domingo, 30 de agosto de 2009

Reconciliación

En julio se cumplieron 43 años de la asonada franquista. Todavía sin recuperar los restos de los fusilados por la revancha nacionalista, todavía sin rendir el merecido homenaje a muchos de los que murieron por el simple hecho de pensar en clave republicana o de izquierdas,. Todavía sin dejar de escuchar los berridos de quienes se empeñan en pasar las páginas de la historia sin leerlas ni comentarlas.

Han pasado 43 años y todavía hay gente empecinada en no permitirnos decir que la guerra fue ilegal, que fue un golpe de estado contra la voluntad popular, contra un régimen establecido con la legitimidad que dan las urnas, que fue una aberración y una masacre en la que no cabía ninguna razón sino tan sólo la fuerza de las armas.

Todavía hay gente que no ha podido enjugar sus lágrimas y decir, sin que nadie se burle o intente hecerle callar, que su padre, su abuelo, su hermana, su prima o su amigo era una persona honrada que no merecía la muerte. Que sus asesinos fueron unos delincuentes.

Pero también hay muchas voces que claman por los muertos y los desaparecidos. Y hay pueblos españoles que quieren devolverles su buen nombre y decirles a sus sucesores que lamentan la pérdida de aquellos vecinos. Fue el caso de Villalpando, un pueblo de Zamora, situado a 239 kilómetros de Madrid, donde el día 4 de julio se celebró un homenaje a 28 vecinos muertos, víctimas de la guerra civil.

El historiador José Álvarez Junco leyó un discurso, que unos días después se reprodujo en el periódico El País. Yo quiero conservar esas palabras y compartirlas con quien pase por aquí. Porque son una lección de civismo, de respeto y de decencia.

"Éste es un acto de homenaje hacia aquellas víctimas y, por tanto, simbólico por encima de todo. Queremos proclamar en voz muy alta, delante de todos, que un grupo de vecinos de este pueblo -veintiocho, según ha investigado Agapito Madroño- sufrió una muerte violenta que de ninguna manera merecía; y queremos decir a sus familias, que no sólo vieron morir a un ser querido sino que soportaron más tarde el oprobio y la humillación, que aquello fue también injusto porque no eran culpables de nada".

"Queremos declarar aquí, en nombre del pueblo entero, que ellos, y desde luego sus familiares muertos, fueron y son seres dignos, dignísimos, y que tienen derecho a caminar con la cabeza bien alta. Si alguien debe sentir vergüenza somos los demás, por haber tardado tanto en rendirles este homenaje, al que estábamos obligados desde hace mucho tiempo. Estamos aquí, en suma, todos -o deberíamos estar todos-, para comprometernos seriamente a que hechos de este tipo no se repitan. Nunca más una guerra civil como aquélla."

"Por estas razones, éste de hoy no es un acto exclusivo de los familiares o los simpatizantes de ciertas tendencias políticas, las derrotadas en 1939. Es importante resaltar que este homenaje ha sido refrendado por unanimidad en el ayuntamiento. Somos todos los que debemos sellar la reconciliación, reconociendo que se cometieron brutalidades por ambos lados. Por ambos, y no sólo por uno, como proclamó el franquismo, que homenajeó, y mucho, a sus "caídos por Dios y por España".

Nota: Dedicado a Navegante rojo, que dice en su blog que "no hay futuro sin memoria". El recuerdo de los que se fueron antes de tiempo no puede caer en el olvido al que le condenaron los que no respetaron la vida ni la dignidad de quienes no pensaban como ellos.

viernes, 21 de agosto de 2009

Detectives de novela

El cine americano les dio facciones y modales a los detectives y policías de las novelas negras que se leían en las primeras décadas del siglo XX. En la memoria colectiva de lectores y espectadores, el rostro de Humphrey Bogart está asociado a la figura de Sam Spade, el detective privado que protagoniza "El halcón maltés”. uno de los clásicos del género. Dasshiel Hammett escribió la novela, que se publicó en 1930. Y John Huston dirigió la película basada en su trama, en 1941.

Sancho Bordaberri, sin embargo, no tiene esa referencia física cuando en 1944 decide investigar la tragedia que ocurrió en Guetxo diez años antes: Leonardo Altube fue encadenado a una roca junto a su hermano gemelo, Eusebio, y murió ahogado cuando subió la marea. La intervención de algunos vecinos salvó a su hermano del mismo final. Sancho, que regenta la librería del pueblo, es el protagonista de la novela “Sólo un muerto más”, (Tusquets, 2009), firmada por el escritor Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923).

Apasionado del género negro, Sancho ha leído todas las novelas que se acumulan en una sección especial de su librería y ha intentado seguir los pasos de los autores que las escribieron. Su carrera literaria, empero, ha fracasado antes de iniciarse: las editoriales han rechazado, una tras otra, las dieciséis novelas que el hombre les ha enviado con el afán de verlas publicadas. Sancho no se rinde. Si no puede emular a los autores de las novelas policíacas, se convertirá en uno de los personajes que pululan por sus páginas. Así surge Samuel Esparta, la versión local de Sam Spade.

Como tres siglos antes un hidalgo de la Mancha, Sancho actúa según las pautas de comportamiento aprendidas de sus héroes literarios. El detective de Guetxo se mete en la piel de esos individuos osados y tenaces, intuitivos y arriesgados que crearon los clásicos del género. Y bajo su atenta mirada va descubriendo el misterio que durante diez años ha quitado el sueño a sus paisanos.

Sancho es un personaje simpático para el lector. Su lealtad a esos tipos hieráticos y aparentemente duros, en los que se inspira cuando duda o se atemoriza, provocan una mezcla de ternura y de admiración, en la que también caben la complicidad y el buen humor.

Me pregunto, sin embargo, cómo habría actuado Sancho si sus ídolos no hubieran sido los personajes de Dashiell Hammet, de Raymond Chandler o de Erle Stanley Gardner, sino los que nacieron en las últimas décadas del siglo XX, los que ahora llenan las estanterías de los aficionados a la novela negra. Me refiero a Adam Dalgliesh, el policía inglés de P. D. James, que cultiva la poesía y se deja guiar por su sensibilidad artística; a Kurt Wallander, el detective sueco de Henning Mankell, un tipo solitario y nostálgico, que mira siempre al cielo para evaluar el clima de la jornada. Me refiero también a Kostas Jaritos, creación del griego Petros Makaris; a Guido Brunetti, el policía que corretea por Venecia con Donna Leon; a Petra Delicado, la inspectora de Barcelona inventada por Alicia Jiménez Barlett; a Harry Bosch, el hombre de Michael Connelly en Los Ángeles; incluso a Charlie Parker, a quien John Connolly le dado un nombre que suena a música de jazz.

A los detectives de papel actuales no les encajan las facciones de Bogart. Yo me los figuro menos rígidos y más vitalistas que los que inspiran las aventuras de Sancho, porque en su talante y en su comportamiento influyen notablemente el miedo y los amores, las responsabilidades familiares, las enfermedades, las manías, las aficiones, la tecnología moderna. Son seres que vacilan, que tropiezan, se equivocan, se obsesionan, se enfadan…

Todo es cuestión de gustos, claro está. Y la proliferación de investigadores en la literatura propicia que cada lector se implique en las aventuras de aquel con el que mejor se identifique. O el que más le conmueva. Si bien hay que tener cuidado para no meterse por ellos en jaleos, como le ocurre al librero de Guetxo.

En las fotos, Bogart con la estatuilla del Halcón Maltés y, abajo, Kenneth Branagh, en el papel de inspector Wallander, en una serie realizada por la BBC.

sábado, 8 de agosto de 2009

Los hombres que no amaban a las mujeres

Un sábado de agosto, con el calor vaciando la ciudad, y las tareas aparcadas hasta el lunes... Es buen momento para romper esta pausa que me tomé hace un mes y contar algo de lo que he leído en las últimas semanas. Estoy cumpliendo una serie de compromisos y realizando algunas tareas que se habían quedado retrasadas. Una de ellas era leer esos muchos libros que se me iban amontonando en la mente y en las estanterías. Entre los cuales hay un título que veo todos los días en cuanto salgo a la calle. No sólo en los escaparates de las librerías, también, y sobre todo, en el transporte público.

Sé que a estas alturas es difícil decir algo nuevo sobre "Los hombres que no amaban a las mujeres", de Stieg Larsson, el autor sueco que ha ganado tantísimos elogios y comentarios cuando ya no podía disfrutar del éxito. Sobre la trilogía que componen este título y los dos que le siguen, se han lanzado cientos de comentarios en blogs, en periódicos, en conversaciones de sobremesa, en tertulias espontáneas con los compañeros de trabajo. He oído alabanzas, múltiples alabanzas sobre la obra de Larsson. ¿Demasiadas quizás?

Se trata de una novela negra, trenzada con las fórmulas habituales en el género, que cuenta las peripecias de Mikael Blomkvist, un periodista económico de Estocolmo, que es condenado en un juicio por difamar a un gran industrial del país. La decisión de apartarse de la revista que edita, junto a su amiga Erika, coincide con una oferta de trabajo que le llega de otro empresario, Henrik Vanger, hombre de ochenta y tantos años que dirige un emporio familiar. El anciano está obsesionado por la desaparición de una sobrina en 1966. Durante cuarenta y tantos años, las investigaciones sobre el asesinato de Harriet Vanger no han dado ningún resultado y ahora le pide a Mikael que intente él averiguar qué fue lo que ocurrió. Si otros fallaron, piensa el periodista, no va poder él resolver el misterio. Pero se pone a analizar fotos, documentos, periódicos de la época, habla con miembros de la familia, y saca sus propias conclusiones. En el momento álgido, se le une Lisbeth Salander, una joven huraña, con la que forma un dúo muy efectivo. Y no cuento más, que no debo.

Larsson ha escrito una novela correcta e interesante, que se ha traducido al castellano con gran acierto: no hay giros lingüísticos ni vocablos extraños que le recuerden constantemente al lector que el texto que tiene ante sus ojos no es más que una versión de una obra extranjera. Las técnicas del género se utilizan con pericia, creando curiosidad al lector y animándole a continuar leyendo una página más, un capítulo más aunque sean altas horas de la madrugada.

Los personajes resultan creíbles y dignos, sus reacciones son consecuentes con el carácter que les otorga su autor. Hasta Lisbeth, esa extraña chica, flaca y lista, de comportamiento frío e imprevisible, resulta un tanto real a medida que el lector se adentra en sus intimidades. De ellos me ha sorprendido cuánto café toman y con qué frecuencia fuman. Larsson, que murió de un ataque al corazón motivado, según he leído, por las excesivas dosis de café y de tabaco, por la falta de descanso, y el estrés, les aplica a sus personajes esa forma de vida trepidante que a él, a la postre, le resultó fatídica.

En cuanto al argumento, lo encuentro sólido, sin agujeros ni trampas para justificar lo inexplicable. Quiero decir: el lector se va enterando en cada capítulo de lo que descubren Mikael y Lisbeth, sigue paso a paso la investigación y entiende las deducciones que ellos hacen. Larsson no se saca de la manga (como hacen algunos novelistas de misterio) un suceso o un personaje imprevisto para que las piezas del puzle casen cuando la trama se le atasca. No. Todo está perfectamente explicado. Y eso, en mi opinión, es un mérito añadido.

También es meritorio el afán de Larsson de denunciar los malos tratos a las mujeres, los abusos y las violaciones de los que son víctimas en un país tan "adelantado" como es Suecia. Yo creo y apuesto por el compromiso social de los escritores (y de los artistas y gentes de la cultura, en general). Y este libro está comprometido con los malos hábitos de una sociedad civilizada y con las personas que luchan contra ellos. A la par, Larsson denuncia también el racismo y saca a colación la existencia del nazismo en Suecia, del que poco sabemos por estas latitudes.

Mi opinión es, pues, favorable. Pero, aunque le encuentro muchos rasgos positivos y la considero una novela recomendable, no la calificaría nunca de obra maestra. Es una buena novela de misterio pero no la más sorprendente, ni la más audaz ni la más innovadora. Larsson escribe bien, pero su narración carece de grandes logros literarios, de descripciones llamativas, de ideas sublimes. Como dice el blog de Elena, Perdida entre libros, no hay frases tan bellas que a una le den ganas de apuntarla en un papel para releerla de cuando en cuando y reflexionar sobre su contenido.

Además, creo que le sobran unas cuantas páginas. Una vez se resuelve el enigma central, el interés del libro decae tanto que hubiera convenido que las siguientes cuarenta o cincuenta páginas se resumieran en cinco o diez.

No he visto la película que se hizo sobre el libro. Pero he leído una crítica que igual valdría para este libro que para otros muchos. Está en Ojos de papel. Aquí os la dejo.