jueves, 13 de marzo de 2008

Castigado a leer

Aunque es sábado y puede acostase más tarde, esta noche el niño, al que podemos llamar Pablito, no verá la televisión. Sus padres le han mandado a su cuarto a leer. Quizás le han castigado porque se ha pegado con su hermana menor o porque ha estado guarreando con la sopa de la cena. Quizás su intención es desenchufarle de la pantalla del televisor porque ya lleva muchas horas conectado. Además, los profesores les han recomendado que procuren que Pablito lea en casa.

Imaginémonos al niño entrando en su habitación, cerrando la puerta a sus espaldas y pensando en lo injusta que la vida es con él. En vez de ver el concurso de la tele, tiene que coger un maldito libro y ponerse a leer. ¡Qué asco de libros! ¡Los odia!

Pablito se sienta en el suelo, mete la cabeza entre los brazos y se dispone a aburrirse hasta que le venza el sueño o hasta que sus padres se arrepientan de lo que han hecho y vengan a rescatarle de su enclaustramiento. Este niño, podemos deducir sin equivocarnos, no es un buen lector ni lo será en el futuro. Los libros para él siempre representarán un castigo.

Pero sigamos imaginando.

Imaginémonos que, al cabo de un rato, tal como el niño preveía, su padre entra en la habitación y, sin pronunciar palabra, coge un libro de la estantería y se sienta en el suelo, a su lado. Abre el libro por una página cualquiera y comienza a leer en voz alta. “Juliana destapó la caja y miró su contenido. Sus ojos se agrandaron por la sorpresa. Tanto tiempo esperando ese momento…”

Las perspectivas han cambiado, ¿no? El arresto de Pablito ha cobrado un matiz divertido porque ¿a qué niño no le gusta que su padre le lea un cuento, modulando la voz, explicándole las palabras que no entiende, comentando las situaciones con él?

Media hora o una hora después, la madre se asoma a la puerta de la habitación y descubre a Pablito y a su padre tirados en el suelo, rodeados de libros que han sacado de la estantería. Están decidiendo cuál será el próximo que leerán juntos.

Sí, las cosas han cambiado mucho. Gracias a su padre, que los ama y los aprecia, los libros ya no son un castigo para Pablito.

2 comentarios:

Dorian Grey dijo...

No lo podías haber descrito mejor.
Yo comencé a disfrutar de la lectura una vez que no me obligaban a leer libros.
Un saludo y salud

Franziska dijo...

A mí me gustaban tanto los cuentos que invertía cada céntimo que llegaba a mis manos para gastar en golosinas. Desde luego, compraba los de las colecciones de "Calleja" que estaban a mi alcance. Hace poco tiempo, descubrí, horrorizada, que eran abominables desde el punto de vista literario. Yo no reparaba, entonces, en ello.