Pilar se presentó un buen día en Segovia, donde Machado ejercía como catedrático de francés, para conocerle y contarle que también ella se dedicaba a la poesía. Don Antonio, que no había vuelto a vivir con otra mujer desde que enviudara de su joven esposa, Leonor Izquierdo, en 1912, se prendó de la visitante y aceptó mantener con ella una relación en la que no cabía el contacto físico. Pilar, que estaba casada y no albergaba intenciones de abandonar a su marido, aceptó el amor del profesor, pero no le consentía ni siquiera un beso fugaz cuando se reunía con él, de manera furtiva y esporádica, en un cafetín del barrio de Cuatro Caminos, en Madrid.
La guerra rompió la relación entre el poeta enamorado y su "musa". Pilar se fue con su familia a Portugal, en donde gobernaba el dictador Salazar, hasta que pudo afincarse en la España dominada por los franquistas, con cuya ideología comulgaba. Antonio, ferviente defensor de la causa republicana, a la que trataba de ayudar con su pluma y su presencia, permaneció en Madrid hasta 1938, cuando las autoridades le conminaron a trasladarse a Valencia, una plaza más segura para sus intelectuales. Al iniciarse el año 39, Machado huyó con los suyos a Barcelona, de donde también tendría que huir pocas fechas después, cuando la ciudad estaba a punto de ser conquistada por los militares sublevados.Leyendo el libro de Gibson, sospecho que la tal Valderrama no correspondía a la pasión que había suscitado en Machado, que no le amaba con la intensidad que él evidencia en sus versos. Sospecho que ella se le arrimó para promocionarse a sí misma. Y lo consiguió, porque su nombre ha sobrevivido a su existencia. Pero no por los versos que ella componía sino por los que el poeta la dedicó atribuyéndola el nombre de Guiomar.
Al leer la obra de Gibson, he oído la voz enojada del autor, tan austero él en sus comentarios a lo largo del libro, a propósito de un poema de la tal Valderrama: los últimos versos dicen que cuando se muera Antonio, ella le conducirá a la presencia de dios.
¿Quién era Pilar Valderrama para sentirse con derecho a presumir que su misión en el mundo era llevar a Antonio Machado hacia el cielo católico? A la luz de este poema, no es difícil considerar a Machado víctima de sus propias fantasías, de un lamentable autoengaño. Tampoco es difícil llegar a la conclusión de que le había llovido encima la peor de las desgracias: enamorarse de la persona para él menos indicada. (…) ¿Cuándo hubo caso de amor más desventurado, más cruel para quien no lo había buscado?Valderrama guardó las cartas que le remitía Machado cuando estaba en Segovia y, tiempo después de que él muriese, las sacó a la luz y las dio a conocer, borrando previamente del papel las frases que a ella pudieran comprometerla. En esas cartas, el poeta que tantos versos les ha dado a los amantes para cantar sus sentimientos, mostraba una enorme tristeza: la tristeza de un hombre bueno y generoso, desposeído del cálido abrazo de la mujer a la que ama.
¡Qué aciago el destino con nuestro Machado! ¡Qué injusto!
Las fotos de la casa del poeta en Segovia las he encontrado en Flickr.














Al forastero le puede confundir un tanto el plano del metro, 
Unas horas antes hemos presenciado la cabalgata que organiza los almacenes Macy’s desde 1929. Por la séptima avenida han desfilado carrozas que arrastraban globos enormes, hinchados la víspera con helio, los cuales representaban a personajes infantiles, iconos nacionales, objetos diversos. (En la fotos se ve al Tío Sam). Las dimensiones de los globos eran más llamativas que su belleza o sus cualidades artesanales, pero las caras de los niños neoyorquinos, enrojecidas por el frío, se iluminaban cuando uno de esos monstruos aéreos se acercaba al punto en el que ellos esperaban junto a sus padres y abuelos.
Uno de los itinerarios obligados para el turista es el circuito que hacen los transbordadores que bordean Manhattan por el río. Los barcos se toman en Battery Park. El recorrido dura tres horas y cuesta unos 20 dólares.
Casi treinta años después de que se estrenara la cinta, yo he visto la ciudad en colores. Algunos días prevalecía el color gris, el de la niebla, pero otros días brillaba un sol que destellaba en el azul del cielo, en el verde de las praderas de Central Park, en las hojas pardas de los árboles, en el amarillo de los techos de los taxis que circulaban por el Village, en los rojos, los rosas y los morados de los tenderetes callejeros de camisetas, gorros y bufandas. 










