lunes, 11 de febrero de 2008

Cecilia en el balcón (III)

El día de San Antonio, mamá baja del altillo de su armario una pieza de tela roja y amarilla para engalanar los balcones. La bandera se sujeta a las barandillas mediante docenas de trocitos de cinta negra, que ella ha cosido en sus bordes. Los niños ayudan a colgar la enseña en el balcón unas horas antes de que caiga el sol y salga la procesión de la parroquia. Los pequeños protestan porque la tela de la bandera les impide contemplar la calle. Los mayores se burlan porque ellos, si se ponen en puntillas, alcanzan a atisbar un tramo de la acera de enfrente y la mitad de la calzada. Cuando salga la procesión, tendrán permiso todos para subirse a los taburetes y a las sillitas de mimbre, siempre que haya un adulto vigilándolos.

La procesión de San Antonio es divertida porque no hay que estar callados ni apesadumbrados, como en la Semana Santa. No salen imágenes de cristos sangrientos; nadie llora ni regaña a los niños si se ríen o gritan cuando pasan bajo su balcón los penitentes encapuchados, las señoras con mantilla en la cabeza, los caballos montados por policías que tocan la trompeta.

La procesión es más divertida que las novenas en la capilla del colegio y las misas de los domingos; mucho más divertida que las charlas de las monjas sobre la lumbre del infierno y que los sermones de los curas que nos regañan desde el púlpito por los pecados que cometemos cada día, cada hora.

Somos niños y niñas de poca edad, apenas hemos cumplido los diez años, pero sabemos desde hace tiempo que el demonio está detrás de nosotros tentándonos, soplándonos en la oreja ideas malévolas para que nos apartemos de Dios. La imagen del infierno forma parte de nuestros paisajes oníricos, de nuestras conversaciones infantiles, de las aventuras que emprendemos con nuestra imaginación cuando proyectamos nuestra vida en el futuro.

Los años diluirán los temores de los niños y los convertirán en carcajadas cuando escuchen las prédicas de un cura viejo que, a estas alturas de nuestro siglo, asevera desde el Vaticano que el infierno sí existe. Si existe el demonio, se dirán entre sí, esperemos que tenga en sus fogones un sitio reservado para los que se dedican a meter miedo a las criaturas con historias truculentas de dioses rabiosos, vengativos e implacables.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

no, me parece peor que el obispo de Canterbury, protestante, diga que hay que aplicar la ley islámica en los barrios, o comunidades musulmanas de Inglaterra, un pasito muy chungo. Lo del vejete, pues hay que tomarlo según donde venga, hay que interpretar todo; mañana vendrá otro que diga otra cosa, y al fin y al cabo cada uno cree a su manera. Potosita.

cardenio dijo...

Lo del infierno es tan absurdo que para creerselo hay que tener mentalidad de niño. ¡Pobrecitos los niños, cómo los comen el tarro!

Anónimo dijo...

Me encantan las historias del balcón...

Belinda Shinshillas dijo...

Si esas gentes que se dedican a infundir miedo a las criaturas inocentes creen en el infierno y lo quieren compartir...solo tienen que ponerles la TV y sintonizar canales de noticias.

Afortunadamente como tu dices Cecilia en tu entrada las criaturas inocentes olvidan todas esas cosas absurdas y malevolas...esa es la magia de la conciencia humana, crece y desarrolla el poder de pensar por si sola.

Besos,
Belinda

PD siempre me nege a que mi hijo fuera a escuelas privadas ligadas a alguna religion. Creo que la educacion laica a temprana edad es mas util y sana para su mente.