lunes, 21 de abril de 2008

Cecilia en el balcón (IV)

Asomada al balcón, clavada la vista en los escaparates de la acera de enfrente (el de la relojería, el de la zapatería, la cristalera del bar), la niña anuncia a su padre su intención de dejar de estudiar. Luego te casas y no te sirve de nada haber estudiado, le dice, influenciada por sus amigas, que se han inscrito en las clases de taquigrafía y mecanografía del colegio con el propósito de buscarse, cuando aprueben el bachillerato, un trabajo de secretaria que les permita acumular unos ahorros antes de llegar al matrimonio.

Son tiempos de oscurantismo y restricciones para todos. Tiempo de sumisión e impedimentos para las mujeres. Las chicas son educadas en el colegio para ser madres abnegadas, esposas complacientes, amas de casa sacrificadas. Las empleadas femeninas de los comercios y las oficinas suelen dejar sus puestos cuando pierden la soltería. Pocas mujeres casadas trabajan fuera del hogar.

¿Para que esforzarse en sacar una carrera si luego lo dejas todo para recluirte en casa, a fregar y a cocinar?, piensa la niña, con sus pocos años y sus cortas miras. Y así se lo expone a su padre.

Cuando los años transcurran, borrando las huellas exactas de las palabras, tergiversando los fragmentos del pasado, la niña recordará, empero, aquella tarde en el balcón, el gesto conciliador del padre y el tono apacible de su voz. A nadie le estorba tener unos estudios, tampoco a una mujer que se case, responderá él, persuasivo.

A las niñas no se les inculcan ambiciones profesionales. En el colegio las monjas no les dicen que pueden llegar a ser economistas, empresarias, pintoras, escritoras, ministras. Pero su padre la convence para que siga estudiando. Porque hay hombres que, aunque simulan una conformidad con el sistema imperante, confían en el valor y la inteligencia de las mujeres; hombres que contribuirán a que ellas se liberen, año tras año, de los grilletes ideológicos, de las cortapisas y las censuras, y avancen hacia un futuro en el que ellas asumirán el cincuenta por ciento del protagonismo social, cultural y político que les corresponde en buena lid.

Hombres como ese padre que en el balcón le hace a su hija uno de los mejores regalos que ella pueda recibir en su vida.

(Dedicado a los hombres que miran a las mujeres como sus pares, de los que hay unos cuantos en red)

9 comentarios:

Cigarra dijo...

Afortunadamente hubo, hay y cada vez habrá más hombres así. La abuela de mi marido, en el Aranjuez de 1900, estudió bachillerato en el instituto en una clase toda de varones, en la que sólo había dos chicas, ella y una amiga a la que convenció para no ir sola totalmente. Y su padre la animó y la respaldó. Y su hija, mi suegra, empezó la carrera de Quimica en el 34, aunque luego la guerra truncó sus planes y tuvo que ponerse a trabajar. Pero afortunadamente las mujeres tienen cada vez más aliados en el "otro" bando. Ahora lo que hace falta es que esta pequeña isla de liberación femenina que hemos conseguido en occidente se extienda al resto del mundo, donde las mujeres siguen viviendo como en la Edad Media, o peor.

brujaroja dijo...

Hay una cosa, que seguramente por inusual, tengo que señalar, porque es una deuda. En el colegio de monjas donde yo estudiaba (era la primera promoción de la EGB, hace ya millones de años), la monja que nos daba clase nos repitió hasta la saciedad que lo primero que teníamos que tener como objetivo era no depender económicamente de nadie. No era muy normal, ni siquiera entonces, pero yo tuve la suerte de contar con aliados así, incluso donde no parecía muy probable...

Gabriela dijo...

Yo creo que los hombres que apoyan a las mujeres son los que no tienen miedo a que ellas los eclipsen, les quiten trabajo o protagonismos. Los hombres más formados aceptan a las mujeres junto a sí y las tratan como iguales, hacen equipo con ellas en sus trabajos, les piden colaboración. Los menos propicios a la igualdad son los que temen que las mujeres los desplacen porque no están seguros de sí mismos, de sus capacidades, de su valía intelectual.
Como el italiano Silvio, prototipo de machismo latino.

fritus dijo...

El gran Mark Twain escribió una vez:"Aléjate de la gente que trata de empequeñecer tus ambiciones. La gente pequeña siempre hace eso, pero la gente realmente grande, te hace sentir que tú también puedes ser grande."
Por edad, tuve la oportunidad de estudiar derecho en una época en la que más de la mitad de los compañeros de aula eran mujeres. También lo eran algunos de los catedráticos mas brillantes que me han dado clase. Recuerdo con cariño a Doña Alegría Borrás, de internacional Público, a la Sra. Gispert, de Mercantil…había muchos otros ejemplos , pero en los dos casos se unía a una innegable preparación académica una personalidad encantadora que hacía que las clases estuvieran atiborradas de gente. Mi primer trabajo fue como pasante en el despacho de una abogada, mi jefa… He crecido creyendo que podemos hacer exactamente lo mismo, siempre, y supongo que eso ha sido gracias a hombres como el señor del balcón.

Un abrazo

josep estruel dijo...

De mis padres aprendí bastantes cosas,sobretodo igualdad y libertad.
Mi madre,ya estudió de pequeña en un colegio mixto,que ya era bastante normal en Barcelona.
Tengo en mis manos un libro de ella
EDICIONES BRUÑO
LECCIONES DE LENGUA ESPAÑOLA
BARCELONA
Para niños y niñas.Segundo Grado

Tengo otro que era de cuando yo era pequeño:
MI PRIMER MANUSCRITO porD.JOSÉ DALMAU CARLES.(SUPONGO QUE EL AÑO ERA 1940)

Hay unos mandamientos SOLO para niñas,que ya os podeis imaginar...
...Y a continuación dice:
[Hágase que las niñas lo lean,lo copien lo aprendan de memoria y lo reciten.Los niños sólo deben leerlo]
Y todo era igual.Creo que hay una gran diferencia entre un tipo de educación y otra,en cuando a
diferencia de años transcurridos.
Este padre que estaba en el balcón seguro que estuvo en clase con mi madre.
Un saludo.

ALBERTO LÓPEZ dijo...

Yo tengo que decir con mucho orgullo que mi mujer sea autosuficiente y un genio de la música y tenga total libertad de poder desarrollar todas sus aptitudes, que son mucho más que las mías, sin ningún tipo de barrera o traba. No concibo que hoy en día siga habiendo cafres que no aguanten la igualdad de sexos. SUpongo que todo es cuestión de formación desde la base.

fernando dijo...

Para mí, no hay diferencias entre hombres y mujeres. Por eso no me gusta ni la discriminación positiva ni negativa. Un beso.

Maria dijo...

A mi me daba la risa cuando me decían que tenía que ser una mujer culta para no aburrir a mi marido. Estudiar era importante por eso. En aquellos tiempos a muchos hombres les gustaba presumir de esposas universitarias y no le hacian aspavientos tampoco a que trabajaran en lo que quisieran. Otros sin embargo lo consideraban como una especie de afrenta, o un insulto a su valía personal y literalmente se lo prohibían a sus mujeres y decían cosas como ¿que van a decir los vecinos? ¿que no valgo para mantener a mi familia? A largo plazo los hombres quizas debieran reconocer que se les ha quitado tambien un buen peso de encima compartiendo gastos.

angela dijo...

A mí me enseñaron lo mismo pero, tenía un objetivo muy claro licenciarme en lo que me gustaba...y lo conseguí.Cuando llegué a la facultad eramos más chicas que chicos... claro, era una carrera de letras... pero ninguno de mis compañeros nos infra- valoraba ni nosotros a ellos... Espero que padres como el de esta niña sean cada vez más escasos .Hago méritos para que no quede ninguno. Un abrazo