A estas horas de la mañana de abril, si no hubiera aparecido el virus, estarías en el centro de esa ciudad extensa que ahora observas desde una habitación de tu casa. Estarías metida en una sala de luces artificiales, en el seno de uno de los edificios más bellos de Madrid. Quizás habrías salido a tomar un café con una amiga a la que estarías contando detalles de las recientes vacaciones en la tierra de la que viniste. O planificando la tarde para compaginar el cuidado de los niños con alguna de las actividades personales en las que vuelcas tus días.
Pero estás en casa, confinada. Y aunque a ratos sientes el agobio del encierro, de la imposibidad de salir a pasear o de citarte con las amigas del barrio, te sabes afortunada por compartir la jornada con dos compañeros mágicos, dos personas capaces de hacer de la vida cotidiana un juego permanente, que a veces será caótico, pero que siempre considerarás un juego fabuloso y apasionante.

Esta ciudad que contemplamos juntas, ciudad compacta y milenaria, ciudad múltiple y enrevesada, con sus perfiles modernos y sus torres descollantes, es ahora tu ciudad y la sientes como tal porque en ella está tu hogar y en ella crecen tus compañeros mágicos.
Hoy su color azul es una especie de tributo al cielo luminoso de la tierra de la que viniste.
(Foto. AMC)
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