lunes, 5 de abril de 2021

¡La vacuna!

 ¡La vacuna! chilla la mujer que espera en la cola del supermercado. ¡El viernes tengo cita para la vacuna!

Cualquiera diría que le ha tocado un premio a la señora. Los otros clientes la miran sorprendidos, aunque se diría que a más de uno más que sorpresa es un pelín de envidia lo que le asoma a la cara.

¡Por fin la vacuna! ¡Por fin!

¿En qué estará pensando la buena mujer ahora?  ¿En los hijos que casi no vienen a visitarla, en la madre a la que no visita ella, en las amigas con las que no va ni al cine ni de paseo desde hace casi un año? Tal vez se esté acordando de ese hotelito tan chulo, cerca de la playa malagueña, a donde se suelen escaparse su marido y ella una semana en septiembre. O en las fiestas del pueblo de sus padres, que quizás tengan que suspenderse este verano por segunda vez.

 ¿Y a ti no te han citado? Saca el móvil a ver si hay suerte, le dice a su marido, que ya está sacando la compra del carro y situándola en la cinta de la caja.

Así están las cosas por esta comunidad. La gente que nació en la segunda mitad de los años cincuenta vive pendiente del móvil, a la espera de un SMS que le de hora y sitio para vacunarse. Aunque se han visto estos días en la televisión imágenes de filas interminables y se han escuchado testimonios de abuelos y abuelas que han soportado dos y tres horas de cola, la esperanza de que la vacuna ayude a salir del bache (el personal y el colectivo) le imprime a la convocatoria rasgos de buena noticia.

¡Qué lástima que vaya el proceso tan despacio! Hasta finales de abril no estarán vacunados todos los mayores de 80 años. Pero esta semana llegarán 1.200.000 dosis de Pfizer, cuenta Mariola Lourido en la Cadena SER, así que a ver si acaban con estos y siguen con los españolitos de setenta años y pico. Que de salir a la calle, a relacionarse y divertirse tiene
n tantas ganas como los jovenzuelos.

¡El sábado me voy donde mi madre y le planto un beso en la mejilla! Sin la mascarilla, dice la afortunada mujer, mientras saca el monedero para pagar la compra.

El cajero la escucha y le sonríe, mientras el marido distribuye los comestibles en dos bolsas de tela. Cuando le da el tique de la compra, el chico la despide con un gracias y un enhorabuena.

¿Quién se iba a imaginar hace trece meses que nos iba a alegrar tanto ser citados en un hospital para ponernos una vacuna recién inventada?

Foto de Olmo Calvo. Colas en el Metropolitano

miércoles, 31 de marzo de 2021

Semana santa

Sin viajes, sin visitas familiares, sin escapadas al pueblo de los abuelos, sin comidas o cenas con la pandilla de amigos, sin procesiones los religiosos.... ¡menuda semana santa! Aunque hay gente que ha rebasado los perímetros acotados de las comunidades autónomas sin causa justificada, (no vale irse a hacer un tratamiento dental a Cádiz, ni ir a comprase un perro a Valencia), la mayoría de los españoles permanecemos anclados en nuestras localidades de residencia, frustrados unos por no poder aprovechar las vacaciones, resignados otros porque sabemos que la guerra contra el virus no ha terminado, confusos casi todos por esta situación sanitaria, económica y social que no entendemos nosotros y, al parecer, ni entienden los que nos gobiernan.

Veo desde Madrid con cierta admiración a los gobernantes que, desoyendo clamores de sectores turísticos (el turismo como motor principal de la economía en este país que ya hace tiempo convirtió tiendas, talleres y fábricas en hoteles, bares, tiendas de souvenir, servicios para forasteros, etc) mantienen las restricciones en tanto no se reduzcan las cifras de contagios en su territorio, las de mortalidad y de ocupación de camas hospitalarias. Aquí, en esta comunidad "distinta", las restricciones se aplican con una holgura que enfada a quienes procuramos cumplir con las medidas de seguridad exigidas, o recomendadas, por los epidemiólogos, los médicos, los científicos y la mayoría de los gobernantes.

La foto de Olmo Calvo en el País ilustra muy bien lo que es Madrid en estas últimas semanas. Esta imagen de los borrachos, que no se encuentra en ningún museo madrileños, por cierto, es la evidencia de lo que está ocurriendo en esta comunidad donde todo es "distinto". Pero no, no lo es porque los madrileños hayamos inventado un tipo de vida diferente al del resto de los territorios españoles, ni porque aquí entendamos la libertad de manera más intensa que nuestros parientes de Andalucía o de Galicia. Es "distinto" porque aquí tenemos y mantenemos a unos gobernantes que siempre están procurándose titulares en la prensa, tratando de ganar protagonismo a nivel nacional para dar el salto cuanto antes a la Moncloa. Enfrentarse al gobierno central y a los de otras autonomías, incluidas las que son del mismo partido, es parte de la estrategia de quienes ocupan la Puerta del Sol, sea su nombre Alberto, Espe, Cristina o Isabel. Es la fórmula para hacerse notar por el resto del país y aspirar a gobernarlo entero.

¡Menuda semana santa de ruido, cogorzas, aglomeraciones y contagios nos espera! Y mientras tanto, quienes animan a los forasteros a venir a disfrutar de nuestros excelentes bares y nuestras libertarias calles, mantienen los centros de salud a medio gas y los centros de urgencias cerrados durante los fines de semana y los festivos. ¡Así nos va!

Foto: Olmo Calvo

lunes, 22 de marzo de 2021

Vergüenza

Si no fuera porque nos advierten de que no podemos salir de la provincia o de la comunidad en la que residimos, de que no podemos hacer planes de viajes durante la semana santa, se diría que los medios de comunicación se han olvidado de que seguimos en pandemia. No hay que generalizar, desde luego, pero las voces estridentes en asambleas regionales, en plazas públicas y en foros de comparecencias políticas suenan estos días más chirriantes y contundentes que los mensajes de quienes siguen avisándonos de que el maldito virus continúa haciendo estragos entre las gentes de nuestro país, de nuestro continente, de nuestro planeta.

Mociones de censura y anuncios de elecciones y candidaturas acaparan más titulares y espacio en los informativos de radio y televisión (no de todos, insisto) y en las portadas de la pensa de papel o digital que las noticias sobre incidencia del covid o sobre vacunaciones. No es que se omitan las noticias sobre el maldito virus, pero sí que parecen menos relevantes, parece que influyen menos en nuestra existencia cotidiana que las pullas, insultos y acusaciones (ciertas o falsas) que se cruzan los dirigentes políticos que aspiran a gobernar o a no ser descabalgados de sus sillones de mando. 

Pues no, no considero que esas noticias, que a veces rayan en el cotilleo, sean más importantes que otras que se dan en segundo plano. Sobre todo esta: En Las Palmas de Gran Canaria ha fallecido una niña de menos de dos años que llegó al puerto de Arguineguín el pasado martes. La criatura fue rescatada en el mar y reanimada por enfermeros en el muelle. En esas fechas fueron rescatados unos cuantos niños, cuenta un médico de la isla. ¡Qué vergüenza! Vergüenza de un mundo que condena a los niños a morir huyendo del hambre y la persecución, vergüenza de gobiernos de cualquier continente que permiten que niños y mayores sufran miseria, guerras y matanzas; vergüenza de voceros que claman contra la inmigración en nuestro país; vergüenza de paisanos que se hacen eco de esas proclamas y se creen que los forasteros les quitan el pan y el trajabo; vergüenza de cada uno de nosotros cada vez que miramos con recelo a un hombre, mujer o joven por su aspecto físico o su acento.

Sin embargo, a esta hora, hoy lunes 22 de marzo, en twitter no es tendencia Nabody (nombre que no es el suyo, parece) sino una hija de la farándula que cuenta su triste historia en un serial de televisión y una presentadora de magacín que no para de criticar a ciertos políticos mientras su marido espera juicio por haber hecho negocios con Villarejo. ¿Por qué no digo sus nombres? Porque no quiero engrosar la lista de búsquedas con sus nombres.


miércoles, 17 de marzo de 2021

Conversaciones que quedaron pendientes

Cadencia vació la nevera y revisó los estantes de los armarios para que no quedara ningún alimento que pudiera estropearse durante el mes que estaría fuera de casa. Como todos los años, Cadencia viajaría con su marido al pueblo de sus antepasados para pasar en el caserón familiar unas semanas del invierno. Quizás planeaba regresar en marzo. O en abril, después de la Semana santa.

Cuando todas las habitaciones estuvieron revisadas, cerró la puerta de la casa, bajó al portal y salió a la calle. Antes de cruzar la calzada miró a derecha e izquierda sin sospechar que era la última vez que contemplaba la calle en la que había vivido desde hacía algo más de ochenta años.

Cadencia no pudo regresar en primavera. A causa del confinamiento impuesto en el país, hubo de prolongar su estancia en el pueblo de sus antepasados, donde era muy estimada por sus vecinos por su compromiso con la historia local. Cuando se levantaron las restricciones de movilidad, decidió quedarse en el pueblo donde el verano es más apacible que en Madrid.

Y una mañana de agosto le falló el corazón.

Cuando me dieron la noticia, me puse a llorar en medio de la calle. Ha sido difícil asumir que Cadencia, esa mujer dinámica, atrevida, locuaz, emprendedora, con quien hablaba en el portal o en la acera de sus libros, de sus clases de encuadernación, de las visitas de sus nietos, esa mujer a la que yo admiraba por su energía y su lucidez, se ha marchado para siempre.

Bajo las escaleras despacio, paso ante la puerta de su casa y detengo un instante el paso. Imagino su voz en el interior del piso, imagino su silueta, delgada y vivaz, trajinando entre sus libros. Como si no se hubiera ido. Como si no hiciera un año, más de un año que no me paro a conversar con ella.

No se la llevó el maldito virus, pero por culpa del maldito virus se me han quedado pendientes muchos buenos ratos de conversación con ella.

Te recuerdo, amiga.

viernes, 12 de marzo de 2021

Ganas de besos y abrazos

Revuelo en la oficina. Los empleados comentan las últimas noticias: se han cerrado los colegios, los centros culturales, los museos, el congreso. En otros departamentos se están dando órdenes para coger los ordenadores y marcharse a trabajar a casa. Las tareas de la jornada son poco importantes cuando el virus está cancelando actos, clausurando establecimientos, anulando citas, llenando hospitales, circulando por las residencias de mayores... Es jueves, 12 de marzo de 2020.

Un año después recordamos el momento en que el responsable nos comunicó que debíamos marcharnos a casa y encerrarnos hasta nuevo aviso. Pensábamos que la situación de emergencia no se prolongaría más allá de dos semanas. Que el susto pasaría pronto. ¿Quién iba a sospechar que hasta mayo no podríamos salir de casa sino a comprar alimentos o medicinas, sacar al perro o cumplir algún trámite administrativo imprescindible? ¿Y que cuando volviéramos a la calle iríamos con mascarilla, gel en el bolsillo, que no podríamos entrar en las tiendas, en los bares, que no deberíamos visitarnos?

Un año después nos dicen los políticos y los científicos que estamos superando la tercera ola. Nos piden precaución porque en cuanto bajamos la guardia el maldito virus se expande como el aceite. Y nos recuerdan los efectos malignos y mortales de las reuniones y los excesos de las navidades. ¿Estamos abocados a la cuarta ola antes de que la vacuna le sea administrada a un porcentaje significativo de la población española?

Los gobernantes han decidido impedir la movilidad durante la Semana Santa. Están todos de acuerdo. Todos menos los negacionistas, los ultras y las autoridades madrileñas que se mantienen en sus sillones a pesar de que se está intentando disolver la asamblea y convocar elecciones sin haberse cumplido todavía la mitad de la legislatura. Si no estoy equivocada, la inmensa mayoría de ciudadanos de a pie confía más (dentro de la desconfianza que nos genera esta situación y la evidencia de que ni médicos ni científicos conocen a fondo un virus que, para mayor confusión, muta de cuando en cuando y adquiere nuevas características) en las autoridades que nos piden precauciones y estamos dispuestos a seguir pasando más tiempo en casa que en la calle, a no viajar, a no visitar a los amigos o parientes de otras localidades, a no desbordar las terrazas, a no invadir las calles comerciales, a no apelotonarnos delantes de un estadio de fútbol o en un mitin improvisado en cualquier plaza....

Estamos cansados, hartos de guardar distancias. Nos hiere el alma no poder besar ni abrazar a nuestros padres y a nuestros hijos, no tocar a los amigos, no verlos, pero seguimos haciéndolo. Prometiéndonos que cuando ellos y nosotros recibamos la vacuna nos vamos a estrujar hasta hacernos daño.

¡Qué ganas de dar besos y abrazos!  

Foto Público 

miércoles, 10 de marzo de 2021

Madres encerradas, malas madres

A Pedrito le da hoy la pataleta a las diez y media. No sabe hacer una cuenta y tira el cuaderno y el lapicero al suelo. A este niño le está sentando el encierro peor que a ninguno. Ayer tiró de un manotazo la tableta de su hermana al suelo. Menos mal que estos aparatos están hechos para aguantar golpes y tempestades.

Rosendo sale de la habitación al escuchar los chillidos. Aquí no hay quien pueda trabajar, grita mirando a los niños primero, al rincón donde yo he instalado mi mesa, mi ordenador y mis carpetas. Yo sigo a lo mío, como si no hubiera oído nada.

Pedrito maldice las sumas y las restas, María se queja de que su hermano no le deja concentrarse en su clase virtual. Rosendo se los lleva a la cocina a tomarse un zumo y un tentempié, como si estuvieran en el recreo del colegio.

Me ha costado varias semanas acostumbrarlos a ellos y concienciarme yo de que no es mi obligación detener mi trabajo cada vez que uno de los tres, padre o hijos, tienen un problema con sus tareas, una ocurrencia que contar o una necesidad que solventar.

Soy una mala madre, me digo a veces. Pero noto que no sufro por ello.

No estoy dispuesta a ser una estadística negativa, como la que hoy leo en el periódico digital: según un estudio de la University College de Londres, en el año 2020 “las mujeres dedicaron 20,5 horas semanales al cuidado de los niños y a la educación en casa en abril, y 22,5 horas semanales en mayo, mientras que los hombres dedicaron unas 12 horas a estas responsabilidades en ambos meses”.

Y eso que los padres actuales no son como los del siglo pasado, algunos de los cuales presumían de no haber cambiado un pañal jamás a sus hijos. Y de no saber freír un huevo o unas patatas.  Ahora se implican más, pero no les consintamos que sigan empleando el verbo ayudar. Ya es hora que aprendan a conjugar el verbo compartir o repartir.

La jefa me acaba de enviar un correo aprobándome un informe. Rosendo y los chicos siguen de recreo en la cocina. Es el momento de tomarme yo un descanso.

Seguro que me han preparado también a mí el tentempié de media mañana.

En realidad, no soy una mala madre. 

Madres encerradas

 Gracias, Annabela y gracias Vero, dos estupendas madres. Cada día un pasito más para conseguir la verdadera conciliación.

lunes, 8 de marzo de 2021

8 de marzo. Mujeres que cuidan

Sabina se sienta a la mesa con la bandeja del desayuno que le ha dejado preparado su hija antes de encerrarse en su habitación a trabajar. Enciende la televisión y empieza a escuchar noticias y comentarios sobre los problemas y las desigualdades de las mujeres en España y en el mundo. 

Hoy es 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora. ¿Y qué mujer no es trabajadora? ¿Y en qué época de la historia universal la mujer no ha sido trabajadora?

Sabina no ha ido nunca a las manifestaciones feministas (aunque tampoco entiende que se prohiban cuando hay tantas que se permiten, incluso las que congregan a negacionistas sin mascarillas) porque siempre ha creído que las mujeres de generaciones posteriores a la suya se quejaban demasiado. ¡Si ellas hubieran vivido en los años cincuenta, en los sesenta....! Ni una cuenta del banco podía una mujer abrir sin el consentimiento de un varón, fuera su padre o su marido. 

Las mujeres de ahora hacen las cosas por sí mismas y llegan a donde se proponen. Su hija mayor tiene un puesto directivo en una empresa de alimentación y supervisa la tarea de un centenar de trabajadores, muchos de ellos varones. Sin embargo, cuando su hijo sufrió la enfermedad, fue ella la que se pidió una excedencia, porque su marido temía que el dueño de los almacenes le relevaría del cargo de gerente si se cogía un permiso por motivos familiares. Su yerno es un buen padre y a las revisiones periódicas del chico procura ir con su mujer, que es la que no falla nunca.

La menor trabaja para una financiera y, desde que empezó la pandemia, opera desde casa cuatro días a la semana. Así la atiende a ella, que sufre de las piernas y le cuesta cada día más moverse por la casa y cumplir con las tareas elementales. La hija se vino a casa con su recién nacida cuando se separó de su marido, a los tres años escasos de la boda. Para Sabina fue un alivio su presencia cuando se quedó viuda. La compañía de la hija y la nieta fue el mejor bálsamo contra el dolor enorme de perder a su marido. Sabina ayudó a la hija a cuidar de su niña hasta que creció y se marchó a trabajar a Alemania, y la hija le ayuda ahora a ella a soportar la soledad y los efectos perversos de la edad sobre el cuerpo.

Mujeres cuidadoras, mujeres que apenas son visibles, mujeres que consiguen que la sociedad se mantenga en pie. Sin las mujeres ¿dónde estaría el mundo ahora? se pregunta Sabina, pensando en sus hijas, en su nieta, en las vecinas, en las amigas con las que mantiene contacto, en las comerciantes del barrio.

Las mujeres del siglo XXI están en mejores posiciones que las jóvenes y las mayores de hace medio siglo. Las universidades están llenas de chicas estudiantes, los hospitales de médicas, las escuelas de profesoras, los estudios de arquitectas, los laboratorios de científicas.... Pero todavía no hay un equilibrio, le dice su hija menor cuando se habla de feminismo en la televisión. Todavía es noticia que una mujer ocupe la presidencia de un país, todavía se ponen en duda las cualidades de las ministras, todavía se valora más las actrices por su físico que por sus interpretaciones, todavía tenemos que demostrar nuestra valía más que los hombres, argumenta la hija mayor cuando surge el tema.

Sabina escucha lo que le dicen sus hijas, lee los mensajes que le manda a diario su nieta por whatsapp. Se revuelve cuando en la televisión informan de otra mujer asesinada por un marido o un novio celoso, de la desarticulación de una red de explotadores de mujeres en prostíbulos, del incendio de un taller en no se dónde en el que trabajaban docenas de mujeres sin derechos.

Ojalá yo hubiera podido vivir como vosotras, piensa Sabina para sí. Pero todavía queda tarea, reconoce después. Ya lo creo que queda. Y entonces coge su teléfono y reenvía a sus contactos la imagen que le ha enviado su nieta ingeniera desde Alemania.


Dedicado a todas nuestras madres, a nuestras abuelas y a todas las mujeres que nos precedieron y que de una u otra forma han contribuido a mejorar el mundo que nos dejaron.

viernes, 5 de marzo de 2021

Terrazas sí, manifestaciones no

 Me he acercado esta tarde a la tienda cerrada de Carlos Paz, en cuya puerta hay mensajes de sus vecinos, velas y flores de despedida. Ayer nos contaba la pérdida Ángel Alda, el cronista de Olavide, en Somos Chamberí. Apenas he podido detenerme un instante frente al altar vecinal para no obstaculizar el paso de otros peatones

 
Foto: Angel Alda

Las tardes de los viernes es dificilísimo caminar por Madrid. Las sillas y mesas de los bares invaden las aceras, compitiendo con los alcorques de los árboles, los cubos de basura, los escasos bancos públicos y sin respetar los espacios de los viandantes que en algunos tramos han de caminar en fila india. 

La salida masiva de jóvenes y menos jóvenes a tomar cañas al aire libre, actividad muy sana y muy loable, sin duda ninguna, convierte Madrid en un gran parque temático del terraceo. ¡Si hasta los franceses se vienen de excursión para sentarse en una terraza callejera a disfrutar...!

Viendo tal concentración de gente y la falta de medidas de precaución, porque en muchas terrazas no se guardan distancias de seguridad (ni entre los de una misma mesa ni entre estos y los de la mesa de al lado) y la clientela no se coloca la mascarilla entre sorbo y sorbo, viendo este gentío desbordado y desbordante, una se pregunta ¿por qué se prohiben las manifestaciones del 8 de marzo? ¿Acaso estarían las manifestantes más arrimadas que los chicos y chicas de las terrazas? ¿Acaso no llevarían las mascarillas puestas? ¿Acaso no estarían al aire libre?

¿Alguien puede aclararlo? Porque yo no lo entiendo.

Podría entenderlo si no se  permitieran las terrazas a tope, las calles comerciales a tope, el metro por la mañana a tope, los conciertos de ciertos divos....

Y hablando de concentraciones. ¿Se ha pensado esta señora que aparece todos los días en la tele diciendo alguna frase ocurrente  la que se va a montar en las calles de Madrid en semana santa si los residentes no salen y se vienen para acá todos esos visitantes a los que ella invita a "a mover la maltrecha economía" nuestra. No podrán venir visitantes de Toledo o de Ávila, estando cerrados los perímetros de las comunidades colindantes, pero ¡que vengan los franceses, los suecos, los belgas....!

Madrid ya es casi Magaluf.