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sábado, 21 de marzo de 2020

Vivas nos queremos



La violencia machista se cobra una nueva víctima, una mujer de 35 años asesinada en un pueblo de Castellón delante de sus hijos.
Y van diecisiete asesinadas en tres meses.

En Sevilla hay otra mujer hospitalizada. Su compañero intentó cortarle el cuello cuando ella le anunció que le iba a abandonar.

Obsesionados con el coronavirus, repletos los medios de comunicación y las redes de noticias sobre la enfermedad, el confinamiento, la crisis económica, estábamos olvidando que hay otros problemas en nuestro país que ni se atenúan ni se resuelven con el encierro. Pero la cruda realidad nos ha saltado a la cara.

El País ha hablado con la hija de un tipo violento que tiene amedrentadas a las tres mujeres de su casa. ¿Cuántas niñas, jóvenes, mayores y ancianas están sufriendo unas circunstancias semejantes?


Hoy no saldrá nadie a las puertas de los edificios institucionales para reclamar que cese esta pandemia que mata a miles de mujeres en todos los países del mundo. Pero desde nuestros balcones y nuestras ventanas, podemos seguir gritando contra la violencia machista.

Stop violencia de género. Ni una menos. Vivas nos queremos.



martes, 30 de noviembre de 2010

Mujeres esclavas

Griet empieza a trabajar como criada en casa de una familia católica y acomodada de Delft, la ciudad en la que vive. Griet procede de la parte protestante, y se ve forzada a servir porque su padre ha perdido el trabajo y la familia no tiene medios para subsistir. La casa a la que ha sido destinada requiere grandes esfuerzos por parte de las criadas, Griet y otra mujer que se ocupa de enseñarle sus tareas: lavar la ropa, comprar en el mercado, cuidar a los niños... En la casa vive un matrimonio, una suegra y seis o siete niños pequeños.

La mujer no congenia con Griet pero el hombre, que es un pintor famoso, aprecia en ella cualidades en relación con el manejo de las pinturas y los colores. Así que le pide que, después de sus faenas domésticas, le ayude a mezclar las materias primas. Griet adora al pintor y se presta a doblar su actividad laboral, aunque no pierde su recato hasta que éste le pide que pose para él con unas perlas que pertenecen a su mujer.

La situación de la mujer en la sociedad europea del siglo XVII, las fórmulas de comportamiento exigidas a las jóvenes protestantes (la religión siempre imponiendo sumisión y sacrificios a las mujeres), la esclavitud de las chicas pobres en las casas de los pudientes, subyacen tras la anécdota de esta novela, "La joven de la perla", de Tracy Chevalier, cuyo argumento nos presenta al pintor Vermeer encandilado por los encantos de una pobrecita fregona a la que él explota y utiliza sin ayudarla, a cambio, a salir de su miseria.

¡Pobres chicas todas esas que, a lo largo de muchos siglos, tuvieron que renunciar a su formación, al desarrollo de sus talentos innatos, a sus esperanzas de disfrutar de la existencia, a su alegría, a su salud, a sus ratos de diversión para dedicarse a trabajar, a ganar un salario para mantener a su familia!

Cuando se habla de la incorporación de la mujer al trabajo, y se cita el siglo XX como el momento en el que cambia las labores domésticas por la actividad laboral remunerada, se comete una injusticia con las mujeres que siglos atrás arrastraron vagones en las minas, labraron los campos y recogieron las cosechas o trabajaron en hogares ajenos, como hizo Griet, dejándose la piel, el corazón y la salud a cambio de un salario exiguo que apenas les permitía sobrevivir. Y mucho menos disfrutar de la vida o cultivar sus dotes artísticas o sus capacidades sociales.

El recuerdo de esas mujeres que tanto trabajaron en un mundo en el que ellas no contaban para casi nada, es lo que me queda de la lectura de esta novela.

domingo, 29 de agosto de 2010

Memoria de Clara Campoamor

Clara Campoamor preside una plazoleta del centro de Madrid, frente a la fachada del Centro Cultural Conde Duque. Cuando se inauguró el busto de bronce, en el año 2006, las autoridades competentes y los medios de comunicación afines hicieron hincapié en la paradoja de que Campoamor, siendo militante de un partido con visos derechistas, el Radical de Alejandro Lerroux (que fue aliado de la CEDA de Gil-Robles en el gobierno del bienio derechista de la República, entre 1933 y 1935) lograse para las mujeres españolas el derecho al voto que le negaban un montón de diputados republicanos, entre ellos la socialista Victoria Kent.

En una época de tremendo analfabetismo, cuando la mitad de las mujeres españolas no sabían ni leer ni escribir, las figuras femeninas eran simples excepciones en el panorama social y cultural. Las poquísimas mujeres que habían estudiado y que se esforzaban en sus labores creativas (la pintora Maruja Mallo, por ejemplo) tenían que aguantar que se les colgasen todos los sambenitos posibles para desacreditarlas. Las gentes de “orden” las tachaban de locas o extravagantes, de feas o de contrahechas, de descocadas o de indecentes, de cualquier cosa que minase su prestigio y sus posibilidades de prosperar.

El sufragio de la mujer suscitó una encendida polémica en las Cortes Constituyentes de la República. Clara Campoamor, licenciada en Derecho, fue la mayor defensora de un derecho del que carecía la mitad de la población española adulta. A los argumentos de sus oponentes, que alegaban que las mujeres usarían sus votos para robustecer a los partidos de derechas y a las facciones antirrepublicanas porque acatarían sin cuestionarlos los mandatos de sus confesores, Campoamor contestaba pidiendo instrucción para ellas. Si se les permitía educarse, ellas podrían decidir por sí mismas, sin aceptar manipulaciones ni consejos de sus padres, sus maridos o sus asesores religiosos.

También reclamaba la diputada Campoamor el divorcio, el reconocimiento legal de los hijos habidos fuera del matrimonio, la igualdad de sexos, la protección de la infancia y de la maternidad… En fin, toda una colección de derechos que se merecían, no sólo las mujeres, sino todos los ciudadanos españoles de entonces. Derechos que los gobiernos republicanos tratarían de incorporar a su legislación, con mayor o menor éxito.

En su libro “El voto femenino y yo. Mi pecado mortal”, Campoamor narra su aventura parlamentaria, sus enfrentamientos políticos y las impresiones que en ella suscitaban los debates.

“Aislada de todos mis correligionarios y mis afines en ideas de la Cámara, combatida con animosidad por todos (…) sostenida solo por la minoría socialista, que a más de votar defendió la concesión, y por algunas personalidades aisladas, sufrí arañazos y heridas en el trance, pero logré ver triunfante mi ideal. Todo lo doy por bien sufrido”, escribe a cuenta de la votación que concluyó con la aceptación legislativa del voto de las mujeres.

En el listado de quienes votaron a favor de sus tesis, incluido en su libro, consuela ver que figuran los nombres de Alcalá Zamora (primer presidente de la República), Fernando de los Ríos, Companys, Largo Caballero, Giner de los Ríos, Negrín e, incluso, Gil-Robles.

En 1935, cuando el Partido Radical gobernaba el país con la CEDA de Gil Robles, Campoamor, que había sido responsable de Beneficencia, abandonó a Lerroux, exponiéndole en una carta, recogida en el libro, los motivos de su decisión.

“Yo, señor Lerroux me adscribí al Partido radical a base de su programa republicano, liberal, laico y demócrata, transformador de todo el atraso legal y social español, por cuya realización se lograse la tan ansiada justicia social. Y no he cambiado una línea, no me he desprendido de esos anhelos, de esos ideales que me acompañaron toda mi vida y a los que no pienso abandonar precisamente en los instantes en que tengo más personalidad para laborar por ellos y se logró el régimen que es su instrumento. (….) No fui nunca un elemento de derecha ni aun de centro derecha en el partido. Cuando me designó usted para la Dirección General de Beneficiencia, desarrollé en ella (…) un plan liberal, radical y justo que respondía en absoluto al espíritu y letra del partido, plan que, si es cierto, mereció su aprobación y aliento, después no obtuvo la más leve defensa ante la piqueta demoledora de la CEDA, que en un gobierno de coalición ha podido deshacer o mixtificar todo lo que sus colaboradores representan, a paciencia y evangélica resignación de estos”.

Campoamor consideraba que su partido se había rebajado a ser “un triste colaborador de esas derechas, republicanas de rotulación”, que contravenían la tarea política a la que ella se dedicaba. Y ¡cuánta razón tenía! Porque el partido de Gil Robles se sumó al año siguiente al levantamiento militar franquista, que atentó y destruyó el régimen legal republicano, votado por los españoles en unas elecciones democráticas. (Si bien su pecado, el de Gil Robles y los suyos, fue castigado con el desprecio por parte de los vencedores de la guerra civil). Clara Campoamor se marchó de España cuando estalló la contienda. En 1938 se instaló en Argentina. Y nunca regresó a su país, si bien lo intentó en algún momento, antes de fallecer en 1972.

Pero estoy segura de que muchas mujeres, cuando nos acercamos a las urnas, pensamos, aunque sólo sea un segundo, en aquella diputada que empeñó sus fuerzas y su talento en conseguir para nosotras un derecho que se nos hurtaba en función de ideas estúpidas e insensatas sobre la diferencia de géneros.

Si hay una vida posterior a la vida real, como decía Jorge Manrique, si hay vida mientras haya memoria de los logros de una persona, Clara Campoamor sigue viva en España. Al menos para quienes sabemos lo que la debemos a ella, lo que le deben las mujeres y le debe todo el país.

Y si quereis saber más de Clara, encontrareis más datos en la wiki o en este sitio.

domingo, 1 de agosto de 2010

En África con ‘la que narra’

“Muy pronto los nativos comenzaron a respetarla y acudían a ella con frecuencia cuando necesitaban ayuda o un buen consejo. Las ancianas la llamaban Jerie, que en kikuyu significa ‘la que escucha’ y se admiraban de ver, por primera vez, como un blanco cogía en brazos a un niño africano”.

Tiempo después, ‘la que escucha’ se convierte en ‘la que narra’. Sus primeros relatos surgen de su boca, en la inmensidad de la sabana, para deleitar al hombre que ama. Luego, cuando ya envejece en un país tocado por el frío, la narradora vuelca sus historias en hojas de papel para legárselas a lectores que todavía no habían nacido cuando ella empuñaba la pluma.

Os invito a emprender un viaje al África de principios del siglo XX con Karen Blixen, la baronesa que cultivaba café y escuchaba a los kikuyus (cuyos rasgos confundiremos siempre con los de la actriz Meryl Streep, protagonias de la película de Sydney Pollack, Memorias de Africa), y con otras mujeres valerosas, cuyos nombres, como el de tantas aventureras que consagraron su existencia a la ciencia o al arte, a los oficios y lances en los que desde antiguo han prevalecido los nombres masculinos, apenas había oído mencionar antes. La guía de la expedición es Cristina Morató, quien ha esculpido con letras de tinta los nombres de esas mujeres en el libro que titula “Las reinas de Africa”. Podréis conocer a Mary Livingston, esposa del muy famoso explorador David Livingston; a Delia Akeley, que cobraba piezas para el Museo de Historia natural de Nueva York; a Mary Kingsley, que recorrió la costa oeste estudiando sus formas de vida; a Florence Baker, que llegó con su marido Samuel hasta las fuentes del Nilo; a Mary Slessor, misionera, a Beryl Markham, aviadora, a Osa Jonson, cineasta, a las españolas Isabel y Juana, que siguieron a sus maridos hasta el continente negro, a Alexine Tine, que viajaba con un ajuar de lujo.

Tuvieron todas ellas la suerte de encontrar paisajes todavía no devastados por la mano del hombre blanco, por su ambición y sus perversas gestiones al frente de los países que cayeron en su poder. Y supieron apreciar a sus gentes y sus formas de vida naturales, aunque a veces fueran víctimas de la hostilidad y el temor de los aborígenes. Y aún más de los propios colonos, como se lee en el libro de Cristina.


La comunidad blanca que habitaba en Kenia nunca simpatizó con su esnob y presuntuosa vecina de las tierras altas. Karen Blixen les parecía una mujer excéntrica que se tomaba demasiadas libertades con sus sirvientes. Cuando se enteraron de que pretendía fundar una escuela para los kikuyus pusieron el grito en el cielo. Aquellos colonos apenas tenían contacto con los trabajadores africanos, a los que trataban como esclavos o en un tono paternalista, como si fueran niños.”

jueves, 2 de julio de 2009

Maruja Mallo

Sabemos pocas cosas de las pintoras españolas de principios del siglo XX. En las salas de los museos no hay muchos cuadros con firma femenina. Y en las antologías y estudios culturales de aquel periodo son escasas las referencias a su labor artística. Fueron contemporáneas de Picasso, de Juan Gris, de Gutiérrez Solana, de Sorolla... y acaso con ellos compartieron en alguna ocasión los muros de una exposición colectiva, las aulas de una institución o un ciclo de conferencias sobre las influencias artísticas que llegaban desde otros países europeos.

Una de las pintoras de la que sabemos algo más y de la que sí hemos visto algún cuadro es Maruja Mallo. En el Reina Sofía hay, por lo menos, tres obras suyas. Entre ellas, una colorista “Verbena”, de la que os pongo una pequeña reproducción bajo estas líneas.


Nacida en Viveiro, en 1902, Maruja era una joven intrépida, rebelde y ocurrente, que a los 20 años se trasladó a Madrid para estudiar Bellas Artes. Aquí se relacionó con las vanguardias artísticas, en ebullición entonces, y empezó a darse a conocer como pintora singular. En 1927, con veinticinco años, gestó “La mujer de la cabra”, a la que seguirían las Verbenas y la serie de Cloacas y Campanarios.

La guerra truncó su trayectoria. Maruja salió de España en 1937, asustada por las barbaridades que había visto en Galicia, donde la pilló el golpe de los militares. Y no regresó hasta 1963.

Durante casi tres décadas de exilio, nunca dejó de pintar. Nunca dejó de experimentar ni de ser aclamada en los países americanos que la acogieron y la honraron como a otros otros creadores e intelectuales que se marcharon cuando la democracia pereció en España.

En los años setenta y ochenta, Maruja Mallo logró que se la reconociera en su país como la pintora genial que era. En los años noventa se organizaron dos muestras antológicas, una en La Coruña y otra en Madrid, que reunieron varios cuadros de Mallo, procedentes muchos de ellos de coleccionistas particulares.

Cuenta José Luis Ferris en su biografía de Maruja Mallo (Temas de Hoy, 2004), obra tan llena de datos y referencias documentales como de lirismo, que la pintora vivió los últimos diez años de su existencia recluida en una clínica geriátrica de Carabanchel, en Madrid, apagándose como una vela que había sido resplandeciente y exótica en el pasado. ¡Qué lastimoso final para una mujer que tanto empeño le puso a la tarea de vivir y tanto lustre le dio a la tarea de crear!

Maruja Mallo murió el 6 de febrero de 1995 sola y, posiblemente, triste. De ella asegura su biografo, que fue "una mujer original, fascinante y transgresora que desbordó los márgenes de su tiempo y que incurrió, como advirtiera María Zambrano, en uno de los errores más destructivos e imperdonables: ser libre”.

martes, 7 de octubre de 2008

Sin zapato de cristal

Las niñas ya no quieren ser princesas, dice Sabina en una de sus más famosas canciones. Y las princesas no quieren esperar al príncipe azul que las romperá el hechizo de su letargo indefinido o las rescatará de las garras de las madrastras perversas. Cenicienta y Blancanieves son personajes de un siglo que está superado.

Estoy de acuerdo con Sabina y con los ponentes de la Sociedad Europea de Cuentos de Hadas, que hace unos días se reunieron en un congreso en Berlín para hablar y debatir sobre el concepto de "final feliz". O sea, eso de que "fueron felices y comieron perdices", que tantas veces hemos escuchado recitar cuando nos han contado un cuento.

Mirad lo que escribía Nuria Vicedo, corresponsal de la agencia Efe en Berlín de aquella reunión. "De haber vivido en el siglo XXI, la Bella Durmiente y Blancanieves ya se habrían divorciado. Pasaron gran parte de su cuento de hadas sumidas en un sueño profundo y, tras despertar al calor del primer beso de amor, se casaron con un completo desconocido, algo que solo termina bien en la literatura". .

Tampoco los príncipes salvadores son prototipos de amor verdadero. El germanista Wilhelm Solm critica la manía de éstos de enamorarse de princesitas de las que no conocen más que sus datos genealógicos y las fronteras del reino que heredarán cuando su padre, el rey, fallezca. ¿Se puede sustentar un amor verdadero en datos tan livianos y materialistas?

Transcribo otro párrafo de la crónica enviada por Nuria Vicedo desde el congreso de cuentistas:

"La leyenda del zapato de cristal, el hada madrina y la calabaza convertida en carroza, que sigue encandilando corazones en todo el mundo, es un reflejo de los sueños de muchas niñas que anhelan ser salvadas por un príncipe para no tener que abrirse camino en la vida por sí mismas, para Solms".

Me acuerdo de una profesora de mi colegio que tachaba de amorales (no inmorales, sino exentos de moralidad) los cuentos de hadas tradicionales. El mensaje que os transmiten, nos decía, es que si sois pasivas, buenecitas y complacientes alcanzareis la felicidad. Que vuestro futuro depende de un príncipe valiente y hermoso que os hará reinas.... de su hogar, ironizaba la profe. Yo me escandalizaba entonces, pero jamás he olvidado sus palabras.
Pero las cosas van cambiando. La mayoría de las mujeres ya no esperan a un príncipe azul que les resuelva sus conflictos y les endulce la existencia, sino que son ellas, por sí mismas, las que pelean para labrarse su destino a su manera. Se han olvidado de la imagen estereotipada de la princesa bobalicona que admiraban de niñas, y no anhelan tropezarse en su camino con un galán empingorotado y soberbio, sino con un hombre con el que compartir esfuerzos, deseos y futuro.
El zapato de Cenicienta se ha quedado sin dueña.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Irene Nemirovski asesinada

"El 13 de julio los gendarmes franceses llaman a la puerta de los Nemirovski. Van a detener a Irene. Es internada el 16 de julio en el campo de concentración de Pithiviers, en el Loiret. Al día siguiente la deportan a Auschwitz en el convoy número 6. (...) Es asesinada el 17 de agosto de 1942". (Suite francesa, prólogo)

Tenía 39 años y atrás dejaba un marido, dos niñas pequeñas y las dos quintas partes de una obra sin rematar. Irene Nemirovski era una escritora respetada en Francia, país en el que su familia se había instalado en 1919, pocas semanas después de salir de Ucrania (donde Irene había nacido), huyendo de las amenazas de los nuevos dirigentes comunistas.

Los Nemirovski tenían dinero y apreciaban la cultura, por lo que Irene recibió una esmerada educación. Su primera novela, David Golder, editada en 1929, le abrió las puertas del mundillo literario francés y le aportó un renombre que no le serviría, empero, para obtener la nacionalidad del país ni la salvaría de las leyes serviles que el gobierno colaboracionista de Vichy dictaría en 1940 contra los "ciudadanos extranjeros de raza judía".

Irene y su marido, Michel Epstein, se habían refugiado con sus dos hijas en casa de una leal amiga en la región de Borgoña, lejos de París. Allí, con su estrella amarilla prendida en la ropa, Irene había iniciado la redacción de una gran obra que narraría la situación que se estaba viviendo en Francia, tanto en el campo como en la ciudad. La obra tendría cinco partes que sumarían en total un millar de páginas y en ella se reflejarían los conflictos sentimentales, económicos y sociales de las gentes corrientes del que ella consideraba como su país. Pero Irene no pudo escribir más que las dos primeras partes.

Cuando Irene fue detenida, su marido hizo muchas gestiones para encontrarla, apelando a las autoridades francesas y a su condición de bautizados en una iglesia cristiana. En octubre de 1942, Michael Epstein fue también detenido y asesinado. Sus hijas, sin embargo, fueron salvadas por la amiga que las tutelaba. En la maleta que llevaron en su huida, la tutora metió fotos, documentos de la familia y las últimas páginas que la madre había redactado con letra minúscula para ahorrar papel y tinta.

Elisabeth y Denise Epstein crecieron guardando el manuscrito de su madre. Tuvieron que pasar muchos años antes de que se atrevieran a leerlo y mecanografiarlo. Suite francesa permaneció inédita cerca de sesenta años. Cuando se publicó en Francia, en 2004, resultó un éxito tal que en seguida cruzó fronteras y ganó premios y lectores en otros países y otras lenguas. En España obtuvo en 2005 el premio del Gremio de Libreros a la mejor obra del año por su "belleza narrativa y la mirada imparcial en la descripción de la vida cotidiana de la Francia ocupada por las tropas alemanas".

sábado, 26 de julio de 2008

Las mujeres mineras

Josey Aimes abandona a su marido, que la golpea, y regresa con sus dos hijos, a Minnesota, al hogar de sus padres, donde es recibida con recelo. Josey tuvo a su primer hijo con 16 años y nunca confesó de quien lo había engendrado. Josey se coloca en una peluquería, y ahí la encuentra una vieja amiga, Glory, que trabaja como camionera en la mina en la que están empleados la mayoría de los hombres del pueblo. La mina ha tenido que aceptar que algunas mujeres se incorporen a su plantilla. Josey ganaría en la mina seis veces más que en la peluquería, podría comprarse una casa propia, mantener a sus dos hijos...

La experiencia es más complicada de lo que pueda soportar una mujer corajuda, como es ella. Los compañeros consideran que las mujeres ocupan puestos que no les corresponden y aprovechan cualquier situación para vejarlas y acosarlas. Josey reacciona ante esta situación, sin que ninguna de las otras mujeres la respalde, no sólo por temor a perder su empleo, sino también porque ellas mismas, atenazadas por unos principios rancios y demoledores, consideran que están donde no debieran.

La película, cuyo título original es North Country, lleva en castellano un título que me confundió. "En tierra de hombres". Según reza un letrero inicial, está basada en hechos reales, en la verdadera lucha de las mujeres estadounidenses por conseguir una equiparación de derechos laborales con los varones, la lucha por la supervivencia, el respeto social y la independencia económica.

No entiendo por qué una mujer tan guapa se mete en estos líos, por qué no buscas otra salida. le dice en una escena el abogado a Josie. ¿Un hombre que me mantenga? pregunta Josie. No aspiro a eso, agrega la mujer.

Aunque el guión es ficticio, me conmueve pensar que hubo mujeres que tuvieron que pelear de manera similar a la de las protagonistas de como las protagonistas de esta película, mujeres que padecieron discriminación, tratos vejatorios y conflictos familiares a causa de su incorporación al trabajo; que se enfrentaron a la sociedad, a los convencionalismos, a las leyes y a sus propias familias, demostrando una capacidad de aguante y un valor que ni ellas mismas sabían que poseían.

Ayer vi esta película, esperándome, a tenor del título que se le ha dado en castellano, una aventura de vaqueros a las que no soy en exceso aficionada. Y me sorprendió, me indignó y me emocionó la historia de Josie, a quien pone una cara, hermosa y cargada de sentimientos, esa actriz magnífica que es Charlize Theron.

miércoles, 2 de abril de 2008

José Luis y Olga

José Luis Sampedro me acompaña estos días en mis trayectos de autobús o de metro y en los tiempos de espera. En enero salió en edición de bolsillo “Escribir es vivir”, una especie de biografía, elaborada por su mujer, Olga Lucas, a partir de un cursillo que impartió el escritor en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander, en julio de 2003. El libro cabe en el bolso y pesa poco: un formato ideal para andar con él por la ciudad.

Sampedro relata en sus páginas la vida de un chico que nació en Tánger y se educó en diversos lugares de España, que sacó unas oposiciones y consiguió un trabajo en Aduanas, que estudió una carrera y trabajó en una entidad bancaria, ligando todas esas experiencias a su formación como escritor y a la redacción de sus primeras obras, antes de darse a conocer como el magnífico literato en el que hoy le tenemos. Todos sus avances profesionales, sus éxitos y las alabanzas recibidas se exponen sin altanería ni envanecimiento, lo que demuestra la elevada categoría humana del hombre que narra.

Mientras espero mi turno ante la consulta del médico, que va a darme un pinchazo doloroso en la muñeca, me traslado a Santander para seguir escuchando al maestro. Sampedro está hablando de su experiencia como profesor de Estructura Económica en la Universidad. Y entonces interviene ella, Olga Lucas, la mujer que anota su discurso para trasladarlo después al libro que llegará a los lectores.

Un impulso me lleva a las últimas páginas del volumen, donde encuentro dos epílogos, uno del propio autor, reconociendo el valioso trabajo de su auxiliar de cátedra, su esposa, y otro firmado por ella, por Olga Lucas, en el que revela sus estados de ánimos en los días en que asistía al curso dedicado a la obra de José Luis Sampedro en la Universidad Menéndez Pelayo.

Unas fechas antes de viajar a Santander Olga había sido operada de un cáncer de mama. Cuando empezaron las sesiones, la mujer seguía con los vendajes de la herida. Había pedido el alta anticipada en el hospital para estar en la universidad con el escritor, y eso la obligaba a curarse ella misma y cambiarse los apósitos, faena dura y dolorosa por demás.

“Hacer este viaje en estas condiciones a mucha gente le parece una insensatez. Puede que lo sea, pero gracias a esta insensatez no estoy ahora con mi compañera María llorando nuestra desgracia. Gracias a esta insensatez le estoy demostrando a mi entorno que soy fuerte”.

Esa insensatez de Olga me permite ahora tener este libro entre las manos. Un libro que recomiendo a todos los que amen la lectura, porque reúne calidad y amenidad, corazón e inteligencia, sentimientos y lucha.

Cuando me llama la enfermera para que entre en la consulta, tengo los ojos empañados. He perdido cualquier atisbo de temor por el pinchazo en este rato de espera con Olga y José Luis.

lunes, 31 de marzo de 2008

Africanas

“No pienso volver a casarme”, dice con calma una joven viuda desde la pantalla de mi televisor. Sus palabras serenas retumban en la habitación. “Los hombres que quieren heredar a una mujer son en su mayoría unos gandules que sólo se preocupan de tener comida para ellos”, dice Agnes Achila, la mujer que habla ante la cámara sin perder el aplomo.

Agnes vive en una aldea de Kenya, a orillas del lago Victoria. Es costumbre allí que las viudas sean entregadas a otro hombre cuando pierden a su marido. El consejo de ancianos de la comunidad se reune para designar al varón que ha de heredar a la viuda. A ella no se le consulta su opinión o su preferencia. Ni se acepta que quiera vivir sola, cultivando su tierra y criando a sus hijos.

Pero Agnes y otras mujeres tan valientes como ella, han decidido contravenir las normas. Los reporteros del programa de TVE En portada las han entrevistado. sus testimonios van surgiendo en la pantalla de mi televisor, a tantos kilómetros de distancia y de comodidades de la aldehuela keniana.

Helen Anyango, líder del grupo feminista Helga dice que, aunque ella lo prefiere, es difícil vivir sin un hombre porque hay tareas que les están reservadas a los varones; las mujeres tienen que sortear muchos obstáculos para cultivar la tierra, levantar viviendas, conseguir el dinero que necesitan para su manutención, la de sus hijos y la de los huérfanos que la miseria y las guerras han dejado a su alrededor. El objetivo de Helga es superar, merced a la unión de todas esas mujeres audaces, las trabas que la comunidad pone a las que quieren ser independientes.

Phoebe, otra viuda, cuenta que el grupo Okangi ha surgido para concienciar a las mujeres que están solas de que pueden apañarse para vivir su vida sin el concurso de un hombre y para concienciar a las otras, las que sí están metidas en la vereda de las tradiciones, de que han de respetar a las que son diferentes a ellas. Okangi trata de que las mujeres creen pequeños negocios para mantenerse e inculca a todas, adultas y niñas, la conveniencia de adquirir una formación para superar los obstáculos, la pobreza y el temor.

Conmovedor el reportaje titulado "Africanas, en el corazón de la vida". Lástima que no pueda aportar un enlace para quienes no lo vieron en televisión, porque no lo he hallado.

lunes, 10 de marzo de 2008

Mujeres ventaneras

"El recuadro liberador de una ventana para que la mujer pueda alzar de vez en cuando los ojos a ella y descansar de sus tareas o soñar con el mundo que se ve a lo lejos es una referencia constante tanto en pintura como en literatura".

Estas palabras de Carmen Martín Gaite pertenecen a un libro, titulado Desde la ventana (Espasa Calpe, 1992), en el que la autora reflexiona sobre las relaciones de las mujeres con la literatura, deteniéndose en textos de escritoras insignes, como Rosalía de Castro, Teresa de Jesús o Carmen Laforet, y desmenuzando obras en las que se especula o se dogmatiza sobre la condición femenina desde perspectivas sociales, sentimentales y literarias.

La ventana es un elemento sustancial en este relato de Carmen: la ventana es la vía de escape de la mujer que está encerrada dentro de una casa, confinada entre cuatro paredes y un sinfín de enseres domésticos, aburrida de su existencia, anhelante de aventuras que le salven de su rutina. La ventana le permite a la mujer salir al mundo, viajar por parajes desconocidos siquiera con sus ojos y su alma, ya que no puede hacerlo con su cuerpo real.

La ventana es el inicio de un sueño sin límites, un estímulo para la imaginación y, quizás, un acicate para la rebeldía de la mujer que a ella se asoma. Por eso, el adjetivo de ventanera, explica Martín Gaite en este libro, tenía en siglos pasados connotaciones peyorativas: se aplicaba a las mujeres que gustaban en demasía de las ventanas, suponiéndose en ellas una disposición anómala para asumir su papel de esposas sumisas y recatadas que la sociedad les exigía.

Hace un par de semanas encontré el blog de Cigarra, quien retrata ventanas y balcones y los comparte con quienes visitamos su página. Lo bueno, a mi juicio, es que ahora las mujeres ven las ventanas desde fuera porque han logrado escapar de los cuartos donde estaban encerradas y, sin privarse de sus ratos de intimidad, de sus ensueños y de los juegos de su imaginación, contemplan la realidad del mundo desde el propio mundo.

Y una cita más de Martín Gaite, que toca su afección por las letras.

"Me atrevo a decir, apoyándome no sólo en mi propia experiencia, sino en el análisis de muchos textos femeninos, que la vocación de escritura como deseo de liberación y expresión de desahogo, ha germinado muchas veces a través del marco de la ventana La ventana es el punto de enfoque pero también el punto de partida".