La tienda de la foto sigue existiendo hoy día, aunque ha cambiado de contenidos y de colores.
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| Tienda de ultramarinos de Santa Engracia 55, 1914 |
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| Plaza de Chamberí, tenencia de alcaldía |
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| Tienda de ultramarinos de Santa Engracia 55, 1914 |
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| Plaza de Chamberí, tenencia de alcaldía |
La situación de la mujer en la sociedad europea del siglo XVII, las fórmulas de comportamiento exigidas a las jóvenes protestantes (la religión siempre imponiendo sumisión y sacrificios a las mujeres), la esclavitud de las chicas pobres en las casas de los pudientes, subyacen tras la anécdota de esta novela, "La joven de la perla", de Tracy Chevalier, cuyo argumento nos presenta al pintor Vermeer encandilado por los encantos de una pobrecita fregona a la que él explota y utiliza sin ayudarla, a cambio, a salir de su miseria.
Por eso y porque el soporte digital no está demasiado extendido entre la gente de la calle (teniéndose en cuenta, además, que los lectores asiduos no significan un porcentaje muy amplio de la población), considero que los e-books no suponen un peligro para los ejemplares impresos. Otra cosa distinta es que las megalibrerías tengan que cerrar porque no hacen un negocio tan lucrativo como hace unos años. Ese declive es fácil de entender.
No sé si esas librerías, las de segunda mano, las que ofrecen libros descatalogados y libros baratos, han notado una bajada de sus compras pero sí he detectado que en la Cuesta de Moyano, donde hay varias casetas de libros viejos que funcionan todo el año, en la Feria del Libro Antiguo, que se celebra en mayo en el paseo de Recoletos, y en las librerías de segunda mano de Madrid, siempre hay gente viendo los libros, revolviendo en las pilas y en los estantes, buscando algo o esperando una sorpresa, un libro que no encontraría en los grandes comercios del sector, donde las novedades ocupan mostradores y almacenes, donde hay cientos de ejemplares de un novelista de moda, por mala calidad que tengan sus textos, y no puedes comprarte "La tía Tula", de Unamuno o una obra de un autor que no fue publicitado en los medios de comunicación.
En una época de tremendo analfabetismo, cuando la mitad de las mujeres españolas no sabían ni leer ni escribir, las figuras femeninas eran simples excepciones en el panorama social y cultural. Las poquísimas mujeres que habían estudiado y que se esforzaban en sus labores creativas (la pintora Maruja Mallo, por ejemplo) tenían que aguantar que se les colgasen todos los sambenitos posibles para desacreditarlas. Las gentes de “orden” las tachaban de locas o extravagantes, de feas o de contrahechas, de descocadas o de indecentes, de cualquier cosa que minase su prestigio y sus posibilidades de prosperar.
En el listado de quienes votaron a favor de sus tesis, incluido en su libro, consuela ver que figuran los nombres de Alcalá Zamora (primer presidente de la República), Fernando de los Ríos, Companys, Largo Caballero, Giner de los Ríos, Negrín e, incluso, Gil-Robles.
Pero estoy segura de que muchas mujeres, cuando nos acercamos a las urnas, pensamos, aunque sólo sea un segundo, en aquella diputada que empeñó sus fuerzas y su talento en conseguir para nosotras un derecho que se nos hurtaba en función de ideas estúpidas e insensatas sobre la diferencia de géneros.
Tiempo después, ‘la que escucha’ se convierte en ‘la que narra’. Sus primeros relatos surgen de su boca, en la inmensidad de la sabana, para deleitar al hombre que ama. Luego, cuando ya envejece en un país tocado por el frío, la narradora vuelca sus historias en hojas de papel para legárselas a lectores que todavía no habían nacido cuando ella empuñaba la pluma.
Tuvieron todas ellas la suerte de encontrar paisajes todavía no devastados por la mano del hombre blanco, por su ambición y sus perversas gestiones al frente de los países que cayeron en su poder. Y supieron apreciar a sus gentes y sus formas de vida naturales, aunque a veces fueran víctimas de la hostilidad y el temor de los aborígenes. Y aún más de los propios colonos, como se lee en el libro de Cristina.

“La comunidad blanca que habitaba en Kenia nunca simpatizó con su esnob y presuntuosa vecina de las tierras altas. Karen Blixen les parecía una mujer excéntrica que se tomaba demasiadas libertades con sus sirvientes. Cuando se enteraron de que pretendía fundar una escuela para los kikuyus pusieron el grito en el cielo. Aquellos colonos apenas tenían contacto con los trabajadores africanos, a los que trataban como esclavos o en un tono paternalista, como si fueran niños.”

Es triste despedirse de una persona tan notable, de un escritor admirable. Pero sus libros seguirán estando con nosotros, esperándonos en una estantería cuando nos apetezca recordarlos, releerlos, o recomendárselos a nuestros hijos y a nuestros nietos.
El libro del que extraigo estos dos párrafos se titula "Los hombres de la guadaña" y lo firma John Connolly. No hay que confundir a este autor, irlandés de 43 años, con Michael Connelly, estadounidense de 53 años, aunque coinciden no sólo en la similitud en el apellido y en la práctica del género negro, sino también en que ambos han estudiado y ejercido el periodismo. Sin embargo sus obras difieren en tratamiento y estilo, en la catadura de los personajes, en sus conceptos sobre la conciencia y la moralidad de los asesinos.
Con Louis de protagonista, Connolly reflexiona sobre la maldad y la capacidad de asesinar del ser humano y, de paso, nos hace reflexionar a los lectores.
Después de la sesión de cine, con buen sabor de boca todavía, busqué el libro de Claudia Piñeiro en el que Marcelo Piñeyro se basó para hacer su película. Y me llevé varias sorpresas, unas comprensibles y otras incomprensibles para mí.
"No encontraba mi lápiz (lo poco que queda de él) y he estado muchos días sin poder escribir nada. (...) Pero hoy cuando lo he encontrado debajo de un montón de leña, he tenido la sensación de que recobraba el don de la palabra”, dice Eulalio, el joven padre que está atrapado por el invierno y el terror a los vencedores de la guerra en una braña, en lo alto de la montaña, con un recién nacido y un cuaderno en el que anota su dolor y su desesperanza.
co que se dio a conocer en España hace ya varios años y que nos enseñó a los lectores las peculiaridades de la sociedad de su país antes de que llegara hasta nosotros el boom de los Milenium, abandona algunas veces a su detective principal e inventa otros personajes para sus obras. Es el caso del libro titulado “El Chino”, una novela en la que, sin dejar de lado el enigma policíaco pero usando maneras y estructuras distintas a las de sus obras más conocidas, Mankell nos ofrece datos fidedignos e ideas generales sobre la gran nación china, su evolución, sus rémoras políticas y el futuro hacia el que avanza.
n y malviven, haciendo un trabajo que supone un peligro constante para sus vidas. Negros, indios, irlandeses, americanos participan también en las tareas, pero el mayor riesgo lo asumen los chinos. Uno de los hermanos, San, conseguirá sobrevivir y regresar a China, donde escribirá sus memorias para que sus sucesores sepan de su experiencia.
En la última parte se resolverá el misterio de una forma un tanto distinta a lo que suele ser habitual en el género: no habrá explicaciones del criminal, ni de los policías que llevan el caso. El lector tendrá que ir intuyendo y adivinando a medida que los personajes lo hagan. Así averiguará quién mató a los habitantes del pequeño pueblo sueco y cuáles eran sus razones.

El viejo Beherman, mientras tanto, es trasladado a un hospital donde muere en dos días. En su casa se hallan sus instrumentos de pintor y una escalera que ha usado recientemente. La hoja de la enredadera sigue colgando, inmóvil, sobre la pared vecina. Sue comprende que la hoja que no ha caído no es real. Es la obra maestra del viejo pintor que ha fallecido para darle a Sue la vida.
Después de ciento veintidós años, el parque de la Ciudadela es un recinto pacífico por donde transitan algunos paseantes, respirando el aire fresco de la tarde del otoño. El nombre lo debe a una fortaleza que mandó construir Felipe V en 1714, después de vencer a los catalanes, que no le aceptaban como sucesor del último Austria, Carlos II, que murió sin descendencia. La ciudadela fue derribada en 1868, cuando se destronó a la reina Isabel, y fueron cedidos sus terrenos al municipio.