domingo, 10 de agosto de 2008

Cecilia en el balcón (V)

Las tardes de los domingos son más espesas que las del resto de la semana. Las horas son más largas y más acuciantes los deseos de escapar a la calle, a esa calle humedecida por la lluvia que la niña contempla a través de los cristales del balcón, cerrado al frío y al ocaso invernal.

Los adultos juegan a las cartas en el comedor. Los hermanos pequeños alborotan en sus habitaciones o corretean por el pasillo con sus triciclos. A la niña, tan lejos aún de la adolescencia, lo que le apetece es bajarse a la calle a pasear.


Al otro lado de la calzada, una pareja se detiene ante las vidrieras de la moderna cafetería que han abierto este mes junto al acceso a las cocheras de los tranvías. Asidas sus manos, los novios miran hacia el interior del local, dudando, tal vez, si entrar a tomarse algo o seguir su camino sin gastar dinero. A la niña le gustaría ser esa chica que pasea con su novio de la mano, le gustaría entrar en la cafetería y pedirle un refresco al camarero, sin pesar sobre ella la obligación de preparar los deberes del colegio, sin escuchar las voces que la apremiarán dentro de un rato para que vaya a cenar porque hay que acostarse temprano, que mañana es lunes y toca madrugar.

A la niña le gustaría muchísimo ser mayor.

No sabe todavía, porque ningún niño puede saberlo por avispado que sea, que los años le traerán, junto a la posibilidad de salir de casa las tardes de los domingos, un cúmulo de inquietudes y preocupaciones, que tendrá que ir resolviendo o aceptando con la lucidez y la tenacidad que sólo adquirirá cuando cumpla más años. No sabe, tampoco, que el paisaje que se extiende al otro lado de los cristales del balcón al que se asoma, no es un paraíso ni un jardín para los seres que por él se mueven con cierta libertad, sino un terreno abrupto por el que hay que circular sin perder nunca de vista el suelo para no tropezar ni caer en una sima camuflada.

Tampoco sabe que hay otras mujeres, no tan niñas como ella, que también se asoman a las ventanas para contemplar la vida que bulle tras los cristales, mujeres ventaneras a las que Carmen Martín Gaite ha rendido homenaje en su novela Entre visillos, un libro que, acaso, la niña leerá de un tirón durante las horas espesas de una tarde futura de domingo.

24 comentarios:

Miriam dijo...

Que lindo Cecilia! Cuando mi niña me dice que quiere ser grande, todo lo que escribiste se viene a mi cabeza y quisiera explicárselo. Pero no entendería, como yo no entendí cuando me lo dijeron. Todo lo que se vé desde el balcón se imagina diferente, con los ojos detras del cristal del deseo.
Besos enormes!

Mita dijo...

Y olé! Preciosísimo, inmediatamente se lo voy a leer a mi hija.
Besos

Merche Pallarés dijo...

Yo tambien fui niña de ventana cuando estaba en Irún. Tenía prohibido bajar a jugar en la calle... Aún recuerdo la visión del dia de mi primera comunión, aparté la cortina y vi a una casera (campesina vasca), vestida de negro, cruzando la calle con dos grandes marmitas (plateadas, relucientes) de leche, una sobre un redondel de tela sobre su cabeza que sujetaba con una mano y con la otra sujetaba la segunda. La imagen se me quedó grabada para siempre. Besotes, M.

m.eugènia creus-piqué dijo...

No me hables de los domingos !!!!
Los odio !!!
Todos de pequeños hemos querido ser mayores, sin saber lo que nos depara la vida, yo míraba por la ventana y no veía nada, era un quinto piso, solo los terrados vacíos del resto de las casas circundantes, a lo lejos divisaba Montjuic y nada más, muy triste,pero el coco trabajaba sín parar, yo tambien quería salir de paseo...

Antònia P. dijo...

Cecilia un relato perfecto.
De niña nunca miré por el balcón ¿para qué, si toda la calle nos pertenecía? Fue de más mayor cuando miraba y miro siempre hacia el horizonte infinito, hacia el vuelo de las golondrinas y las estelas de los aviones y también quisiera volar...
Besos

Julia dijo...

Hola Cecilia

Me asomo por primera vez a tu balcón, aunque sus vistas ya llevan tiempo atrayendo mi curiosidad. Hermosos textos.

No podemos dejar de sentirnos identificados, ¿quién no ha mirado de niño a través de la ventana y ha imaginado...?
El mar se me hacía tan cercano desde las ventanas de casa, su olor, el sonido del arremolinar de las olas en la orilla, el sonido de las gaviotas sobrevolando las antenas, las voces lejanas de unos niños jugando, entonces imaginaba figuras en las nubes. Me abandonaba a la dulce sensación de sentirme artista por un segundo, y pintar, pintar el cielo con volátiles figuras de algodón. Cuánta magia la de aquellos días. Entonces corría y bajaba a jugar, jugar, jugaaar.

Tengo que volver a releer los textos de Carmen Martín Gaite, me has traído su recuerdo, las sensaciones al leer sus libros... No tuve ocasión de acercarme a ella y pedirle que dejara su letra impresa en uno de ellos, he intercambiar algunas palabras... llegué a sus palabras demasiado tarde y nos dejó demasiado pronto.
Sabes... siempre la he imaginado disfrutando de las calles de mi ciudad...

Muy sugerentes tus recomendaciones y referencias de escritores.

Todo un placer leerte. Mi enhorabuena. Me tienes asomada a tu balcón.

Besos desde el sur.

memoria dijo...

Cecilia, cuántos recuerdos de tardes, no siempre de domingo, asomadas a cualquier balcón. Y es que las vistas, esté donde esté situado, suelen ser mejores que las que nos mantienen atrapadas de puertas para adentro.

Aunque se ha perdido un poco la costumbre de asomarse a tomar el fresco (y a curiosear) en los balcones, yo lo sigo haciendo. Me gusta ver pasar la vida desde arriba.

Feliz tarde de domingo.

Ferragus dijo...

Hermoso texto, Cecilia. Invitas a mirar este domingo con ojos de niño ¿Puede ser que haya visto a la pequeña Cecilia, asomada en este domingo? Sí, creo que los ojos de esa pequeña, resultaron ser los tuyos. Gracias.

Un beso, Cecilia.

Marcelo dijo...

Qué buenos consejos Cecilia...Había un boxeador tan brutal como agudo llamado Bonavena que decía: la experiencia es un peine que te ragalan cuando te quedas calvo. Cuidado, hay alguien que te sigue...
Empezó la campaña: por 100 comentarios al post n° 100 de Brujaroja. Colabore!

Arcángel Mirón dijo...

Cecilia, delicioso retrato. Me encantó. Me dio nostalgia de, supongo, tu vida de hace años. O de una vida que creaste.

Un abrazo grande.

Laura dijo...

Muy conmovedor, Cecilia. Yo me recuerdo de niña mirando por mi ventana y mi vecina de arriba me decía que perdía mucho tiempo así. ¿Qué sabía ella? Yo lo necesitaba, como necesitaba sentir que algún día sería la adulta que soy y pasearía, como paseo, por las calles mientras alguna niña me observa desde su ventana.

Euphorbia dijo...

De pequeña en los veranos en el pueblo no me dejaban bajar hasta después de la hora de la siesta y esa era mi máxima preocupación, pensar que mis amigas estaban en la calle y yo no podía salir.

mi despertar dijo...

Bello tu blog, voy a volver
Abrazos

begoyrafa dijo...

Yo fui un niño de jugar en la calle. Miré poco por los balcones, pero, y esta es la magia de tus palabras, me has trasmitido perfectamente la sensación que describes he visto a esa niña mirar tras las cortinas y también me ha apetecido decirle que se acueste temprano, que no tenga prisa y que no todos los domingos son soleados y no todos los chicos son novios maravillosos. Lo que pasa es que sería injusto decírselo, mejor dejarla soñar.
Un abrazo
Rafa

fritus dijo...

Precioso relato, Cecilia...( en el balcón) . Una de las motivaciones que me impulsó a viajar de Ibiza a Barcelona, y dentro de Ibiza, moverme a un área no urbana, fue el pensar que mis futuros niños podrían un día ir en bici por la calle, o ir a pescar en la bahía, lejos del stress que supone pensar que un niño anda por la calle en una megalopolis como Madrid o Barcelona.

Tengo cuarenta años, recuerdo como mi madre me acompañó al colegio ( a veinte minutos a pie) hasta los nueve de edad ...y solo permitió que volviera "solo" cuando empecé a coincidir en horario con mi hermano mayor, y puedo asegurarte que eran otros tiempos....

Un abrazo muy fuerte.

PD. Deberíais seguir teniendo tranvías en Madrid, recuperarlos, como se hizo en Barcelona...con ese alcalde tan gastador que teneis eso casi sólo sería la calderilla, comparado con las megaobras de esa ciudad en constante reconstrucción. Y es un transporte sostenible y no contaminante, y muy romántico.

Incombustible dijo...

No conozco el libro que citas en tu entrada, pero imagino debe ser magnífico.

Yo tampoco me asomé a la ventana, de niña, por las mismas razones de Rafa: viví mi infancia en una época durante la cual se podía jugar en la calle sin peligro (desafortunadamente, ahora no se puede). Mi hija mayor sueña con un balcón, donde poner un sillón y mirar la vida pasar, imaginando su futuro. No me lo ha dicho todavía, pero ya que tiene 12 años, seguramente le pasará lo que a la niña de tu historia: entrar a la cafetería, pedirse un refresco y todo eso.

Lo curioso es que yo no quise crecer más rápido, porque me lo pasé muy bien de pequeña. Ahora, con mis hijas, esa parte de la historia se repite: uno quisiera tenerlas pequeñas mucho tiempo... no sé si por generosidad o por egoísmo.

Me buscaré el libro en México, para poder leérselo a mis dos pirañitas.

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Hay libros que se anticipan al recuerdo de nuestro pasado.
Qué texto más hermoso el tuyo de hoy.

La Gata Coqueta dijo...

El domingo pasado me acordaba de una cosa que a su vez me recordaste ahora.

Era la fiesta de una zona cerca de donde yo estaba y al sentir los voladores más la música y las luces de la verbena, me ponía enferma porque yo quería ser mayor para poder ir.

Y eso sucedio varias veces en la temprana juventud, y siempre me veia detras de la ventana...

Esa fienta ha sido como cada año el primer domingo de Agosto, un rcuerdo más.

Muchos besos.

LA CASA ENCENDIDA dijo...

Cecilia, que identificada me he sentido con este relato.Cuantas veces me asomé a los cristales de mi ventana o de la puerta de cristales y cuantas y cuantas pensaba tras los cristles y por supuesto, he leido a Carmen Martín Gaite, ¡Me encantan sus poemas y más que nada, escuchar su voz tan personal!
Que bonito, me voy muy contenta.
Besicos muchos

Sibyla dijo...

De niños, ansiamos ser mayores y disfrutar de esa libertad idílica, que después se aparece a modo de espejismo...y cuando somos adultos, deseamos volver a esa infancia perdida, donde no teníamos responsabilidades mayores...

Nuestra vida es una continuidad de contradicciones

Un abrazo Cecilia:)

Abuela Ciber dijo...

Que bueno compartir nuestros momentos.
No miraba por la ventana, vi de niña y adolesente en una zona donde podiamos salir a jugar en la vereda, recuerdo la escondida, alrededo de la manzana, y cuando con gran picardia tocábamos timbres y salíamos corriendo, bueno cosas de niños.
Agradezco a abuelos y mis padres los hermosos recuerdos que conservo.
Y el desearse señorita al ver las parejas creo que es un sueño de toda mujercita.
Cariños y gracias por avivar buenos recuerdos.

Ignacio dijo...

eehhe...y nos tiraste el libro nomas...
ja

no, te quedo muy lindo, habria que ver que mas tiene esa niña por decir mas que por leer.

Álvaro Dorian Grey dijo...

Y quizás, cuando sea mayor, pensará en ser pequeña y ver la calle como antes la veía... Me ha encantado.
Saludos y salud

supersalvajuan dijo...

son peores las tardes de lunes en invierno. Infinitamente peores.