miércoles, 20 de abril de 2011

Relato con barrendero

Éste era un hombre que tenía la rara cualidad de saber escuchar con interés a cuantos se acercaban a él todas las mañanas mientras desempeñaba su digno oficio, que era el de barrendero de las calles céntricas de la ciudad. 

Estaba el hombre en el trance de mover el escobón sobre las sucias baldosas de las aceras cuando, con cautela unas veces, con desparpajo otras, se le arrimaba un vecino madrugador, el empleado de una oficina ubicada en un inmueble mediato o el dueño de la papelería con más solera de la barriada, con el evidente afán de entablar conversación. El barrendero aligeraba el ritmo de los escobazos y se aprestaba a la charla que, en algunos casos, podía alargarse varios minutos sin que, por ello, el hombre dejara de cumplir su tarea ni diera muestras de impaciencia o aburrimiento ante la avalancha de datos y comentarios de los que le hacía partícipe el ciudadano (o ciudadana) que le había convertido, en plena calle, en su confesor o en su psicoterapeuta. 

Un día acertó a pasar por la plazuela donde el barrendero ejercía sus funciones cotidianas un magnate de la industria que, esquivando a sus guardaespaldas, había emprendido un paseo callejero para aliviar sus disgustos y reflexionar sin agobios sobre la situación de su emporio, que durante las pasadas jornadas había sufrido serios reveses en las cotizaciones de la bolsa nacional. Aunque no se había arruinado porque eran copiosas sus propiedades y sus cuentas secretas en el extranjero, el magnate había caído en tal depresión que a punto estaba de cometer un disparate. 
Al intuir el desánimo del paseante, el barrendero le dio los buenos días y le comentó la temperatura ideal que traía la mañana. El industrial le siguió la corriente y, al cabo de un rato, se hallaban los dos hombres perorando a sus anchas sobre la economía internacional, la crisis energética y los deplorables hábitos de consumo de los habitantes de la ciudad. 

El industrial se despidió del barrendero asegurándole que iba a sopesar detenidamente algunas de las ideas que habían surgido al hilo de la plática, las cuales le ayudarían, tal vez, a reflotar su negocio. El barrendero se quedó tan contento meneando su escobón, cerciorándose, una vez más, de que no hay mayor regalo para un hombre doliente que abrirle los oídos y darle un poco de palique. 
A los cuarenta días exactos de su encuentro con el magnate, el barrenero recibió una carta en la que se le informaba de que la empresa adjudicataria de los servicios de limpieza de los distritos del centro, que a él le contrataba, había sido adquirida por un consorcio industrial de gran pujanza financiera, cuya primera medida sería sanear la plantilla, despidiendo a los empleados con más edad y menores índices de productividad.

Barrendero madrileño infatigable
Cuando el magnate, acompañado, ahora sí, por sus guardaespaldas, regresó a la plazuela donde había empezado a gestarse su buena fortuna actual, se percató, sin asombro ni curiosidad, de que había una jovencita mulata barriendo las baldosas públicas, la cual, si le hubiera preguntado por él, no habría sabido darle cuenta del destino de su antecesor ni, aún menos, de las circunstancias en las que había sido despedido de la empresa de la que el paseante era, precisamente él, accionista mayoritario y principal.

3 comentarios:

Merche Pallarés dijo...

Qué bonita pero triste historia. Desgraciadamente, éstas injusticias están pasando a diario... ¡Tenemos que rebelarnos! ¿Has leido mi último post? Sería estupendo si lo pudieras publicar en el tuyo. Besotes, M.

José Núñez de Cela dijo...

Real y tremendo.
Tierno y despiadado.
Humano e inhumano.

Me viene a la cabeza, ¿como no?, la canción de Los Sirex.

Si yo tuviera una escoba, cuantas cosas barrería...

sobrán más comentarios.

Saludos

Euphorbia dijo...

Fantástico relato.
Para la maquinaria de una empresa somos simples piezas que si están viejas o no rinden, se reemplazan, no caben sentimientos.
Me gustan las estatuas a pie de calle, aquí no tenemos muchas de éstas.
Un beso