jueves, 23 de abril de 2020

Más libros, por nuestra salud

Mi querido amigo Vicent me envía una ilustración para felicitarnos por el Día del Libro. Me prometo a mí misma, una vez más, que tengo que pasar un 23 de abril en Barcelona. O en Valencia.

¡Qué buenos compañeros son los libros! Compañeros leales en circunstancias adversas, en retiros y convalecencias, colegas de viajes, de trayectos y de vacaciones; cómplices en los ratos de soledad y de apartamiento, con sus poderes analgésicos y estimulantes, con su capacidad para hacernos reír, llorar, soñar y olvidar. ¡Cómo enriquecen la vida!

Al comenzar la temporada de encierro casi todos nos propusimos dedicar más tiempo a la lectura. Sacar por fin de la estantería el libro que teníamos pendiente o recuperar alguna obra maestra que leímos años atrás. ¿Lo hemos hecho?

Mis amigas lectoras sí lo hacen. Cada día envían al grupo comentarios de los libros que están leyendo o releyendo, párrafos e ideas que deseamos compartir personalmente cuando podamos regresar a la biblioteca en la que nos reunimos una vez al mes.

En la radio o en las redes encuentro respuestas menos positivas. Hay personas que están tan  atareadas con las actividades  que se consideran propias del confinamientos que no les sobra un rato para la lectura. El trabajo a distancia, las clases de los niños, la hora de gimnasia, los espectáculos on line, la revisión permanente de las noticias en la prensa digital o en la televisión, el horneado del pan o las galletas, la preparación del atuendo para salir a comprar alimentos, esas tareas les dejan sin un par de minutos para abrir un libro. 

Otras sí tenemos tiempo para leer porque hemos renunciado a hacer pan en casa (lo que nos evita también ir de tienda en tienda buscando harina o levadura, productos que escasean en los comercios de Madrid), no nos hemos apuntado a un cursillo de artesanía por ordenador y, sobre todo, hemos reducido el periodo dedicado a la información y el número de medios digitales que consultamos. Porque no, no es saludable tener toda la santa mañana encendida la televisión para escuchar el griterío de los políticos y los tertulianos sempiternos emitiendo opiniones que no se basan ni en su cualificación científica, ni en la multiplicidad de sus fuentes, ni en su ecuanimidad o filantropía.

No es sano leer en la prensa titulares que son mensajes de odio, frases escandalosas de personajillos que jamás han optado a un puesto de trabajo por méritos profesionales o académicos, que siempre se han ganado la paga por su adhesión o su afiliación a un partido con mando en plaza. 
No es higiénico ni para los ojos ni para el alma ver caras crispadas, escuchar bulos e insultos, consignas malévolas que más que a derrotar al adversario, lo que consiguen es azuzar la incertidumbre, el temor, la desazón de la gente de a pie.

Así que en vez de estar pendientes de las declaraciones y pronósticos de tipos y tipas que deben haber leído pocos libros en su vida (algunos, quizás ni los de la carrera de la que ostentan un título), por nuestra salud, es mejor prescindir de tanta noticia y concentrarnos en la lectura, sea una novela, un relato fantástico, un ensayo de historia, un poemario, un comic, un tratado de arte... Lo que sea.

Feliz Día del Libro.... con libros.

miércoles, 22 de abril de 2020

Calleja y Sepúlveda

Las estadísticas son abrumadoras, las cifras de contagiados y fallecidos no han parado de crecer desde el mes de marzo, aunque el ritmo se haya ralentizado en nuestro país. Siguen enfermando y muriendo demasiadas personas. En España y en todo el planeta. Pero las cifras, esos números terribles que manejan algunos voceros como arma política, para las gentes de a pie se concretan en nombres y parentescos concretos. En los nombres exactos de los fallecidos, sean de nuestro entorno, sean de allegados de nuestros amigos.

Lo decía Angels Barceló esta mañana: le ponemos nombre a las estadísticas: la madre de tal, el padre de cual, el amigo del pueblo… O el compañero que estuvo trabajando hasta que el maldito virus le envió a un hospital donde ha estado veinte días peleando por su vida. Ese compañero es José María Calleja, un buen periodista (que los hay, entre tantos buitres carroñeros de la prensa, hay muy buenos periodistas). Calleja era un hombre con fina ironía y gran capacidad crítica, un ser humano que estuvo hasta el último momento alabando a los trabajadores que le estaban atendiendo en su enfermedad, contaba su compañera de tertulias matinales.

El maldito virus se está llevando a muchos hombres y mujeres a quienes no les tocaba marcharse todavía. Algunos tan activos y comprometidos como el periodista Calleja. O como el escritor chileno Luis Sepúlveda, que falleció el día 16 de abril en Asturias, la tierra en la que había asentado su residencia tras escapar de la dictadura de su país, después de mes y medio de ingreso hospitalario.

Tampoco les tocaba irse a muchos de esos abuelos y abuelas de las residencias de todo el país. En Madrid han fallecido, más o menos, porque los datos siempre son dudosos (no sé si por ineptitud o por manipulación) casi 5.300. En Cataluña cerca de 3000. Los juzgados están admitiendo denuncias de los familiares de los fallecidos y de los alcaldes de algunas poblaciones muy afectadas. No son estas las primeras denuncias contra estos establecimientos en los que el negocio, parece colegirse, importa más que el cuidado de esas personas que ya no pueden valerse por sí mismas. Personas que merecerían de la sociedad, autoridades y paisanos, afecto, comprensión, cariño, dedicación, agradecimiento.

Porque a los ancianos, a esos mayores que han tenido una vida sencilla y laboriosa, de sacrificios, de esfuerzos, de mejoras y desatinos, (como la de tantos de nosotros), les debemos lo que somos y lo que tenemos, lo bueno, lo malo y lo regular. La existencia, el crecimiento, el aliento, los avances sociales... Todo
Ellos son ahora lo que nosotros seremos dentro de unos años. ¿Podríamos meternos en su piel por unos instantes?

De Luis Sepúlveda nos queda su voz y sus libros, que lo hacen inmortal.  

martes, 21 de abril de 2020

Tiempo de libros

Esta es la semana del Libro. La gran fiesta de los libros que tiene su punto culminante el 23 de abril, fecha del fallecimiento de Miguel de Cervantes. El día se celebra en todos los rincones de España con actividades muy diversas relacionadas con la literatura: desde la gran feria de las Ramblas de Barcelona hasta los dibujos de los personajes cervantinos realizados por los alumnos de las clases infantiles de cualquier escuela del país.

Este año no habrá ventas masivas en las calles, no habrá encuentros con los autores de moda, no habrá lecturas colectivas de El Quijote. Pero el encierro no nos impedirá hablar, elogiar, recomendar libros. Y leerlos, por supuesto.

En este periodo de bibliotecas y librerías cerradas, podemos explorar nuestras estanterías. Seguro que en ellas encontramos una novela, un tratado de historia, un poemario, una colección de relatos que, aunque lo leímos hace ya unos años, nos apetece volver a leer. Igual tenemos un libro que compramos justo antes del confinamiento, o que nos regalaron en navidades y estaba a la espera de que nos sobrara un poco de tiempo libre para abrirlo.También están los títulos clásicos, los libros que nuestros hijos usaron en el colegio. Y esos libros escondidos detrás de los más modernos de los que no recordamos ni cómo ni cuándo cayeron en nuestras manos.

Es el momento de leer y releer. La imposibilidad de salir a la calle a pasear, de citarnos con los amigos para disfrutar de la primavera, de acudir a un acto social o cultural, las horas que ahorramos en los trayectos ahora que trabajamos en casa, la estancia prolongada en el hogar nos proporcionan una dosis mayor de tiempo libre que no debe convertirse ni en ratos de aburrimiento ni en parálisis personal.

Es tiempo de libros.
Sea cual sea el género elegido, sean cuales sean nuestras aficiones o preferencias,  con un libro entre las manos (de papel o electrónico, los dos valen) no sólo matamos el rato, sino que disfrutamos, aprendemos, soñamos, viajamos, descubrimos, nos emocionamos, nos enfadamos, nos reímos.

Con un libro las horas de encierro son más livianas y el espacio de nuestra habitación puede convertirse en una selva, un castillo, una playa, una cueva, un vagón de tren que atraviesa el desierto o la cápsula de una nave que se ha disparado hacia otro planeta.


lunes, 20 de abril de 2020

Contando los días

Imagino un calendario de pared, los números de la fecha en caracteres grandes y color negro. Imagino la punta espesa de un rotulador marcando sobre ellos un aspa roja. El lunes ya está tachado. Quedan seis días para que la niña o el niño que ha marcado el calendario pueda salir a la calle.

Imagino los nervios de esos críos que ya llevan cerca de cuarenta días metidos en casa. ¡Qué ganas de que llegue el próximo lunes! ¡Qué ganas de comprobar lo que ha pasado por ahí abajo mientras ellos estaban encerrados entre cuatro paredes y el maldito virus se paseaba por las calles y plazoletas de  su barrio! ¡Qué ganas de ver a los amigos!
Pero por muy grandes que sean esas ganas, las criaturas, que están muy concienciadas respecto a la situación de peligro que vive el planeta entero, saben que ni van a encontrarse con sus amigos, ni van a ir al parque a montar en los columpios ni van a poder separarse del padre o de la madre cuando salgan de paseo.

La presencia de niños borrará la pátina de tristeza y desolación que pinta las calles madrileñas desde que saltaron las alarmas. Una ciudad sin presencia infantil es un escenario lúgubre, es como una estampa sin futuro.

Pero ¿y qué pasa con los mayores? A los de cierta edad las puertas no se les/nos van a abrir hasta más adelante. Incluso en algún artículo se apuntaba que convendría dejar a los abuelos en casa hasta finales de año. ¡Qué locura!  ¡Encerrados sin caminar, sin ir al parque, sin ir a la compra, sin tomar el sol, sin ver a los amigos! Eso sí que puede acabar con la salud, la física y la psicológica, de cualquiera.
Por otra parte, si los mayores no pueden salir de casa  ¿quién irá a buscar a los niños a los colegios cuando se reabran las aulas? ¿Quién les dará la merienda? ¿Quién irá a las visitas culturales por las calles, a las exposiciones, al cine, al teatro cuando se reanuden?

Mi amigo Ángel hace unos días decía que sin los viejos roqueros el país está perdido. O echado a perder, las dos cosas me valen.

Y hablando de gentes de edad, sopesemos con Serrat el día de hoy, 20 de abril.

domingo, 19 de abril de 2020

Sexto domingo

Domingo de abril. El sexto domingo de confinamiento.
¿Por qué los domingos son más difíciles de sobrellevar encerrados que los lunes o los miércoles?

No, no se trata de que otros días estemos ocupados con el trabajo a distancia o con los deberes de los niños. Yo creo que la rebelión interna contra el encierro que sentimos hoy, al menos yo así lo siento, es porque el domingo es el día de salir, de visitar un museo, de tomar el aperitivo en la plaza, de caminar por el paseo del Prado o por la calle Fuencarral, que están cerrados al tráfico de coches durante la mañana, es el día de ir a comer con la familia, de ir a una exposición al aire libre, a un espectáculo singular, a un evento callejero.

El domingo es el día de salir. Y este es el sexto domingo de este año que no podemos salir.

Probablemente, dentro de tres semanas acabará el periodo de confinamiento. Se nos permitirá salir a la calle. Lo triste es que las costumbres sociales y culturales no se restablecerán hasta más adelante. Va a estar complicado tomarte un café con una amiga en un bar, pero más aun complicado va a ser acudir al cine, al teatro o a una sala de exposiciones, porque su reapertura no está de momento anunciada. Este verano quizás no se celebren festivales de teatro, conciertos, fiestas populares....

Pero que a nadie se le ocurra decir que la cultura es un elemento prescindible en nuestra vida cotidiana. Quizás estén cerrados los escenarios de cultura viva pero si no fuera por las películas que vemos estos días, por los libros que leemos, los espectáculos teatrales que se nos ofrece desde webs ligadas a entidades oficiales o empresas de promoción cultural ¿cómo soportaríamos el encierro?


sábado, 18 de abril de 2020

Los que limpian las calles

El tipo que fuma en el edificio de enfrente, bajo el umbral del balcón, arroja la enésima colilla de la jornada a la calle. Nunca se asoma a mirar si pasa alguien por la acera antes de arrojar los restos de sus cigarrillos.
Junto al portal del inmueble hay docenas de colillas que permanecerán ahí hasta que vuelva a pasar el servicio de limpieza urbana.

No voy a hablar de cuánto me irrita la falta de escrúpulos y de educación de este individuo, ni de la posibilidad de que en uno de estos lanzamientos a ciegas la colilla le caiga en la coronilla a un vecino. La acción de este tipo me hace pensar en el desprecio que tantas veces demostramos (voy a generalizar, aunque este sea un caso de cero patatero en convivencia ciudadana) a la labor de las mujeres y hombres que limpian la ciudad.

Los vemos en tiempos ordinarios dando escobazos a las baldosas de las aceras, los vemos recogiendo cartones que no se han introducido en el contenedor, bolsas de restos que se han depositado en los alcorques, los vemos vaciando papeleras, conduciendo camiones ruidosos, arrastrando los cubos comunitarios.... pero no somos conscientes de lo valiosa que es su tarea hasta que, rara vez, se declaran en huelga y la ciudad se llena de basura.

¿Les estamos agradeciendo ahora que sigan trabajando para que las calles sigan transitables? ¿Les estamos aplaudiendo?

En ciertos vídeos institucionales se envían mensajes de gratitud a sanitarios, a bomberos, a policías, a soldados, a voluntarios, a conductores de autobuses, pero no hay ninguna imagen de un señor o una señora barriendo una calle o agrupando cubos de basura junto a un camión de recogida.No hay un mensaje de agradecimiento a los que limpian.
Sé que son muchos los colectivos que no han parado de trabajar para que la ciudad siga funcionando mientras la mayoría permanecemos encerrados. Pero hoy el gesto ensuciador del fumador de enfrente me hace valorar aún más la tarea de quienes nos siguen limpiando las calles.

Al tipo de enfrente le debían llevar una semana a barrer las calles que ensucian personas tan poco saludables como él.

viernes, 17 de abril de 2020

Pájaros

Los pájaros visitan al psiquiatra, cantaba Sabina en aquel Madrid bullanguero de los ochenta, década de luces y de sombras, de genialidades y de  miserias, cuyo recuerdo nos conmueve todavía porque teníamos poca edad, unos cuantos proyectos, muchos sueños y un ansia enorme de avanzar por el camino democrático apenas emprendido un lustro antes.

Esta primavera, los pájaros de Madrid no necesitan visitar al psiquiatra porque la ciudad se ha convertido en territorio pacífico, exento de humos y estruendos, un bosque de asfalto y cemento que pueden sobrevolar sin riesgo ni sustos. Ni siquiera les molesta ya el rumor de los aviones que cruzan los espacios superiores.

No sé cuantos pájaros habrán desaparecido de los parques y jardines desde aquellos años en los que Sabina cantaba los desequilibrios psíquicos de las aves de Madrid. Los datos que he encontrado son a escala nacional: En las últimas dos décadas han desaparecido 95 millones de pájaros de nuestros cielos, informaba Antena3 el pasado mes de noviembre.

La SEO/BirdLife, la Sociedad Española de Ornitología avisa: están desapareciendo especies y si el entorno continúa siendo tan agresivo para las aves, en unos años no va a volar ni un gorrión sobre nuestros tejados.

Durante estos días de encierro y atmósfera limpia, he oído comentarios de vecinos y amigos, sorprendidos porque han oído trinos desde sus ventanas. Y han visto surcar el cielo bandadas de pájaros que se unían y disgregaban, como si estuvieran pintando en el aire un mensaje de libertad. ¿Qué ha ocurrido? ¿Es que han vuelto las aves a la ciudad o es que antes no nos parábamos a escucharlas o no nos asomábamos a la ventana a contemplar el cielo?

Ahora que las avecillas no bajan a las aceras a comerse los trocitos de patatas fritas que se quedan en las mesas de las terrazas de los bares, ahora que no hay en los parques niños que abandonan los restos de su bocadillo en un banco ni abuelas que derraman migas duras en las aceras, los pájaros tienen la audacia de posarse en las terrazas donde una amiga ha dejado para ellos unos cuantos trozos de pan.

¡Qué gusto verlos danzar tan cerca! Ojalá no desaparezcan nunca los pájaros de Madrid.

 



Fotos: Lydia

jueves, 16 de abril de 2020

Ciudad azul

Te deslumbran el color azul del cielo y el fulgor de la nieve de la sierra lejana. Pocas veces has contemplado una estampa tan nítida desde la ventana. Y la disfrutas unos momentos, aunque la ausencia de la nube tóxica no es el resultado de las acciones saludables de autoridades y ciudadanos, del compromiso humano con el medio ambiente, sino del encierro y la inmovilidad a que nos ha condenado el maldito virus.

A estas horas de la mañana de abril, si no hubiera aparecido el virus, estarías en el centro de esa ciudad extensa que ahora observas desde una habitación de tu casa. Estarías metida en una sala de luces artificiales, en el seno de uno de los edificios más bellos de Madrid. Quizás habrías salido a tomar un café con una amiga a la que estarías contando detalles de las recientes vacaciones en la tierra de la que viniste. O planificando la tarde para compaginar el cuidado de los niños con alguna de las actividades personales en las que vuelcas tus días.

Pero estás en casa, confinada. Y aunque a ratos sientes el agobio del encierro, de la imposibidad de salir a pasear o de citarte con las amigas del barrio, te sabes afortunada por compartir la jornada con dos compañeros mágicos, dos personas capaces de hacer de la vida cotidiana un juego permanente,  que a veces será caótico, pero que siempre considerarás un juego fabuloso y apasionante.

Me deslumbra a mí también el cielo azul, el blancor de la nieve que permanece en los picos de la sierra porque abril no está siendo cálido y el sol no ha derretido aún las capas más recientes de las nevadas.

Esta ciudad que contemplamos juntas, ciudad compacta y milenaria, ciudad múltiple y enrevesada, con sus perfiles modernos y sus torres descollantes, es ahora tu ciudad y la sientes como tal porque en ella está tu hogar y en ella crecen tus compañeros mágicos.

Hoy su color azul es una especie de tributo al cielo luminoso de la tierra de la que viniste.
(Foto. AMC)

miércoles, 15 de abril de 2020

Cosecha de bulos

Bulo: Noticia falsa propalada con algún fin, según la Real Academia de la Lengua.
Bulo: trola, mentira, embuste, camelo, engaño, bola, chisme, cuento, paparrucha, filfa, infundio, patraña, según el diccionario de sinónimos de wordreference.

La cosecha de bulos, que nunca ha sido escasa y menos en el siglo de la difusión inmediata de los mensajes a través de las redes, parece haber crecido desmesuradamente en estos tiempos de confinamiento. Aprovechándose de la situación, de que estamos más enganchados que nunca a nuestros dispositivos, buscando información y, sobre todo, contactando con los amigos y familiares a quien no podemos ver en persona, los propaladores habituales no paran de sembrar bulos que, con la ayuda de sus leales, crecen, se expanden, vuelan y envenenan a quienes se los tragan y a quienes se atragantan con ellos.

Uno de los últimos difundidos es que el gobierno (supongo que el central, ¿o también los regionales y municipales de signo distinto a los propaladores ?) nos vigila a través de whatsapp para neutralizar los mensajes de sus detractores. El gran hermano en nuestro móvil, herramienta tan importante ahora  para trabajar, para saber de nuestra gente, para colaborar en un proyecto del barrio, para recibir las tareas de los escolares...

Hay quienes dicen que de esta crisis, que nos ha pillado desprevenidos e inermes, vamos a salir "mejores", con mayor calidad personal. Eso dicen los optimistas. Y lo cierto es que estamos viendo constantemente ejemplos de generosidad, de connivencia y de comprensión en nuestros vecindarios, estamos sintiendo más intensamente los afectos familiares y el apego social, estamos dándonos cuenta de lo que realmente nos importa y lo que nos es prescindible, estamos sacando fuerzas de no se sabe dónde para no doblegarnos cuando el dolor, la pena y la claustrofobia nos abruman, para animar a los allegados que padecen la enfermedad, que han perdido el trabajo, que no saben qué futuro les aguarda. Si todo eso es mejorar como seres humanos, quizás tengan razón los optimistas.

Pero luego conectas la televisión o abres una página de información y empiezas a leer improperios, descalificaciones, enfados, acusaciones ... Y bulos, muchos bulos. Así que no te lo crees. Eso de que vamos a salir mejores no te lo crees.

El espectáculo político y mediático (me refiero a esos popes de la información que lo saben todotodotodo y que tienen largas horas matinales para desgranar sus sesusdas opiniones) es deleznable en esta temporada de crisis. Mentiras y mensajes de crispación, consignas de odio y de alarma, bulos que nos hacen dudar de que todo esto, el sacrificio personal, económico y social que estamos haciendo esté sirviendo para algo.

¿No nos podrían dar un respiro esos personajes tan sabihondos, tan patriotas? ¿No podrían dejar a un lado la crítica sin argumentos, las descalificaciones zafias, los insultos maleducados, toda esa palabrería que no sirve más que para inculcar la rabia y acrecentar el miedo en la audiencia?
Las críticas para subsanar errores y ayudar a salir de esta situación, sean bienvenidas. Las críticas y bulos para demoler al adversario y ganar votos, ahorrénsela, por favor, que no está el patio ahora para discusiones venezolanas, quejas de adolescentes desdeñados ni engañifas venenosas.

Y si no son capaces de guardar la compostura, por favor, métanse en sus casas y confinense. (Sin salir a caminar por la urbanización, por supuesto)