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domingo, 28 de marzo de 2010

Escribir, una terapia

"Cuando la soledad se conjugue con el malestar y la desesperación o la claustrofobia amenacen con desestabilizar tu ánimo, echa mano al libro que yace sobre tu mesilla. O coge un folio y una pluma y escribe. Ponte a escribir en un cuaderno, en una libreta, en el reverso de una fotocopia. Olvídate, mientras escribes, de que tienes un cuerpo que duele".

Este párrafo es de un libro que casi nadie ha leído. Quien se da a sí misma tales consejos es una mujer que convalece de una operación que la obliga a estar encerrada y quieta en una habitación de un hospital. La mujer coge un montoncito de folios, que se ha llevado al hospital en su maletín, coge un bolígrafo y empieza a inventar una historia que tiene relación con su propia situación de convaleciente. Poco a poco, el dolor se disipa o, al menos, se olvida.

Frida Khalo pintaba hermosos cuadros a pesar de los espantosos dolores que padeció durante toda su vida, a causa de un accidente de tranvía que le destrozó los huesos y las vísceras. Pero, ¿no estaría combatiendo sus dolores con los pinceles?

Escribir es una buena terapia para esos momentos en que el cuerpo no responde a los deseos de expansión de la mente, a las ganas de divertirse, de correr, de bailar. También lo es pintar, componer una canción o diseñar una torre. Pero, mientras otras actividades creativas requieren un instrumental complejo y voluminoso, para escribir no se necesita más que un trozo de papel y un lapicero, cosas que caben perfectamente en un bolso o en el bolsillo de una chaqueta. Un equipaje fácil de llevar a cualquier lugar y de emplear en cualquier circunstancia.

"No encontraba mi lápiz (lo poco que queda de él) y he estado muchos días sin poder escribir nada. (...) Pero hoy cuando lo he encontrado debajo de un montón de leña, he tenido la sensación de que recobraba el don de la palabra”, dice Eulalio, el joven padre que está atrapado por el invierno y el terror a los vencedores de la guerra en una braña, en lo alto de la montaña, con un recién nacido y un cuaderno en el que anota su dolor y su desesperanza.

Eulalio es el protagonista del segundo cuento que integra el libro de Alberto Méndez Los girasoles ciegos. (Anagrama, 2006). Eulalio no sabe que está escribiendo para que otras personas se enteren de su desgraciado final y el de su hijo. Simplemente escribe porque se desahoga, porque las palabras que escribe le ayudan a soportar el dolor que le asfixia. Y él no es más que un chico de 18 años que apenas asistió a la escuela.

lunes, 11 de mayo de 2009

Yasmina Khadra

Conocemos casos de mujeres que han adoptado un pseudónimo masculino para publicar sus libros sin restricciones. Amandine Aurore Lucie Dupin firmaba como George Sand y Cecilia Bölh de Faber se disfrazaba con el nombre de Fernán Caballero. También había mujeres que escribían para sus maridos, como María Lejárraga, cuyas obras de teatro siempre firmó Gregorio Martínez Sierra sin ningún tipo de pudor. Pero hoy voy a referirme a un caso opuesto, al de un hombre que publicó durante varios años sus novelas con un pseudónimo femenino: Yasmina Khadra.

Mohammed Moulessehoul, nacido en el Sáhara argelino en 1955, amaba la literatura desde su adolescencia, pero su padre le empujó hacia la carrera militar y hubo de conformarse con escribir cuando su oficio se lo permitía. Entre 1984 y 1989, Moulessehoul publicó sus primeras novelas utilizando su nombre auténtico. Pero en 1990 decidió esconder su identidad para publicar en francés una novela policiaca: El loco del bisturí. Con un nombre que le tomó prestado a su esposa, Yasmina Khadra podía denunciar la terrible realidad de su país, donde tanto el gobierno como los integristas islámicos estaban causando muchos daños y muchas muertes entre la población.

Las siguientes novelas, también en francés, llamaron la atención de los críticos por su crudeza y sus méritos literarios. De las seis novelas correspondientes a este periodo, acabo de leer “Los corderos del señor”, una novela en la que se narra la desgracia de una aldea argelina en la que se hacen con el poder los fanáticos religiosos. Khadra describe con rasgos precisos y certeros a los vecinos del pueblo, gentes sencillas que han ido prosperando o languideciendo entre las modestas callejuelas, labrando vidas que se parecen bastante a la de las gentes sencillas de otros países de cualquier continente.

La toma de la alcaldía por los seguidores de un jeque fundamentalista origina una sucesión de matanzas entre el paisanaje. Todo el que discrepa, el que critica o no adula a los nuevos mandatarios acaba desapareciendo o con la cabeza cortada. El lector nota la tensión a medida que va adentrándose en la narración, nota desazón, ira, rabia por tantas muertes de inocentes. Supongo que eso es lo que Mohammed Moulessehoul pretendía cuando se ponía delante del papel o de la pantalla del ordenador.

En el año 2001 Yasmina Khadra reveló su verdadera personalidad en un libro titulado precisamente “El escritor”. En sus páginas cuenta su enclaustramiento en una escuela militar siendo un niño todavía, su difícil adolescencia y el motivo por el que acabó convertido en soldado. El mundo se quedó perplejo cuando le vio la cara a quien se suponía que era una mujer corajuda, que escribía de incógnito. Algunos le tacharon de impostor al novelista. Pero Mohammed Moulessehoul ha seguido escribiendo, ahora desde Francia, que es a lo que, desde que era un chiquillo, deseaba consagrarse.

domingo, 22 de marzo de 2009

Un bálsamo para la vitalidad

¿Ayuda la escritura a soportar las asperezas de la edad y las coacciones de la enfermedad? La decadencia del organismo, la limitación de las funciones corporales a causa del desgaste físico o de las patologías que aparecen al envejecer, ¿pueden ser un escollo para quienes han hecho de la escritura su oficio o su aficción? Yo daría una respuesta negativa a esta segunda cuestión.

Es cierto que cuanto más relajados y apaciguados están los huesos y los músculos más apetece sentarse a escribir, a inventar historias de ficción, más ágil es la imaginación y más benévola la inspiración. Por el contrario, cuando las rodillas duelen, cuando la cabeza o las vértebras crujen, cuando el estómago se contrae o las manos se anquilosan sobre el teclado, seguir escribiendo puede ser una tortura de la que procura escapar hasta el más apasionado escritor o escribiente.

Sin embargo, cuando se aprende a convivir con las molestias y las limitaciones físicas, cuando se relega el dolor a un plano secundario a fuerza de tesón, coraje y cierta dosis de analgésicos, cuando se consigue crear un ambiente adecuado para que el cuerpo se sienta cómodo y relajado, la escritura puede ser un alivio, un desahogo, un bálsamo, un acicate para vivir, incluso... La literatura es un arma contra el desánimo, contra el decaimiento psíquico, contra la desesperanza. La literatura puede potenciar y alargar la vida, darle luz, color y brillo.

Si no me creeis a mí, creed lo que dice esa gran mujer que es Ana María Matute. Una señora llena de alegría, con una vitalidad contagiosa y una sonrisa espléndida, siempre a punto de florecer en un rostro que desdice las cifras de la edad. Leed sus palabras:

"Si a mí me apasiona la literatura es porque me apasiona la vida. Porque he vivido mucho. Porque me gusta vivir. Soy muy vital. La literatura no es solamente ponerse a escribir, sino todo lo que hay que hacer para en un momento dado ponerte a escribir. Hay que vivir..."

Matute sacó a la luz su último libro, Paraíso inhabitado, con 83 años. Su vitalidad y sus ganas de vivir se contagian a cualquiera que se acerque a conversar con ella. ¿Es la literatura la pócima que ingiere a diario para sobreponerse a los achaques y seguir en activo a una edad en la que otras personas se resignan a meterse en casa y a pasarse las horas del día sentadas en una butaca frente a un televisor encendido?

Se me ocurren otros escritores de avanzada edad cuyas palabras, cuando aparecen en público, emanan una especie de júbilo: Jose Luis Sampedro, Ramiro Pinilla, Francisco Ayala, cuyo cumpleaños hace pocas fechas le puso en los 103 años. ¿Serán las letras, las novelas, el afán literario los que les han inyectado esa pasión por la vida y las fuerzas suficientes para mantenerse en activo cuando ya han sobrepasado la edad de la jubilación?

sábado, 20 de diciembre de 2008

Auténtico escritor

Vargas Llosa, de cuya calidad literaria a estas alturas no creo que nadie dude, cruzó con un joven que aspiraba a convertirse en novelista, una serie de cartas que, en 1997, se editaron en forma de libro. Esas cartas, que deberían ser leídas y analizadas por cualquiera que desee dedicarse a la literatura, sea joven o viejo, se referían a diversos aspectos relacionados con la tarea que don Mario lleva muchos y fructíferos años ejerciendo. Uno de los capítulos se refería a los temas de las novelas y a la autenticidad del escritor.

Dice Vagas Llosa que las historias que inventa el novelista tienen las raices en su propia experiencia. “Lo vivido es la fuente que irriga las ficciones. Esto no significa, desde luego, que una novela sea una biografía disimulada”, sino que en el texto, aunque sea de naturaleza fantástica, siempre hay un punto de arranque o una partícula que está ligado a la personalidad y a las viviencias del autor. En la memoria está el combustible que mueve la mano y la imaginación del escritor.

El novelista no elige sus temas, es elegido por ellos. La vida le inflige los temas a través de ciertas experiencias que dejan una marca en su conciencia o subconsciencia, y que luego lo acosan para que se liberte de ellas tornándolas historias”.

A tenor de esta idea básica, se puede identificar a un buen novelista, a un novelista auténtico: éste es el que sigue los imperativos íntimos y escribe lo que tiene que escribir, sin forzarse, sin plegarse a modas o mandatos, el que acepta sus propios demonios y les da salida en sus páginas, el que es fiel, digámoslo así, a su propio yo. Por el contrario, el que escribe sobre asuntos diferentes a los que le pide el cuerpo y el alma, el que “rehuye sus propios demonios y se impone otros temas”, sea porque los suyos le parecen poco interesantes, sea porque ha de responder a una demanda comercial, sea por lo que sea, cometerá seguramente una grave equivocación que devaluará el valor de sus textos. Lo dice Vargas Llosa y lo pienso yo después de leer un libro que se publicó hace unos meses con el cartelito de bestsellers pegado a sus tapas.

Carlos Ruiz Zafón irrumpió en el ámbito de las librerías por mérito propio con un libro que yo he leído dos veces, las dos con verdadero gusto: La sombra del viento. Estoy convencida de que aquella novela, escrita por iniciativa propia, sin presiones ni expectativas comerciales, por un hombre que ya había publicado algunas novelas juveniles, fue fruto de las exigencias íntimas del autor, fruto de un escritor al que se le podría calificar, siguiendo las pautas de don Mario, de auténtico. En cambio, la novela posterior, de la que todos conoceréis el nombre, me ha parecido un sucedáneo de aquella, un intento feroz de perpetuar el éxito de la primera, una emulación de la que le llevó a la gloria años atrás. Y he pensado en ese dicho antiguo de la sabiduría popular: segundas partes nunca fueron buenas.

Estoy convencida de que Ruiz Zafón no hubiera escrito esta novela si no le hubiera desbordado el éxito de la primera. Si no hubiera sentido el aliento de lectores, editores y críticos en el cogote mientras inventaba un nuevo relato de ficción que tenía que ajustarse a ciertas determinaciones, a imposiciones externas. Yo le deseo a este escritor que recupere su libertad para escribir su próxima novela.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Hoy dice el periódico...

Siempre he apreciado el poder de las palabras. Siempre he admirado a quien sabe utilizar las palabras, combinarlas y trenzarlas para transmitir ideas, emociones y afectos. Por eso adoro los libros, las cartas, las tertulias, las confidencias… y desde hace once meses, adoro el mundo de los blogs. El increíble mundo de los blogs.

Me maravilla el poder de las palabras que, rompiendo los moldes de comunicación y diálogo tradicionales, atraviesan el espacio arrastrando consigo un sinfín de teorías y de anécdotas, de ternura y sentimientos. Me maravilla la cantidad de vida y calidez que irradia la pantalla de mi ordenador cuando abro ciertas páginas del blogger.com que me he acostumbrado a leer y a disfrutar casi a diario. Como la de Rafa. ¿Sabéis de quién os hablo? Rafa es ese chico asturiano que tiene una hija que acaba de cumplir siete años, Laura, y una mujer para la que siempre tiene elogios y gratitudes. Ese guaje que tiene la costumbre generosa de dedicarle su entrada de los miércoles a quienes visitamos su blog.

Rafa, hoy te toca a ti leer lo que pienso de ti.


A Rafa lo conocí en la primavera, si no recuerdo mal, porque me llamó la atención su cabecera: Hoy dice el periódico. Me gustó lo que leí y regresé otros días a su casa. Rafa posee la capacidad admirable de escribir todos los días una entrada antes de que amanezca, incluidos los sábados y los domingos. ¡Qué tesón y qué ingenio! Me asombra su asiduidad y la claridad de su pensamiento a esas horas en que la mayoría todavía estamos remoloneando entre las sábanas.

A estas alturas del año, a Rafa ya lo considero un amigo aunque no le haya visto más que en unas fotos de pequeño formato y no haya oído nunca su voz. Le considero tan amigo que los domingos, aunque no soy futbolera, procuro enterarme de qué ha hecho el Sporting para saber si Rafa se ha llevado una alegría. Y cuando dice el meteorólogo de turno que va a llover en Gijón, me dan ganas de mandarle un aviso a Rafa para que coja el paraguas antes de salir de casa.

Creo que no soy la única a la que se le han saltado las lágrimas cuando Rafa escribió sobre mis escritos blogueros. Fueron sus palabras un regalo hermoso para mí, una constatación de que el poder de las palabras rebasa los límites de la distancia y la frialdad de la pantalla de un ordenador cuando el que escribe es capaz de poner en marcha, simultáneamente, la cabeza, los dedos y el corazón.

Hoy dice el periódico, Rafa, que es miércoles de noviembre. Lo que no dice el periódico (y si no lo dice, ya nos encargaremos otros de decirlo) es que eres un tipo estupendo.

Como no atino a poner un vídeo, te pongo un enlace para que veas la canción que te dedico.

sábado, 5 de julio de 2008

A favor del cuento (I)

Aunque entre la gente de los blogs hay adictos, partidarios y cultivadores, lo cierto es que el cuento o relato corto no es un género literario con un gran éxito editorial ni comercial. Los relatos, dicen los editores, no venden, así que contadas son las firmas que se molestan en sacar a la luz un libro de cuentos. A mí esto me parece bastante paradójico.

Desde pequeños hemos leídos cuentos, hemos oído cuentos en nuestra familia, los hemos escuchado en la radio, en la televisión, en la escuela… Hemos pedido cuentos para dormirnos y los hemos repetido años después, convertidos ya en adultos, para calmar y contentar a los niños que nos rodeaban. ¿Por qué entonces entre nosotros se estiman en tan poco los cuentos? ¿Por qué cuando vas a comprar un libro para ti o para regalárselo a otra persona eliges una novela antes que un compendio de relatos cortos?

Quizás nos hemos creído que los cuentos son exclusivamente para los críos o para los lectores ocasionales. O que los cuentos son textos menores que el autor inventa para entretenerse o romper su tensión cuando ha rematado una novela y aún no ha comenzado la siguiente.

También puede ocurrirnos que hayamos generado una cierta animadversión hacia los cuentos porque hemos leído (y no digerido) algunos de esos muchos relatos que durante los meses de verano rellenan las páginas de los periódicos y las revistas que no cierran por vacaciones. Muchos cuentos de esta época son (no me voy a cortar en decirlo) realmente infames: están mal escritos, mal concebidos y mal estructurados. Da la impresión de que el autor no ha puesto el alma en la tarea, de que ha escrito lo primero que se le ha ocurrido para salvar el compromiso y embolsarse unos euros con relativa facilidad. Aunque también puede ser que el escritor no domine el género, porque no todos los novelistas, ni todos los ensayistas, ni todos los dramaturgos, ni todos los periodistas poseen dotes para escribir un buen relato.

Si no es vuestro caso y queréis disfrutar de historias de gran calidad, o si no os gusta mucho el género pero queréis daros una segunda oportunidad, permitidme que os sugiera que busquéis a Julio Ramón Ribeyro. Es un escritor peruano, que murió en 1994, a los 65 años, dejando una bibliografía suculenta. Alfaguara publicó por esas fechas un grueso volumen con todos sus relatos, que es una verdadera joya.

jueves, 26 de junio de 2008

Palabras de Atwood

¡Cuánto me alegro de que a Margaret Atwood le hayan concedido el Premio Príncipe de Asturias! Voy a aprovechar la circunstancia para rescatar unos apuntes tomados al hilo de la lectura de un libro, titulado La maldición de Eva, (Lumen , 2006). El volumen recoge, entre otros trabajos de la escritora, una conferencia que dictó sobre la escritura. Transcribo un fragmento.

"Como personas las mujeres tienen una gran variedad de experiencias de las que aprender. Tienen sus propias experiencias con los hombres, por supuesto, pero también las de sus amigas ya que, dejando de lado el síndrome de la anécdota obscena, las chicas hablan de hombres más que los hombres de mujeres. Las mujeres están dispuestas a hablar con otras de sus miedos y debilidades. Los hombres no están dispuestos a hablar de los suyos con otros hombres dado que el mundo es todavía una selva donde los animales se devoran entre sí”.

Atwood, cerca de cumplir los setenta años y poseedora de una respetada bibliografía, que abarca novelas, ensayos y poesía, no deja de predicar a favor de las mujeres, sin preocuparla que se la tache de feminista radical, de postfeminista o de cualquier otra lindeza de esas que se usan para descalificar a quienes aún pelean por conseguir para las de su género un puesto en la sociedad equiparable al de los hombres, la consideración cultural que se merecen y la protección legal que se les debe como miembros activos de la comunidad. Sus palabras son difíciles de rebatir porque Atwood las avala con una larga experiencia, un prestigio internacional y una dosis de ironía que no les restan dureza ni legitimidad.

No es sensato generalizar. Hay hombres que trabajan por el bien de las mujeres, que las tratan como a sus iguales, que valoran sus criterios. Es verdad. Pero también lo es que, en este mundo nuestro, supuestamente civilizado, ciertos hombres se resisten a escuchar a las mujeres cuando hablan de sentimientos, inquietudes o pesares. Será por prejuicios, será por desinterés, será por que las temen. Pero los hay. Si esos hombres que no escuchan se dedican a la literatura y han de crear un personaje femenino, lo más probable es que no atinen, que generen un espantajo, una parodia de mujer.

Yo he leído libros cuya protagonista no tenía de mujer más que el nombre de pila y la descripción de su atavío. (Y uno de esos libros es un título de impacto universal). También he detectado casos totalmente opuestos: los personajes femeninos de García Márquez o de Muñoz Molina (por citar sólo dos escritores que reverencio) me resultan tan auténticos, tan entrañables y densos que estoy convencida de que estos dos autores-hombres, cuando las mujeres hablan de sus cosas, las escuchan con los oídos, con el cerebro y con el corazón.

¡Enhorabuena, señora Atwood!

miércoles, 30 de abril de 2008

Ventanas de Nueva York

Escribo sentado en una silla de hierro en Bryant Park, en la mañana de noviembre que tiene una calidez de primavera regresada, de luz de abril que llega a la ciudad saltándose el invierno. Me siento y abro mi cuaderno por una hoja en blanco, como si me dispusiera a dibujar, como un impresionista que sale del estudio donde los pintores estuvieron confinados cuatrocientos años para pintar del natural, al aire libre”.

Ese hombre de rasgos hispanos que abre su cuaderno para escribir, tiene el vicio de la literatura desde el tiempo de su adolescencia. Ha venido a impartir clases en Nueva York y emplea las horas desocupadas en pasear por la ciudad tomando notas de la gente con la que se cruza, de los altos edificios bajo los que pasa, de los olores de mil cocinas distintas y de mil contenedores de basuras sin recoger, de la música callejera que estalla en las esquinas o en los recovecos de Central Park… Nueva York es un conglomerado de colores y aromas, de tipos y actitudes, de encantos y señuelos.

El escritor apunta con profusión de detalles todas las sensaciones que la ciudad le provoca aunque, como él hará constar cuando redacte definitivamente el libro que contendrá sus experiencias, “escribir es una carrera contra el tiempo en la que uno siempre se queda rezagado y acaba vencido”.

El hombre ha nacido en Úbeda (Jaén), y hace años que sus novelas y relatos son muy apreciados en España. Se llama Antonio Muñoz Molina y tal vez no sepa todavía qué va a hacer con esas notas que se le amontonan en las páginas del cuaderno, las que toma cuando sale a pasear a las calles otoñales o cuando se asoma a las ventanas de Manhattan, que le darán título a su diario de viaje.

Me acuerdo de asomarme paralizado por el vértigo a uno de los ventanales como anchas paredes de cristal en el último piso de una de las Torres Gemelas, que ya no existen, viendo desplegarse a mis pies el bosque ilimitado de las arquitecturas de Manhattan, difuminado hacia el norte más allá del rectángulo exacto de Central Park”, escribe tres años después del macabro derrumbamiento de las torres ante los ojos espeluznados del mundo entero.

Los escritores salen de casa y viajan con sus bolígrafos y sus papeles blancos porque en cualquier esquina, en cualquier umbral, en medio de un jardín, a las sombra de una estatua o a la vista de un individuo que canta en medio de la acera, pueden sentir la apremiante necesidad de escribir y describir lo que ven y lo que sienten. Las musas siempre los encuentran con las armas preparadas y el ánimo dispuesto a la escritura.

A mí lo que más me ha importado es contar la parte de celebración de la vida que tiene lugar en esa ciudad concreta, una ciudad en permanente construcción", decía Muñoz Molina en una entrevista de prensa, cuando se publicó “Ventanas de Manhattan”, en el año 2004.


Termino con otra cita textual: “La ventana daba a la calle, a la altura del piso décimo o undécimo, frente a las ventanas iluminadas y a las cúpulas futuristas del hotel Waldorf Astoria, que brillaban de noche con una fantasmagoría de cine en blanco y negro, como si de un momento a otro pudiera verse a King Kong trepando por sus cresterías de bronce. Apoyando la cara en el cristal se veía muy abajo el tráfico de la avenida, que llegaba a la habitación con un rumor de oleaje lejano.”

lunes, 14 de abril de 2008

Más sobre los personajes

"Las memorias de uno están en los personajes que va creando, porque en ellos vas volcando parte de tu biografía, de tus sentimientos, de tus vivencias".

Estas palabras las grabé en casa del escritor Miguel Delibes hace unos años. Recibí de una revista el encargo (suerte la mía) de entrevistar a uno de los literatos que más admiro. Y me fui a Valladolid con una fotógrafa para cumplir la tarea. La entrevista fue larga pero don Miguel contestó con afabilidad y paciencia a todas mis cuestiones, lo cual no ocurre siempre. He hecho entrevistas a personas que me han bostezado, que han respondido con monosílabos a la mayoría de mis preguntas o que se han pasado el rato mirando el reloj. Pero, esas son anécdotas que no vienen a cuento ahora.

La historia (de una novela) es creíble si el personaje es creíble. Un personaje bien tratado, bien construido le obliga al lector a creer todo lo que cuentas de él. Yo he dedicado mucho esfuerzo a construir personaje”, decía Delibes señalando el montón de libros, con su firma en la portada, que colmaban las estanterías.

Yo miraba los volúmenes y los veía a ellos pululando entre los lomos, revoloteando por la habitación: veía al señor Cayo, a Daniel el Mochuelo, a Azarías y Paco el Bajo, a Pacífico Pérez, a Menchu la viuda de Mario…

También estaba Pedro, el protagonista de La sombra del ciprés es alargada, un chaval poseído por un temor obsesivo a la muerte, que suscitó los reproches de los críticos pues no concebían que un niño albergara a tan temprana edad tales pavores. Sin embargo, me contaba Delibes con un pelín de ironía, el personaje era totalmente verosímil porque los miedos de Pedro eran los que él había padecido en su infancia.

¡Qué cantidad de buenas horas de lectura nos ha proporcionado Miguel Delibes! Desde que obtuvo el Premio Nadal en 1948 hasta Los estragos del tiempo, en 1999, ha publicado más de sesenta títulos, algunos de los cuales forman parte de nuestra biografía cultural. ¿Cuál citaría yo? El camino (1950), Las ratas (1962), Viejas historias de Castilla la Vieja, (1964), Cinco horas con Mario (1966), Los santos inocentes (1981) y, por supuesto, El hereje (1999).

sábado, 12 de abril de 2008

Personajes de novela

Para crear a doña Flora, personaje de su magna novela Octubre, octubre, (Alfaguara, 1983) José Luis Sampedro hubo de recurrir a una artimaña: se compró un audífono estropeado en el Rastro y, durante varias tardes, acudió a una cafetería de San Bernardo donde hacían la tertulia varias mujeres de mediana edad del barrio. Creyendo sordo al parroquiano de la mesa contigua, las buenas señoras comentaban y criticaban a sus anchas, sin bajar la voz ni recatarse. Sampedro sacó de sus conversaciones los hilos suficientes para tejer un personaje que a él, con sus cuarenta años, le caía un poco distante: una mujer de unos sesenta años, que había sido en el pasado cantante y modelo de pintores, y que gozaba de una experiencia vital más dilatada que la del joven catedrático que la inventaría.

"La documentación no se ciñe únicamente a las hemeorectas y las bibliotecas, la vida está en la calle”, dice José Luis Sampedro en su libro Escribir es vivir, ( Plaza y Janés, 2005) del que ya hablé hace tres o cuatro días. El libro se basa en el curso sobre su biografía y su obra, que impartió el escritor en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander, en julio de 2003.

Sampedro relata los sucesos que marcaron su afición a las letras y desvela algunas claves de su literatura y de sus métodos para componer los personajes de sus novelas. Asunto éste que a todo lector le habrá intrigado alguna vez. ¿De dónde toma un autor el material para construir un personaje de ficción? ¿Cuánta dosis de realidad hay que utilizar para engendrarlo? ¿Cuánta de imaginación? ¿Hasta qué punto se pueden copiar modelos del entorno?

Muchas veces los escritores han de responder a estas preguntas. Sus respuestas suelen ser diferentes. Unos dicen que reflejan a personas que conocen, cambiándoles el físico o el temperamento. Otros aluden a personajes históricos como fuente de inspiración. Otros aseguran que componen los tipos tomando prestadas características de aquí, de allá o de acullá. Otros, incluso, afirman que han extraído de sí, de sus apetencias y aspiraciones íntimas, el material necesario para forjar una personalidad de papel.

¿Por qué a nosotros, los lectores, unos personajes nos parecen más creíbles, más sólidos, más cercanos que otros? ¿Por qué simpatizamos con unos y a otros los detestamos? ¿Por qué a veces nos fastidia el bueno y nos encandila el malo, el tonto, el secundario?

¿No os ha dado a vosotros ganas alguna vez de dejar un libro, una novela porque no tragabais al personaje principal?

martes, 8 de abril de 2008

En el cuarto de baño

El ruido del agua que fluye de la cisterna ahoga, durante unos instantes, el griterío que llega desde el piso de abajo. No se entienden las palabras que las mujeres profieren, pero el tono de sus voces indica que ya han iniciado una de sus frecuentes discusiones. Natalia comprueba la hora en el reloj plastificado que ha colocado en la repisa donde se apilan las toallas y se alinean los frascos de colonia y los desodorantes: las siete y veinticinco. El horario se cumple con precisión.

Este es el primer párrafo de la novela de una amiga mía, que está buscando un editor. La historia comienza en un cuarto de baño, cuando una de las protagonistas está cumpliendo el ritual higiénico diario, antes de salir hacia su trabajo, en una clínica odontológica. La mujer se lava, se peina y se maquilla mientras escucha los chillidos de las inquilinas del piso inferior, a las que conocerá unas páginas más adelante.

No se utiliza con mucha frecuencia el cuarto de baño como escenario de los avatares que se narran en las novelas, pero lo cierto es que entre sus paredes alicatadas el personaje de ficción (igual que les ocurre a las personas reales) se encuentra a solas consigo mismo durante un plazo de tiempo lo bastante prolongado como para tomar decisiones importantes, reconstruir los sueños nocturnos, reflexionar sobre lo divino y lo humano, programarse las actividades de la jornada, especular sobre sus relaciones familiares o amistosas.

¿Quién no se ha encerrado alguna vez en el baño a llorar o a pegar puñetazos, a leer revistas prohibidas o a parlotear con su alter ego, el que se refleja en el espejo que cuelga sobre el lavabo?
Pueden buscar en vano en las páginas de Walter Sccot sin encontrar ni una sola mención de los cuartos de baño”, decía Margaret Atwood en una conferencia, que está recogida en el libro titulado “La maldición de Eva” (Lumen, 2006). Caso diferente es el de Javier Marías, que alude a esta pieza de la casa en el primer párrafo de su novela “Corazón tan blanco”, (Alfaguara, 1999):

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola...”

En la novela de la amiga, a la que aludo en el primer párrafo, hay diversos cuartos de baño en donde los personajes entran no sólo para realizar sus necesidades fisiológicas, sino también para esconderse, para refugiarse de los peligros del mundo y de las miradas indiscretas, para marcar una pausa antes de seguir peleando con las adversidades de su existencia, para calmarse los nervios o, incluso, para intentar vomitar porque les arden las vísceras a causa de unas palabras afectuosas que no han conseguido digerir.

En algún sitio he leído que Agatha Christie maquinaba algunas de las escenas de sus novelas de misterio en el cuarto de baño. A mí no me extraña nada.

(He cogido las ilustraciones en internet. No constaba el nombre del autor).