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jueves, 23 de abril de 2020

Más libros, por nuestra salud

Mi querido amigo Vicent me envía una ilustración para felicitarnos por el Día del Libro. Me prometo a mí misma, una vez más, que tengo que pasar un 23 de abril en Barcelona. O en Valencia.

¡Qué buenos compañeros son los libros! Compañeros leales en circunstancias adversas, en retiros y convalecencias, colegas de viajes, de trayectos y de vacaciones; cómplices en los ratos de soledad y de apartamiento, con sus poderes analgésicos y estimulantes, con su capacidad para hacernos reír, llorar, soñar y olvidar. ¡Cómo enriquecen la vida!

Al comenzar la temporada de encierro casi todos nos propusimos dedicar más tiempo a la lectura. Sacar por fin de la estantería el libro que teníamos pendiente o recuperar alguna obra maestra que leímos años atrás. ¿Lo hemos hecho?

Mis amigas lectoras sí lo hacen. Cada día envían al grupo comentarios de los libros que están leyendo o releyendo, párrafos e ideas que deseamos compartir personalmente cuando podamos regresar a la biblioteca en la que nos reunimos una vez al mes.

En la radio o en las redes encuentro respuestas menos positivas. Hay personas que están tan  atareadas con las actividades  que se consideran propias del confinamientos que no les sobra un rato para la lectura. El trabajo a distancia, las clases de los niños, la hora de gimnasia, los espectáculos on line, la revisión permanente de las noticias en la prensa digital o en la televisión, el horneado del pan o las galletas, la preparación del atuendo para salir a comprar alimentos, esas tareas les dejan sin un par de minutos para abrir un libro. 

Otras sí tenemos tiempo para leer porque hemos renunciado a hacer pan en casa (lo que nos evita también ir de tienda en tienda buscando harina o levadura, productos que escasean en los comercios de Madrid), no nos hemos apuntado a un cursillo de artesanía por ordenador y, sobre todo, hemos reducido el periodo dedicado a la información y el número de medios digitales que consultamos. Porque no, no es saludable tener toda la santa mañana encendida la televisión para escuchar el griterío de los políticos y los tertulianos sempiternos emitiendo opiniones que no se basan ni en su cualificación científica, ni en la multiplicidad de sus fuentes, ni en su ecuanimidad o filantropía.

No es sano leer en la prensa titulares que son mensajes de odio, frases escandalosas de personajillos que jamás han optado a un puesto de trabajo por méritos profesionales o académicos, que siempre se han ganado la paga por su adhesión o su afiliación a un partido con mando en plaza. 
No es higiénico ni para los ojos ni para el alma ver caras crispadas, escuchar bulos e insultos, consignas malévolas que más que a derrotar al adversario, lo que consiguen es azuzar la incertidumbre, el temor, la desazón de la gente de a pie.

Así que en vez de estar pendientes de las declaraciones y pronósticos de tipos y tipas que deben haber leído pocos libros en su vida (algunos, quizás ni los de la carrera de la que ostentan un título), por nuestra salud, es mejor prescindir de tanta noticia y concentrarnos en la lectura, sea una novela, un relato fantástico, un ensayo de historia, un poemario, un comic, un tratado de arte... Lo que sea.

Feliz Día del Libro.... con libros.

martes, 21 de abril de 2020

Tiempo de libros

Esta es la semana del Libro. La gran fiesta de los libros que tiene su punto culminante el 23 de abril, fecha del fallecimiento de Miguel de Cervantes. El día se celebra en todos los rincones de España con actividades muy diversas relacionadas con la literatura: desde la gran feria de las Ramblas de Barcelona hasta los dibujos de los personajes cervantinos realizados por los alumnos de las clases infantiles de cualquier escuela del país.

Este año no habrá ventas masivas en las calles, no habrá encuentros con los autores de moda, no habrá lecturas colectivas de El Quijote. Pero el encierro no nos impedirá hablar, elogiar, recomendar libros. Y leerlos, por supuesto.

En este periodo de bibliotecas y librerías cerradas, podemos explorar nuestras estanterías. Seguro que en ellas encontramos una novela, un tratado de historia, un poemario, una colección de relatos que, aunque lo leímos hace ya unos años, nos apetece volver a leer. Igual tenemos un libro que compramos justo antes del confinamiento, o que nos regalaron en navidades y estaba a la espera de que nos sobrara un poco de tiempo libre para abrirlo.También están los títulos clásicos, los libros que nuestros hijos usaron en el colegio. Y esos libros escondidos detrás de los más modernos de los que no recordamos ni cómo ni cuándo cayeron en nuestras manos.

Es el momento de leer y releer. La imposibilidad de salir a la calle a pasear, de citarnos con los amigos para disfrutar de la primavera, de acudir a un acto social o cultural, las horas que ahorramos en los trayectos ahora que trabajamos en casa, la estancia prolongada en el hogar nos proporcionan una dosis mayor de tiempo libre que no debe convertirse ni en ratos de aburrimiento ni en parálisis personal.

Es tiempo de libros.
Sea cual sea el género elegido, sean cuales sean nuestras aficiones o preferencias,  con un libro entre las manos (de papel o electrónico, los dos valen) no sólo matamos el rato, sino que disfrutamos, aprendemos, soñamos, viajamos, descubrimos, nos emocionamos, nos enfadamos, nos reímos.

Con un libro las horas de encierro son más livianas y el espacio de nuestra habitación puede convertirse en una selva, un castillo, una playa, una cueva, un vagón de tren que atraviesa el desierto o la cápsula de una nave que se ha disparado hacia otro planeta.


domingo, 22 de marzo de 2020

Las amigas lectoras

Mañana teníamos nuestra cita semanal en la sala que nos prestan en la biblioteca pública. Teníamos que hablar de un libro, el octavo o noveno que leemos al unísono desde que nos constituímos como club de lectura, un año hace este mes de marzo.
Anulamos la convocatoria cuando nos dimos cuenta del calibre de la pandemia y de la imposibilidad de movernos de casa.

Pero ahora hablamos por whatsapp. Charo configuró un grupo en el que hasta ahora hablábamos sobre todo de citas, confirmábamos fechas, horas y lugares cuando en la biblioteca no estaba disponible nuestra sala, nos asegurábamos del título del libro que nos tocaba para el próximo mes, nos referíamos a alguna lectura que nos estaba gustando especialmente.
Ahora hemos ampliado el temario.

Nos mandamos mensajes de aliento, textos preciosos de nuestros autores admirados, canciones inmortales, enlaces a webs que contienen cuentos universales o que nos permiten visitar los museos mas importantes del mundo, vídeos de poetas declamando, fotos de nuestras plantas domésticas, de los rincones donde cada una guarda sus apuntes y los libros pendientes de leer, de los árboles que vemos desde la ventana.
Estamos unidas, apoyándonos, confortándonos, riendo a veces, quejándonos otras. Pero estamos unidas.

Cuando volvamos a salir a la calle nuestra amistad, que en algunos casos se remonta a un año atrás, será más fuerte, más profunda y más sólida.
Los libros seguirán enganchándonos, nuestra pasión por la lectura nos llevará un lunes al mes a reunirnos en la biblioteca. Pero en estos días estamos aprendiendo a quererenos más como amigas.

Con mi cariño para Ana, Araceli, Carmina, Charo, Josefina, Maite, María Jesús, Nati, Nieves, Pilar, Rosa.





 Las plantas de Araceli



      El guindal que ve Josefina



 El rosal de María Jesús

domingo, 3 de abril de 2011

La realidad ¿es arte?

"Bajan las escaleras con lentitud, pulsando en cada piso el botón de la luz para no quedarse a oscuras". Esta frase, tan sencilla en apariencia, detuvo mi lectura. Apenas empezaba a familiarizarme con los personajes y los ambientes de Viene la noche", el tercer libro de la trilogía de Óscar Esquivias. Me vi bajando las escaleras de mi casa y pulsando el interruptor en cada rellano para evitar que se me fuera la luz en mitad de un tramo de escaleras. Un gesto tan cotidiano, tan ínfimo se había convertido ante mis ojos en materia literaria. 

Desde este momento estaba ya rendida a la novela. Que siguió sorprendiéndome cuando, siguiendo la lectura, empezaron a desfilar por sus páginas calles por las que he caminado, bares que conocía, ambientes que he contemplado más de una vez. Reconocer los sitios me hizo volver a ellos para recordarlos (y retratarlos) y me suscitó una cuestión, una duda sobre el arte realista o el realismo en el arte.

El intento de reflejar en un cuadro, en un escenario o en una novela, una serie de hechos, situaciones y ambientes inspirados en la vida real, que el autor conoce de primera mano, ¿es un aliciente para el lector o es un lastre, una disminución de la calidad de la obra? 

He leído artículos y reseñas de profesores y autores que opinan que el arte debe escapar de los límites y las limitaciones de la realidad, a fin de adquirir un rasgo más sublime, más universal. El arte, dicen, deber ser un tanto abstracto o ambiguo para no ser una mera fotografía de la realidad, sin valor cultural elogiable.

Durante un tiempo los prebostes de la cultura oficial despreciaron la pintura de Antonio López porque era demasiado realista. Sin embargo, contemplando un cuadro de López, observando su Gran Vía o sus tejados de Madrid desde la perspectiva de Vallecas, ¿quién se atrevería a compararlos o a confundirlos con una fotografía o un paisaje calcado?

En el caso de la literatura, cuando un escritor de ficción introduce en su novela datos tomados de la realidad física en la que se mueven sus personajes, (caso de la novela de Óscar Esquivias), no está, en mi particular opinión, elaborando un reportaje ni un documental, sino convirtiendo la vida real en materia literaria, tan válida y encomiable como cualquier argumento que procediera exclusivamente de su imaginación. Siempre que sea un buen escritor, claro está. Siempre que tenga talento y capacidad de fabulación, siempre que no se conforme con escribir lo que ve o lo que oye sin pasarlo antes por el tamiz de su estilo y de su talento. 

No obstante, detecto en algunas novelas, que suceden en tiempo presente en una ciudad auténtica, un cierto afán por eludir datos que servirían al lector para reconocer el lugar. ¿Acaso si el escritor aporta esos datos le restaría universalidad e interés a la novela? ¿Acaso perdería valor a ojos de un lector de Badajoz o de Santander si en sus páginas se mencionara el paseo de Recoletos o la pastelería La Mallorquina?


Por la calle de la izquierda, camino del bar, viene Benjamín caminando desde su calle.
Yo no soy profesional de la crítica ni de la enseñanza, pero creo que Viene la noche, una novela basada en una realidad viva, es una obra de arte, un retrato literario acertadísimo, ameno y elocuente de la ciudad en la que habitan sus personajes, una ciudad que se reconoce, que se menciona con nombres y apellidos. Porque los sentimientos, los desencuentros, los miedos, las ansias, las rencillas de quienes transitan por sus páginas podrían ser, cambiando de colores y tamaños, los de millones de personas de cualquier ciudad del planeta.

viernes, 25 de marzo de 2011

Viene la noche. Sitios reales. (2)

El bar La Pampa existe. El bar donde Benjamín se reúne con sus amigos es un local de muchos años, situado en una esquina muy concurrida, entre la calle Francos Rodríguez y la de Villaamil. Pasé por allí el domingo para asegurarme de que no lo habían derribado, pues en esta zona de Madrid los establecimientos comerciales y de hostelería cambian con excesiva frecuencia, como si se quedaran obsoletos en pocos meses. Pero aquí estaba, con su cartel de siempre, añejo y un tanto descolorido. Para que otros lectores de Esquivias conozcan el lugar, para que se ambienten, hice esta foto que dejo aquí.


Siguiendo la ruta que hace Benjamín cuando pasea de noche con su hijo Jaime,  tomé alguna foto de la calle Bravo Murillo, en dirección a Cuatro Caminos. 

Esta es la calle a la altura de la estación de Estrecho, que es a la que utiliza Benjamín cuando viene de su casa.


Y esta es una imagen de la calle a la altura del metro de Alvarado. A la izquierda, se entreve la fachada de la iglesia de San Antonio, a dónde Benjamín asiste con Teresa a misa. 
 

Y, por último, una imagen rápida de la Biblioteca Pública en la que Benjamín toma libros prestados. La imagen está escorada porque tuve la mala suerte de ir a hacer la foto una mañana en que la calle estaba cortada por los bomberos porque una caldera estaba echando demasiado humo. 
No se ven con claridad las escaleras donde se congregan los poetas que han hecho amistad con Benjamín. Lo que sí se ve es que hay tres pisos: el del mostrador de préstamo de libros es el primero.


Me pregunto si es enriquecedor o es un lastre para una novela empeñarse en retratar de manera tan fiel un barrio, unas calles, unos bares, unas formas de vida, prodigando detalles, como hace Esquivias. 
A mí me ha ayudado a mirar con otros ojos, más receptivos quizás, un barrio del que conozco algunas historias y por el que he paseado unas cuantas veces. 

domingo, 20 de marzo de 2011

Viene la noche. Tetuán, el barrio. (1)

Me apeo en la estación de Estrecho y miro a la gente que transita por el andén. Busco a Benjamín, el padre de Jaime, el marido de Teresa, el suegro de Sara. No veo a nadie de su edad a mi alrededor. Subo dos tramos de escaleras y salgo a la calle Bravo Murillo, a la altura de Francos Rodríguez. Sigo buscando a Benjamín. 
Ahora sí veo hombres mayores en las aceras. Ancianos que se mezclan con mujeres apresuradas, que cargan bolsas y tiran de la mano de criaturas jaleosas, y con docenas de chicos y chicas que han salido a divertirse y se agolpan ahora en los cruces de las calles y ante los escaparates de los comercios. Los rasgos de los jóvenes indican su condición de inmigrantes o, acaso, de hijos de inmigrantes venidos del norte de África o de un país del continente americano. Los viejos, en cambio, tienen cara de ser de aquí, de Madrid, o de Toledo, o de Almería, o de Burgos, como es el caso de Benjamín. A él, acostumbrado a sus vecinas dominicanas, le sigue, no obstante, sorprendiendo el aspecto de Bravo Murillo: desde hace unos años las aceras son un mosaico de ojos, pieles y cabellos diferentes, un conglomerado de razas y culturas, una especie de “naciones unidas” en miniatura.

¿Conocerá Benjamín la historia de esta calle, que dista alrededor de 500 metros de la de Wad Ras, en la que él habita?

Bravo Murillo debe su nombre al ministro de Isabel II que emprendió la tarea de traer agua potable a la ciudad desde un río que discurre por el norte de la provincia. A principios del siglo XIX esta vía era la carretera de Francia. Por ella  circulaban los viajeros que iban hacia el norte de la península y hacia los países europeos. O hacia los pueblos de Fuencarral o de Colmenar Viejo.

En 1860 las tropas del general O´Donnell, que venían de Marruecos, donde habían obtenido una victoria sonada sobre los nativos sublevados en Tetuán, levantaron sus tiendas junto a la carretera, en terrenos que pertenecían al consistorio de Chamartín de la Rosa. Al asentamiento se le dio entonces el pomposo nombre de Tetuán de Las Victorias. En años sucesivos el entorno se llenó de merenderos, tenderetes, casitas humildes, talleres de reparación, chatarrerías…. Hasta una plaza de toros se construyó en las inmediaciones.

En los márgenes de la carretera se  abrieron callejas, donde se avecindaron familias trabajadoras de pocos recursos. En 1929 recibieron con alborozo el metro, cuando la línea 1, Cuatro Caminos-Sol, se extendió hasta Tetuán. Sobre todo los que trabajaban en el centro de la capital. En 1948 la barriada se escindió del municipio de Chamartín de la Rosa y fue anexionada al de Madrid, lo que multiplicó su población, sus inmuebles y sus negocios.

En el margen occidental de Bravo Murillo quedan todavía caserones antiguos, de traza modesta y calidad dudosa, aunque también se han levantado cientos de edificios modernos cuyos precios no son ya tan asequibles para los bolsillos menos pudientes. En la vertiente oriental, las viviendas menos ostentosas conviven con los inmuebles de lujo y las torres de oficinas de alto nivel, ubicadas la mayoría en la zona conocida como AZCA.

Quizás Benjamín ya no transite por estas calles. Al fin y al cabo, los hechos que narra el libro que leemos, Viene la noche, de Oscar Esquivias, se remontan a las navidades del año 2006. Además, todavía ando por la página 200 de la novela, cuando la amante de Benjamín, Clarita, se ha ido a vivir a la costa con su hija. Igual Benjamín también se ha mudado de barrio. Igual ha sufrido un síncope a causa de su mal talante. Igual Teresa se ha cansado de hacerle las cenas y le ha puesto de patitas en la calle. Todo puede ser.
Bravo Murillo, dirección Tetuán. En la orilla derecha se ve la torre de la iglesia de San Antonio, a la que acude Benjamín con Teresa.
Leo este libro gracias a Pedro Ojeda Escudero y su propuesta de lectura colectiva, un experimento interesante. Sobre todo porque me ha permitido descubrir al autor y una novela como ésta.

sábado, 19 de febrero de 2011

Chamberí en blanco y negro


La tienda de la foto sigue existiendo hoy día, aunque ha cambiado de contenidos y de colores.
Tienda de ultramarinos de Santa Engracia 55, 1914
Han pasado tantos años que los niños que asoman a los balcones, atraídos por el reclamo del fotógrafo, serían ahora ancianos centenarios. Y los huevos cuestan muchísimo más que los 55 céntimos (de peseta, o sea, 0,003 euros) que anuncia el cartel del escaparate, encima de los montones de alubias o de garbanzos. Las latas de conservas y los sacos de legumbres ya no llenan el espacio interior de la tienda, sino que allí se venden libros y material de papelería, se hacen encuadernaciones, fotocopias, revelado de fotos digitales..

Los actuales propietarios conservan esta foto, ampliada y rutilante, en una de las paredes del establecimiento. Para recordar que todos somos herederos de una historia forjada por hombres y mujeres que nos precedieron en las calles de nuestros barrios, personas que algo hicieron para que esta ciudad (y cualquiera) sea como es en el presente. Para bien o para mal.

La foto se ha convertido en la portada de un libro publicado este mes y titulado "Chamberí en Blanco y Negro, 1875-1975" Los profesores Juan Miguel Sánchez Vigil y María Olivera Zaldua, han indagado en diversos archivos públicos y privados (ABC, Fundación Diario Madrid, Museo de Historia de Madrid, Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, Instituto del Patrimonio Histórico, Archivo General de la Administración) y han recopilado casi trescientas fotos para llenar de imágenes este libro. De ellas, han entresacado 60 para montar una exposición que estará abierta hasta el mes de marzo en el Centro Cultural Galileo.

Plaza de Chamberí, tenencia de alcaldía
Para quien ahora transita por estas calles populosas del centro de la ciudad, cuajadas de edificios, de bares, de coches ruidosos y veloces, es asombroso contemplar los mismos escenarios en una época en que todavía las calles estaban bordeadas por solares sin edificar, y por su empedrado circulaban carros tirados por mulas, tranvías y unos pocos automóviles renqueantes y casi elitistas. 

Esquina de Ríos Rosas con Santa Engracia, 1920
Y merece la pena admirar la labor de los fotógrafos de entonces, artistas que utilizaban sus artilugios, complicados y voluminosos, con una maestría que convierte sus imágenes en obras imperecederas.

Las fotos, por supuesto, son del libro que menciono.

martes, 30 de noviembre de 2010

Mujeres esclavas

Griet empieza a trabajar como criada en casa de una familia católica y acomodada de Delft, la ciudad en la que vive. Griet procede de la parte protestante, y se ve forzada a servir porque su padre ha perdido el trabajo y la familia no tiene medios para subsistir. La casa a la que ha sido destinada requiere grandes esfuerzos por parte de las criadas, Griet y otra mujer que se ocupa de enseñarle sus tareas: lavar la ropa, comprar en el mercado, cuidar a los niños... En la casa vive un matrimonio, una suegra y seis o siete niños pequeños.

La mujer no congenia con Griet pero el hombre, que es un pintor famoso, aprecia en ella cualidades en relación con el manejo de las pinturas y los colores. Así que le pide que, después de sus faenas domésticas, le ayude a mezclar las materias primas. Griet adora al pintor y se presta a doblar su actividad laboral, aunque no pierde su recato hasta que éste le pide que pose para él con unas perlas que pertenecen a su mujer.

La situación de la mujer en la sociedad europea del siglo XVII, las fórmulas de comportamiento exigidas a las jóvenes protestantes (la religión siempre imponiendo sumisión y sacrificios a las mujeres), la esclavitud de las chicas pobres en las casas de los pudientes, subyacen tras la anécdota de esta novela, "La joven de la perla", de Tracy Chevalier, cuyo argumento nos presenta al pintor Vermeer encandilado por los encantos de una pobrecita fregona a la que él explota y utiliza sin ayudarla, a cambio, a salir de su miseria.

¡Pobres chicas todas esas que, a lo largo de muchos siglos, tuvieron que renunciar a su formación, al desarrollo de sus talentos innatos, a sus esperanzas de disfrutar de la existencia, a su alegría, a su salud, a sus ratos de diversión para dedicarse a trabajar, a ganar un salario para mantener a su familia!

Cuando se habla de la incorporación de la mujer al trabajo, y se cita el siglo XX como el momento en el que cambia las labores domésticas por la actividad laboral remunerada, se comete una injusticia con las mujeres que siglos atrás arrastraron vagones en las minas, labraron los campos y recogieron las cosechas o trabajaron en hogares ajenos, como hizo Griet, dejándose la piel, el corazón y la salud a cambio de un salario exiguo que apenas les permitía sobrevivir. Y mucho menos disfrutar de la vida o cultivar sus dotes artísticas o sus capacidades sociales.

El recuerdo de esas mujeres que tanto trabajaron en un mundo en el que ellas no contaban para casi nada, es lo que me queda de la lectura de esta novela.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Los libros no son enemigos de los libros

Los grandes almacenes de libros están en declive. Las pequeñas librerías, en cambio, las que sobrevivieron a la apertura de las tiendas de varios pisos, se mantienen e, incluso, recuperan su clientela y sus adeptos. Esto leo en un artículo que hoy publica El País, en el que se mencionan los libros de papel y los libros digitales.

No son éstos, los libros para leer en soporte digital, enemigos de los libros de papel porque los que ya gozamos de las ventajas de un aparatito de lectura no hemos abandonado los volúmenes con hojas y letra impresa, sino que compatibilizamos el uso de uno y de otros. Cuando sales de viaje, cuando te trasladas en autobús o tren hasta tu centro de trabajo, cuando quieres leer una obra de cientos de páginas, el soporte digital es idóneo: pesa poco, abulta poco, se transporta en un bolso o en un maletín, se adapta a cualquier situación... Poseer un libro electrónico no te priva de pasarte por la biblioteca de cuando en cuando a buscar un libro determinado, ni de acudir a la librería a comprarte una novela que quieres tener en tu estantería porque supones que la releerás en el futuro o se la vas a prestar a tus amigos o a tus familiares.

Por eso y porque el soporte digital no está demasiado extendido entre la gente de la calle (teniéndose en cuenta, además, que los lectores asiduos no significan un porcentaje muy amplio de la población), considero que los e-books no suponen un peligro para los ejemplares impresos. Otra cosa distinta es que las megalibrerías tengan que cerrar porque no hacen un negocio tan lucrativo como hace unos años. Ese declive es fácil de entender.

Los aficionados al libro siempre han (hemos) preferido las librerías de más reducidas dimensiones donde hay uno o dos libreros que son capaces de darte un consejo cuando dudas sobre una obra o dialogar unos minutos contigo sobre un autor de tu gusto. Esas librerías, amenazadas por los macroalmacenes, según cuenta el artículo referido, no están amenazadas por las nuevas tecnologías. Mucho menos, creo yo, si esas librerías se apuntaran al comercio de e-books, instalando en sus locales los dispositivos necesarios para vender obras en formato digital o, incluso, para imprimir un ejemplar de la obra requerida por el comprador. (Los dispositivos existen, como se ve en esta noticia del año pasado).

"Resulta, finalmente, que la ficticia Fox Books, y las grandes superficies a las que representa en la película Tienes un e-mail, no acabaron con el mundo occidental tal y como se lo conoce. Es cierto, cerraron muchas pequeñas librerías. Pero en los años recientes han abierto muchos nuevos comercios, para cubrir el hueco que están creando las grandes superficies que cierran ya a un ritmo imparable. Por ejemplo, desde hace un año, Washington alberga dos nuevas librerías de segunda mano, Kulturas, regentadas por el matrimonio conformado por Andrew McDonald e Irene Coray."

No sé si esas librerías, las de segunda mano, las que ofrecen libros descatalogados y libros baratos, han notado una bajada de sus compras pero sí he detectado que en la Cuesta de Moyano, donde hay varias casetas de libros viejos que funcionan todo el año, en la Feria del Libro Antiguo, que se celebra en mayo en el paseo de Recoletos, y en las librerías de segunda mano de Madrid, siempre hay gente viendo los libros, revolviendo en las pilas y en los estantes, buscando algo o esperando una sorpresa, un libro que no encontraría en los grandes comercios del sector, donde las novedades ocupan mostradores y almacenes, donde hay cientos de ejemplares de un novelista de moda, por mala calidad que tengan sus textos, y no puedes comprarte "La tía Tula", de Unamuno o una obra de un autor que no fue publicitado en los medios de comunicación.

Si os gustan los libros, no dejeis de ver el artículo en cuestión.

domingo, 29 de agosto de 2010

Memoria de Clara Campoamor

Clara Campoamor preside una plazoleta del centro de Madrid, frente a la fachada del Centro Cultural Conde Duque. Cuando se inauguró el busto de bronce, en el año 2006, las autoridades competentes y los medios de comunicación afines hicieron hincapié en la paradoja de que Campoamor, siendo militante de un partido con visos derechistas, el Radical de Alejandro Lerroux (que fue aliado de la CEDA de Gil-Robles en el gobierno del bienio derechista de la República, entre 1933 y 1935) lograse para las mujeres españolas el derecho al voto que le negaban un montón de diputados republicanos, entre ellos la socialista Victoria Kent.

En una época de tremendo analfabetismo, cuando la mitad de las mujeres españolas no sabían ni leer ni escribir, las figuras femeninas eran simples excepciones en el panorama social y cultural. Las poquísimas mujeres que habían estudiado y que se esforzaban en sus labores creativas (la pintora Maruja Mallo, por ejemplo) tenían que aguantar que se les colgasen todos los sambenitos posibles para desacreditarlas. Las gentes de “orden” las tachaban de locas o extravagantes, de feas o de contrahechas, de descocadas o de indecentes, de cualquier cosa que minase su prestigio y sus posibilidades de prosperar.

El sufragio de la mujer suscitó una encendida polémica en las Cortes Constituyentes de la República. Clara Campoamor, licenciada en Derecho, fue la mayor defensora de un derecho del que carecía la mitad de la población española adulta. A los argumentos de sus oponentes, que alegaban que las mujeres usarían sus votos para robustecer a los partidos de derechas y a las facciones antirrepublicanas porque acatarían sin cuestionarlos los mandatos de sus confesores, Campoamor contestaba pidiendo instrucción para ellas. Si se les permitía educarse, ellas podrían decidir por sí mismas, sin aceptar manipulaciones ni consejos de sus padres, sus maridos o sus asesores religiosos.

También reclamaba la diputada Campoamor el divorcio, el reconocimiento legal de los hijos habidos fuera del matrimonio, la igualdad de sexos, la protección de la infancia y de la maternidad… En fin, toda una colección de derechos que se merecían, no sólo las mujeres, sino todos los ciudadanos españoles de entonces. Derechos que los gobiernos republicanos tratarían de incorporar a su legislación, con mayor o menor éxito.

En su libro “El voto femenino y yo. Mi pecado mortal”, Campoamor narra su aventura parlamentaria, sus enfrentamientos políticos y las impresiones que en ella suscitaban los debates.

“Aislada de todos mis correligionarios y mis afines en ideas de la Cámara, combatida con animosidad por todos (…) sostenida solo por la minoría socialista, que a más de votar defendió la concesión, y por algunas personalidades aisladas, sufrí arañazos y heridas en el trance, pero logré ver triunfante mi ideal. Todo lo doy por bien sufrido”, escribe a cuenta de la votación que concluyó con la aceptación legislativa del voto de las mujeres.

En el listado de quienes votaron a favor de sus tesis, incluido en su libro, consuela ver que figuran los nombres de Alcalá Zamora (primer presidente de la República), Fernando de los Ríos, Companys, Largo Caballero, Giner de los Ríos, Negrín e, incluso, Gil-Robles.

En 1935, cuando el Partido Radical gobernaba el país con la CEDA de Gil Robles, Campoamor, que había sido responsable de Beneficencia, abandonó a Lerroux, exponiéndole en una carta, recogida en el libro, los motivos de su decisión.

“Yo, señor Lerroux me adscribí al Partido radical a base de su programa republicano, liberal, laico y demócrata, transformador de todo el atraso legal y social español, por cuya realización se lograse la tan ansiada justicia social. Y no he cambiado una línea, no me he desprendido de esos anhelos, de esos ideales que me acompañaron toda mi vida y a los que no pienso abandonar precisamente en los instantes en que tengo más personalidad para laborar por ellos y se logró el régimen que es su instrumento. (….) No fui nunca un elemento de derecha ni aun de centro derecha en el partido. Cuando me designó usted para la Dirección General de Beneficiencia, desarrollé en ella (…) un plan liberal, radical y justo que respondía en absoluto al espíritu y letra del partido, plan que, si es cierto, mereció su aprobación y aliento, después no obtuvo la más leve defensa ante la piqueta demoledora de la CEDA, que en un gobierno de coalición ha podido deshacer o mixtificar todo lo que sus colaboradores representan, a paciencia y evangélica resignación de estos”.

Campoamor consideraba que su partido se había rebajado a ser “un triste colaborador de esas derechas, republicanas de rotulación”, que contravenían la tarea política a la que ella se dedicaba. Y ¡cuánta razón tenía! Porque el partido de Gil Robles se sumó al año siguiente al levantamiento militar franquista, que atentó y destruyó el régimen legal republicano, votado por los españoles en unas elecciones democráticas. (Si bien su pecado, el de Gil Robles y los suyos, fue castigado con el desprecio por parte de los vencedores de la guerra civil). Clara Campoamor se marchó de España cuando estalló la contienda. En 1938 se instaló en Argentina. Y nunca regresó a su país, si bien lo intentó en algún momento, antes de fallecer en 1972.

Pero estoy segura de que muchas mujeres, cuando nos acercamos a las urnas, pensamos, aunque sólo sea un segundo, en aquella diputada que empeñó sus fuerzas y su talento en conseguir para nosotras un derecho que se nos hurtaba en función de ideas estúpidas e insensatas sobre la diferencia de géneros.

Si hay una vida posterior a la vida real, como decía Jorge Manrique, si hay vida mientras haya memoria de los logros de una persona, Clara Campoamor sigue viva en España. Al menos para quienes sabemos lo que la debemos a ella, lo que le deben las mujeres y le debe todo el país.

Y si quereis saber más de Clara, encontrareis más datos en la wiki o en este sitio.

domingo, 1 de agosto de 2010

En África con ‘la que narra’

“Muy pronto los nativos comenzaron a respetarla y acudían a ella con frecuencia cuando necesitaban ayuda o un buen consejo. Las ancianas la llamaban Jerie, que en kikuyu significa ‘la que escucha’ y se admiraban de ver, por primera vez, como un blanco cogía en brazos a un niño africano”.

Tiempo después, ‘la que escucha’ se convierte en ‘la que narra’. Sus primeros relatos surgen de su boca, en la inmensidad de la sabana, para deleitar al hombre que ama. Luego, cuando ya envejece en un país tocado por el frío, la narradora vuelca sus historias en hojas de papel para legárselas a lectores que todavía no habían nacido cuando ella empuñaba la pluma.

Os invito a emprender un viaje al África de principios del siglo XX con Karen Blixen, la baronesa que cultivaba café y escuchaba a los kikuyus (cuyos rasgos confundiremos siempre con los de la actriz Meryl Streep, protagonias de la película de Sydney Pollack, Memorias de Africa), y con otras mujeres valerosas, cuyos nombres, como el de tantas aventureras que consagraron su existencia a la ciencia o al arte, a los oficios y lances en los que desde antiguo han prevalecido los nombres masculinos, apenas había oído mencionar antes. La guía de la expedición es Cristina Morató, quien ha esculpido con letras de tinta los nombres de esas mujeres en el libro que titula “Las reinas de Africa”. Podréis conocer a Mary Livingston, esposa del muy famoso explorador David Livingston; a Delia Akeley, que cobraba piezas para el Museo de Historia natural de Nueva York; a Mary Kingsley, que recorrió la costa oeste estudiando sus formas de vida; a Florence Baker, que llegó con su marido Samuel hasta las fuentes del Nilo; a Mary Slessor, misionera, a Beryl Markham, aviadora, a Osa Jonson, cineasta, a las españolas Isabel y Juana, que siguieron a sus maridos hasta el continente negro, a Alexine Tine, que viajaba con un ajuar de lujo.

Tuvieron todas ellas la suerte de encontrar paisajes todavía no devastados por la mano del hombre blanco, por su ambición y sus perversas gestiones al frente de los países que cayeron en su poder. Y supieron apreciar a sus gentes y sus formas de vida naturales, aunque a veces fueran víctimas de la hostilidad y el temor de los aborígenes. Y aún más de los propios colonos, como se lee en el libro de Cristina.


La comunidad blanca que habitaba en Kenia nunca simpatizó con su esnob y presuntuosa vecina de las tierras altas. Karen Blixen les parecía una mujer excéntrica que se tomaba demasiadas libertades con sus sirvientes. Cuando se enteraron de que pretendía fundar una escuela para los kikuyus pusieron el grito en el cielo. Aquellos colonos apenas tenían contacto con los trabajadores africanos, a los que trataban como esclavos o en un tono paternalista, como si fueran niños.”

sábado, 19 de junio de 2010

Adiós, Saramago

“No basta con que el escritor se comprometa sólo con su texto pues a menudo esto constituye una artimaña para eludir de otro modo la realidad circundante. Debe comprometerse con su palabra en su tiempo y, por extensión, con lo real del mundo en que se halla inmerso”.


Recupero estas palabras de Saramago ahora que se marcha. Él era un escritor comprometido, un hombre que denunciaba la injusticia del mundo que le tocó, las contradicciones de la sociedad supuestamente civilizada, el abuso de los fuertes sobre los débiles. Era un escritor capaz de definir en sus personajes las debilidades del ser humano, sus angustias internas y sus facultades para superar las derrotas sentimentales y físicas infligidas unas veces por su entorno, otras por sus propias carencias, por sus errores y sus ofuscaciones.

Descubrí a Saramago con "Memorial del convento" y "El evangelio según Jesucristo". Fui leyendo, a partir de entonces, todos los libros que él firmaba. He sentido miedo, vértigo, angustia, ternura, coraje, compasión, rabia con sus personajes. He logrado, mejor dicho, Saramago ha logrado que me metiera en su piel y en su corazón.

Es triste despedirse de una persona tan notable, de un escritor admirable. Pero sus libros seguirán estando con nosotros, esperándonos en una estantería cuando nos apetezca recordarlos, releerlos, o recomendárselos a nuestros hijos y a nuestros nietos.

Adiós, maestro. Adiós, Saramago

sábado, 1 de mayo de 2010

Los hombres malos de Connolly

"Gabriel sabía que la gran mayoría de los hombres no eran asesinos natos. (...) Se sabe, de hecho, que a lo largo de la historia muchos hombres en combate han demostrado un claro rechazo a matar, y algunos incluso se han negado a hacerlo cuando peligraba su propia vida o la vida de sus compañeros. Se calcula que durante la segunda guerra mundial no más del quince por ciento de todos los fusileros norteamericanos en combate dispararon realmente sus armas contra el enemigo"

En una comisaría, Gabriel contempla a un chaval de quince años que ha matado a un hombre. Gabriel es líder de una banda de asesinos a sueldo y especula con la posibilidad de que el muchacho se convierte en uno de sus sicarios tras someterlo a un entrenamiento adecuado.

"Un soldado instruido de forma debida y condicionado era un arma en sí mismo. En ese proceso, lógicamente, se perdía algo bueno, quizás incluso la mejor parte del ser humano en cuestión: era la comprensión de que no existimos sólo como entidades independientes, sino que somos parte de un todo colectivo y cada muerte es una merma para ese todo y, por extensión, para nosotros mismos".

El libro del que extraigo estos dos párrafos se titula "Los hombres de la guadaña" y lo firma John Connolly. No hay que confundir a este autor, irlandés de 43 años, con Michael Connelly, estadounidense de 53 años, aunque coinciden no sólo en la similitud en el apellido y en la práctica del género negro, sino también en que ambos han estudiado y ejercido el periodismo. Sin embargo sus obras difieren en tratamiento y estilo, en la catadura de los personajes, en sus conceptos sobre la conciencia y la moralidad de los asesinos.

Connolly dibuja perfiles escabrosos: los protagonistas de los crímenes que se cometen son seres malignos, no porque hayan sido condicionados por las circunstancias, por una infancia dolorosa o un trauma reciente, al asesinato y a la tortura, sino porque llevan en los genes la capacidad de inflingir daño y segar vidas sin que su estabilidad emocional se altere.

En las primeras novelas de Connolly, la acción discurre con la precipitación de una película, las escenas sangrientas son escabrosas y repugnantes, las agresiones y las muertes son múltiples, y el poder de los asesinos resulta excesivo tanto por la capacidad de éstos overse de un lado a otro a velocidad de vértigo, como por su talento para hallar a sus víctimas y sacrificarlas sin que nada o nadie interfiera en la tragedia.

El protagonista de las novelas de Connolly es Charlie Parker, un policía que ahora actúa como detective privado, y que arrastra consigo el enorme trauma de haber visto muertas de una forma terrible a su mujer y a su hijita de tres años. El crimen se comete en las primeras páginas de "Todo lo que muere". Parker, hijo de un policía que perdió la cabeza, mató a dos chicos y se suicidó en su casa, trata de vivir sobreponiéndose a la pérdida de su familia con el objetivo fundamental de encontrar al asesino que se conoce como El Viajante.

"Los hombres de la guadaña" es la penúltima novela que se ha publicado de Connolly en castellano. En sus páginas, Parker adopta un papel secundario, dejando el protagonismo a su amigo Louis, el chico negro de la cárcel al que Gabriel quiere adiestrar para convertirlo en una máquina de matar. Louis y su amante, Angel, han ayudado a Parker en algunos casos y ahora son ellos los que necesitan su apoyo.

Con Louis de protagonista, Connolly reflexiona sobre la maldad y la capacidad de asesinar del ser humano y, de paso, nos hace reflexionar a los lectores.

¿Somos como somos porque nacemos predeterminados o son las circunstancias las que condicionan nuestro comportamiento, nuestras virtudes y nuestros vicios? ¿Nacemos bondadosos o perversos, tolerantes o intransiguentes, pacíficos o revoltosos? ¿O nos va moldeando el carácter y las inclinaciones el ambiente, la educación, la familia, el entorno social, los traumas que padecemos, la influencia de los amigos?

Los genes determinan nuestros rasgos físicos, de eso no hay duda. Pero ¿determinan también nuestras tendencias psiquicas y sociales? Psicólogos y sociólogos debatirían muchas horas sobre estos temas. Cualquier persona podría aportar ejemplos cercanos, casos prácticos con los que ilustrar su propia teoría. Unos dirán que nacemos con unas cualidades y carentes de otras, otros aportarán una frase lapidaria sobre la fuerza del destino, más potente que la voluntad humana. Y otros apostarán por una combinación entre la genética y las circunstancias, o sea, que nacemos con las semillas de ciertos talentos, destrezas y comportamientos que pueden florecer si las cultivamos o desaparecer si nada o nadie provoca su desarrollo.

Para quienes quieran saber más de autor y novelas, os recomiendo La Bitacora del Tigre, el blog de un profesor de Navarra que se lee con gusto y facilidad.