martes, 23 de junio de 2009

Broadway

Desde que éramos pequeños hemos escuchado el nombre de esa avenida con reverencia. Broadway. Hemos imaginado una calle llena de carteles, donde se exhiben los títulos de los espectáculos que, a veces, transformados en películas, han llenado n uestras salas de cine y las pantallas de nuestros televisores.

Broadway era en nuestra imaginación una avenida llena de música, el lugar mágico y vivificante donde se unen las voces de cientos de cantantes, los sonidos de miles de instrumentos, la cadencia de las melodías interminables que, cruzando el océano, llegan a nuestras ciudades, se insertan en nuestras historias personales y se hacen parte de nuestra memoria y nuestra rutina.

Y nuestra imaginación se convierte en realidad cuando llegamos a Broadway y sentimos en las pupilas el destello deslumbrante de las miles de bombillas que se encienden en las fachadas de la vía, en torno a los letreros que anuncian los espectáculos que están en cartel. Chicago, Billy Elliot, Hair, West side story. ¿Quedará algún ser humano sin haber visto todavía West side story?

Broadway es una vía que se salta las reglas toponímicas de Manhattan y su trazado cuadricular. Salvo los barrios del sur de la isla, los más antiguos, que se construyeron sin planificación regular cuando los inmigrantes europeos se instalaron en esta tierra de indios, el mapa de Manhattan está compuesto por una docena de avenidas, que corren de sur a norte, y unos centenares de calles, que van de este a oeste, todas ellas nombradas con números según su ordenación. (En algunos tramos, es cierto, algunas avenidas asumen otro nombre: la cuarta se llama Park Avenue, la sexta se llama de las Américas, la novena Columbus, la décima Amsterdam...)


Broadway, sin embargo, tiene un nombre distinto, quizás porque es una vía particular, con personalidad singular. A diferencia de las avenidas, Broadway sigue un itinerario oblicuo, que comienza en la punta sur de la isla, en Battery park, se entrecruza con nueve de las doce avenidas, y llega hasta la calle 215, donde se convierte en puente para cruzar el río y prolongarse en suelo del Bronx, uno de los distritos añadidos a Nueva York.

Caminando por Broadway, el turista atraviesa barrios y calles de sustancia, arquitectura y cometidos dispares, lo que le da una visión múltiple de la gran metrópolis. La compostura financiera de Wall street, el derroche comercial de Chinatown y de Soho, la severidad burocrática de la Sexta avenida con sus severos edificios de oficinas, el lujo y el poderío económico de la Quinta, el despliegue publicitario de Times Square, la luminosidad verde de Central Park, con el que linda en Columbus cicle, la sensibilidad artística de Lincoln Center, la concentración humana de las zonas residenciales de la Novena y la Décima, el saber y el talento de Columbia University...

Broadway es una especie de vena que recorre el corazón de Nueva York, dándole aire a sus barrios y multiplicando en ellos el afán de acoger y acaparar todas las razas, todas las lenguas, todas las culturas, todos los estilos de vida, que hacen esta ciudad tan grande y tan atractiva para los que llegamos de otro continente.


Foto 1. Times Square a las ocho de la tarde.

Foto 2. Así veía Broadway desde mi balcón en el piso 18.

jueves, 18 de junio de 2009

Los Bravos

Hace un par de años me regalaron un libro en el que se contaba la historia de este grupo, Los Bravos. Su trayectoria fue breve pues sacaron su primer disco en 1966 y, tres años después, ya estaban a punto de separarse. Pero sus canciones, Black is Black, Bring a little lovin, La moto y tantas otras, no han dejado de escucharse. Aunque hayan transcurrido cuarenta años desde que salieron al mercado.

Los Bravos. Recuerdos de una leyenda es el título del libro que escribe Guzmán Alonso Moreno. Se publicó en 2004, y es un relato pormenorizado y bien documentado del fenómeno que llevó a los Bravos a los primeros puestos de las listas de ventas internacionales. En realidad, ellos no eran un grupo de amiguetes aficionados a la música, que aprendieron juntos a cantar y fueron subiendo, uno a uno, los peldaños de la fama con sus temas, su tenacidad y su talento. No. El triunfo del conjunto se debió más bien a una tremenda operación de marqueting, diseñada por el productor francés Alain Milhaud, que manejó elementos de todo tipo para configurar el grupo y colocarlo en la cumbre.



Tony Martínez, guitarra, y Manolo Fernández, órgano, procedían de Los Sonor. Miguel Vicens, bajo, y Pablo Sanhelí, batería, venían de The Runaways, en donde habían coincidido con el cantante, Mike Kogel, que fue elegido para ser voz y rostro de Los Bravos. Sus primeros temas, compuestos por Manolo Díaz, que también fue miembro de Los Sonor, se escucharon en el programa más moderno de la radio, El Gran Musical, de Radio Madrid.

Durante dos o tres años Los Bravos arrasaron en el panorma musical español. Era la época dorada de Los Brincos, con quien competían en ventas y número de fans, de los guateques, de las revistas de información musical, de las actuaciones en directo los domingos por la mañana.

Aunque Mike cantaba muchas canciones en inglés, sus seguidores no dejaban de corear sus letras. Ni de acudir a las proyecciones de las dos películas, de calidad dudosa pero cargadas de música y humor, que Los Bravos protagonizaron. Hasta el hecho de viajar a Londres para grabar nuevos discos, fue considerado signo de su calidad y prestigo.

Pero las discrepancias entre los bravos, cuando se bajaban del escenario, el carácter indómito de su cantante, que se tenía por un divo internacional, las tensiones propias de una actividad desenfrenada y, quizás, el hecho de que su unión había sido artificial y no fruto de una ilusión compartida por los cinco chicos que actuaban juntos, minaron la solidez del grupo en pocos años. Milhaud los mantuvo a raya durante un tiempo. Pero sus buenas mañas no sirvieron de nada cuando estalló la crisis.

En 1968, el organista del grupo, Manolo Fernández, perdió a su mujer en un accidente de circulación dos meses después de su boda. Manolo no aguantó su ausencia y se quitó la vida pocas semanas después. Su muerte fue el principio de la agonía de Los Bravos. El inicio de una descomposición que se aceleró cuando el cantante, Mike, decidió emprender una carrera en solitario que no le llevó muy lejos. Consiguió meter dos temas en los programas musicales del momento. Luego se perdió su rastro. Mientras tanto, los tres bravos que se quedaron con el título, buscaban sustitutos para los ausentes y trataban de reconquistar su puesto en la música española. No lo llegaron a conseguir.

De todo esto, analizado con documentos de aquel periodo, trata el libro de Guzmán Alonso Moreno. Una obra interesante no sólo para los amantes de la música de los sesenta sino, sobre todo, para quienes hoy se dedican a la publicidad y a la comunicación.

Os dejo aquí otro enlace en el que se habla sobre los Bravos.
Y otro tema, este muy conocido.


jueves, 11 de junio de 2009

Un balcón en el piso 18

En Nueva York encontré un balcón al que asomarme. Un balcón que estaba en el piso décimo octavo de un edificio de 32 plantas, entre Broadway y la octava avenida. Desde el balcón veía edificios poderosos, altivos, estilizados: un panorama que ratificaba la visión de la ciudad como un compendio de desmesuras y osadías.

Este gigante de cristal y acero, que aparece junto a estas líneas, es uno de los más rascacielos más modernos de Nueva York. Se acabó de construir en 2006. Y es también la primera obra del arquitecto británico Norman Foster, en Manhattan.

La torre Hearst, que lleva ese nombre porque es la sede del grupo editorial Hearst (una de cuyas publicaciones es Cosmopolitan), está ubicada en la Octava Avenida, entre las calles 56 y 57. Sorprenden, cuando se ve por vez primera su silueta, sus fachadas compuestas por triángulos de cristal y ese aspecto de estar formado por cuerpos geométricos, apilados unos sobre otros, que le dan sus pisos retranqueados.

Pero más sorprende una vista de la torre desde su base, pues se levanta sobre un edificio de seis plantas, construido en 1928, que fue la primera sede de las empresas del magnate de la prensa, Randolph Hearst. Entonces ya se había planificado levantar un rascacielos, pero eran tiempos de depresión económica y el proyecto tuvo que esperar. Las plantas superiores de la torre han tardado casi ochenta años en florecer.


En Nueva York empezaron a alzarse los rascacielos (skycraper, los llaman en inglés) a principios del siglo XX. La ciudad estaba en auge y el terreno estaba limitado, puesto que Manhattan es una isla. Así que urbanistas, arquitectos y autoridades empezaron a pensar en plantar grandes construcciones en solares de dimensiones relativamente reducidas. Uno de los primeros edificios de este tipo fue el Flatiron Building, en la confluencia de la quinta avenida con Broadway, que es de 1902. Otro de los veteranos es el Chrysler Building, que ya os mostré en una foto anterior.

El subsuelo de Manhattan está formado por una franja de roca que facilita el anclaje de los rascacielos. Esta franja no es perpendicular a la superficie, sino que asciende y desciende a lo largo de los 22 kilómetros que mide la isla de norte a sur. Los rebaños de rascacielos se asientan, precisamente, en las zonas donde la capa rocosa es más superficial. Entre las calles 42 y 59, al sur de Central Park, se encuentran algunas de las torres que yo veía desde el balcón.

Os enseño otros dos. El del tejado puntiagudo, de nombre One Worldwide Plaza, es una torre comercial de 50 pisos, construida en los años 80 y situada en la Octava avenida, entre las calles 49 y 50. Por las noches lo veía iluminarse con unas luces suaves que le daban un aire mágico, incitante. El edificio de la derecha también encendía al anochecer las luces del ático. Pero no me consta que tenga un nombre especial.

El balcón desde el que saqué las fotografías pertenecía al apartamento que alquilamos a través de internet. La agencia inmobiliaria se llevó un porcentaje (sustancioso) por las gestiones de poner en contacto a los clientes con la dueña, quien demostró su hospitalidad con detalles destinados a sus inquilinos temporales. Su precio, aunque elevado porque es muy caro el hospedaje en Nueva York, era equivalente al que hubiera costado una habitación (doble o sencilla) en uno de los hoteles de Manhattan.

viernes, 5 de junio de 2009

De comidas y bebidas

¿Quién ha dicho que en Nueva York se come mal? Sí, claro que habrá gente que coma mal, que engulla dosis excesivas de hidratos de carbono, de grasa, de azúcares. Pero el que no sigue una dieta sana, no tiene pretexto. Si come mal será por falta de voluntad, no porque escaseen en los supermercados de la ciudad alimentos ligeros, naturales y frescos. Ni sitios donde se combinan, se guisan y se aderezan con verdadera maestría.

Paseando por las calles de la urbe, el visitante va descubriendo una colección de restaurantes de rótulos diversos y cartas en las que se le ofrecen especialidades culinarias exportadas desde cualquier rincón del planeta. Cocina etiope y mexicana, vietnamita y cubana, tailandesa, japonesa, coreana, italiana... De todo hay en esta ciudad de aluvión donde se cruzan culturas, lenguajes y pieles de los cinco continentes. Casi diría que lo menos habitual son los lugares donde se expenden las famosas hamburguesas que para nosotros simbolizan el estilo típico de alimentación americana.


En la zona de Wall Street, en las calles donde se acumulan oficinas y locales comerciales, proliferan los locales de comida rápida. Pero, ¡alto!, que eso tampoco ha de identificarse con las ya mencionadas hamburguesas. No. En estos establecimientos hay varios mostradores, dedicados cada uno de ellos a un tipo de comida. El de los alimentos cocinados, listos para servirse en el plato, es, posiblemente, el más apeticible. Hay arroz con verduras, pollo con hortalizas, albóndigas, judías, espaguetis con nata, pizzas troceadas, carne en salsa, pollo asado, quesadillas, emparedados, bollos… Y también hay lechugas (lechugas verdes y rojas, escarolas, rúcula), tomates, cebolla partida, aceitunas, sandía, melón, uvas, maiz… Se puede uno montar una estupenda ensalada que aporte las energías suficientes para continuar paseando por la ciudad sin que una digestión pesada atente contra su verticalidad.

Los precios no están tirados, porque en Nueva York la alimentación es más cara que en España. Pero os aseguro que por 12 o 15 dólares se puede uno tomar un menú sustancioso y salir del establecimiento con la sensación de haber comido bien.

Otra alternativa es tomarse un tentempié en la calle, en un puesto callejero de los cientos que se hallan plantados en casi todas las esquinas y delante de las fachadas de museos e instituciones que atraen a los turistas. Uno compra un "perrito" y se sienta en un banco al aire libre o en las escaleras de un edificio centenario a zampárselo. Esta fórmula no sale cara, pero si se practica a diario puede que nuestro estómago proteste.

Si optamos por un restaurante convencional, el camarero nos sorprenderá con un hábito que aquí, en España, es inusual. En cuanto los comensales se acomodan a la mesa, el camarero coloca delante de cada uno un vaso de cristal y lo llena de agua cargada de hielo. Cada vez que el vaso se vacía, el camarero vuelve a llenarlo. Te preguntará si quieres una bebida, la cual te cobrará cara. Pero al que come con agua, este hábito le supone un ahorro en el presupuesto del viaje.


Otra sorpresa es que, si te han servido un plato abundante, puedes llevarte lo que te sobra a casa. Le dices al camarero take away, éste asiente sin fruncir el ceño y, a los pocos minutos, te coloca sobre la mesa una bolsa de plástico blanco con un envase de aluminio que contiene tus espaguetis a la carbonara o la mitad del “burrito” que no has podido comer. En estas tierras en que vivo se suele mirar mal o tachar de rácano a quien osa pedir las sobras de su menú en el restaurante, pero allí se considera lógico y sensato que tú te lleves en una bolsa lo que ya has pagado.

Además, el restaurante reduce sus residuos y los olores que desprende el cubo de basura hasta que pasa el camión a recogerla.


Foto 1. A media mañana en Little Italy, buscando un sitio para comer.

Foto 2. Puesto de comida delante del Metropolitan.
Foto 3. Desayunando en la Octava Avenida.

martes, 2 de junio de 2009

Manhattan

Desde el mirador del Empire State Building, en el piso 86 del edificio al que King Kong trepaba, aferrando con una de sus manazas a su amada, a la que prestó sus rasgos en 1933 la actriz Fray Way, el visitante no se siente un gorila sino, acaso, un pájaro sin plumas. La perspectiva de Manhattan es tan impresionante que hay que asomarse a los cuatro costados de la terraza para hacerse una idea aproximada de las proporciones de la ciudad, de sus contornos fluviales y de la densidad del tráfico y del gentío de sus calles.


Desde aquí arriba se aprecia con exactitud la trama cuadriculada del callejero de Manhattan, que sólo se quiebra en los barrios del sur y en las esquinas donde Broadway se cruza con las avenidas.

Manhattan es el corazón de Nueva York, el más conocido de los cinco distritos que componen la gran urbe. Los distritos de Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island, fueron condados independientes del estado de Nueva York (cuya capital, por cierto, es Albany, aunque su población y su prestigio son inferiores a los de Nueva York) hasta 1898, año en que fueron anexionados al distrito de Manhattan, que llevaba ya el nombre de la ciudad.


Manhattan es una isla alargada (casi 22 kilómetros de sur a norte), situada en la desembocadura del río Hudson. Los primeros colonos que viajaron desde Europa hasta el continente americano, atravesando el océano Atlántico, se instalaron en el borde inferior de la isla. Los italianos y los ingleses, que atracaron en las riberas de Manhattan en el siglo XVI, siguieron pronto su ruta hacia el interior del continente. Los holandeses, que llegaron después, fueron quienes levantaron las primeras casas en la isla en 1621.

Cuentan las guías que los colonos compraron a los indios las tierras del extremo sur de Manhattan por unas cuantas monedas. Allí, en los solares en los que hoy se alzan los grandes edificios de Wall Street, surgió Nueva Amsterdan, una ciudadela donde convivían gentes de razas, religiones e idiomas diferentes. Pero la tolerancia y las buenas formas que regían la comunidad no impidieron que los europeos empuñaran sus armas contra los nativos cuando quisieron ampliar sus posesiones y cultivar los terrenos en los que habitaban los indios.

Los ingleses se apoderaron de Manhattan en 1664 y le dieron a la ciudad el nombre de Nueva York. La guerra por la Independencia de los Estados Unidos de América, (1775-1783), vació de ingleses la isla. El nuevo país convirtió a Nueva York en su capital entre 1784 y 1790.


Durante el siglo XIX la población neoyorkina aumentó notablemente con las sucesivas llegadas de inmigrantes: los 80.000 habitantes censados en 1800 pasaron a ser 700.000 en 1850 y se acercaban a los 3,5 millones en 1900. En el presente sobrepasan los ocho millones.

Esta expansión demográfica supuso la urbanización de toda la isla, tarea que se llevó a cabo aplicando un trazado callejero que se basa en la numeración de las avenidas, que cruzan la isla de sur a norte, y de las calles, que van de este a oeste. La rotulación numérica tiene la ventaja de que el forastero siempre sabe en qué punto del mapa se encuentra el lugar que busca y a cuánta distancia está del punto al que se dirige.


Vistas desde el mirador del Empire.
Foto 1. La cúpula, que se ilumina de noche, del Chrysler Building (1930). El edificio negro y esbelto que se alza a su derecha, es la Torre Tramp (2001), en cuyos pisos hay viviendas y oficinas.
Foto 2. Vista del Metropolitan
Life Tower (1909-1913), junto al Madison Square park.
Foto 3. El Rockefeller Center (1933), a cuyo último piso subimos una noche para contemplar el Empire. Como fondo, se aprecia la gran masa verde de Central Park.