sábado, 26 de junio de 2010

Sobre fútbol y campeonatos

El viernes se detuvo ayer a las 8 de la tarde. Las calles se vaciaron y los bares se llenaron de gentes pendientes de las pantallas de televisión. La lluvia golpeaba las calles, pero el sonido de la tormenta no atravesaba los cristales y las cristaleras, tras de los cuales los aficionados jaleaban a los jugadores de la selección, y chillaban cuando uno de los españoles metía un gol.

Curiosa sensación la de quienes no sentimos la pasión del fútbol. Y propicia la ocasión para pasear por una ciudad casi desierta, respirando el aire húmedo que ¡huele tan bien!

Hoy los medios informativos hablan de “héroes”, como si ganar un partido fuera una proeza, inalcanzable para los mortales comunes. Como si los jugadores hubieran contribuido a engrandecer el país o a solventar los problemas que le aquejan. En realidad, supongo que hay gente que piensa que sí, que contribuyen con su “gesta” al progreso de España.

Hace unos días, cuando estaba a punto de iniciarse el Campeonato de Sudáfrica, un medio informativo publicó una encuesta de la que resultó un dato curiosos: el 33 por ciento de los entrevistados opinaron que si España ganaba el Mundial tendríamos más posibilidades de salir de la crisis. ¿Cómo? ¿Por qué? Eso no puedo decirlo yo.

El revés de este triunfo es el malestar de italianos y franceses, que fueron hace cuatro años campeón y subcampeón del mundo en fútbol, porque sus selecciones han regresado derrotadas a casa. Sin pasar siquiera a la fase de octavos. A Sarkozy se le debe haber atragantado el fracaso y a Berlusconi espero que, por lo menos, se le borre la falsa sonrisa de esa cara recauchutada que le ha quedado después de tanta cirugía estética.

¿Qué habría ocurrido hoy si hubiera perdido la selección? Rajoy habría pedido la comparecencia del presidente del gobierno en el Congreso para que diera explicaciones. Y alguno de los “intelectuales” de su partido habría dicho algo así como que “España no va bien”.

Esto me recuerda otra noticia de hace un par de semana, cuando The New York Times equipaba al Real Madrid de Franco con la “roja” de Rodríguez Zapatero. Pero, en mi modesta opinión, hay unas cuantas diferencias entre una cosa y la otra.

A) En tiempos de Franco no había más que una empresa de televisión, controlada por el gobierno y al servicio del dictador. Hoy hay muchas emisoras de televisión, cuyas programaciones atacan, apoyan o ignoran al gobierno. El espectador puede elegir la que desee, puede ver un partido fútbol o ver un documental, una serie policiaca o un debate sobre la crisis económica.

B) En tiempos de Franco no había ni la décima parte de posibles alternativas al ocio que existen hoy en España. Si a uno no le gusta el fútbol, puede leer un libro irreverente, irse de paseo o a ver una exposición, a conversar con unos amiguetes sobre lo mal que va el país o lo penoso que es el comportamiento de los dirigentes políticos que administran la cosa pública.

C). En tiempos de Franco el fútbol definía comportamientos, permitía expresar pasiones, afectos y desafectos, permitía expansiones y opiniones viscerales, no aceptadas en otros asuntos, permitía diálogos y controversias. Hoy día un español puede opinar sobre muchas cosas sin miedo a ir a la cárcel, puede, incluso, mostrarse indiferente o contrario a la competición futbolística sin ser tachado de antipatriota, de insociable o de aburrido. Incluso puede preguntarse cuánto nos cuesta, en un momento de ajustes de sueldos y restricciones en materia social y cultural, tener en Sudáfrica a la selección y a todos sus acompañantes y costear los viajes de los políticos y similares que quieren asistir a los partidos.

Espero que el martes, cuando España se enfrente a Portugal, nadie se olvide de que esto es, solamente, un encuentro deportivo.

sábado, 19 de junio de 2010

Adiós, Saramago

“No basta con que el escritor se comprometa sólo con su texto pues a menudo esto constituye una artimaña para eludir de otro modo la realidad circundante. Debe comprometerse con su palabra en su tiempo y, por extensión, con lo real del mundo en que se halla inmerso”.


Recupero estas palabras de Saramago ahora que se marcha. Él era un escritor comprometido, un hombre que denunciaba la injusticia del mundo que le tocó, las contradicciones de la sociedad supuestamente civilizada, el abuso de los fuertes sobre los débiles. Era un escritor capaz de definir en sus personajes las debilidades del ser humano, sus angustias internas y sus facultades para superar las derrotas sentimentales y físicas infligidas unas veces por su entorno, otras por sus propias carencias, por sus errores y sus ofuscaciones.

Descubrí a Saramago con "Memorial del convento" y "El evangelio según Jesucristo". Fui leyendo, a partir de entonces, todos los libros que él firmaba. He sentido miedo, vértigo, angustia, ternura, coraje, compasión, rabia con sus personajes. He logrado, mejor dicho, Saramago ha logrado que me metiera en su piel y en su corazón.

Es triste despedirse de una persona tan notable, de un escritor admirable. Pero sus libros seguirán estando con nosotros, esperándonos en una estantería cuando nos apetezca recordarlos, releerlos, o recomendárselos a nuestros hijos y a nuestros nietos.

Adiós, maestro. Adiós, Saramago

domingo, 13 de junio de 2010

Nos llevan al desastre

En estos días que se habla tanto de fútbol, el artículo dominical de Moises Naim equiparando la acción de los políticos con el juego de los futbolistas, me parece muy acertado. Dice este señor, licenciado en Ciencias Económicas, con master y doctorado por el Instituto de Tecnología de Massachussets, profesor, director ejecutivo del Banco Mundial y ministro de Comercio e Industria de su país, Venezuela, antes del chavismo, cosas como ésta.

En la dividida España de hoy parece haber solo dos temas en los que todos coinciden. El primero es que es muy posible que el equipo español regrese de Sudáfrica como campeón del mundo. El segundo es que es imposible que los políticos se pongan de acuerdo para darle al país un gobierno de unidad nacional para afrontar la crisis económica.No sé si la selección española ganará el Mundial de fútbol, pero sí sé que sin un gobierno basado en pactos que trasciendan los intereses circunstanciales de los partidos y de sus líderes, España entrará en un prolongado pimpón político.

Yo creo que es evidente lo que dice el articulista: con esta división, con esta forma de hacer política basada en la erosión del adversario, en la guerra sin cuartel, en la discrepancia sin condiciones, lo que van a conseguir nuestros dirigentes es destrozar el país, llevarnos al desastre y a la ruina, perpetuar la crisis y agravarla.
Sigo leyendo a Moises Naim.

En las democracias es normal, y hasta saludable, que la oposición haga lo posible para reemplazar al partido que gobierna. Esto naturalmente incluye negarle el apoyo a sus iniciativas y, en el fondo, apostar por su fracaso. A su vez, el partido de gobierno hace lo posible por excluir, desprestigiar y debilitar a la oposición. Pero cuando los países entran en profundas crisis políticas o económicas lo normal puede ser suicida. Esto lo entendió España antes y mejor que otros. Los Pactos de la Moncloa, que en 1977 sellaron los acuerdos entre fuerzas políticas, sindicales y empresariales para llevar adelante un duro pero indispensable proceso de cambios, guiaron con éxito la transición política y las reformas económicas de España. También fueron un modelo para otros países.

¡Qué tiempos aquéllos, cuando derechas e izquierdas se unían para mejorar las condiciones de una España malparada por cuarenta años de dictadura y aislamiento! Lo recordábamos ayer, viendo el reportaje sobre la adhesión a Europa. Felipe González recordaba la cohesión de todos los partidos, la unanimidad de todos los dirigentes en pro de una causa colectiva. Aquella unicidad dio resultados positivos para el país.

Quizás entonces la clase política era más concienzuda, más inteligente, más idealista, menos avarienta. Quizás todavía no habían ascendido los mediocres a los puestos más elevados del sistema gubernamental, regional y municipal. Quizás las instituciones no eran todavía los nidos de corrupción y de mala gestión que se han descubierto últimamente a lo largo y ancho del país. Y los españoles no estaban tan desencantados que despreciaban a los políticos tanto como hoy ni los consideraban, como indican algunas encuestas recientes, uno de sus problemas más acuciantes. El tercer cáncer de España, después del paro y la situación económica.

Aquí dejo el enlace de Moises Naim.