jueves, 31 de enero de 2008

Cecilia en el balcón (II)

Desde el balcón se ve la torre de una iglesia y las verjas del colegio, pintadas de un verde selvático. Las chiquillas, con uniformes grises y abrigos azules, se arremolinan en las aceras, brincando y charloteando a la espera de la hora exacta de meterse en las clases.

Desde el balcón, papá vigila el trayecto hasta el colegio de las niñas, pues ya tienen edad suficiente para cruzar solas las calles y no quieren que ningún adulto las acompañe. No hay peligro si no atraviesan la calzada antes de que el semáforo se ponga rojo para los coches y si no se detienen a hablar con ningún desconocido. Pero, por si acaso algo falla, papá se asoma al balcón y las sigue con los ojos hasta que entran en el patio del colegio.

Todavía no han construido en medio de la glorieta el paso elevado que ensuciará la atmósfera del barrio y lo romperá en dos mitades discrepantes. Todavía se conocen los vecinos, uno a uno, por su nombre, por su mote o por su filiación; todavía nos fía el panadero los suizos y las chocolatinas que nos llevamos para comer en el recreo; todavía hablamos del centro de la ciudad como un lugar remoto, donde abundan las tiendas de juguetes, las salas de cine y las cafeterías ostentosas, muy diferentes a los cafetines y los bares de nuestras calles.

Los años traerán el escalextric y acortarán las distancias con la Puerta del Sol y la Gran Vía. Vendrán nuevos vecinos y se construirán casas de diez y doce pisos, con tiendas modernas, de marcas internacionales, en sus plantas de calle. Los años se llevarán la panadería de Pepe, el Bar de Felipe, el colegio de las monjas con sus grandes patios y sus salones palaciegos, donde hacemos el recreo los días de lluvia. Borrarán de la fachada de la casa el balcón al que se asoma papá para vigilar a las niñas cuando atraviesan la glorieta.

Los años, sin embargo, nos darán las palabras necesarias para describir sus líneas en un papel y esculpirlas en la memoria que compartiremos con quienes habrán crecido a nuestro mismo ritmo.

lunes, 28 de enero de 2008

Deudas pendientes

Pablo es lo que en Madrid se llama un chico de barrio. Ha estudiado Derecho pero no ha conseguido un trabajo mejor remunerado que el de cobrador de morosos en una gestoría que se está yendo a pique. Un día se encuentra en el metro con un amigo de adolescencia, Trendy, que muere ese mismo día en extrañas circunstancias. La existencia de Pablo se enmaraña, obligado por el inspector de policía Antonio Roche a colaborar en las investigaciones para esclarecer el crimen.

A través de las páginas de Deudas Pendientes, su autor, Antonio Jiménez Barca, nos arrastra por los vericuetos y rincones de una ciudad que él conoce a fondo, tejiendo y aderezando la historia de Trendy, la de Pablo y la de muchos chicos de barrio que son esencia y futuro del Madrid esponjoso y heterogéneo del siglo veintiuno.

La trama se complica cuando Pablo nota que a él lo persigue alguien…Pero eso ya no se puede contar. El lector ha de enterarse en el libro, que ha publicado la Editorial El Tercer Nombre, y que fue reconocido con uno de sus galardones por los participantes en la Semana Negra de Gijón de 2007.

Antonio Jiménez es un periodista que no se conforma con informar sino que, además, impregna las noticias de amenidad y de sentimientos, como si él las viviera desde dentro para mejor narrárselas a los que son ajenos a las circunstancias y al ambiente del suceso. Antonio le da interés y emoción a cualquier tema que trate: una entrevista con un investigador o un personaje político, un reportaje sobre las peripecias de un inmigrante africano en Madrid, una crónica diaria sobre los asistentes al juicio sobre el atentado atroz del 11 de marzo… todo lo que firma Antonio Jiménez puede considerarse periodismo de calidad extra.

Actualización: Aconsejo el artículo de Antonio sobre la novela negra, publicado cinco días después de esta entrada en Babelia.

miércoles, 23 de enero de 2008

Una noticia secundaria

La noticia pasa casi desapercibida entre las de mayor calibre. Los titulares de la prensa están cargados de invectivas de unos políticos contra otros, de augurios sobre el comportamiento de las bolsas, de cifras de heridos en choques múltiples y de loas a quienes pronto obtendrán un galardón cinematográfico en Estados Unidos, en cuyos espejos artísticos nos miramos los españoles. La noticia de las concentraciones a favor del aborto, que se han convocado para hoy en diversas ciudades españolas, no destaca tanto. Ni siquiera por lo sorprendente que es, a estas alturas del siglo veintiuno, que las mujeres (y algunos hombres, quiero suponer, que también a ellos les atañe el asunto) tengan que volver a salir a la calle como se hacía en los inicios de la democracia.

Los datos que han salido estos días, a raíz del acoso a las clínicas donde se practican abortos ateniéndose a una ley sancionada por el Congreso, son irritantes. En algunas comunidades autónomas las mujeres no pueden abortar en un hospital o en una clínica concertada aunque su embarazo suponga un riesgo para su existencia o sea fruto de un acto perverso. Lo que no se dice es si esas mismas mujeres a las que les está vedado el acceso a un servicio público, tienen la posibilidad de interrumpir la gestación pagando una cantidad de dinero en una clínica privada. Con uno de esos facultativos que, en su puesto oficial, se declara objetor contra el aborto.

Porque, no nos engañemos, siempre se ha abortado en España, incluso en los tiempos de la dictadura . Y no me refiero a los quirófanos clandestinos que montaban curanderas y matasanos de pocos escrúpulos, que se ofrecían a mujeres que no podían pagar mucho dinero por la operación. Me refiero a quirófanos o consultas bien equipados, regentados por galenos que seleccionaban su clientela con rigor, y les sacaban del apuro a cambio de un cheque abultado o un favor de otra índole, asegurándoles una gran discreción y no respetándose en todos los casos los supuestos que conformarían la ley de despenalización del aborto de 1985.

El caso es que aquí estamos, otra vez, a vueltas con un derecho que algunos se empeñan en negarle, no sólo a las mujeres (insisto) sino a hombres y mujeres de esta sociedad. ¿No tendrán otras cosas en las que ocuparse esos que incordian? Yo les sugiero que cojan un libro y se pongan a leer para entretenerse, para cultivarse y para entender a los demás. El primer libro que podrían leer es uno de John Irving que se titula Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra (Tusquets Editores, 1986), conocido aquí por la película de Lasse Hallström Las normas de la casa de la Sidra.


martes, 22 de enero de 2008

Cecilia en el balcón

Desde el balcón se contempla una calle bullanguera por la que circulan tranvías, peatones y vehículos de gasolina. La niña mete la pierna entre los barrotes, sacude el pie y tira la zapatilla a la acera. Una mujer la recoge, mira hacia arriba y, al ver a una niña con el pie descalzo, cambia su mueca de enfado por una sonrisa tolerante. Alertada por los hermanos, la madre baja corriendo a la calle para recuperar la zapatilla volatinera. La niña aguza el oído para escuchar la breve conversación que traba la madre con la buena señora que custodia la zapatilla. Pasarán muchos años antes de que la niña reinvente la escena en una página en blanco con palabras que no poseía entonces, cuando era una criatura que se asomaba al balcón de una casa que ya no existe.

Y este día, cuando está recordando la escena pretérita, la que fuera aquella niña se pregunta a cuántos balcones se habrá asomado a lo largo de su vida para contemplar el ir y venir de los seres humanos. A miles, se responde en seguida porque cuenta como balcones, no sólo los huecos de las fachadas de los edificios, que son como plateas de un teatro permanente, sino también esos miradores especiales que son las páginas de los libros, en las que se cruzan las sendas y los sentimientos de tantos personajes que, acaso, no sean menos reales que los que se cruzan a diario en las aceras de una ciudad.

A cientos de miles, si a los libros se suman esos otros balcones que son las páginas de las revistas y de los periódicos, donde se narran (para encomiarlas o para denostarlas) las historias de supervivencia, de reflexión, de aspiraciones o de aventura de mujeres y hombres que pueblan este planeta.