viernes, 7 de marzo de 2008

Tiene que llover a cántaros

El invierno se recrudece en la calle. Pero aquí dentro, en este edificio triangular del centro de la ciudad, las palabras no tiemblan por el frío ni por el viento, sino por la emoción de quien las lee o las pronuncia.

En los pisos más altos, un enjambre de lectores pasea junto a las estanterías buscando entre los miles de libros, que en ellas habitan, un poemario, una novela, un manual de arte o un compendio de artículos periodistícos. O quizás no buscan una obra determinada, sino que revisan los títulos de las portadas y de los lomos anhelando que uno de ellos les sorprenda y los atrape en sus garras de papel, convenciéndoles de que en sus páginas se albergan secretos que les proporcionarán un rato de solaz y de emociones, un margen para el delirio, un impulso a su capacidad de reflexionar e, incluso, de crear.

Mientras tanto, en el piso de abajo, un poeta que ha hecho de la emoción su ley, un hombre venido de la Extremadura más potente, recita sus poemas cálidos, sus cantos de amor y de vida, sus afanes de amistad y conversación.

Y yo escucho, entre los versos del presente, el himno que, en tiempos pretéritos, nos prestaba Pablo Guerrero a quienes teníamos ganas de luchar, como él, contra el mundo sin libertad ni colores en el que habíamos crecido.

Tú y yo muchacha estamos hechos de nubes

pero ¿quién nos ata?

Dame la mano y vamos a sentarnos

bajo cualquier estatua

que es tiempo de vivir y de soñar y de creer

que tiene que llover, tiene que llover, tiene que llover a cántaros.

Estamos amasados con libertad, muchacha,

pero ¿quién nos ata?

Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio

preparada tu marcha.

Hay que doler de la vida hasta creer

que tiene que llover, tiene que llover,tiene que llover a cántaros.

Ellos seguirán dormidos

en sus cuentas corrientes de seguridad.

Planearán vender la vida y la muerte y la paz.

¿Le pongo diez metros, en cómodos plazos, de felicidad?

Pero tú y yo sabemos que hay señales que anuncian

que la siesta se acaba

y que una lluvia fuerte sin bioenzimas, claro,

limpiará nuestra casa.

Hay que doler de la vida hasta creer

que tiene que llover, tiene que llover, tiene que llover a cántaros.

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