lunes, 27 de abril de 2009

El Club de Lectura

Cinco mujeres se reúnen en casa de una de ellas para hablar sobre el libro que, de común acuerdo, todas han leído a lo largo del mes. Sus vidas son diferentes y sus inquietudes diversas, pero en las sesiones del club de lectura, que son un paréntesis en su vida cotidiana, encuentran alivio a sus problemas, comprensión, ganas de divertirse y burlarse del mundo.

Polly, cuarenta y tantos años está separada y a punto de casarse con Jack, pero su hija Cressida tomará una decisión que influirá en su existencia y la cambiará por completa. Su amiga Susan, cuyo matrimonio con Roger es sólido, está preocupada por su madre, cuyos despistes parecen indicio de un problema serio de salud.

Harriet, de treinta y tantos años, sufre una crisis sentimental desde que ha recibido la invitación para ir a la boda de su primer novio. Su marido, Tim es un hombre correcto, pero ella le considera poco digno de su amor. Al contrario que Nicole, que está enamoradísima de Gavin, a quien perdona todos sus escarceos. Cuando está decidida a tener un cuarto hijo con él, le pilla en la cama con una desconocida.

La quinta mujer, Clare, es una enfermera amargada porque no consigue tener hijos. Su conflicto de pareja le hace desertar del club de lectura a los pocos meses de haberse iniciado.

El libro se titula así, "El Club de Lectura". Lo encontré en el mostrador de libros descatalogados de una librería a la que entro con regularidad con ánimo de ver, más que las novedades, los montones de ejemplares de precio rebajado que no se encuentran en las librerías convencionales. A su autora, Elizabeth Noble, no la había oído mencionar antes.

Me lo llevé porque me atrajo el argumento: un grupo de mujeres agrupándose para comentar una serie de libros cuyos títulos figuraban en el índice de los capítulos. Entre las obras que leen estas mujeres estaban "Expiación", "Rebeca", etc. Las ideas que surgen en las lectoras tienen una relación directa con sus experiencias vitales y la fuerza que surge en cada una de ellas para enfrentarse a las dificultades tal vez también tenga sus raíces en las páginas de los libros que las unen.

Ahora me gustaría encontrar otros dos títulos de esta misma autora. Pero va a ser difícil, porque deben estar también descatalogados.

miércoles, 22 de abril de 2009

La fiesta de los libros

Entrar en la librería sin apremios ni recados, pasearse entre las estanterías, detener ante los mostradores para revisar los títulos que se exhiben, abrir un volumen por una página intermedia y leer despacio un párrafo, un capítulo, para comprobar el estilo del autor y sondear el interés del argumento… Es un hábito de muchos lectores a los que seducen los escaparates de las librerías, la visión de tantos libros de vistosas portadas apilados a lo largo y ancho del establecimiento.

Dicen que el título de la portada puede ser decisivo a la hora de escoger una novela para llevarse a casa. Que si es original o llamativo, el libro tiene muchas posibilidades de captar a uno de esos lectores animosos que entran en la librería sin un objetivo concreto, dispuestos a llevarse a casa lo que les atraiga o les sorprenda. No suele ser este mi caso. No suelo ser de quienes se dejan embaucar por un título más o menos atractivo, porque he comprobado que a veces éste no responde al contenido de la obra, sino que es, más bien, un eslogan, una contraseña publicitaria. Tampoco me fio totalmente de los resúmenes de la contraportada: aunque intentan dar pistas sobre el argumento y proclaman el afán del autor y la eficacia de su empeño, estas reseñas también huelen más a elemento proagandístico que a reseña literaria, eludiendo razonamientos que permitan al posible lector averiguar la técnica narrativa o las estratagemas artísticas del escritor.

A mí me tira más ser de los que se pasan largos ratos en las librerías examinando ejemplares, leyendo fragmentos, consultando índices, buscando libros que nunca se anuncian en los periódicos, las novelas que no han ganado ningún premio, las que no están rubricadas por autores que aparecen en las pantallas de televisión, las obras que no consiguen ser incluidos en los suplementos culturales de los diarios. Y he conseguido ciertos hallazgos. Obras estupendas de las que antes no sabía que existían.

¿Compraríais vosotros un libro sólo por el título o la ilustración de la portada? ¿Sois de los que entrais en la librería sabiendo de antemano lo que vais a comprar? ¿Os gusta rebuscar, husmear entre las páginas, descubrir autores sin fama?



Esta semana los libros salen a la calle para atrapar a sus lectores.
La gran fiesta del libro, que coincide en los calendarios con la fecha del entierro de Cervantes, el 23 de abril de 1616, saca de las estanterías de los comercios y los almacenes miles de volúmenes que son una tentación para quienes transitan por las calles y las plazas.

En Cataluña se celebra en esta fecha a su patrón, Sant Jordi. La jornada se pinta de multitudes que pasean por la ciudad con sus libros y sus rosas en las manos. Es un verdadero canto a la lectura, a la creación literaria, al arte de escribir, al regocijo de leer. En otras ciudades imitamos esa costumbre tan sana y celebramos la fiesta comprando alguno y asistiendo a ciertos actos que se organizan en librerías, entidades culturales y espacios públicos.

Esta entrada va dedicada a Josep Estruel, un buen amigo que ha contado en su blog el origen la fiesta y nos ha transmitido esa alegría de leer que os deseo a todos para mañana. Y para todos los días del año.

sábado, 18 de abril de 2009

Misiones pedagógicas

Imagino la escena en blanco y negro, como la escena de una película antigua y sin efectos especiales: los chiquillos galopan por las callejuelas embarradas del pueblo, vociferando, agitándose sus ropas avejentadas y sus cabellos mal cortados. Han venido los de la ciudad, gritan sin dejar de correr a quienes se asoman a las puertas de las casas. Están en la escuela, con el maestro. Han traído un montón de libros. Y una caja que hace música.

Imagino la conmoción en el pueblo. Hombres y mujeres encaminándose hacia la escuela, apresurados, comentando la noticia y propagándola a sus convecinos. La llegada de los misioneros tal vez les ha sido anunciada con anterioridad por el maestro o el alcalde. Pero, en cualquier caso, la visita de las gentes de la capital es siempre un acontecimiento, una ruptura de la cotidianeidad.

En el local de la escuela, los jóvenes de las Misiones pedagógicas han montado ya su biblioteca ambulante, libros para niños y para mayores que, si alguien se hace responsable de su cuidado y su préstamo, se dejarán después en el pueblo para uso de los paisanos. También han empezado a desembalar los lienzos que reproducen cuadros famosos de pintores españoles de siglos atrás. Durante una semana, las copias estarán colgadas en la escuela o en una sala del consistorio, y algún misionero se ocupará de explicar a los visitantes las características de las obras y algunos datos sobre sus autores.

También habrá sesiones de cine, recitales del Coro, sesiones musicales con el gramófono que tanto impresiona a los niños. Un grupo de actores montarán un tablado de cuatro metros por seis, para representar sobre él piezas breves de teatro, firmadas por Lope de Rueda, Cervantes, Calderón de la Barca, Juan del Encina. Alejandro Casona, asociado a las Misiones, dirigirá alguna obra adaptada por él mismo para el público rural. Para los críos se montará un tabladillo de guiñol, que, a buen seguro, también captará la atención de sus padres y sus abuelos.

Así funcionaban las Misiones Pedagógicas que puso en marcha el primer gobierno de la República tres semanas después de tomar posesión. El seis de mayo de 1931 se firmaba una orden ministerial que decretaba la creación del Patronato que gestionaría estas misiones, cuyo cometido era llevar la cultura a las áreas rurales.

En aquella época las distancias entre las ciudades y los pueblos eran inmensas: distancias físicas porque no había carreteras, ni hilo telefónico, ni luz eléctrica en algunos casos, ni comunicaciones radiofónicas. Y distancias culturales, porque el índice de analfabetismo, las desinformación, la ignorancia de cuánto sucedía en el mundo era tremenda en las poblaciones campesinas españolas.

La idea de crear misiones culturales y pedagógicas, que deambularan por los pueblos de la geografía española con su equipaje de libros, cuadros y enseñanzas, surgió en 1881. Francisco Giner de los Ríos (creador en 1876 de la Institución Libre de Enseñanza) y Manuel Bartolomé de Cossío (alumno de Giner) propusieron al gobierno de turno, presidido por Sagasta, enviar a los pueblos a maestros que ayudaran a mejorar las escuelas rurales. La propuesta fue apoyada años después por Joaquín Costa, partidario también de mejorar la enseñanza en el campo. Y hubo alguna pequeña experiencia de este tipo en las primeras décadas del siglo XX. En 1930, una misión ambulante estuvo en las Hurdes merced a las gestiones de Cossío.

Pero fue el régimen republicano quien promovió, financió y consolidó las Misiones Pedagógicas, al frente de cuyo órgano gestor colocó a Cossío. Durante cuatro o cinco años, los misioneros viajaron a lomos de caballerías hasta aldeas y caseríos recónditos, donde quizás nadie hubiera oído hablar antes de que ellos llegaran de un tal Velázquez o un tal Calderón. Unos seiscientos jóvenes, amantes de la educación y del arte, se enrolaron en estas tareas en las que derrocharon esfuerzos físicos, imaginación y tenacidad.

Hasta que la guerra estalló en la península. Como todo lo que olía a cultura, progreso y formación, las Misiones Pedagógicas fueron condenadas a la desaparición y al olvido. Los misioneros que no murieron durante la contienda, fueron encarcelados o se exiliaron.

(Estos días pasados hablábamos del aniversario de la República. Las Misiones Pedagógicas son una de las realizaciones que me hacen creer que aquel régimen pudo haber sido una palanca de progreso y bienestar para el país. Porque el incremento de la cultura y la formación de los españoles, de todos los españoles, aun de los que habitaban en los rincones más inhóspitos de la geografía hispana, habría incidido en el incremento de la calidad social, económica y política de todo el país. Desgraciadamente, la República y sus afanes intelectuales no sobrevivieron al golpe de estado y la guerra del 36).

martes, 14 de abril de 2009

Setenta y ocho años ya.

He vuelto a leer el artículo que hace un año, en una fecha tan significativa como ésta, propuse como reivindicación del buen hacer de la segunda república. Félix Santos escribió un magnífico artículo que sigue teniendo vigencia doce meses después.
Félix Santos es un periodista de raza, hombre sensato y dado al pensamiento lúcido. Él ha investigado hechos del periodo republicano y ha escrito un libro que se titutla "Marcado por la República: Guerra y Exilio de Francisco Carvajal"


Setenta y siete años (y ocho, ahora) después de la proclamación de la Segunda República en la tarde soleada del 14 de abril de 1931, aquel régimen sigue siendo objeto de controversias. Es sorprendente, para empezar, que se sigan produciendo burdas desfiguraciones de lo que pasó en aquellos años, a pesar de que la historiografía solvente ha puesto las cosas en su sitio, desmintiendo las falsificaciones prodigadas durante cuarenta años por la dictadura franquista. Citemos algunas de las tergiversaciones más gruesas: que la quema de conventos de mayo de 1931 se realizó con el beneplácito del Gobierno republicano; que la "Revolución de Asturias", de octubre de 1934, fue un alzamiento contra el resultado de las elecciones de otoño de 1933; que los comicios que dieron el triunfo al Frente Popular, en febrero de 1936, fueron trucados, o que el asesinato de Calvo-Sotelo decidió a los militares a dar el golpe de Estado.

A pesar de las décadas transcurridas desde la Segunda República y la Guerra Civil, la reacción destemplada y visceral de significados sectores de la actual derecha social, política y eclesiástica contra la Ley de Memoria Histórica, pone de manifiesto que la verdad de lo ocurrido en aquellos años cruciales de la historia de nuestro país no es todavía aceptada ni digerida por un sector de la sociedad española. Éste sigue aferrado a las versiones de la propaganda franquista.


Frente a los intentos de seguir denigrando un periodo que alumbró una de las mayores esperanzas colectivas vividas por el pueblo español, se impone un esfuerzo adicional para que las generaciones jóvenes sepan lo que verdaderamente pasó. La Segunda República fue un serio intento de modernizar y democratizar España. Recibida con alborozo por la población en un ambiente de orden y fiesta, revolucionó la enseñanza y combatió eficazmente el analfabetismo, dando un inédito protagonismo a maestros y docentes; llevó el saber a los rincones más escondidos de la España rural a través de las Misiones Pedagógicas; favoreció el que la vida cultural del país alcanzara niveles de vanguardia; hizo una ambiciosa política de obras públicas; intentó una reforma agraria que terminara con el hambre y las flagrantes injusticias de las zonas latifundistas; llevó a cabo una necesaria reforma militar, e implantó el laicismo, tal vez de manera demasiado radical dadas las circunstancias.


Si quereis leer lo que falta, pinchad aquí.

miércoles, 8 de abril de 2009

Ocio y proyecto

Está rara la ciudad un miércoles como éste. Se notan las calles despejadas, los vagones de metro deshabitados, las tiendas con aspecto de estar a punto de cerrar.
Paseando por cualquier barrio, se ven coches con los maleteros abiertos y un montón de bultos apiñados en el borde de la acera. Se ven hombres y mujeres arrastrando maletas con un brío en el paso distinto a los de cualquier jornada.
Se huele en el aire el aroma de las vacaciones que se ciernen sobre los habitantes de esta sufrida ciudad. No importa que los pronósticos meteorológicos avisen de que va a llover en media España. Tampoco importa que los voceros de la política y los titulares de los periódicos insistan en los perjuicios de la crisis económica mundial y auguren tiempos peores que los que vivimos.

La mayoría de los madrileños hoy se despiden de sus compañeros, con una euforia que les libera de todo atisbo de preocupación, y se marchan al campo, a la playa, al monte... Algunos atravesarán fronteras, aunque el plazo de ocio no sea muy prolongado y las encuestas aseguren que ha mermado el turismo hacia el extranjeros.
Podremos renunciar a ciertos caprichos, sopesar las compras cotidianas para no incurrir en el despilfarro, pero que no nos pidan que renunciemos a viajar a cualquier sitio que nos rescate, durante cuatro días, de la rutina y las obligaciones que marcan el ritmo habitual de nuestra existencia.

Son los mejores días para estar en Madrid, para visitar exposiciones, deambular por sus plazas y sus avenidas, acudir a los cines y al teatro. Pero no sé si voy a poder resistir las ganas de preparar una mochila y escaparme también....

En cualquier caso, habrá tiempo estos días para meditar sobre un proyecto que quiero mencionaros hoy por si a vosotros también os apetece apuntaros a su realización. Cornelius y Jose Antonio están planeando hacer una lectura pública del Manifiesto que publicamos, al unísono, muchos blogueros el día 30 de enero. La idea me parece muy interesante y digna de recibir los máximos apoyos posibles. Con el permiso de los inductores, os propongo que os sumeis al proyecto para que seamos multitud los que coreemos el Manifiesto el día que se lea a plena luz del sol, sin pantallas ni teclados por medio.

Este asunto es cosa de todos. Y yo creo que todos los sentimos así.

sábado, 4 de abril de 2009

El teatro de Bartoli

Por esa calle que viene de la Puerta del Sol, bajaba antaño un arroyuelo, que desaguaba en un barranco, me dice el viejo Bartoli cuando me asomo a uno de los balcones del edificio del Teatro Real, que hoy he venido a visitar. El barranco estaba ahí, donde la calle del Arenal se junta con la plaza. Más acá estaban los pilones donde las mujeres lavaban sus ropas. El agua de sus caños no era la del arroyo, sino que procedía del subsuelo de la Plaza Mayor.

Cuando llegué con mi compañía a la plaza de los Caños del Peral, en 1708, la nave de los lavaderos se hallaba en desuso y los munícipes me permitieron instalar bajo sus techos el escenario de mi teatro, continúa narrando Francesco Bartoli, mientras mis ojos sobrevuelan las cabezas de los peatones que a la hora cenital de la mañana transitan por la soleada plazoleta que se ve desde el balcón.
El Corral de Trufaldini funcionó durante treinta años y ligó el destino de este rincón madrileño con el arte escénico en los siglos venideros.Cuando murió Bartoli, el consistorio recuperó el solar de los lavaderos y en él construyó el Teatro de los Caños del Peral (1738), cuyas paredes llegaron al siglo XIX hechas una ruina. Así pues, se procedió al derribo del inmueble para levantar en su lugar, en tiempos de Isabel II, un lujoso teatro de la Ópera. La reina lo estrenó en 1850, asistiendo a una representación de La Favorita, de Gaetano Donizetti.

A pesar de los incendios, las grietas, las inundaciones, las amenazas de derribo y los largos periodos de obras y reformas que ha sufrido, el coliseo está a punto de cumplir los 158 años de existencia.Trescientos años llevamos ya subidos al escenario, me dice Bartoli, el viejo cómico italiano, cuyo espíritu guía a los visitantes por los salones del Teatro esta mañana.

Trescientos años de arte, de música y de cultura, susurra con un acento de orgullo, sin importarle que su nombre sea desconocido por la mayoría de los madrileños que contemplan el edificio y de los melómanos que asisten a los conciertos que en su seno se celebran.