jueves, 30 de octubre de 2008

Masticando letras

En otras ocasiones, cuando me siento especialmente proscrito y estrambótico, estoy convencido de que el culpable es el quijote. Oigan esto." En resolución, él se enfrascó tanto en su lectua, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio... (...)

El que recita este párrafo de la obra de Cervantes es un animalillo del que unos huirían, como si fuera un monstruo carnívoro, y al que otros perseguirían armados con una escoba recia para destruirlo. Se llama Firmin. Es una rata que ha nacido en el sótano de una primorosa librería de Boston, regentada por un hombre que ama los libros tanto como los ama el bicho que cuenta su historia. Firmin descubre al poco de nacer que le gustan los libros a rabiar: empieza comiéndoselos, masticándolos y destrozándolos. Pero después, cuando aprende a descifrar las palabras que sustenta el papel que mastica, se apasiona por las historias que narran.

Firmin es una auténtica rata de biblioteca. Un devorador de literatura. Un tipo feo, cabezón y, como él mismo indica, un especimen raro y enloquecido.
"Contemple usted al Caballero de la Triste Figura: vanidoso, testarudo, apayasado, ingenuo hasta la ceguera, idealista hasta incurrir en los grotesco... Locual viene a ser como describirme a mí en pocas palabras. La verdad es que nunca he estado bien de la cabeza. Lo que pasa es que yo no ataco molinos de ivento. Hago algo peor: sueño con atacar molinos de viento, estoy deseando atacar molinos de viento y a veces imagino que he atacado molinos de viento".

Por lo que dice la prensa, Firmin se convirtió en un fenómeno editorial a los pocos meses de salir a la calle, sorprendiendo a quienes lo habían puesto en el mercado. Puede ser porque se trata de un texto original, porque no le falta ironía ni delicadeza o, simplemente, porque es una alabanza de los buenos libros que cualquier lector puede hallar en una vieja librería de barrio y, en general, a la literatura de todos los tiempos.

A mí no me molesta que Firmin "devorase" un ejemplar del Quijote, ese libro que Pedro Ojeda Escudero nos anima a devorar los jueves desde su blog para después comentarlo con quienes le seguimos.
La foto está tomada de Internet. Busqué en Boston y me salió esta librería.

viernes, 24 de octubre de 2008

Día de Bibliotecas

El 24 de octubre es el día de las Bibliotecas. No sé quién ha decidido que sea así ni en qué ámbitos se celebra, pero me parece una buena fecha para ensalzar esos lugares magníficos, donde se acumulan libros, cientos de libros, miles de libros al alcance de la mano de los lectores.

De jovencilla me apunté a una biblioteca pública porque mis ganas de leer superaban las posibilidades de lectura que tenía en mi casa y superaban, por supuesto, el dinero que disponía para comprar libros. De mayor, seguí acudiendo a otra biblioteca donde podía elegir títulos poco conocidos, descatalogados algunos, otros recientes, donde podía examinar una novela antes de llevármela conmigo e, incluso, devolverla sin compromiso si al llegar a la página 6o (o a la 30) y la trama no me encandilaba.

En esta biblioteca he tomado prestado muchos libros que he utilizado para consultar y averiguar datos que me requerían ciertos trabajos o estudios. Algunos libros me han resultado tan interesantes que, luego, he acudido a una librería a comprar un ejemplar para tenerlo en mi casa.

En la biblioteca he hallado también un montón de cuentos para mis hijos, tebeos, novelas de aventuras... Ir a la biblioteca era divertido para los niños y un gozo para su madre. La bibliotecaria les aconsejaba lecturas según lo que a ellos les apetecía en cada ocasión, les ofrecía títulos recién llegados, los conducía a las enciclopedias para que buscaran asuntos relacionados con sus deberes escolares o rebuscaba entre las hileras de comics si les veía perezosos para las letras.

Así que hoy me sumo al día de las Bibliotecas recordando a esta mujer que ayudó a mis hijos, y a tantos niños como ellos, a disfrutar del placer de la literatura y de la amistad de los libros, que les acompañará de por vida.
(Fachadas de las Bibliotecas públicas de dos pueblos de Madrid).

domingo, 19 de octubre de 2008

Diecinueve de octubre

Escuchó la noticia en uno de los pasillos del hospital. Un hombre le decía a otro que Manuel Vázquez Montalbán había muerto en el aeropuerto de Bankog a causa de un fallo cardiaco. Recordó los libros que le habían conmovido más: Galíndez, esa novela tremenda y dramática sobre el político vasco que fue torturado por los sicarios del dictador dominicano Rafael Trujillo. Y aquella otra, O César o nada, sobre la saga de los Borgia. Recordó también los muchos libros del autor desaparecido que había en las estanterías del hombre que, en una habitación cercana, aguardaba su último momento a consecuencia, también, de un infarto irreversible.
Los paralelismos del azar, pensó entonces. Era un 19 de octubre, un domingo como éste de hoy. Era un día de lluvias torrenciales, un domingo de lágrimas y despedidas.
Pero los libros que uno escribió y que otro leyó guardan su memoria todavía.

viernes, 10 de octubre de 2008

Inspector Jaritos

A Jaritos lo conocí el verano pasado. Había oído hablar de él y cuando lo encontré en la biblioteca del pueblo en el que me hallaba durante unas semanas, asentado en la estantería de la letra M, me lo llevé a casa sin dudarlo. Quería enterarme de cómo trabajaba, cuál eran sus capacidades para el oficio, cómo se comportaba ante el crimen y el enigma. A mí me resultan muy interesantes las pesquisas policiales, el deambular de los investigadores por los recovecos de sus ciudades, entrando en casas de adinerados ciudadanos o en covachas donde se cobijan los menos afortunados. De esas correrías, el lector de género negro extrae un montón de datos y curiosidades sobre la sociedad y el país donde se desarrolla la trama.

Kostas Jaristos es un policía griego de mediana edad, experimentado y socarrón a veces, susceptible y picajoso otras veces, que resuelve sus casos de homicidios en una Atenas llena de coches, de ruidos, de personajes extravagantes y presurosos. Jaristos tiene una mujer con la que discrepa en muchos temas pero con la que comparte la pasión por Katerina, su hija recién licenciada en Derecho.

Katerina es secuestrada en un barco que viaja por el Mediterráneo, rumbo a Creta, lo que conmociona a su padre que, sin embargo, no deja de trabajar en un caso que ha surgido en la capital griega: varios actores de publicidad han sido asesinados por alguien que se define como el “accionista mayoritario”, cuya intención es derribar algunos de los puntales en los que se asienta la sociedad de consumo. No digo más del argumento.

A Jaristos lo ha inventado Petros Markaris, un escritor griego nacido en Estambul en 1937. El joven Markaris estudió Economía, se especializó en cultura alemana y en traducciones de Bertolt Brecht y acabó metido de lleno en la novela policíaca. Él lo cuenta mejor en esta entrevista, realizada en Gijón durante la celebración de su Semana negra. Os transcribo un fragmento.

"Solo tengo un método para escribir: no sé nada y no quiero saber nada sobre la historia. Empiezo con una imagen, necesito tener esa imagen. Después de visionar esa imagen, me pongo a escribir sobre esa primera impresión y no sé lo que va a ocurrir. Sigo los pasos de mi personaje, intentando describir lo que le ocurre. Descubro los acontecimientos a medida que los descubre mi policía-protagonista. "

O sea, que este escritor es de los que se sientan delante del teclador del ordenador, y se pone a escribir sin planificarlo. Y las historias salen. Y son buenas, creo yo.

Si queréis conocer las novelas que están traducidas al castellano, aquí las veréis.

martes, 7 de octubre de 2008

Sin zapato de cristal

Las niñas ya no quieren ser princesas, dice Sabina en una de sus más famosas canciones. Y las princesas no quieren esperar al príncipe azul que las romperá el hechizo de su letargo indefinido o las rescatará de las garras de las madrastras perversas. Cenicienta y Blancanieves son personajes de un siglo que está superado.

Estoy de acuerdo con Sabina y con los ponentes de la Sociedad Europea de Cuentos de Hadas, que hace unos días se reunieron en un congreso en Berlín para hablar y debatir sobre el concepto de "final feliz". O sea, eso de que "fueron felices y comieron perdices", que tantas veces hemos escuchado recitar cuando nos han contado un cuento.

Mirad lo que escribía Nuria Vicedo, corresponsal de la agencia Efe en Berlín de aquella reunión. "De haber vivido en el siglo XXI, la Bella Durmiente y Blancanieves ya se habrían divorciado. Pasaron gran parte de su cuento de hadas sumidas en un sueño profundo y, tras despertar al calor del primer beso de amor, se casaron con un completo desconocido, algo que solo termina bien en la literatura". .

Tampoco los príncipes salvadores son prototipos de amor verdadero. El germanista Wilhelm Solm critica la manía de éstos de enamorarse de princesitas de las que no conocen más que sus datos genealógicos y las fronteras del reino que heredarán cuando su padre, el rey, fallezca. ¿Se puede sustentar un amor verdadero en datos tan livianos y materialistas?

Transcribo otro párrafo de la crónica enviada por Nuria Vicedo desde el congreso de cuentistas:

"La leyenda del zapato de cristal, el hada madrina y la calabaza convertida en carroza, que sigue encandilando corazones en todo el mundo, es un reflejo de los sueños de muchas niñas que anhelan ser salvadas por un príncipe para no tener que abrirse camino en la vida por sí mismas, para Solms".

Me acuerdo de una profesora de mi colegio que tachaba de amorales (no inmorales, sino exentos de moralidad) los cuentos de hadas tradicionales. El mensaje que os transmiten, nos decía, es que si sois pasivas, buenecitas y complacientes alcanzareis la felicidad. Que vuestro futuro depende de un príncipe valiente y hermoso que os hará reinas.... de su hogar, ironizaba la profe. Yo me escandalizaba entonces, pero jamás he olvidado sus palabras.
Pero las cosas van cambiando. La mayoría de las mujeres ya no esperan a un príncipe azul que les resuelva sus conflictos y les endulce la existencia, sino que son ellas, por sí mismas, las que pelean para labrarse su destino a su manera. Se han olvidado de la imagen estereotipada de la princesa bobalicona que admiraban de niñas, y no anhelan tropezarse en su camino con un galán empingorotado y soberbio, sino con un hombre con el que compartir esfuerzos, deseos y futuro.
El zapato de Cenicienta se ha quedado sin dueña.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Irene Nemirovski asesinada

"El 13 de julio los gendarmes franceses llaman a la puerta de los Nemirovski. Van a detener a Irene. Es internada el 16 de julio en el campo de concentración de Pithiviers, en el Loiret. Al día siguiente la deportan a Auschwitz en el convoy número 6. (...) Es asesinada el 17 de agosto de 1942". (Suite francesa, prólogo)

Tenía 39 años y atrás dejaba un marido, dos niñas pequeñas y las dos quintas partes de una obra sin rematar. Irene Nemirovski era una escritora respetada en Francia, país en el que su familia se había instalado en 1919, pocas semanas después de salir de Ucrania (donde Irene había nacido), huyendo de las amenazas de los nuevos dirigentes comunistas.

Los Nemirovski tenían dinero y apreciaban la cultura, por lo que Irene recibió una esmerada educación. Su primera novela, David Golder, editada en 1929, le abrió las puertas del mundillo literario francés y le aportó un renombre que no le serviría, empero, para obtener la nacionalidad del país ni la salvaría de las leyes serviles que el gobierno colaboracionista de Vichy dictaría en 1940 contra los "ciudadanos extranjeros de raza judía".

Irene y su marido, Michel Epstein, se habían refugiado con sus dos hijas en casa de una leal amiga en la región de Borgoña, lejos de París. Allí, con su estrella amarilla prendida en la ropa, Irene había iniciado la redacción de una gran obra que narraría la situación que se estaba viviendo en Francia, tanto en el campo como en la ciudad. La obra tendría cinco partes que sumarían en total un millar de páginas y en ella se reflejarían los conflictos sentimentales, económicos y sociales de las gentes corrientes del que ella consideraba como su país. Pero Irene no pudo escribir más que las dos primeras partes.

Cuando Irene fue detenida, su marido hizo muchas gestiones para encontrarla, apelando a las autoridades francesas y a su condición de bautizados en una iglesia cristiana. En octubre de 1942, Michael Epstein fue también detenido y asesinado. Sus hijas, sin embargo, fueron salvadas por la amiga que las tutelaba. En la maleta que llevaron en su huida, la tutora metió fotos, documentos de la familia y las últimas páginas que la madre había redactado con letra minúscula para ahorrar papel y tinta.

Elisabeth y Denise Epstein crecieron guardando el manuscrito de su madre. Tuvieron que pasar muchos años antes de que se atrevieran a leerlo y mecanografiarlo. Suite francesa permaneció inédita cerca de sesenta años. Cuando se publicó en Francia, en 2004, resultó un éxito tal que en seguida cruzó fronteras y ganó premios y lectores en otros países y otras lenguas. En España obtuvo en 2005 el premio del Gremio de Libreros a la mejor obra del año por su "belleza narrativa y la mirada imparcial en la descripción de la vida cotidiana de la Francia ocupada por las tropas alemanas".

sábado, 6 de septiembre de 2008

Un tipo sincero

Leo con atraso los suplementos que se editan el domingo con los periódicos. Ayer o antes de ayer leí una entrevista con uno de los autores de libros más vendidos en la actualidad. Transcribo:

"La alta literatura exige dedicar mucho tiempo a indagar en las profundidades del espíritu humano, sondeando el carácter de la gente, prestando atención a las relaciones humanas. El argumento no es tan importante. Sí es importante conseguir transmitir un sentimiento del espacio local, del entorno, del paisaje. Yo sé que lo que yo hago no es literatura."

Se llama John Grishan y se dio a conocer con La tapadera, una novela convertida en película de éxito, a la que siguió otro bombazo comercial, El informe pelícano. No se las voy a aconsejar a nadie, ni éstas ni obras posteriores. Porque aunque, sin duda, este señor tiene su mérito y sus seguidores, no son libros imprescindibles salvo para los devoradores de bestsellers. Y estos, ya loas habrán devorado hace tiempo.

Lo que me llama la atención al leer el artículo es la sinceridad del señor Grishan. Vamos, que no va de sabio, ni de inteligente, ni de salvador de lectores, ni nada de eso. Simplemente es un "entretenedor" y así lo hace constar.

"Para mí, el elemento esencial de la ficción es el argumento. Mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad. Si quiero lograr eso, no me puedo permitir el lujo de distraerlo. Tengo que mantenerlo en vilo, y la única manera de hacerlo es utilizando las armas del suspense. No hay más. Si me pongo a intentar entender las complejidades del alma humana, los defectos de carácter de la gente y cosas de ese tipo, el lector se distrae, y eso es un lujo que no me puedo permitir. Por supuesto que he leído literatura en el sentido clásico. Todos tenemos esa clase de libros en la biblioteca de casa. Me obligaron a leerlos en la escuela, y le confieso que no me gustaron demasiado. No entendía por qué decían que eran tan buenos."

Alabo su sinceridad y su clarividencia. Y me muero de curiosidad por saber qué libros clásicos tiene este señor en la biblioteca de casa. ¿Tendrá la Odisea? ¿Tendrá el Quijote? ¿Se os ocurre un libro que pudiera yo mandarle para ver si cambia de opinión respecto a los clásicos?

lunes, 1 de septiembre de 2008

El pintor de Flandes

"Pronto se perdió por el tejido enmarañado que eran las calles de Madrid, donde una callejuela cortaba a la otra sin que se pudiera apreciar más orden que el que las particularidades del terreno o el capricho hubieran dictado. La gente se cruzaba en su camino mirándolo de reojo".

El joven extranjero que pasea por la villa es Paul, un pintor flamenco que ha venido a Madrid en 1622, segundo año del reinado de Felipe IV, quien ha cedido las riendas del gobierno del imperio a Gaspar de Guzman, Conde de Olivares. Paul es un personaje creado por Rosa Ribas para fabular un suceso que conmocionó a los madrileños en esa segunda década del siglo de Oro: el asesinato en la calle Mayor de Madrid de don Juan de Tassis, conde de Villamediana.

Al conde se le achacaban amores con la reina Isabel de Borbón, hija del rey francés Enrique IV y primera esposa de Felipe IV. También se le acusaba en los mentideros de la villa (los lugares donde gobernantes, conspiradores y demás potentados propalaban rumores y noticias que les convenía que el pueblo supiera) de querer sustituir al poderoso Oliveros en sus oficios de ministro. Villamediana tenía fama de mujeriego y jugador, de poeta sin trabas y vividor.

Con estos mimbres Rosa Ribas ha creado una novela, El pintor de Flandes, que resulta muy grata de leer por su buen estilo, su cuidado léxico y su forma de engranar lo real con lo ficticio, los recuerdos del protagonista con su presente de exiliado en una isla innominada del océano.

Pero si la trama es interesante, también lo es la descripción del ambiente y de las costumbres de los cortesanos y paisanos de aquellos tiempos tan loados por lo muy fructífero que resultaron para el arte hispano..

“Los domingos también se ruaba. En días fríos en carrozas cubiertas; en verano las carrozas de la nobleza iban casi todas descubiertas, excepto las de aquellos que querían mirar sin ser vistos. (…) Todo Madrid parecía concentrarse en ese ir y venir por la calle Mayor en otoño y en invierno o por el Prado de San Jerónimo cuando el tiempo era más suave. El conde se engalanaba con un cuidado extremo desde la cabeza hasta las botas aunque estas últimas no fuera a verlas nadie durante la rúa”.

Una advertencia antes de terminar: la autora cambia el orden cronológico de algunos acontecimientos y recrea situaciones que no se produjeron. Pero no hay que olvidar que este libro es una novela. Inspirada en personajes que existieron en la realidad histórica española, pero una obra de ficción.

viernes, 22 de agosto de 2008

Mujeres que leen

De los diecinueve pasajeros del vagón, cuatro entretienen el trayecto leyendo un libro y tres hojean periódicos gratuitos. Curiosamente, todos los libros están en manos de mujeres: dos jóvenes de aspecto estudiantil, una en torno a los treinta y otra de más de cincuenta años, calcula el escritor, observando sus rostros. Las estadísticas no mienten, piensa, recordando las últimas cifras del informe sobre hábitos de lectura entre la población española, que dio a conocer la Federación de Gremios de Editores del país a principios de año.

El 73,6% de las mujeres que tienen entre 25 y 44 años leen con frecuencia, lo cual sólo hacen el 60,4% de los hombres de la misma edad. En el tramo de los 45 a los 54 años, la diferencia se anula, estimándose en 61 % los españoles de ambos sexos que se consideran lectores. Pero cuando se cumplen los 55 años, vuelven a ser las mujeres las más afectas a los libros: el 51,3% de ellas son lectoras asiduas, frente a un 45% de lectores masculinos.

Aquí abajo está la evidencia: las mujeres van leyendo y los hombres dormitando o mirándose las uñas. ¿Qué leerá cada una de ellas? Seguro que esa chavala lleva una novela histórica, y la morenita una obra clásica, poesía quizás, y aquella señora…

El escritor ameniza su viaje especulando sobre los géneros y la temática de los libros que portan las pasajeras del vagón, admirando el gesto de embelesamiento de una, el ceño fruncido de otra, la mueca divertida de la lectora de mayor edad. A una de las jóvenes, el tipo desgalichado que va en el asiento contiguo le arrima mucho la pierna, pero ella no parece detectar ni el contacto físico ni sus persistentes miradas de reojo.

Ojalá cualquiera de ellas empezara a leer en voz alta para que todos los pasajeros escucharan el relato. Sería hermoso que la literatura iluminase a todos los que se desplazan en este vagón del metro por las entrañas oscuras de la ciudad. Las sombras se transformarían en un paisaje nevado, en un lago clavado entre las montañas, en el vestíbulo de un lujoso hotel de principios de siglo veinte…

De repente, una de las lectoras cierra su libro y entorna los párpados, como si estuviera paladeando una frase que acaba de leer o disfrutando en su imaginación de una descripción o de un diálogo. El autor, que no es una firma famosa ni un superventas, suspira conmovido. Ha visto su propio nombre en la portada del volumen que lleva la mujer.

El cuadro de arriba es de Mary Cassat (1844-1926)y el de abajo de Gustave Caillebotte (1848- 1894)

martes, 19 de agosto de 2008

Madrid en maqueta

Hace tiempo que el edificio está en obras. Su fachada principal, con una portada churrigueresca bastante llamativa, está cubierta por lonas gigantescas tras las cuales hay que buscar el portalón de entrada. Estamos en la calle de Fuencarral, a cinco minutos andando de la Gran Vía, junto a la estación de metro de Tribunal, una zona donde abundan los comercios y los bares de copas, pero que no suele ser muy transitada por el turismo estival.

El edificio ante el que nos encontramos fue en sus orígenes un Hospicio, donde eran recogidos niños sin familia y ancianos mendigos. A principios del siglo XX, los indigentes y los huérfanos fueron trasladados a otras instituciones porque el vasto inmueble se había deteriorado casi hasta la ruina. No se derribó porque intervinieron en contra de su desaparición una serie de intelectuales, que consiguieron que se convirtiera en Museo Municipal. Como tal fue inaugurado en 1929 con Manuel Machado, el hermano de Antonio, como director.

Desde que se iniciaron las últimas obras de rehabilitación, que todavía durarán varios años más, el Museo sólo expone una mínima parte de sus fondos en una sala que antaño fuera la capilla del Hospicio. Entre las joyas que se exhiben, hay una maqueta de madera de la ciudad, en la que se puede contemplar cómo era Madrid en las primeras décadas del siglo XIX, después de la guerra de la Independencia.

La fabricó el teniente coronel de Artillería, León Gil de Palacio, quien recibió el encargo en noviembre de 1828 y lo dio por cumplido en el mismo mes de 1830. La maqueta, con unas dimensiones de 5,20 x 3,50 metros, perteneció al patrimonio del Estado hasta que le fue cedida al Museo Municipal.

A través de la cristalera que la protege, observo las tapias que rodeaban la villa en el siglo XIX, con sus puertas y portillos (de las que sólo perduran la de Toledo y la de Alcalá, porque la de San Vicente no es la original); observo las torres de las iglesias y los conventos, que abundaban en Madrid antes de que el proceso de Desamortización de Mendizábal provocara el derribo de algunos. Observo los solares sin urbanizar en torno al Palacio Real, al cuartel de Conde Duque, a las crujías del Palacio del Buen Retiro que sobrevivieron a la guerra con los soldados franceses Distingo la Puerta del Sol, todavía sin la forma elíptica actual, la Plaza Mayor, la depresión de la calle Segovia, sobre la que cuarenta años después se alzaría un viaducto.

Podría pasar horas reconociendo las fachadas de madera de los inmuebles cincelados con esmero y detalle por Gil de Palacio, admirando los que ya no existen y no conozco más que por las crónicas de los historiadores y las estampas de los ilustradores que se guardan en museos como éste.

A veces pienso, como piensan los niños en relación a sus juguetes, que me gustaría disminuirme hasta el tamaño adecuado para pasear por esta ciudad de madera en miniatura y perderme en el laberinto de callejuelas y plazoletas vacías, por las que no ha pasado el tiempo desde hace cerca de dos siglos.

sábado, 16 de agosto de 2008

No es ficción, es Kapuscinski

Lo que pretendía con la entrada de ayer no era hacer a nadie un examen sino compartir con vosotros la maestría de un periodista que, utilizando técnicas de la mejor literatura, consigue hacer de un amplio reportaje histórico un texto de fácil lectura para cualquier lector, aunque éste no conozca con precisión los hechos a los que se refiere el autor.

"El emperador", de Ryszard Kapuscinski es un compendio de testimonios sobre los últimos años del reinado de Haile Selassie, el soberano absolutista y cruel que convirtió Etiopía en una dictadura implacable, permitiendo la injusticia, el hambre y el desastre económico, mientras él y sus colaboradores vivían en la riqueza y el boato. (Tenía más de veinte palacios, siempre listos para recibirle, mientras la hambruna mataba familias enteras en las zonas rurales).

Kapuscinsky entrevistó a varios de aquellos colaboradores, cuando ya el tirano había sido depuesto. Estos individuos habían ejercido una labor en el palacio del soberano, unos como ministros, otros en cargos de rango inferior. Uno de los entrevistados era el responsable de guardar y trasladar los cojines que había que colocar a los pies del emperador cuando éste se sentaba en el trono, porque era de talla baja y le colgaban las piernas. Con las palabras de todos ellos, el periodista polaco ha forjado una especie de fábula que en algún momento, cuando vas pasando las páginas del libro, te da la impresión de ser un relato fantástico, fruto de la invención del escritor. Y te estremeces al pensar que estás enterándote de hechos históricos.

jueves, 7 de agosto de 2008

Los Orígenes de Maaluf

Ayer nos hablaba Marcelo, en La menor idea de su bisabuelo Emilio, que se marchó de Asturias años ha, y se instaló en Argentina, donde hoy habitan sus descendientes. Marcelo me recordó un párrafo de un libro que había terminado de leer unas horas antes: Orígenes, de Amin Maalouf, el escritor nacido en Líbano que conocimos con León, el Africano.

"Todos recorremos los años que nos corresponden y nos vamos luego a dormir a nuestras tumbas. ¿Para qué andar pensando en los que vinieron antes puesto que ya no suponen nada para nosotros? ¿Para qué pensar en los que vendrán detrás de nosotros puesto que para ellos ya no supondremos nada? Pero entonces, si todo va a parar al olvido, ¿por qué construimos y por qué construyeron nuestros antepasados? ¿ Por qué escribimos (...), por qué plantar árboles y por qué engendrar? Si le damos excesiva importancia al instante en que vivimos, dejamos que nos asedie un óceano de muere. Y, a la inversa, al resucitar el tiempo pasado acrecentamos el ámbito de la vida."

En el año 2000, Amin Maalouf decidió enterarse de cómo fue la vida de sus antepasados, centrando su investigación en su abuelo Botros, que vivió entre los siglos XIX y XX en tierras que entonces pertenecían al imperio otomano, y su entorno. En la antigua casa familiar, el escritor había encontrado una maleta llena de cartas antiguas, postales, fotos, documentos con los que empezó a componer un gran puzle, en el que fueron también ingredientes fundamentales sus recuerdos de infancia y los testimonios de parientes vivos.

Botros fue un hombre rebelde, ateo y amante de la cultura y la pedagogía, un adelantado para su época. Su trabajo más meritorio fue la fundación de una Escuela Universal que educaba a los chavales, atendiendo a criterios que resultaron más fructíferos que los que imperaban en las demás escuelas, todas ellas ligadas a una confesión religiosa.

Un hermano suyo, llamado Gebrayel, se había marchado a Cuba a principios del siglo, arrastrando a otros miembros de su familia a la emigración. Maalouf no supo la verdadera peripecia de su tío abuelo en la isla hasta que leyó con atención los viejos papeles que guardaron sus abuelos. Y un buen día se fue al Caribe para descubrir cuánto había de inventado y cuanto de cierto en las leyendas familiares que escuchó de niño.

Aunque no es una novela, el libro se lee con el mismo interés pues Amin Maalouf tiene un don especial para la narrativa. También es interesante el contexto histórico, pues en aquellos primeras décadas del XX el imperio otómano tuvo su decadencia y en el mapa político empezaron a aparecer los países que hoy conforman una parte de Asia y otra de Europa.

sábado, 26 de julio de 2008

Las mujeres mineras

Josey Aimes abandona a su marido, que la golpea, y regresa con sus dos hijos, a Minnesota, al hogar de sus padres, donde es recibida con recelo. Josey tuvo a su primer hijo con 16 años y nunca confesó de quien lo había engendrado. Josey se coloca en una peluquería, y ahí la encuentra una vieja amiga, Glory, que trabaja como camionera en la mina en la que están empleados la mayoría de los hombres del pueblo. La mina ha tenido que aceptar que algunas mujeres se incorporen a su plantilla. Josey ganaría en la mina seis veces más que en la peluquería, podría comprarse una casa propia, mantener a sus dos hijos...

La experiencia es más complicada de lo que pueda soportar una mujer corajuda, como es ella. Los compañeros consideran que las mujeres ocupan puestos que no les corresponden y aprovechan cualquier situación para vejarlas y acosarlas. Josey reacciona ante esta situación, sin que ninguna de las otras mujeres la respalde, no sólo por temor a perder su empleo, sino también porque ellas mismas, atenazadas por unos principios rancios y demoledores, consideran que están donde no debieran.

La película, cuyo título original es North Country, lleva en castellano un título que me confundió. "En tierra de hombres". Según reza un letrero inicial, está basada en hechos reales, en la verdadera lucha de las mujeres estadounidenses por conseguir una equiparación de derechos laborales con los varones, la lucha por la supervivencia, el respeto social y la independencia económica.

No entiendo por qué una mujer tan guapa se mete en estos líos, por qué no buscas otra salida. le dice en una escena el abogado a Josie. ¿Un hombre que me mantenga? pregunta Josie. No aspiro a eso, agrega la mujer.

Aunque el guión es ficticio, me conmueve pensar que hubo mujeres que tuvieron que pelear de manera similar a la de las protagonistas de como las protagonistas de esta película, mujeres que padecieron discriminación, tratos vejatorios y conflictos familiares a causa de su incorporación al trabajo; que se enfrentaron a la sociedad, a los convencionalismos, a las leyes y a sus propias familias, demostrando una capacidad de aguante y un valor que ni ellas mismas sabían que poseían.

Ayer vi esta película, esperándome, a tenor del título que se le ha dado en castellano, una aventura de vaqueros a las que no soy en exceso aficionada. Y me sorprendió, me indignó y me emocionó la historia de Josie, a quien pone una cara, hermosa y cargada de sentimientos, esa actriz magnífica que es Charlize Theron.

miércoles, 23 de julio de 2008

Los superventas

Estaba llegando ya a la página 500 del libro cuando me tropecé con una entrada antigua de Anab en La puerta deshecha, reflexionando sobre los que se nos anuncian como best sellers, ese género literario que aglutina novelas abultadas, de temática variada (histórica, fantástica, trágica, misteriosa), llenas de personajes heroicos y de acontecimientos desmesurados, que se venden como rosquillas en los grandes almacenes y en las librerías, sobre todo cuando llevan la firma de uno de los autores ya reputados en esta especialidad.

Dice Anab que no hay que negarse en principio a "quemarse" las manos con un novelón de esta categoría, que, desdeñando prejuicios, hay que leerlos para forjarse una opinión propia al respecto. Y yo apoyo su tesis. No es que me proponga animar a nadie a que se engulla un mamotreto de esta índole, pero sí que voy a declarar, sin pudor ninguno, que he leído ciertos títulos famosísimos por curiosidad y por hacerme una idea de cuáles son los ingredientes que los convierten en superventas.

Los llamados Best sellers suelen ser novelas de lectura fácil, o sea, que el lector no necesita emplear muchos recursos intelectuales para asimilar el argumento, para entender el comportamiento de los personajes, para degustar el lenguaje (que suele ser simple y básico) o los giros sintácticos. Todo está muy bien explicado para no crearle al usuario dudas sobre quiénes son los buenos, quiénes son los malos y cómo piensa cada uno de ellos. Sólo hay que dejar que los ojos se deslicen por los renglones y pasar las páginas. No hay que echarle al asunto ni emotividad, ni destrezas mentales, ni demasiada imaginación.

Son libros que, como dirían los detractores del arte comprometido, de las obras espesas y complicadas, no te obligan a "pensar", no te hacen sufrir. Son novelas que te entretienen y te ayudan a evadirte de la realidad ambiental. No se precisa mucha experiencia en la lectura para engullir sus cientos de páginas, al igual que te zampas un platillo de aceitunas o una bolsa de patatas fritas.
Pero a algunos lectores no nos basta con que un libro nos ayude a matar el tiempo; también queremos que nos aporte algo: que nos sorprenda, que nos emocione, que nos enseñe, que nos revuelva los sesos, que nos obligue a coger un diccionario, que nos haga recapacitar, que nos provoque un lamento o una sonrisa, que nos soliviante, que nos cautive...

"...tildar a una obra de «superventas» sólo implica un gran nivel de ventas y difusión, y no necesariamente una calidad excelente o un rigor académico impecable", dice la Wikipedia cuando buscas la definición de bestseller. Un comentario que es válido para muchas de las novelas que se venden a millones en la actualidad, pero no lo es para el libro más vendido de la literatura española, el best seller de la lengua castellana. Ese que cuenta las andanzas del caballero Alonso de Quijano.

jueves, 17 de julio de 2008

Poemas de Rodolfo

Me resulta difícil escoger uno entre todos los poemas, para compartirlo con quienes no lo tenéis a mano. El libro se titula Al oeste hay apaches y su autor es Rodolfo Serrano, cuyo blog visitais algunos de vosotros. Rodolfo es un periodista de calibre superior pero también es narrador y es poeta. Y un gran tipo.

El martes Rodolfo presentó el libro, rodeado de amigos que se llevaron sus versos en los bolsillos. Aunque es difícil escoger, voy a transcribir un poema, Lección de historia, que a mí me suena como campanas tocando al atardecer de un día nublado de estío .


De todas las historias, y si puedo, he de elegir la nuestra.
La que nunca saldrá en los calendarios ni en los libros escritos.
La que tú y yo dejamos pintada en las paredes y en las sábanas.
Aquella que no tiene hazañas que contar más allá de nosotros.

De todas las más bellas epopeyas, prefiero la marcada
en tus labios benditos, la heroica odisea de una noche contigo.
El cansancio sin sudor de los dioses en cualquier madrugada,
la conquista sin sangre de aquella fortaleza que llamaba tu cuerpo.

De todas las historias, me quedo con tu nombre,
Aunque nadie lo sepa, aunque ya no sea mío.

jueves, 10 de julio de 2008

A favor del cuento (II)

Un poeta me dijo hace años que el cuento es una medida literaria muy adecuada para la vida moderna, que sólo te brinda espacios de tiempo breves y comedidos para dedicarte a la lectura. Mientras te desplazas en el transporte público de casa al trabajo o viceversa, cuando te sientas a desayunar en un cafetín o haces cola frente a la ventanilla del banco, mientras esperas turno en la consulta del médico o frente al mostrador de la pescadería puedes leerte las cuatro o cinco páginas que componen un relato. Desde el título hasta el desenlace.

Quien así procede en un establecimiento comercial es mirado por los demás parroquianos con curiosidad y, en algunos casos, con un pelín de envidia. "Para la próxima compra me traigo yo también un libro", me dijo una tarde una mujer de edad mediana, que había colocado su carro detrás del mío en un supermercado urbano. La mujer estaba tan aburrida como yo, porque era un día de gran ajetreo comercial y la espera se alargaba ya diez o quince minutos. La inmersión en un relato de misterio me ayudó entonces a sobreponerme a la impaciencia, a la sensación de estar perdiendo el tiempo que me hubiera soliviantado si me hubiera tenido que limitar a ver las maniobras de la cajera, mientras me tocaba a mí colocar mis alimentos en la cinta móvil de la caja.

Si lees, no te aburres, no te irritas, no te pones a pensar en lo que podías estar haciendo en otro sitio, no te mosqueas porque el litro de leche ha subido de precio o porque el niño que va con el señor de la cola de la izquierda te ha dado un codazo o un pisotón.

En el metro, en el autobús o en el tren, los cuentos son buenos compañeros de viaje. La lectura alivia la tensión del que va con prisa o el tedio de quien contempla a diario los mismos paisajes, las mismas escenas urbanas. Así lo deben haber pensado los responsables de la empresa de Transporte Urbano de Granada, que subvenciona la edición de Relatos para leer en el autobús.

También he encontrado un volumen de cuentos con un destino similar. Se titula Cuentos breves para leer en el bus, y está editado por Belacqua de Ediciones.
Si tenéis alguna sugerencia al respecto, decídmela, por favor. Y si os ha ocurrido algo divertido cuando estabais leyendo fuera de casa, me gustará saberlo.

sábado, 5 de julio de 2008

A favor del cuento (I)

Aunque entre la gente de los blogs hay adictos, partidarios y cultivadores, lo cierto es que el cuento o relato corto no es un género literario con un gran éxito editorial ni comercial. Los relatos, dicen los editores, no venden, así que contadas son las firmas que se molestan en sacar a la luz un libro de cuentos. A mí esto me parece bastante paradójico.

Desde pequeños hemos leídos cuentos, hemos oído cuentos en nuestra familia, los hemos escuchado en la radio, en la televisión, en la escuela… Hemos pedido cuentos para dormirnos y los hemos repetido años después, convertidos ya en adultos, para calmar y contentar a los niños que nos rodeaban. ¿Por qué entonces entre nosotros se estiman en tan poco los cuentos? ¿Por qué cuando vas a comprar un libro para ti o para regalárselo a otra persona eliges una novela antes que un compendio de relatos cortos?

Quizás nos hemos creído que los cuentos son exclusivamente para los críos o para los lectores ocasionales. O que los cuentos son textos menores que el autor inventa para entretenerse o romper su tensión cuando ha rematado una novela y aún no ha comenzado la siguiente.

También puede ocurrirnos que hayamos generado una cierta animadversión hacia los cuentos porque hemos leído (y no digerido) algunos de esos muchos relatos que durante los meses de verano rellenan las páginas de los periódicos y las revistas que no cierran por vacaciones. Muchos cuentos de esta época son (no me voy a cortar en decirlo) realmente infames: están mal escritos, mal concebidos y mal estructurados. Da la impresión de que el autor no ha puesto el alma en la tarea, de que ha escrito lo primero que se le ha ocurrido para salvar el compromiso y embolsarse unos euros con relativa facilidad. Aunque también puede ser que el escritor no domine el género, porque no todos los novelistas, ni todos los ensayistas, ni todos los dramaturgos, ni todos los periodistas poseen dotes para escribir un buen relato.

Si no es vuestro caso y queréis disfrutar de historias de gran calidad, o si no os gusta mucho el género pero queréis daros una segunda oportunidad, permitidme que os sugiera que busquéis a Julio Ramón Ribeyro. Es un escritor peruano, que murió en 1994, a los 65 años, dejando una bibliografía suculenta. Alfaguara publicó por esas fechas un grueso volumen con todos sus relatos, que es una verdadera joya.

martes, 1 de julio de 2008

Hablar es salud

Hablar, charlar, conversar, platicar, dialogar, departir, hacer tertulia... hay unos cuantos vocablos para referirse a los placenteros momentos que dedicamos a intercambiar noticias, ideas, comentarios, sensaciones, anécdotas, chirigotas con los amigos y los conocidos. ¡Qué bueno es tener gente con la que hablar! Citarse con alguien para charlar es una de las actividades más sanas y beneficiosas en las que podemos emplear nuestros ratos de ocio.

Sí, es una actividad sana. Lo he expresado correctamente. conversar es una actividad grata pero también es saludable. Estoy segura de que mucha gente comparte conmigo esa opinión, pero si alguien lo duda, recurro al libro del que os entresacaba hace unos días ciertas frases referidas a la salud y el buen humor. El libro es "La fuerza del optimismo", del psiquiatra Luis Rojas Marcos.

Dice así el doctor Rojas: " No me canso de resaltar los beneficios emocionales que nos aporta hablar. Gracias a los vínculos que existen entre las palabras y las emociones, hablar no sólo nos permite desahogarnos y liberarnos de las cosas que nos preocupan, sino experimentar los sentimientos placenteros que acompañan a la comunicación entre personas queridas. De hecho, evocar, ordenar y verbalizar nuestros pensamientos en un ambiente acogedor es siempre una actividad gratificante. Por eso, somos muchos, aunque no lo digamos, los hombres y las mujeres que cuando no contamos con interlocutores humanos hablamos al perro, al gato, al pajarito o a la planta que viven en casa. Y no pocos nos sentimos mejor cuando hablamos con nosotros mismos, eso sí, en alto".

Cuando exponemos nuestras penas y nuestras inquietudes a una persona a la que estimamos, soltamos lastre y aligeramos la carga que llevábamos encima. La tristeza, la angustia, la añoranza parecen más livianas cuando la moldeamos en palabras para que nos entienda quien nos escucha. Hasta puede ocurrir que, al departir, nosotros mismos descubramos la fórmula adecuada para sobreponernos al mal trance.

Por eso, en otro capítulo del libro, afirma Rojas Marcos que las desdichas son para compartirlas.

Y si no tenemos un interlocutor, una oreja amiga en la que volcarnos, nos queda la solución que el propio psiquiatra apunta: hablar en voz alta con nuestro otro yo, increparnos o halagarnos, o colocarnos delante de un espejo y decirle con claridad lo que pensamos del hombre o la mujer que nos mira con atención desde el otro lado del azogue.


(Cuadros: La tertulia del Café Pombo, presidida por Ramón Gómez de la Serna, obra de José Gutiérrez Solana y La Tertulia, de Angeles Santos. Ambos cuadros pertenecen al Museo Reina Sofía)

jueves, 26 de junio de 2008

Palabras de Atwood

¡Cuánto me alegro de que a Margaret Atwood le hayan concedido el Premio Príncipe de Asturias! Voy a aprovechar la circunstancia para rescatar unos apuntes tomados al hilo de la lectura de un libro, titulado La maldición de Eva, (Lumen , 2006). El volumen recoge, entre otros trabajos de la escritora, una conferencia que dictó sobre la escritura. Transcribo un fragmento.

"Como personas las mujeres tienen una gran variedad de experiencias de las que aprender. Tienen sus propias experiencias con los hombres, por supuesto, pero también las de sus amigas ya que, dejando de lado el síndrome de la anécdota obscena, las chicas hablan de hombres más que los hombres de mujeres. Las mujeres están dispuestas a hablar con otras de sus miedos y debilidades. Los hombres no están dispuestos a hablar de los suyos con otros hombres dado que el mundo es todavía una selva donde los animales se devoran entre sí”.

Atwood, cerca de cumplir los setenta años y poseedora de una respetada bibliografía, que abarca novelas, ensayos y poesía, no deja de predicar a favor de las mujeres, sin preocuparla que se la tache de feminista radical, de postfeminista o de cualquier otra lindeza de esas que se usan para descalificar a quienes aún pelean por conseguir para las de su género un puesto en la sociedad equiparable al de los hombres, la consideración cultural que se merecen y la protección legal que se les debe como miembros activos de la comunidad. Sus palabras son difíciles de rebatir porque Atwood las avala con una larga experiencia, un prestigio internacional y una dosis de ironía que no les restan dureza ni legitimidad.

No es sensato generalizar. Hay hombres que trabajan por el bien de las mujeres, que las tratan como a sus iguales, que valoran sus criterios. Es verdad. Pero también lo es que, en este mundo nuestro, supuestamente civilizado, ciertos hombres se resisten a escuchar a las mujeres cuando hablan de sentimientos, inquietudes o pesares. Será por prejuicios, será por desinterés, será por que las temen. Pero los hay. Si esos hombres que no escuchan se dedican a la literatura y han de crear un personaje femenino, lo más probable es que no atinen, que generen un espantajo, una parodia de mujer.

Yo he leído libros cuya protagonista no tenía de mujer más que el nombre de pila y la descripción de su atavío. (Y uno de esos libros es un título de impacto universal). También he detectado casos totalmente opuestos: los personajes femeninos de García Márquez o de Muñoz Molina (por citar sólo dos escritores que reverencio) me resultan tan auténticos, tan entrañables y densos que estoy convencida de que estos dos autores-hombres, cuando las mujeres hablan de sus cosas, las escuchan con los oídos, con el cerebro y con el corazón.

¡Enhorabuena, señora Atwood!

martes, 24 de junio de 2008

Lecturas desde la nieve

El pasado sábado, el suplemento cultural Babelia dedicaba dos páginas a la literatura que se hace actualmente en los países del norte de Europa. Transcribo el primer párrafo:

"En la enigmática y aislada Islandia, una de cada diez personas publicará un libro a lo largo de su vida. En una Noruega bañada en oro negro, un novelista puede recibir un sueldo vitalicio. En Suecia, ya en 1900, el proletariado organizó su propia red de bibliotecas, convencido de que la educación era la mejor arma frente al poder. Los finlandeses compran de media diez libros al año; y en Dinamarca editar nunca es una ruina porque el Estado compra ejemplares para todas las bibliotecas públicas. Si además se tiene en cuenta que el analfabetismo desapareció en los cinco países escandinavos hacia 1850, no es de extrañar que su producción literaria sea extensa y de calidad."

Imagino a las gentes que habitan en países donde el frío del invierno es intenso. Las imagino recluyéndose en las casas, en las bibliotecas, en las aulas con un libro. Imagino a niños y adultos devorando páginas de novelas y cuentos que hablan de ellos mismos, de sus relaciones con otros países más cálidos, compartiendo lecturas que encienden la fantasía, la imaginación, el debate, las sensaciones más diversas. Y siento ganas de compartir esas lecturas yo también.

En el artículo al que corresponde esta introducción (lo podéis leer entero pinchando aquí) se citan los nombres de algunos escritores que ya han rebasados sus fronteras y llenan las estanterías de los lectores españoles. Los más renombrados son Jostein Gaarder , el autor de "El mundo de Sofía"(con el que unos aprendieron los rudimentos de la filosofía y otros recordamos las lecciones olvidadas) y, por supuesto, Hening Mankell, el creador del inspector Wallander, del que me declaro una forofa.

Pero también hemos leído en España a Peter Hoeg, el danés que escribió "La señorita Smila y su especial percepción de la nieve", de la que hizo una versión cinematográfica Billi August, y un libro maravilloso titulado "El siglo de los sueños", que narra la historia de una familia a través del tiempo.

Influida por el buen recuerdo de estas lecturas, me he ido esta tarde a la biblioteca y he buscado ejemplares de otros autores que se citan en el texto. Me ha traído conmigo una novela del noruego Kjartan Flogstad y una compilación de relatos de Kjell Askildsen, también noruego.

¿Habéis leído vosotros a estos autores? ¿Tenéis predilección por alguno de ellos?

(Arriba, Heninng Mankell. Debajo, Peter Hoeg)

PD. Aunque no viene de la nieve, sino que vive bajo el sol de Cataluña, os pongo aquí el enlace con un autor que acaba de publicar una novela juenil que se titula "Astralis". Está en su página web.