España. Luego se trasladaron al Ampurdán, desde donde pasaron a Francia en febrero de 1939, en las últimas semanas de la guerra civil. Un Comité Internacional creado para salvar el arte español hizo que llegara a Ginebra un cargamento de casi 1.900 cajas, de las que se hizo cargo la Sociedad de Naciones.

Los cuadros de Goya, Rubens, El Greco, Tiziano, Velázquez, volverían a España en septiembre de 1939 merced a la intervención del Comité Internacional, en el que se integraban directivos de muchos museos europeos. A ellos se dedica esta muestra al aire libre, que estará en el bulevar del Prado hasta el mes de marzo próximo.

Para saber más sobre esta historia, aquí dejo un enlace

Nota posterior: Las tareas de evacuación de las grandes obras albergadas en los museos madrileños fueron encargadas a la Junta del Tesoro Artístico, creada en julio de 1936. En este organismo se integraron profesionales de diversos ámbitos e ideologías, empeñados todos ellos en la tarea de preservar el patrimonio. Para presidir la Junta fue designado el subdirector del Museo Español de Arte Moderno, Timoteo Pérez Rubio. El pintor, nacido en Oliva de la Frontera, (Badajoz), hubo de exiliarse en 1939, como las obras que protegió con su trabajo y su esmero. Y como su esposa, la escritora Rosa Chacel.
De Pérez Rubio hay fotos en la exposición del paseo del Prado. Su memoria no se ha perdido, porque nuestra cultura y nuestra riqueza se sustenta en las acciones de hombres como él.

jueves, 2 de julio de 2009

Maruja Mallo

Sabemos pocas cosas de las pintoras españolas de principios del siglo XX. En las salas de los museos no hay muchos cuadros con firma femenina. Y en las antologías y estudios culturales de aquel periodo son escasas las referencias a su labor artística. Fueron contemporáneas de Picasso, de Juan Gris, de Gutiérrez Solana, de Sorolla... y acaso con ellos compartieron en alguna ocasión los muros de una exposición colectiva, las aulas de una institución o un ciclo de conferencias sobre las influencias artísticas que llegaban desde otros países europeos.

Una de las pintoras de la que sabemos algo más y de la que sí hemos visto algún cuadro es Maruja Mallo. En el Reina Sofía hay, por lo menos, tres obras suyas. Entre ellas, una colorista “Verbena”, de la que os pongo una pequeña reproducción bajo estas líneas.


Nacida en Viveiro, en 1902, Maruja era una joven intrépida, rebelde y ocurrente, que a los 20 años se trasladó a Madrid para estudiar Bellas Artes. Aquí se relacionó con las vanguardias artísticas, en ebullición entonces, y empezó a darse a conocer como pintora singular. En 1927, con veinticinco años, gestó “La mujer de la cabra”, a la que seguirían las Verbenas y la serie de Cloacas y Campanarios.

La guerra truncó su trayectoria. Maruja salió de España en 1937, asustada por las barbaridades que había visto en Galicia, donde la pilló el golpe de los militares. Y no regresó hasta 1963.

Durante casi tres décadas de exilio, nunca dejó de pintar. Nunca dejó de experimentar ni de ser aclamada en los países americanos que la acogieron y la honraron como a otros otros creadores e intelectuales que se marcharon cuando la democracia pereció en España.

En los años setenta y ochenta, Maruja Mallo logró que se la reconociera en su país como la pintora genial que era. En los años noventa se organizaron dos muestras antológicas, una en La Coruña y otra en Madrid, que reunieron varios cuadros de Mallo, procedentes muchos de ellos de coleccionistas particulares.

Cuenta José Luis Ferris en su biografía de Maruja Mallo (Temas de Hoy, 2004), obra tan llena de datos y referencias documentales como de lirismo, que la pintora vivió los últimos diez años de su existencia recluida en una clínica geriátrica de Carabanchel, en Madrid, apagándose como una vela que había sido resplandeciente y exótica en el pasado. ¡Qué lastimoso final para una mujer que tanto empeño le puso a la tarea de vivir y tanto lustre le dio a la tarea de crear!

Maruja Mallo murió el 6 de febrero de 1995 sola y, posiblemente, triste. De ella asegura su biografo, que fue "una mujer original, fascinante y transgresora que desbordó los márgenes de su tiempo y que incurrió, como advirtiera María Zambrano, en uno de los errores más destructivos e imperdonables: ser libre”.

jueves, 18 de junio de 2009

Los Bravos

Hace un par de años me regalaron un libro en el que se contaba la historia de este grupo, Los Bravos. Su trayectoria fue breve pues sacaron su primer disco en 1966 y, tres años después, ya estaban a punto de separarse. Pero sus canciones, Black is Black, Bring a little lovin, La moto y tantas otras, no han dejado de escucharse. Aunque hayan transcurrido cuarenta años desde que salieron al mercado.

Los Bravos. Recuerdos de una leyenda es el título del libro que escribe Guzmán Alonso Moreno. Se publicó en 2004, y es un relato pormenorizado y bien documentado del fenómeno que llevó a los Bravos a los primeros puestos de las listas de ventas internacionales. En realidad, ellos no eran un grupo de amiguetes aficionados a la música, que aprendieron juntos a cantar y fueron subiendo, uno a uno, los peldaños de la fama con sus temas, su tenacidad y su talento. No. El triunfo del conjunto se debió más bien a una tremenda operación de marqueting, diseñada por el productor francés Alain Milhaud, que manejó elementos de todo tipo para configurar el grupo y colocarlo en la cumbre.



Tony Martínez, guitarra, y Manolo Fernández, órgano, procedían de Los Sonor. Miguel Vicens, bajo, y Pablo Sanhelí, batería, venían de The Runaways, en donde habían coincidido con el cantante, Mike Kogel, que fue elegido para ser voz y rostro de Los Bravos. Sus primeros temas, compuestos por Manolo Díaz, que también fue miembro de Los Sonor, se escucharon en el programa más moderno de la radio, El Gran Musical, de Radio Madrid.

Durante dos o tres años Los Bravos arrasaron en el panorma musical español. Era la época dorada de Los Brincos, con quien competían en ventas y número de fans, de los guateques, de las revistas de información musical, de las actuaciones en directo los domingos por la mañana.

Aunque Mike cantaba muchas canciones en inglés, sus seguidores no dejaban de corear sus letras. Ni de acudir a las proyecciones de las dos películas, de calidad dudosa pero cargadas de música y humor, que Los Bravos protagonizaron. Hasta el hecho de viajar a Londres para grabar nuevos discos, fue considerado signo de su calidad y prestigo.

Pero las discrepancias entre los bravos, cuando se bajaban del escenario, el carácter indómito de su cantante, que se tenía por un divo internacional, las tensiones propias de una actividad desenfrenada y, quizás, el hecho de que su unión había sido artificial y no fruto de una ilusión compartida por los cinco chicos que actuaban juntos, minaron la solidez del grupo en pocos años. Milhaud los mantuvo a raya durante un tiempo. Pero sus buenas mañas no sirvieron de nada cuando estalló la crisis.

En 1968, el organista del grupo, Manolo Fernández, perdió a su mujer en un accidente de circulación dos meses después de su boda. Manolo no aguantó su ausencia y se quitó la vida pocas semanas después. Su muerte fue el principio de la agonía de Los Bravos. El inicio de una descomposición que se aceleró cuando el cantante, Mike, decidió emprender una carrera en solitario que no le llevó muy lejos. Consiguió meter dos temas en los programas musicales del momento. Luego se perdió su rastro. Mientras tanto, los tres bravos que se quedaron con el título, buscaban sustitutos para los ausentes y trataban de reconquistar su puesto en la música española. No lo llegaron a conseguir.

De todo esto, analizado con documentos de aquel periodo, trata el libro de Guzmán Alonso Moreno. Una obra interesante no sólo para los amantes de la música de los sesenta sino, sobre todo, para quienes hoy se dedican a la publicidad y a la comunicación.

Os dejo aquí otro enlace en el que se habla sobre los Bravos.
Y otro tema, este muy conocido.


sábado, 4 de abril de 2009

El teatro de Bartoli

Por esa calle que viene de la Puerta del Sol, bajaba antaño un arroyuelo, que desaguaba en un barranco, me dice el viejo Bartoli cuando me asomo a uno de los balcones del edificio del Teatro Real, que hoy he venido a visitar. El barranco estaba ahí, donde la calle del Arenal se junta con la plaza. Más acá estaban los pilones donde las mujeres lavaban sus ropas. El agua de sus caños no era la del arroyo, sino que procedía del subsuelo de la Plaza Mayor.

Cuando llegué con mi compañía a la plaza de los Caños del Peral, en 1708, la nave de los lavaderos se hallaba en desuso y los munícipes me permitieron instalar bajo sus techos el escenario de mi teatro, continúa narrando Francesco Bartoli, mientras mis ojos sobrevuelan las cabezas de los peatones que a la hora cenital de la mañana transitan por la soleada plazoleta que se ve desde el balcón.
El Corral de Trufaldini funcionó durante treinta años y ligó el destino de este rincón madrileño con el arte escénico en los siglos venideros.Cuando murió Bartoli, el consistorio recuperó el solar de los lavaderos y en él construyó el Teatro de los Caños del Peral (1738), cuyas paredes llegaron al siglo XIX hechas una ruina. Así pues, se procedió al derribo del inmueble para levantar en su lugar, en tiempos de Isabel II, un lujoso teatro de la Ópera. La reina lo estrenó en 1850, asistiendo a una representación de La Favorita, de Gaetano Donizetti.

A pesar de los incendios, las grietas, las inundaciones, las amenazas de derribo y los largos periodos de obras y reformas que ha sufrido, el coliseo está a punto de cumplir los 158 años de existencia.Trescientos años llevamos ya subidos al escenario, me dice Bartoli, el viejo cómico italiano, cuyo espíritu guía a los visitantes por los salones del Teatro esta mañana.

Trescientos años de arte, de música y de cultura, susurra con un acento de orgullo, sin importarle que su nombre sea desconocido por la mayoría de los madrileños que contemplan el edificio y de los melómanos que asisten a los conciertos que en su seno se celebran.

lunes, 23 de febrero de 2009

Machado

¡Qué tristeza transmiten las fotos del poeta fallecido, arropado con una bandera republicana, en una pensión alejada de su hogar, de sus ciudades, de sus paisanos!

La prensa y los blogs se han llenado estos días con el nombre del poeta porque se cumplen ahora setenta años de su muerte. Esa foto de Machado es un símbolo de la derrota de un pueblo que creyó posible progresar, alcanzar el bienestar y la cultura, el equilibrio social, la gloria incluso. Un pueblo que tuvo que recurrir al silencio o al exilio para sobrevivir, que perdió a sus mejores artistas, a sus intelectuales, a sus escritores, a su gran poeta Antonio Machado.

Estos días estoy leyendo, precisamente, la biografía del poeta que Ian Gibson publicó en 2006: "Ligero de equipaje". Todavía estoy en el año 1930, cuando España empezaba a respirar los aires republicanos que traerían al país un cambio de régimen que muchos hombres y mujeres, entre ellos Machado, deseaban y alentaban. Años en que el poeta sufría de amores por culpa de una mujer que alimentaba su pasión sin permitirle acercarse a ella. Pero de esa historia todavía no conozco los detalles completos. Otro día os lo cuento.

Para exorcizar la tristeza de la foto de Antonio Machado difunto, quiero recordar la que le hizo un artista de la fotografía, llamado Alfonso, en un café de Madrid.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Concierto en el Conservatorio

Os propongo un paseo por las inmediaciones de la calle Atocha y de la glorieta que, aunque su rótulo es Emperador Carlos V, todos llamamos así.

Aquí al lado, entrando por la calle de Santa Isabel, está el Museo Reina Sofía, un magnífico edificio lleno de arte del siglo XX, cuya fachada es fácil de reconocer por las dos torres de cristal por las que ascienden los ascensores hasta sus pisos más altos.

Pero no quiero que nos detengamos hoy aquí, sino que atravesemos esta plazoleta invadida por turistas que acuden a visitar el museo y por vecinos de la barriada, que toman el sol o cuidan de sus niños pequeños. Quiero que acerquemos a un edificio situado en uno de los laterales.

En la puerta principal del caserón, que hace el número 2 de la calle Doctor Mata, vemos el rótulo que lo identifica: Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. Este es nuestro destino esta tarde.

El edificio fue diseñado hacia 1769, por Francisco Sabatini arquitecto a quien el rey Carlos III había encargado los planos para un Hospital General que agrupase los distintos dispensarios, sanatorios y clínicas que se extendían por la capital. Del proyecto total, sólo llegaron a levantarse la parte que hoy ocupa el Reina Sofía y este otro inmueble dedicado a la enseñanza musical.

Sus dependencias se desligaron del Hospital General para albergar el Hospital Clínico de San Carlos a mediados del XIX. En sus salas se instruían los alumnos de la Facultad de Medicina, situada en la calle Atocha 106. Hasta que médicos, profesores y aulas se trasladaron a la Ciudad Universitaria, donde están actualmente.

En 1990 se inauguró el edificio como Conservatorio. Sus volúmenes interiores se los reparten cinco aulas grandes, 35 medianas, 27 cabinas de estudio, dos auditorios y varios espacios para servicios pedagógicos y administrativos. El número de alumnos ronda los mil cuatrocientos. Pero no hemos venido hasta aquí para hablar de ellos.

A lo que venimos es a escuchar un concierto organizado en homenaje al compositor navarro Agustín González-Acilu en ocasión de su 80 cumpleaños. A escuchar a Diego Fernández Magdaleno, que toca el piano con una maestría que nos embelesará. Os lo aseguro.

Entremos ya que están a punto de dar las ocho y el concierto va a comenzar.

La foto es de Alejandro Blanco. La he hallado en Flickr

sábado, 8 de noviembre de 2008

Bailarinas, retratos y pinturas

Este otoño se ha inaugurado en el paseo de Recoletos una nueva sala de exposiciones de la Fundación Mapfre. Y se ha estrenado con tres muestras muy interesantes, cada una de ellas ocupando una planta del señorial edificio.

En la planta de calle hay una serie de obras de Edgar Degas, el pintor impresionista a quien se identifica fácilmente por sus cuadros de bailarinas. Esta exposición está llena de mujeres danzando: oleos, pasteles, dibujos y, sobre todo, esculturas que sorprenden por la belleza de las posturas de las bailarinas. (Te gustaría, Miriam)

Muchas de estas obras proceden de París, del Museo d´Orsay. Otras han venido de Brasil, del Museo de Arte de Sao Paulo. La exposición se titula Degas: El proceso de la creación.

En la planta primera, hay una interesante exposicón de pintura titulada Entre dos siglos, España 1900, que contiene obras firmadas por los grandes artistas que todos admiramos.: Dalí, Solana, Miró, Romero de Torres, Sorolla, Vázquez Diaz, Zuloaga... Para embelesarse un buen rato con esta exhibición variopinta de las vanguardias.

Y en la planta sótano se ha montado una peculiar exposición de fotografía: a lo largo de las paredes cuelgan 33 obras del norteamericano, Nicholas Nixon, que pertenecen a una serie de retratos en los que, a lo largo de más de treinta años, el autor plasmó a las mismas cuatro mujeres, su esposa y sus tres cuñadas. Cada año, las hermanas Brown posaban para Nixon mudando de postura, de peinado y de atuendo, pero siempre mirando al objetivo y ajustándose a un orden establecido desde la primera foto.

El resultado es asombroso porque, al contemplarlo, te das cuenta de qué manera incide el paso del tiempo en el rostro de los seres humanos. No sólo porque ves envejecer a cuatro mujeres de rasgos semejantes, sino porque los efectos de la edad son diferentes para cada una de ellas.

Si estais lejos, podeis echar un vistazo al Museo Virtual.

jueves, 17 de julio de 2008

Poemas de Rodolfo

Me resulta difícil escoger uno entre todos los poemas, para compartirlo con quienes no lo tenéis a mano. El libro se titula Al oeste hay apaches y su autor es Rodolfo Serrano, cuyo blog visitais algunos de vosotros. Rodolfo es un periodista de calibre superior pero también es narrador y es poeta. Y un gran tipo.

El martes Rodolfo presentó el libro, rodeado de amigos que se llevaron sus versos en los bolsillos. Aunque es difícil escoger, voy a transcribir un poema, Lección de historia, que a mí me suena como campanas tocando al atardecer de un día nublado de estío .


De todas las historias, y si puedo, he de elegir la nuestra.
La que nunca saldrá en los calendarios ni en los libros escritos.
La que tú y yo dejamos pintada en las paredes y en las sábanas.
Aquella que no tiene hazañas que contar más allá de nosotros.

De todas las más bellas epopeyas, prefiero la marcada
en tus labios benditos, la heroica odisea de una noche contigo.
El cansancio sin sudor de los dioses en cualquier madrugada,
la conquista sin sangre de aquella fortaleza que llamaba tu cuerpo.

De todas las historias, me quedo con tu nombre,
Aunque nadie lo sepa, aunque ya no sea mío.

lunes, 19 de mayo de 2008

Rodin en Madrid

François-Auguste-René Rodin nació en París en el año 1840 y vivió hasta los 77 años dejando un legado escultórico que hoy se agrupa en uno de los museos más bellos de la capital francesa.

El Museo Rodin, situado en 79 Rue de Varenne, en las cercanías de la Torre Eiffel y de las orillas del Sena, es una de las instituciones de las que un viajero no puede prescindir cuando visita París. Esta es una vista desde sus jardines.

Las esculturas más voluminosas del artista se hallan entre árboles y arbustos. El paseo por el jardín, si el tiempo se acompaña de sol, es tan agradable como la visión de las obras del maestro Rodin. El pensador, El beso, Las puertas del infierno, Los burgueses de Calais están en este recinto.


La obra titulada El beso se encuentra estos días en Madrid, formando parte de una exposición organizada por la Fundación Mapfre en su sala de Exposiciones, situada en las inmediaciones de la Castellana. La muestra se titula "El cuerpo desnudo" y consta de dibujos realizados por Rodin y de una veintena de obras escultóricas traídas desde París.

domingo, 6 de abril de 2008

El rastro de Gaugin

Uno de los pintores que influiría en Modigliani durante la estancia del italiano en París (1906-1920) sería Paul Gaugin, que había muerto en 1903 en Atuona, en las Islas Marquesas. El rastro del pintor francés se esparcía por la capital en la que Modigliani creaba sus obras imperecederas, y se reseña ahora en uno de los capítulos de la exposición que organiza en Madrid el Museo Thyssen, lo que me arrastra hasta la estantería donde guardo el libro en el que Mario Vargas Llosa relata los últimos años de la vida de Koke, el nombre que le daban a Paul sus amigos polinesios.

A Gaugin hoy se le considera un genio, un maestro de la plástica, y sobre su memoria llueven los elogios. Pero su vida le fue muy difícil por las críticas personales, la penuria económica y las enfermedades. La sífilis y la lepra le restaron energía, le robaron el bienestar y la visión y, al cabo, acabaron con su vida cuando contaba cincuenta y cinco años.

Sin embargo en la obra de Vargas Llosa, El paraíso en la otra esquina, Gaugin no parece un desdichado. No. Es un hombre que ha conseguido dedicarse a su pasión, la pintura, después de gastar su juventud trabajando, con éxito pecuniario y social pero sin afición, en la Bolsa de París. El amor al arte, cuando se cuela con toda la potencia en la vida de Paul, le lleva a romper con su familia, con su itinerario laboral, con la ciudad en la que ha vivido desde su nacimiento.

Con Vargas Llosa asistimos al hallazgo de la pintura por parte de Gaugin, a sus inicios como artista, al reconocimiento de sus colegas, a su desbordada ilusión por crear, al alejamiento de su mujer y de sus hijos, a los tiempos de miseria y pensiones de mala muerte, a su decisión de escapar de la civilización y a su búsqueda desaforada del mundo salvaje donde él espera hallar su autenticidad como hombre y la apoteosis de su creatividad.


Todos los episodios de esa biografía se van sucediendo en la novela de Vargas Llosa, intercalándose con los dedicados a una segunda protagonista, que en ningún momento conoce al pintor, pese a que él es su nieto: Flora Tristán, la mujer que quiso ser “abanderada de lar evolucion que liberaría a las mujeres de la esclavitud y a los pobres del mundo de la explotación”. Forjando una doble estructura, el escritor vincula a dos personajes de trayectoria vital muy diferente, a los que no sólo liga la sangre sino también, y sobre todo, su negativa a plegarse a las normas de un mundo al que le falta justicia y ecuanimidad.

Gaugin muere en las islas Marquesas y la noticia se transmite con desidia a Francia, donde un día la obra de Paul será reverenciada y loada. Pero el artista muere casi solo, rodeado de gatos salvajes, acaso tranquilo porque va a descansar.

¡Cuántos grandes artistas han llevado una existencia complicadísima, dolorosa, adversa! Pero, me pregunto, si su vida hubiera sido más fácil, más cómoda ¿habrían sido mejores creadores? ¿Más prolíficos? ¿O, acaso se habrían dormido en los laureles?

viernes, 4 de abril de 2008

Modigliani en Madrid

En 1906 el italiano Amedeo Modigliani inicia en París una carrera artística que no sería larga, pero sí fructífera. La capital francesa era en esa época el centro de los movimientos de la vanguardia cultural europea. Allí conoció Modigliani la obra de Picasso, Toulouse-Lautrec, Diego Ribera, Cezanne, Juan Gris, contactó con marchantes, escritores y demás personajes relacionados con la plástica y las letras. Allí desarrolló su genio durante catorce años.

La biografía de Modigliani está llena de avatares y desdichas. Sus problemas económicos, sus enfermedades y sus relaciones personales, a veces conflictivas, no le impidieron encontrar en la pintura y la escultura un estilo propio, que sigue admirando, casi un siglo después, a los que nos acercamos a la exposición de sus retratos, sus desnudos y sus paisajes.

En Madrid tenemos en estos días dos exposiciones que se complementan bajo un lema común: Modigliani y su tiempo.

La primera se ubica en el Museo Thyssen-Bornemisza, en el paseo del Prado número 8 y en ella se exponen los primeros cuadros del autor, desnudos y retratos de su época de apogeo, y obras de otros pintores que coincidieron con él en París.

La segunda exposición se aloja en la Casa de las Alhajas, una pintoresca sala de la Fundación Cajamadrid, ubicada en el número 1 de la Plaza de San Martín (junto a la plaza de las Descalzas). En este espacio se cuelgan también desnudos y retratos de Modigliani, paisajes, dibujos y fotografías del pintor y sus amigos. El acceso a estas instalaciones es gratuito.

Siendo en Madrid la oferta cultural tan amplia en esta primavera que comienza, os aconsejo que si andáis por aquí no os perdáis estas dos importantes muestras que agrupan el magnífico legado de Modigliani. Estarán abiertas hasta el 18 de mayo.

viernes, 15 de febrero de 2008

Maruja Mallo

El color llena las pupilas cuando te enfrentas al cuadro, acercándote hasta donde la prudencia lo permite. El color malva de la flor y el brillo iridiscente de la caracola te atrapan durante un rato, mientras imaginas a la artista trazando sobre el lienzo las formas marinas que ha descubierto pocos meses antes en las costas exuberantes del Pacífico. Maruja Mallo vive en Buenos Aires desde que, cinco años atrás, en 1937 huyera de España y de la guerra civil, cuyas atrocidades ha presenciado en su Galicia natal. Maruja, reconocida y agasajada como artista meritoria por la comunidad cultural argentina, no ha cesado de pintar en el exilio, reinventado sus modelos estéticos, buscando nuevos elementos en los que basar sus composiciones plásticas.

En su primer viaje a Uruguay, he leído recientemente en el libro de José Luis Ferris Maruja mallo. La gran transgresora del 27, (Temas de Hoy, 2004), a la pintora le sorprende encontrarse con un mar que le resulta muy diferente al que ella conoce desde su infancia. El espectáculo la incita a tomar los pinceles, no para copiar lo que a sus ojos aparece, sino para combinarlo, recrearlo en posturas inverosímiles, combinar las piezas al antojo de quien siempre huyó de los convencionalismos de toda índole.

Pero continuemos la visita. Despeguémonos de la Naturaleza viva de Maruja Mallo y continuemos contemplando los cuadros de la exposición. En esta sala de la Fundación Mapfre (en Avenida General Perón, 40) conviven durante los meses de febrero y marzo obras hermosas y llamativas de cuarenta y una mujeres que pintaron y esculpieron entre los años 1880 y 1950. Ellas representan estilos y movimientos artísticos diversos: el surrealismo, la abstracción, el purismo, el realismo mágico… Aquí están hoy también Mary Cassat, Leonora Carrington, Frida Kahlo, Georgia O’Keeffe, Angeles Santos, Tamara de Lempicka, Suzanne Valadon, Charley Toorop… Todas ellas son, reza el cartel de la muestra, Amazonas del arte nuevo.