domingo, 29 de junio de 2008

Los árboles del Prado

Desde el piso más alto del Ministerio de Sanidad, el paseo del Prado se ve como una especie de tapiz verde que fracciona el tono gris de la ciudad, a la que aporta una nota de belleza bucólica y ancestral. Las copas de los árboles son tan frondosas que parecen abrazarse por encima del asfalto y de las cabezas de quienes pasean por el bulevar, emulando a sus antepasados que a esta vía venían a solazarse, contemplarse, a envidiarse y a cortejarse.


El Paseo del Prado se creó, por deseo del rey Carlos III, a finales del siglo XVIII. El monarca, en su afán por hacer de Madrid una ciudad hermosa (porque la capital a la que llegó el Borbón después de ser rey de Napoles durante veinticinco años, era más bien feita y de trazado irregular y caótico), encargó a su ministro, el conde de Aranda, la urbanización de los dos caminos que marcaban los límites orientales de la villa, a saber: el Prado de los Jerónimos (que debía su nombre a la basílica de los Jerónimos) y el Prado de Atocha (que se lo debía al santuario de la Virgen de Atocha).

Para ornamentar la nueva vía, el arquitecto Ventura Rodríguez diseñó un conjunto de fuentes, que fueron talladas por los artesanos más notables de la época. Las más conocidas son las de la diosa Cibeles (que se ha convertido con los siglos en uno de los emblemas monumentales de Madrid), la del dios Neptuno y la de Apolo, todas ellas instaladas entre 1782 y 1802 en el Salón del Prado.

En uno de los laterales del paseo del Prado, Carlos III ordenó construir un magno edificio para que en él se ubicase el Gabinete de Historia Natural, que él mismo había creado. La historia cambió el destino de tal construcción, que se transformaría medio siglo después en una de las pinacotecas más afamadas del planeta. Pero de eso ya hablamos hace unos días.

Hoy lo que quiero es compartir esta imagen de los frondosos árboles del paseo del Prado, esos que apadrina y protege una baronesa con ínfulas de mecenas.

jueves, 26 de junio de 2008

Palabras de Atwood

¡Cuánto me alegro de que a Margaret Atwood le hayan concedido el Premio Príncipe de Asturias! Voy a aprovechar la circunstancia para rescatar unos apuntes tomados al hilo de la lectura de un libro, titulado La maldición de Eva, (Lumen , 2006). El volumen recoge, entre otros trabajos de la escritora, una conferencia que dictó sobre la escritura. Transcribo un fragmento.

"Como personas las mujeres tienen una gran variedad de experiencias de las que aprender. Tienen sus propias experiencias con los hombres, por supuesto, pero también las de sus amigas ya que, dejando de lado el síndrome de la anécdota obscena, las chicas hablan de hombres más que los hombres de mujeres. Las mujeres están dispuestas a hablar con otras de sus miedos y debilidades. Los hombres no están dispuestos a hablar de los suyos con otros hombres dado que el mundo es todavía una selva donde los animales se devoran entre sí”.

Atwood, cerca de cumplir los setenta años y poseedora de una respetada bibliografía, que abarca novelas, ensayos y poesía, no deja de predicar a favor de las mujeres, sin preocuparla que se la tache de feminista radical, de postfeminista o de cualquier otra lindeza de esas que se usan para descalificar a quienes aún pelean por conseguir para las de su género un puesto en la sociedad equiparable al de los hombres, la consideración cultural que se merecen y la protección legal que se les debe como miembros activos de la comunidad. Sus palabras son difíciles de rebatir porque Atwood las avala con una larga experiencia, un prestigio internacional y una dosis de ironía que no les restan dureza ni legitimidad.

No es sensato generalizar. Hay hombres que trabajan por el bien de las mujeres, que las tratan como a sus iguales, que valoran sus criterios. Es verdad. Pero también lo es que, en este mundo nuestro, supuestamente civilizado, ciertos hombres se resisten a escuchar a las mujeres cuando hablan de sentimientos, inquietudes o pesares. Será por prejuicios, será por desinterés, será por que las temen. Pero los hay. Si esos hombres que no escuchan se dedican a la literatura y han de crear un personaje femenino, lo más probable es que no atinen, que generen un espantajo, una parodia de mujer.

Yo he leído libros cuya protagonista no tenía de mujer más que el nombre de pila y la descripción de su atavío. (Y uno de esos libros es un título de impacto universal). También he detectado casos totalmente opuestos: los personajes femeninos de García Márquez o de Muñoz Molina (por citar sólo dos escritores que reverencio) me resultan tan auténticos, tan entrañables y densos que estoy convencida de que estos dos autores-hombres, cuando las mujeres hablan de sus cosas, las escuchan con los oídos, con el cerebro y con el corazón.

¡Enhorabuena, señora Atwood!

martes, 24 de junio de 2008

Lecturas desde la nieve

El pasado sábado, el suplemento cultural Babelia dedicaba dos páginas a la literatura que se hace actualmente en los países del norte de Europa. Transcribo el primer párrafo:

"En la enigmática y aislada Islandia, una de cada diez personas publicará un libro a lo largo de su vida. En una Noruega bañada en oro negro, un novelista puede recibir un sueldo vitalicio. En Suecia, ya en 1900, el proletariado organizó su propia red de bibliotecas, convencido de que la educación era la mejor arma frente al poder. Los finlandeses compran de media diez libros al año; y en Dinamarca editar nunca es una ruina porque el Estado compra ejemplares para todas las bibliotecas públicas. Si además se tiene en cuenta que el analfabetismo desapareció en los cinco países escandinavos hacia 1850, no es de extrañar que su producción literaria sea extensa y de calidad."

Imagino a las gentes que habitan en países donde el frío del invierno es intenso. Las imagino recluyéndose en las casas, en las bibliotecas, en las aulas con un libro. Imagino a niños y adultos devorando páginas de novelas y cuentos que hablan de ellos mismos, de sus relaciones con otros países más cálidos, compartiendo lecturas que encienden la fantasía, la imaginación, el debate, las sensaciones más diversas. Y siento ganas de compartir esas lecturas yo también.

En el artículo al que corresponde esta introducción (lo podéis leer entero pinchando aquí) se citan los nombres de algunos escritores que ya han rebasados sus fronteras y llenan las estanterías de los lectores españoles. Los más renombrados son Jostein Gaarder , el autor de "El mundo de Sofía"(con el que unos aprendieron los rudimentos de la filosofía y otros recordamos las lecciones olvidadas) y, por supuesto, Hening Mankell, el creador del inspector Wallander, del que me declaro una forofa.

Pero también hemos leído en España a Peter Hoeg, el danés que escribió "La señorita Smila y su especial percepción de la nieve", de la que hizo una versión cinematográfica Billi August, y un libro maravilloso titulado "El siglo de los sueños", que narra la historia de una familia a través del tiempo.

Influida por el buen recuerdo de estas lecturas, me he ido esta tarde a la biblioteca y he buscado ejemplares de otros autores que se citan en el texto. Me ha traído conmigo una novela del noruego Kjartan Flogstad y una compilación de relatos de Kjell Askildsen, también noruego.

¿Habéis leído vosotros a estos autores? ¿Tenéis predilección por alguno de ellos?

(Arriba, Heninng Mankell. Debajo, Peter Hoeg)

PD. Aunque no viene de la nieve, sino que vive bajo el sol de Cataluña, os pongo aquí el enlace con un autor que acaba de publicar una novela juenil que se titula "Astralis". Está en su página web.

sábado, 21 de junio de 2008

Los versos de Sofía

Sonaría mejor en la voz de Sofía, que yo escuché una tarde en un rincón lleno de libros del barrio de Malasaña. Sonaría mucho mejor, como sonó en aquel espacio recóndito, donde las letras prevalecían sobre cualquier ruido ajeno. Pero como no tengo la grabación, me limitaré a transcribir los versos que Sofía compuso y recitó.


Me he aficionado a responder
encuestas por teléfono y a escuchar
a los testigos de las cien religiones
de mi barrio. Dejo que me acose
la vecina del cuarto con cosméticos
que sé que no me quitarán las ojeras
y me trago
todos los programas
que hablan de
cómo viven los ricos
cómo mueren los pobres....
Estoy muy ocupada,
por eso no entiendo por qué
ahora, sola en la habitación,
echo tanto de menos tus pies,
húmedos por el sudor compartido,
pisando las baldosas de la cocina.

Sofía Castañón no necesita cosméticos para las ojeras porque tiene veintipocos años y una frescura propia de su edad y de las ilusiones que alientan su camino. Con su libro Ultimas cartas a Kansas, ha obtenido el Premio de Poesía Joven Pablo García Baena, que convocan La bella varsovia y la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Córdoba.

Dicen los que saben de esto, que los escritores siempre comienzan su trayectoria trazando versos en su juventud. Quizás ese sea el destino de Sofía.

jueves, 19 de junio de 2008

El optimismo y la salud

El anhelo de curarnos constituye la mitad de nuestra salud, dijo Séneca hace más de dos mil años. La cita está recogida en el libro de Luis Rojas Marcos, “La fuerza del optimismo”, un amplio tratado sobre los sentimientos positivos, la esperanza, la capacidad del ser humano de enfrentarse a los problemas sin caer en el derrotismo, la depresión y la inacción.

Rojas Marcos repasa en los sucesivos capítulos de su obra (que es amena e ilustrativa, a la par) lo que él denomina, a grandes rasgos, la ciencia del optimismo, incidiendo en diversos aspectos de la vida del ser humano: la personalidad, el bagaje genético, el talante, la educación que ha recibido, la salud, el trabajo, el régimen político en el que habita.

Hoy leo el capítulo dedicado a la salud. Dice el psiquiatra Rojas Marcos que la esperanza cura. Que los optimistas, los que piensan que sus dolencias son temporales (por graves que éstas sean) tienen más posibilidades de desarrollar defensas, de alargar su existencia y, por supuesto, de hacer la convivencia más grata a quienes le cuidan o le rodean. Dice que los pesimistas son imprudentes y, además de no curarse, fallecen con más frecuencia por accidentes inesperados. Dice que quienes piensan que el destino del individuo está escrito de antemano, que los que renuncian, llevados por su ánimo derrotista, a luchar por mejorar sus condiciones de vida, tienen más probabilidades de ser víctimas de las enfermedades y de la fatalidad.

Los trances difíciles para el ser humano, como son la pérdida de un familiar o una ruptura conyugal “nos hacen vulnerables a las infecciones, a los trastornos digestivos y a las enfermedades del corazón”. El sistema inmunológico se resiente cuando el alma duele, porque hay emociones negativas que “alteran el funcionamiento de los centros cerebrales que regulan el sistemas hormonal y los órganos más importantes del cuerpo”.

Por el contrario, añade Rojas Marcos, “numerosas investigaciones muestran que situaciones que fomentan la tranquilidad, como el desahogo emocional que produce hablar y compartir con otros problemas y dificultades, fortifican las defensas. Por ejemplo, la participación semanal en grupos terapéuticos de apoyo psicológico está relacionada con una mayor esperanzan y calidad de vida en pacientes que sufren de enfermedades crónicas y algunos tumores malignos”.

Y acabo con otra cita que aporta el autor; es de Susan C.Vaughan, autora de un libro sobre el optimismo que se titula "Medio vacía, medio llena". Dice así: “El optimismo es como una profecía que se cumple por sí misma. Las personas optimistas presagian que alcanzarán lo que desean, perseveran, y la gente responde bien a su entusiasmo. Esta actitud les da ventaja en el campo de la salud, del amor, del trabajo y del juego, lo que a su vez revalida su predicción optimista”.

¿Quereis leer el primer capítulo del libro? Pinchad aquí.

martes, 17 de junio de 2008

El fantasma de Cibeles

Madrid también tiene sus leyendas y sus edificios poblados de fantasmas que nadie ha visto.
En la plaza de Cibeles, haciendo esquina con la calle de Alcalá, se alza el más famoso: el palacio de Linares, en el que habita el espíritu de una mujer enamorada.


En la década de los setenta del siglo XIX, el marqués de Linares, José Murga Reolid, se construyó una bonita mansión en un solar situado en las afueras de la capital, junto al camino que conducía hacia la provincia de Guadalajara. Al palacio se trasladó el marqués con su esposa, Raimunda de Osorio, una bella joven de origen modesto, con la que el caballero se había desposado tras la muerte de su padre. No sabía el caballero los motivos de su progenitor para impedirle casarse con la mujer que amaba, pero hubo de acatar su veto mientras el anciano vivió.

Un día, ya casado con Raimunda, se hallaba revisando los papeles del difunto y, por azar, descubrió una verdad fatídica: su amada esposa era fruto de una relación amorosa de su padre con una cigarrera varios años atrás. El hombre se quedó anonadado. Lo que no se sabe son las imprecaciones que dirigió a su fallecido progenitor por el engaño, pues no constan en ningún libro.

El marqués obtuvo un permiso eclesiástico y pudo vivir con Raimunda en el palacio de Cibeles durante varios años. Pero no cumplieron los jóvenes como matrimonio. La castidad fue un sufrimiento para Raimunda, privada de tocar al hombre que amaba y condenada a no engendrar a un hijo suyo.

Por eso, dice la leyenda, cuando murió no abandonó las dependencias de su hogar, sino que se quedó varada entre sus paredes, gimiendo su pena.

Sin herederos directos, el palacio de Linares permaneció muchas temporadas cerrado durante el siglo XX. Fue propiedad de empresas e instituciones, que, antes o después, abandonaron el edificio.

En 1990 el Ayuntamiento de Madrid, que se había hecho con la titularidad, emprendió obras de rehabilitación para darle usos culturales. En ese momento se oyó a Raimunda, quejándose desde algún rincón del palacio. Un micrófono grabó sus llantos, que fueron emitidos por las emisoras de radio. La ciudad se conmocionó, pero las obras siguieron adelante.

En 1992 se inauguró la Casa de América. Desde entonces parece que Raimunda está callada. Posiblemente haya encontrado entretenimiento en las múltiples actividades que en el edificio que antaño fuera su hogar se celebran actualmente.

domingo, 15 de junio de 2008

Ultima tarde de feria

Era la última tarde de la Feria y decidí dar un paseo entre los árboles y las casetas. Pero lo mismo habían pensado las miles de personas deambulaban por el Retiro, impidiendo ver los mostradores de los libros, atascando los pasillos, causando una cierta sensación de claustrofobia.

No obstante, volví a recorrer el paseo, y logré acercarme a algunas casetas de editoriales no muy famosas porque a ellas se arrimaban pocos visitantes. Cuando es ese, precisamente, uno de los encantos de la Feria: la comparecencia de los editores de mediano y pequeño calibre, exponiendo un montón de títulos que, por lo común, no suelen encontrarse disponibles en las librerías de los barrios.

Otro de los encantos de la Feria, sin duda, es conocer de cerca al escritor de un libro que te ha gustado, verle la cara, oír su voz y pedirle que te dedique una obra que no tienes o que deseas regalar a alguien. Esta tarde había unos cuantos escritores firmando libros: Julio Llamazares, Alvaro Pombo, Juan José Millás, Rosa Montero, Matilde Asensi... Pero también había otros que de escritores tienen poco. Yo no los quiero nombrar pero voy a dar pistas: había una "señora" que se hizo famosa por estar en un concurso indiscreto de televisión y por sus salidas de tono en las tertulias de prensa rosa. Había otro "señor" que es famoso por ser un grosero con chicos que aspiran a poder cantar en un escenario. La primera no tenía compradores, pero el segundo... ¡tenía cola de clientes!

Se acabó la fiesta de los libros. Ahora toca leerse todos los que hemos comprado durante estos días.

viernes, 13 de junio de 2008

Un mundo no tan feliz

Releer después de varios años un libro que te deleitó, te impresionó y te conmovió la primera vez que te introdujiste entre sus páginas, entraña unos riesgos. Puedes sufrir un hondo desengaño. Tú has cambiado, has adquirido conceptos y experiencias como persona y como adicta al arte de la escritura. También el mundo ha cambiado a tu alrededor: las circunstancias físicas, la ideología política, la tecnología ha evolucionado de una forma tan rápida y contundente que la evocación de lo que ocurría hace quince o veinte años, nos parece un retorno, no al siglo XX, sino al XIX y nos suscita una pregunta tonta. ¿Cómo nos las apañábamos para vivir sin los aparatos y ventajas de los que hoy disponemos?

Así que no es de extrañar que la relectura de “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, te resulte decepcionante. Hoy día imaginar a un reportero de una emisora de radio, tocado con un sombrero de copa de aluminio en el que lleva el receptor y el transmisor telegráfico, induce a la risa. Supongo que en el año 1931, cuando Huxley escribió su obra, no podía sospechar, ni aún utilizando al máximo su evidente capacidad de imaginar y fabular, que algún día los teléfonos perderían los cables que los sujetan al suelo y podrían llevarse de un lado para otro y utilizarse para mandar mensajes de texto, plasmar fotografías y grabar películas.

El propio autor reconocía, quince años después de la primera edición de su obra, que el texto estaba desfasado en asuntos de técnica y avances científicos. “Un mundo feliz no contiene referencia alguna a la fisión nuclear. Y, realmente, es raro que no la contenga; porque las posibilidades de la energía atómica era ya tema de conversaciones populares algunos años antes de que este libro fuera escrito”, escribe Huxley en el prólogo de la reedición, justificandose, sin embargo, porque el tema del libro no era el progreso de la ciencia, el cual se daba por hecho.

Si lo que a Huxley le interesaba era la evolución y prosperidad de la humanidad, si él quería centrarse en el nuevo tipo de relaciones que se establecería entre los hombres y las mujeres, entre los viejos y los jóvenes, entre los dirigentes y los súbditos de la sociedad utópica, también hay ciertas carencias que ya el autor reconoció en su momento. La civilización que describe es un lugar cómodo en el que vivir, con todas las necesidades fisiológicas aseguradas, sin enfermedades ni problemas que causen infelicidad en sus miembros. Las personas cumplen un trabajo para el que han sido “incubadas” y no aspiran a nada que esté fuera de su alcance. No tienen libertad de elección ni de creencias, pero no son conscientes de ello y no se quejan ni se rebelan.

La reserva de los salvajes, por el contrario, es un reducto donde imperan la miseria y la suciedad, la incomodidad y el dolor. No hay término medio entre un ámbito y el otro. “Si ahora tuviera que volver a escribir este libro, ofrecería al Salvaje una tercera alternativa”, escribe Huxley, mencionando la posibilidad de crear un espacio donde se utilizara la técnica con fines benéficos para el ser humano y no para esclavizarlo y condicionarlo.

¿Recordáis el argumento? En una sociedad avanzadísima, donde se gestan los niños para cumplir una misión concreta en la vida, irrumpe un salvaje, un hombre nacido en una reserva india, que ha leído a Shakespeare y cree en Dios y en el amor tradicional. El conflicto se plantea cuando es transportado a la civilización y discrepa con una mujer que le desea, con los dirigentes que privan a la humanidad de pensamientos individuales, con una sociedad que no entiende el dolor ni la desesperación ante la muerte. El salvaje se aísla, pero la población le persigue, le acosa y acaba por inducirle al desastre.

lunes, 9 de junio de 2008

Mujeres que no firmaban

Cuenta mi amigo Vicent que cuando murió de sobreparto Marietta, la hija primogénita de Tintoretto, sobrenombre de Jacobo Robusti, (1518-94), la producción del taller del pintor menguó notablemente, lo que unos achacaron a la desidia lógica de un padre apesadumbrado y otros, sin fingimientos, a que el maestro había perdido a su más activa colaboradora. A su mano derecha, si cabe.

Venus, Vulcano y Marte. 1545. Jacobo Tintoretto.

No fue un caso singular el de los Tintorettos. Dice mi amigo Vicent que en los talleres de arte renacentistas trabajaban muchas mujeres, parientes o pupilas del maestro, del que algunas aprendieron un oficio en el que nunca pudieron significarse. En España, cita el caso de las hijas de Juan de Juanes (1523-1579), Dorotea y Margarita, que contribuyeron con sus pinceles a la gloria de su padre. Y el de Isabel, la hija de Alonso Sánchez Coello (1563-1612), que era experta en el retrato de los cortesanos y en imágenes religiosas.


Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela. Sánchez Coello. 1571


Con el avance de los siglos, las mujeres siguieron creando en las sombras, porque fueron pocas las que alcanzaron a firmar sus lienzos. Pero ahora muchas de ellas recuperan su nombre y sus méritos gracias a Vicent Ibiza, Licenciado en Arte e Historia, y profesor en un instituto de Valencia. Vicent ha elaborado un Diccionario, que ha editado la Institució Alfons el Magnànimen, en el que cita más de 700 nombres de mujeres que se dedicaron a las artes plásticas desde los inicios del siglo XVI hasta el año 1936. De ellas, 555 son pintoras.

Antes del diccionario, Vicent había publicado un libro sobre Obra de Mujeres Artistas en los museos españoles, un exhaustivo censo de los cuadros con firma femenina que poseen o se exhiben en los museos y salas de exposiciones españoles.

Adenda. (10 de junio). Hablando de mujeres, leo en El País un artículo sobre los microcréditos de Muhammad Yunus, el hombre que inventó un banco para pobres, cuyas beneficiarias son mayoritariamente, el 95%, mujeres. Es digno de lectura.

viernes, 6 de junio de 2008

Leyenda negra

Quinientos años han transcurrido sobre las tumbas de Alejandro VI y sus hijos, pero nunca han dejado de mencionarse los nombres de los miembros de la familia Borgia ni de comentarse sus infamias en el arte, en las páginas de los libros y en las tertulias de los plebeyos. La historia, mejor dicho, esa parte de la historia que se basa, no en pruebas y documentos fidedignos, sino en tradiciones, misterios, prejuicios y conveniencias, ha convertido a los Borgia en personajes malditos, que han sido utilizados en obras literarias y pictóricas, en películas y series de televisión… Rodrigo, César, Lucrecia son nombres que la Leyenda Negra mantiene vivos en la memoria de Europa.

Hace unas semanas, a causa de la emisión de una película sobre los Borgia en un canal de televisión, eché mano del libro de Oscar Villarroel para contrarrestar con su lectura la imagen del papa Alejandro, y la de su despiadado hijo, César, quienes en la citada producción parecían, más que nada, dos personajes escapados de "El padrino" y trasladados a una Italia dominada por el señor del Vaticano.

El libro de Villarroel, titulado Los Borgia. Iglesia y poder entre los siglos XV y XVI, (Sílex Ediciones) no se apiada de unos seres que cometieron atrocidades políticas y humanas, pero descarta, por no probados, algunos de los delitos achacados a la saga. Al papa Alejandro VI y a sus vástagos se los acusó de mantener relaciones incestuosas, de envenenar a sus detractores, de asesinar a quienes les estorbaban para cumplir sus proyectos ambiciosos (a César se le imputaba, incluso, la muerte ignominiosa de su hermano Juan, duque de Gandía), de celebrar bacanales en las habitaciones pontificias, de establecer tratos con el mismísimo demonio… Pero la mayoría de tales acusaciones, propaladas hasta la exageración, nunca se han certificado.

Las crónicas de los historiadores que han abordado los hechos ateniéndose a documentos probatorios, desoyendo patrañas y mitos, no han tenido, sin embargo, tanto impacto popular como las falacias de gobernantes, clérigos y legos que han fomentado la Leyenda negra por intereses políticos, artísticos o comerciales.

El estudio de Oscar Villarroel refuta tales falacias con argumentos verosímiles y constatados. Y sin disculpar ni al papa, ni a sus hijos, ni a quienes los adulaban o les servían, explica los motivos y las circunstancias que generaron la Leyenda negra de los Borgia. Sin la cual, dice el autor, el nombre de la familia no habría logrado la inmortalidad que, para los antiguos egipcios, “consistía en gran medida en el recuerdo que se tenía de uno; mientras se siguiese pronunciando el nombre de los faraones éstos seguirían vivos. En este sentido los Borgia tienen una parcela de inmortalidad bien ganada”.

Pero ¿qué habrían opinado ellos, los Borgia, si les hubieran dado a elegir entre la inmortalidad o la posibilidad de descansar en paz en el seno de la historia?

domingo, 1 de junio de 2008

Tarde de domingo

A las seis de la tarde llovía lentamente sobre Madrid. No obstante, el recinto de la Feria del Libro estaba lleno de gentes que deambulaban ante los mostradores de las casetas. Olía la atmósfera a la humedad de los árboles del viejo parque de El Retiro. Había charcos en el suelo, cartones mojados y personajes que animaban a los niños, que paseaban de la mano de sus padres, a sumergirse en el mundo alucinante de los libros.

En las casetas, resguardados del aguacero, los autores firmaban ejemplares de sus obras a quienes se acercaban a comprarlas. Estaban allí algunos de los más importantes autores en lengua castellana: Julio Llamazares, Luis Mateo Diez, Alvaro Pombo, Luis García Montero. También estaba Paul Preston, el hombre que nos ayuda a conocer la historia de España, aunque él ha venido de un país que habla otro idioma. Había otros y otras que firmaban novelas o libros de entretenimiento. Pero a esos no voy a nombrarlos.


En uno de los márgenes del paseo de Coches se ha montado, en paneles amplios, una exposición que tiene como tema general el agua. Las fotos son de diferentes autores. Los textos de Joaquín Araujo.

Quedan dos semanas de Feria. Si podéis, pasaros a dar una vuelta.