domingo, 31 de mayo de 2009

Regreso a la ciudad superlativa



Cuando regresas a una ciudad que ya has visitado antes, tienes la posibilidad de reparar en detalles que te pasaron desapercibidos la primera vez, de captar sonidos, olores, formas, costumbres de los que, entonces, sólo percibiste retazos y perfiles que se te han quedado prendidos con alfileres en la memoria. Cuando emprendes la segunda visita, el destino te brinda la ocasión de saborear las esencias del lugar, de repetir experiencias agradables, de cerciorarte de las dimensiones de lo que te sorprendió cuando lo descubriste. De comprobar, además, las mudanzas del ambiente y del paisaje al haber transcurrido los meses y las estaciones.

Es lo que me ha ocurrido ahora, seis meses después de mi primer viaje a Nueva York, la ciudad superlativa. He regresado con una temperatura primaveral, un equipaje más ligero y unas ganas enormes de deambular por las calles que no he dejado de contemplar en fotos, en mapas, en historias desde mucho antes de la primera visita. Desde hace ahora un año exacto.


Nueva York es una ciudad donde la diversidad es la norma y lo excepcional no consta como tal. Para el turista, es difícil sentirse incómodo en la gran urbe. En cuanto sale a la calle, le resulta fácil integrarse en las muchedumbres que circulan por las avenidas (aunque los residentes caminan casi siempre con más prisas que el visitante), entenderse con los comerciantes que le ofrecen sus mercancías o sus servicios, con los camareros de los restaurantes y las tiendas de alimentación que se multiplican en los bajos de los majestuosos rascacielos.

Nueva York es una ciudad que admite con liberalidad a todo el que llega hasta ella, sea turista o estudiante, emigrante en busca de empleo, persona de negocios, artista, investigador, peregrino sin meta.

Esta vez, sin frío y con el día alargándose hasta cerca de las nueve, hemos vuelto a subir al Empire, a cruzar el puente de Brooklyn, a pasear por Central Park, a comer en Chinatown, a contemplar la zona cero… Os lo voy contando poco a poco desde aquí.

Foto 1: Domingo por la mañana en Times Square. La gente hace cola para comprar entradas de precio reducido para la sesión del día. En las gradas, algunos jóvenes se sientan a comtemplar el panorama publicitario.
Foto 2. Vista desde el Empire State Building a las 6 de la tarde. En el centro de la imagen, donde se cruzan Broadway y la Quinta avenida, está el edificio llamado Flatiron.

viernes, 29 de mayo de 2009

Breve saludo

Después de unos días de desconexión, entro aquí unos momentos para enviar un saludo a quienes por aquí habéis pasado durante mi ausencia, para agradeceros vuestros comentarios y aseguraros que no, no me he olvidado de vosotros, ni mucho menos. Es difícil olvidar a los amigos, aun a los que no se les ha visto nunca la cara, cuando su afecto e interés rebasa la pantalla fría de un silencioso monitor.

He hecho fotos para enseñaros y tomado apuntes para contaros impresiones y sorpresas. Pero no los he "procesado" todavía. Mientras lo hago, me daré unos cuantos paseos, unos por vuestros blogs y otros por la feria del libro que hoy se estrena en el parque del Retiro de Madrid.

Si estáis en Madrid, os aconsejo que os deis una vuelta por el Retiro. Merece la pena acercarse a los libros, a los miles de libros que allí se exponen. Y si queréis informaros de la feria, de su historia y de sus carteles a lo largo de casi ochenta años, os dejo un enlace con el blog Ciberculturalia, en el que se dan detalles al respecto.
Y otro con la página web de la propia Feria del Libro 2009.
¡Nos vemos!

lunes, 11 de mayo de 2009

Yasmina Khadra

Conocemos casos de mujeres que han adoptado un pseudónimo masculino para publicar sus libros sin restricciones. Amandine Aurore Lucie Dupin firmaba como George Sand y Cecilia Bölh de Faber se disfrazaba con el nombre de Fernán Caballero. También había mujeres que escribían para sus maridos, como María Lejárraga, cuyas obras de teatro siempre firmó Gregorio Martínez Sierra sin ningún tipo de pudor. Pero hoy voy a referirme a un caso opuesto, al de un hombre que publicó durante varios años sus novelas con un pseudónimo femenino: Yasmina Khadra.

Mohammed Moulessehoul, nacido en el Sáhara argelino en 1955, amaba la literatura desde su adolescencia, pero su padre le empujó hacia la carrera militar y hubo de conformarse con escribir cuando su oficio se lo permitía. Entre 1984 y 1989, Moulessehoul publicó sus primeras novelas utilizando su nombre auténtico. Pero en 1990 decidió esconder su identidad para publicar en francés una novela policiaca: El loco del bisturí. Con un nombre que le tomó prestado a su esposa, Yasmina Khadra podía denunciar la terrible realidad de su país, donde tanto el gobierno como los integristas islámicos estaban causando muchos daños y muchas muertes entre la población.

Las siguientes novelas, también en francés, llamaron la atención de los críticos por su crudeza y sus méritos literarios. De las seis novelas correspondientes a este periodo, acabo de leer “Los corderos del señor”, una novela en la que se narra la desgracia de una aldea argelina en la que se hacen con el poder los fanáticos religiosos. Khadra describe con rasgos precisos y certeros a los vecinos del pueblo, gentes sencillas que han ido prosperando o languideciendo entre las modestas callejuelas, labrando vidas que se parecen bastante a la de las gentes sencillas de otros países de cualquier continente.

La toma de la alcaldía por los seguidores de un jeque fundamentalista origina una sucesión de matanzas entre el paisanaje. Todo el que discrepa, el que critica o no adula a los nuevos mandatarios acaba desapareciendo o con la cabeza cortada. El lector nota la tensión a medida que va adentrándose en la narración, nota desazón, ira, rabia por tantas muertes de inocentes. Supongo que eso es lo que Mohammed Moulessehoul pretendía cuando se ponía delante del papel o de la pantalla del ordenador.

En el año 2001 Yasmina Khadra reveló su verdadera personalidad en un libro titulado precisamente “El escritor”. En sus páginas cuenta su enclaustramiento en una escuela militar siendo un niño todavía, su difícil adolescencia y el motivo por el que acabó convertido en soldado. El mundo se quedó perplejo cuando le vio la cara a quien se suponía que era una mujer corajuda, que escribía de incógnito. Algunos le tacharon de impostor al novelista. Pero Mohammed Moulessehoul ha seguido escribiendo, ahora desde Francia, que es a lo que, desde que era un chiquillo, deseaba consagrarse.

jueves, 7 de mayo de 2009

Viajando desde casa

Las barreras geográficas son apenas una cortina de aire que las nuevas tecnologías agitan cuando tú mueves los dedos. Las horas que tardarías en recorrer los miles de kilómetros que te separan de una persona querida, que habita en otro continente, se hacen segundos cuando entras en la red y tecleas en google maps el nombre de la ciudad, del barrio en el que reside el ausente.

Puedes ver la población desde el aire, como un pájaro o el tripulante de un satélite. Puedes ver la configuración de sus calles, los tejados de sus edificios, la frondosidad de sus parques, la línea del río que atraviesa su núcleo, la ubicación de sus zonas industriales...

En algunas ciudades importantes puedes también pasear por las calles gracias a un pequeño individuo, de tonalidad dorada, que te permite que le arrastres hasta la plaza o el callejón que tú decides. Puedes circular por la calzada en sentido inverso a los coches, puedes detenerte ante un edificio para contemplar los locales comerciales, la fachada, la disposición de los balcones. Puedes examinar los escaparates de los comercios, calibrar la distancia hasta el más cercano acceso del tren subterráneo, puedes buscar cabinas de teléfono, puestos de periódicos, tiendas de abastecimiento...

No es lo mismo que viajar trasladando tu cuerpo, pero esta es una manera de conocer el mundo cuando no tienes vacaciones o no dispones de dinero suficiente para costearte una larga estancia en la otra punta del mundo, cuando quieres saber dónde vive un amigo, cuando sientes nostalgia por esa persona que se marchó hace ya unos meses....

También vale este método para escritoras audaces, como esa amiga que vive en Getafe y está preparando una novela cuyos protagonistas viajan por los cinco continentes. A ella, a Proyecto de escritora, le aconsejo este método para pintar sus escenarios y los recorridos de sus personajes.

Hay otras páginas de internet que te desplazan hasta lugares distantes. A mí me enviaron el otro día este enlace, (que hoy también me manda Selma, que sabe de mi afición a ella) para conocer y disfrutar de Nueva York desde el aire. Es mejor ir en avión y pisar el suelo americano, insisto en que lo sé, pero hasta que llegue la fecha de la partida podemos contemplar esa ciudad increíble sin trabas y sin tiempos.

Allá vamos, Nueva York

domingo, 3 de mayo de 2009

Aquellos domingos

El domingo es el mejor día de la semana, porque no hay clase y los niños no tienen que madrugar. El domingo es un día divertido aunque a veces, cuando el invierno se asienta en la ciudad y el ocaso se precipita al poco rato de terminarse la comida, la tarde se torna de una melancolía insoportable.

Por la mañana, el primero que se despierta espabila a los demás. En unos minutos se reúnen todos en las literas de las niñas para jugar a las familias numerosas con todos los muñecos de la casa. La sesión podría ser interminable porque siempre hay quien inventa una nueva proeza, un conflicto, un diálogo entre los personajes de plástico. Pero hay que hacer una pausa en el argumento porque mamá entra en el dormitorio y requiere a los críos para que desayunen, se laven y se vistan.

A las doce hay que estar en la iglesia para oír misa. Es una cita ineludible, una obligación semanal que los niños, aunque se aburren, se despistan y se fatigan durante cuarenta o cincuenta minutos, todavía no pueden esquivar. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que algún día, cuando crezcan unos centímetros , podrán dejar de acudir a la misa dominical. Esa posibilidad no cabe entre los pensamientos que les inculcan a fuerza de rezos, consignas y sermones, en el colegio a diario.

Al salir del templo, rodeados por una legión de feligreses, que suelen repetirse cada semana, la calle parece más luminosa que antes de la reclusión. Aunque esté lloviendo o haga frío. Seguramente esa sensación de luz se la produce a los niños saber que su destino inmediato es el quiosco, donde papá comprará los ejemplares de todos los tebeos que les gustan. Pulgarcito, TBO, Pumby, Telecolor… Oliendo a papel sin tocar y a tinta fresca, los tebeos pasan de las manos de la quiosquera a las de los niños, que los agarran con un entusiasmo difícil de controlar. Ha de intervenir papá para que retrasen la lectura hasta llegar a casa, porque al domingo todavía le quedan muchas horas por delante. ¡Es tan difícil esperar!

A los niños les parece estupendo no madrugar ni ir al colegio, jugar con los muñecos en la cama revuelta, comer con los tíos y los abuelos en la gran mesa de la casa, ver los programas infantiles en el televisor recién comprado… pero lo mejor del domingo son, sin duda alguna, los tebeos. Los magníficos tebeos que, años después, papá encuadernará en grandes tomos que los niños, que habrán crecido ya, seguirán leyendo y releyendo, a pesarde haber encontrado nuevas diversiones, a pesar de que la vida se les ha complicado con los estudios y las amistades, a pesar de que se han marchado de casa y han tenido hijos, niños que han nacido a la sombra de las nuevas tecnologías pero que también dedicarán algún rato a leer los viejos tebeos de sus padres cuando visiten la casa de los abuelos. Tebeos de hojas arrugadas, de tinta marchita, de pastas sobadas...

¡Benditos sean por siempre los tebeos!