sábado, 12 de diciembre de 2009

Ciclistas en la ciudad

No les atemoriza la magnitud del atasco ni el peso pestilente de la contaminación. No les detienen las zanjas ni las vallas de las obras que jalonan las calles de la ciudad. Ellos siguen pedaleando sobre el asfalto, rumbo a su escuela o a su oficina, a cumplir un recado o a participar en una fiesta vespertina. Hay chicas bien arregladas, chicos con mochilas a la espalda, señores maduros, tipos de atuendo estrafalario... Circulan por la ciudad sorteando las moles de los autobuses, la fiereza de los vehículos, aguantando sus humos y sus bocinazos.

Para mí son una especie de héroes urbanos. O, cuando menos, gentes valientes que se arriesgan al porrazo y a la asfixia en una ciudad que resulta agresiva para todo el que circule sin la protección de la carrocería de un coche o de un autobús. Agresiva sobre todo para los viandantes y los ciclistas.

En Madrid los ciclistas existen, aunque apenas se les perciba entre la masa espesa del tráfico que invade sus arterias como un colesterol maligno. No disponen de carriles especiales para circular por los barrios céntricos, no son respetados como debieran por los automovilistas, no gozan de la simpatía de los peatones porque a veces se meten por las aceras para protegerse de los coches, no cuentan con el apoyo de las autoridades locales para hacer sus recorridos. O sea, que existen porque son valientes y arriesgados, no porque las circunstancias sean favorables para este medio de transporte limpio, barato y, sobre todo, no contaminante.


En Barcelona y Sevilla las bicicletas son multitud. Los ayuntamientos de esas ciudades han implantado un servicio de uso público que sirve a los barceloneses y a los sevillanos para desplazarse por las calles de la localidad. El usuario coge la bici en un aparcamiento cercano a su domicilio o a su lugar de trabajo y la deja, minutos después, en otro aparcamiento próximo a su destino. Abonarse a este servicio, me contó un ciclista en Barcelona, cuesta 30 euros al año. En la foto de arriba retraté un estacionamiento de bicis en la Plaza de Cataluña.

En París los grupos de ciclistas son frecuentes en las avenidas y en los puentes que cruzan el Sena, como estos que circulaban una mañana de septiembre por Pont de Alexandre.

En París las bicicletas son tan cotidianas que en ellas circulan señores y señoras septuagenarias, personas que acuden a fiestas y cenas de gala, con vestido largo y pajarita, familias con varios retoños, ejecutivos de traje y corbata, estudiantes, turistas.

En Madrid, en cambio, los ciclistas son solamente personas audaces que combaten a diario con el inhumano tráfico de las calles y que no cesan de pedir que se les respete y se les habiliten vías de circulación. Desde hace cinco años hay un movimiento en pro de la bici que está empezando a tener repercusión en los medios de comunicación: todos los últimos jueves de mes se concentran en la Plaza de Cibeles y emprenden por las calles cercanas una ruta que obstaculiza el tráfico rodado que invade el centro de la ciudad, como si éste sólo les perteneciera a los que van sobre motores. En este artículo vereís los detalles.

Lo más que ha hecho en esta ciudad el consistorio es plantar barras para aparcar las bicicletas en algunos puntos de la ciudad. Pero ¡ay!, que esto más que una ventaja es una trampa para los ciclistas. Porque los ladrones de bicicletas acuden directamente a estos aparcamientos, con cizalla y, tal vez, furgoneta, para llevarse las que están allí sujetas mientras sus propietarios hacen una gestión, asisten a clase o a una conferencia en un centro cultural. Si esos aparcamientos estuvieran llenos de bicicletas públicas, seguramente no las robarían. O se perseguiría a los ladrones con más ahínco que cuando las bicis son particulares.

Aquí os dejo un par de vídeos para disfrutar de la fiesta que se montan los ciclistas los últimos jueves de mes en esta villa machacada por el tráfico.