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sábado, 1 de mayo de 2010

Los hombres malos de Connolly

"Gabriel sabía que la gran mayoría de los hombres no eran asesinos natos. (...) Se sabe, de hecho, que a lo largo de la historia muchos hombres en combate han demostrado un claro rechazo a matar, y algunos incluso se han negado a hacerlo cuando peligraba su propia vida o la vida de sus compañeros. Se calcula que durante la segunda guerra mundial no más del quince por ciento de todos los fusileros norteamericanos en combate dispararon realmente sus armas contra el enemigo"

En una comisaría, Gabriel contempla a un chaval de quince años que ha matado a un hombre. Gabriel es líder de una banda de asesinos a sueldo y especula con la posibilidad de que el muchacho se convierte en uno de sus sicarios tras someterlo a un entrenamiento adecuado.

"Un soldado instruido de forma debida y condicionado era un arma en sí mismo. En ese proceso, lógicamente, se perdía algo bueno, quizás incluso la mejor parte del ser humano en cuestión: era la comprensión de que no existimos sólo como entidades independientes, sino que somos parte de un todo colectivo y cada muerte es una merma para ese todo y, por extensión, para nosotros mismos".

El libro del que extraigo estos dos párrafos se titula "Los hombres de la guadaña" y lo firma John Connolly. No hay que confundir a este autor, irlandés de 43 años, con Michael Connelly, estadounidense de 53 años, aunque coinciden no sólo en la similitud en el apellido y en la práctica del género negro, sino también en que ambos han estudiado y ejercido el periodismo. Sin embargo sus obras difieren en tratamiento y estilo, en la catadura de los personajes, en sus conceptos sobre la conciencia y la moralidad de los asesinos.

Connolly dibuja perfiles escabrosos: los protagonistas de los crímenes que se cometen son seres malignos, no porque hayan sido condicionados por las circunstancias, por una infancia dolorosa o un trauma reciente, al asesinato y a la tortura, sino porque llevan en los genes la capacidad de inflingir daño y segar vidas sin que su estabilidad emocional se altere.

En las primeras novelas de Connolly, la acción discurre con la precipitación de una película, las escenas sangrientas son escabrosas y repugnantes, las agresiones y las muertes son múltiples, y el poder de los asesinos resulta excesivo tanto por la capacidad de éstos overse de un lado a otro a velocidad de vértigo, como por su talento para hallar a sus víctimas y sacrificarlas sin que nada o nadie interfiera en la tragedia.

El protagonista de las novelas de Connolly es Charlie Parker, un policía que ahora actúa como detective privado, y que arrastra consigo el enorme trauma de haber visto muertas de una forma terrible a su mujer y a su hijita de tres años. El crimen se comete en las primeras páginas de "Todo lo que muere". Parker, hijo de un policía que perdió la cabeza, mató a dos chicos y se suicidó en su casa, trata de vivir sobreponiéndose a la pérdida de su familia con el objetivo fundamental de encontrar al asesino que se conoce como El Viajante.

"Los hombres de la guadaña" es la penúltima novela que se ha publicado de Connolly en castellano. En sus páginas, Parker adopta un papel secundario, dejando el protagonismo a su amigo Louis, el chico negro de la cárcel al que Gabriel quiere adiestrar para convertirlo en una máquina de matar. Louis y su amante, Angel, han ayudado a Parker en algunos casos y ahora son ellos los que necesitan su apoyo.

Con Louis de protagonista, Connolly reflexiona sobre la maldad y la capacidad de asesinar del ser humano y, de paso, nos hace reflexionar a los lectores.

¿Somos como somos porque nacemos predeterminados o son las circunstancias las que condicionan nuestro comportamiento, nuestras virtudes y nuestros vicios? ¿Nacemos bondadosos o perversos, tolerantes o intransiguentes, pacíficos o revoltosos? ¿O nos va moldeando el carácter y las inclinaciones el ambiente, la educación, la familia, el entorno social, los traumas que padecemos, la influencia de los amigos?

Los genes determinan nuestros rasgos físicos, de eso no hay duda. Pero ¿determinan también nuestras tendencias psiquicas y sociales? Psicólogos y sociólogos debatirían muchas horas sobre estos temas. Cualquier persona podría aportar ejemplos cercanos, casos prácticos con los que ilustrar su propia teoría. Unos dirán que nacemos con unas cualidades y carentes de otras, otros aportarán una frase lapidaria sobre la fuerza del destino, más potente que la voluntad humana. Y otros apostarán por una combinación entre la genética y las circunstancias, o sea, que nacemos con las semillas de ciertos talentos, destrezas y comportamientos que pueden florecer si las cultivamos o desaparecer si nada o nadie provoca su desarrollo.

Para quienes quieran saber más de autor y novelas, os recomiendo La Bitacora del Tigre, el blog de un profesor de Navarra que se lee con gusto y facilidad.

miércoles, 22 de abril de 2009

La fiesta de los libros

Entrar en la librería sin apremios ni recados, pasearse entre las estanterías, detener ante los mostradores para revisar los títulos que se exhiben, abrir un volumen por una página intermedia y leer despacio un párrafo, un capítulo, para comprobar el estilo del autor y sondear el interés del argumento… Es un hábito de muchos lectores a los que seducen los escaparates de las librerías, la visión de tantos libros de vistosas portadas apilados a lo largo y ancho del establecimiento.

Dicen que el título de la portada puede ser decisivo a la hora de escoger una novela para llevarse a casa. Que si es original o llamativo, el libro tiene muchas posibilidades de captar a uno de esos lectores animosos que entran en la librería sin un objetivo concreto, dispuestos a llevarse a casa lo que les atraiga o les sorprenda. No suele ser este mi caso. No suelo ser de quienes se dejan embaucar por un título más o menos atractivo, porque he comprobado que a veces éste no responde al contenido de la obra, sino que es, más bien, un eslogan, una contraseña publicitaria. Tampoco me fio totalmente de los resúmenes de la contraportada: aunque intentan dar pistas sobre el argumento y proclaman el afán del autor y la eficacia de su empeño, estas reseñas también huelen más a elemento proagandístico que a reseña literaria, eludiendo razonamientos que permitan al posible lector averiguar la técnica narrativa o las estratagemas artísticas del escritor.

A mí me tira más ser de los que se pasan largos ratos en las librerías examinando ejemplares, leyendo fragmentos, consultando índices, buscando libros que nunca se anuncian en los periódicos, las novelas que no han ganado ningún premio, las que no están rubricadas por autores que aparecen en las pantallas de televisión, las obras que no consiguen ser incluidos en los suplementos culturales de los diarios. Y he conseguido ciertos hallazgos. Obras estupendas de las que antes no sabía que existían.

¿Compraríais vosotros un libro sólo por el título o la ilustración de la portada? ¿Sois de los que entrais en la librería sabiendo de antemano lo que vais a comprar? ¿Os gusta rebuscar, husmear entre las páginas, descubrir autores sin fama?



Esta semana los libros salen a la calle para atrapar a sus lectores.
La gran fiesta del libro, que coincide en los calendarios con la fecha del entierro de Cervantes, el 23 de abril de 1616, saca de las estanterías de los comercios y los almacenes miles de volúmenes que son una tentación para quienes transitan por las calles y las plazas.
En Cataluña se celebra en esta fecha a su patrón, Sant Jordi. La jornada se pinta de multitudes que pasean por la ciudad con sus libros y sus rosas en las manos. Es un verdadero canto a la lectura, a la creación literaria, al arte de escribir, al regocijo de leer. En otras ciudades imitamos esa costumbre tan sana y celebramos la fiesta comprando alguno y asistiendo a ciertos actos que se organizan en librerías, entidades culturales y espacios públicos.


jueves, 10 de julio de 2008

A favor del cuento (II)

Un poeta me dijo hace años que el cuento es una medida literaria muy adecuada para la vida moderna, que sólo te brinda espacios de tiempo breves y comedidos para dedicarte a la lectura. Mientras te desplazas en el transporte público de casa al trabajo o viceversa, cuando te sientas a desayunar en un cafetín o haces cola frente a la ventanilla del banco, mientras esperas turno en la consulta del médico o frente al mostrador de la pescadería puedes leerte las cuatro o cinco páginas que componen un relato. Desde el título hasta el desenlace.

Quien así procede en un establecimiento comercial es mirado por los demás parroquianos con curiosidad y, en algunos casos, con un pelín de envidia. "Para la próxima compra me traigo yo también un libro", me dijo una tarde una mujer de edad mediana, que había colocado su carro detrás del mío en un supermercado urbano. La mujer estaba tan aburrida como yo, porque era un día de gran ajetreo comercial y la espera se alargaba ya diez o quince minutos. La inmersión en un relato de misterio me ayudó entonces a sobreponerme a la impaciencia, a la sensación de estar perdiendo el tiempo que me hubiera soliviantado si me hubiera tenido que limitar a ver las maniobras de la cajera, mientras me tocaba a mí colocar mis alimentos en la cinta móvil de la caja.

Si lees, no te aburres, no te irritas, no te pones a pensar en lo que podías estar haciendo en otro sitio, no te mosqueas porque el litro de leche ha subido de precio o porque el niño que va con el señor de la cola de la izquierda te ha dado un codazo o un pisotón.

En el metro, en el autobús o en el tren, los cuentos son buenos compañeros de viaje. La lectura alivia la tensión del que va con prisa o el tedio de quien contempla a diario los mismos paisajes, las mismas escenas urbanas. Así lo deben haber pensado los responsables de la empresa de Transporte Urbano de Granada, que subvenciona la edición de Relatos para leer en el autobús.

También he encontrado un volumen de cuentos con un destino similar. Se titula Cuentos breves para leer en el bus, y está editado por Belacqua de Ediciones.
Si tenéis alguna sugerencia al respecto, decídmela, por favor. Y si os ha ocurrido algo divertido cuando estabais leyendo fuera de casa, me gustará saberlo.

martes, 1 de julio de 2008

Hablar es salud

Hablar, charlar, conversar, platicar, dialogar, departir, hacer tertulia... hay unos cuantos vocablos para referirse a los placenteros momentos que dedicamos a intercambiar noticias, ideas, comentarios, sensaciones, anécdotas, chirigotas con los amigos y los conocidos. ¡Qué bueno es tener gente con la que hablar! Citarse con alguien para charlar es una de las actividades más sanas y beneficiosas en las que podemos emplear nuestros ratos de ocio.

Sí, es una actividad sana. Lo he expresado correctamente. conversar es una actividad grata pero también es saludable. Estoy segura de que mucha gente comparte conmigo esa opinión, pero si alguien lo duda, recurro al libro del que os entresacaba hace unos días ciertas frases referidas a la salud y el buen humor. El libro es "La fuerza del optimismo", del psiquiatra Luis Rojas Marcos.

Dice así el doctor Rojas: " No me canso de resaltar los beneficios emocionales que nos aporta hablar. Gracias a los vínculos que existen entre las palabras y las emociones, hablar no sólo nos permite desahogarnos y liberarnos de las cosas que nos preocupan, sino experimentar los sentimientos placenteros que acompañan a la comunicación entre personas queridas. De hecho, evocar, ordenar y verbalizar nuestros pensamientos en un ambiente acogedor es siempre una actividad gratificante. Por eso, somos muchos, aunque no lo digamos, los hombres y las mujeres que cuando no contamos con interlocutores humanos hablamos al perro, al gato, al pajarito o a la planta que viven en casa. Y no pocos nos sentimos mejor cuando hablamos con nosotros mismos, eso sí, en alto".

Cuando exponemos nuestras penas y nuestras inquietudes a una persona a la que estimamos, soltamos lastre y aligeramos la carga que llevábamos encima. La tristeza, la angustia, la añoranza parecen más livianas cuando la moldeamos en palabras para que nos entienda quien nos escucha. Hasta puede ocurrir que, al departir, nosotros mismos descubramos la fórmula adecuada para sobreponernos al mal trance.

Por eso, en otro capítulo del libro, afirma Rojas Marcos que las desdichas son para compartirlas.

Y si no tenemos un interlocutor, una oreja amiga en la que volcarnos, nos queda la solución que el propio psiquiatra apunta: hablar en voz alta con nuestro otro yo, increparnos o halagarnos, o colocarnos delante de un espejo y decirle con claridad lo que pensamos del hombre o la mujer que nos mira con atención desde el otro lado del azogue.


(Cuadros: La tertulia del Café Pombo, presidida por Ramón Gómez de la Serna, obra de José Gutiérrez Solana y La Tertulia, de Angeles Santos. Ambos cuadros pertenecen al Museo Reina Sofía)

jueves, 19 de junio de 2008

El optimismo y la salud

El anhelo de curarnos constituye la mitad de nuestra salud, dijo Séneca hace más de dos mil años. La cita está recogida en el libro de Luis Rojas Marcos, “La fuerza del optimismo”, un amplio tratado sobre los sentimientos positivos, la esperanza, la capacidad del ser humano de enfrentarse a los problemas sin caer en el derrotismo, la depresión y la inacción.

Rojas Marcos repasa en los sucesivos capítulos de su obra (que es amena e ilustrativa, a la par) lo que él denomina, a grandes rasgos, la ciencia del optimismo, incidiendo en diversos aspectos de la vida del ser humano: la personalidad, el bagaje genético, el talante, la educación que ha recibido, la salud, el trabajo, el régimen político en el que habita.

Hoy leo el capítulo dedicado a la salud. Dice el psiquiatra Rojas Marcos que la esperanza cura. Que los optimistas, los que piensan que sus dolencias son temporales (por graves que éstas sean) tienen más posibilidades de desarrollar defensas, de alargar su existencia y, por supuesto, de hacer la convivencia más grata a quienes le cuidan o le rodean. Dice que los pesimistas son imprudentes y, además de no curarse, fallecen con más frecuencia por accidentes inesperados. Dice que quienes piensan que el destino del individuo está escrito de antemano, que los que renuncian, llevados por su ánimo derrotista, a luchar por mejorar sus condiciones de vida, tienen más probabilidades de ser víctimas de las enfermedades y de la fatalidad.

Los trances difíciles para el ser humano, como son la pérdida de un familiar o una ruptura conyugal “nos hacen vulnerables a las infecciones, a los trastornos digestivos y a las enfermedades del corazón”. El sistema inmunológico se resiente cuando el alma duele, porque hay emociones negativas que “alteran el funcionamiento de los centros cerebrales que regulan el sistemas hormonal y los órganos más importantes del cuerpo”.

Por el contrario, añade Rojas Marcos, “numerosas investigaciones muestran que situaciones que fomentan la tranquilidad, como el desahogo emocional que produce hablar y compartir con otros problemas y dificultades, fortifican las defensas. Por ejemplo, la participación semanal en grupos terapéuticos de apoyo psicológico está relacionada con una mayor esperanzan y calidad de vida en pacientes que sufren de enfermedades crónicas y algunos tumores malignos”.

Y acabo con otra cita que aporta el autor; es de Susan C.Vaughan, autora de un libro sobre el optimismo que se titula "Medio vacía, medio llena". Dice así: “El optimismo es como una profecía que se cumple por sí misma. Las personas optimistas presagian que alcanzarán lo que desean, perseveran, y la gente responde bien a su entusiasmo. Esta actitud les da ventaja en el campo de la salud, del amor, del trabajo y del juego, lo que a su vez revalida su predicción optimista”.

¿Quereis leer el primer capítulo del libro? Pinchad aquí.

lunes, 4 de febrero de 2008

Los viejos también leen

Más de la cuarta parte de los lectores de periódicos españoles tienen más de 55 años. Eso dice el Libro Blanco de la Prensa Diaria, referido a 2007. Los quiosqueros puedan dar fe del fenómeno: sus parroquianos mayores son abundantes y van en aumento. Será por que disponen de más tiempo libre que los sectores de edad más jóvenes (ya no cuidan de los hijos y, en algunos casos, están jubilados o prejubilados); será por que les mueve mayor interés por lo que se cuece en el mundo; será por que lo que se ahorran en comida se lo gastan en papel. Será por lo que sea, pero el dato es fidedigno y debieran tenerlo en cuenta quienes redactan las noticias de los periódicos y quienes se promocionan en ellos.

Porque los mayores se quejan de la prensa. Dicen que los discrimina y los olvida, que incluye pocas informaciones que aprovechen a los colectivos de jubilados. Dicen que en los anuncios sólo aparecen gentes jóvenes y robustas, como si ellos, los mayores, no fueran también compradores de alimentos y de cosméticos, como si no viajaran o no utilizaran ordenadores... Hasta la letra es pequeña, protestan algunos, y eso les impide leer el periódico sin ponerse las malditas gafas “de cerca” cuando viajan en el metro o en el autobús.

En cuanto a los libros, las cifras son penosas. He encontrado un informe de la Federación de Gremios de Editores de España sobre "Hábitos de lectura y compra de libros”, fechado en 2005, que indica que el 37,9 % de los españoles que tienen de 55 a 64 años lee con frecuencia, el 10, 7 % lee en contadas ocasiones y el 51,4 % no lee nunca. Si subimos al tramo de los 65 años, las cifras se desploman: el 22,1 % lee con frecuencia, el 9% en ocasiones y el 68,9 % no lee nunca. O sea, dos de cada tres viejos no toca jamás un libro. ¡Qué pena!

Quizás influya también en esto el tamaño de la letra, que suele ser pequeña en los libros de primera edición y diminuta en las ediciones de bolsillo. Quizás consideren los libros caros, pero existen las bibliotecas públicas y no hay limitaciones de edad para los socios. Quizás les resulten farragosos algunos argumentos, pero le pueden pedir consejo al librero exponiéndole de antemano sus gustos y sus condicionamientos culturales…. Quizás no encuentren momento para ponerse a leer porque se pasan la mañana y la tarde sentados ante el televisor... ¡Esto sí que es un problema! ¿Qué podríamos hacer los demás para evitar la adicción a los programas insustanciales y convencerlos para que lean?