miércoles, 23 de enero de 2008

Una noticia secundaria

La noticia pasa casi desapercibida entre las de mayor calibre. Los titulares de la prensa están cargados de invectivas de unos políticos contra otros, de augurios sobre el comportamiento de las bolsas, de cifras de heridos en choques múltiples y de loas a quienes pronto obtendrán un galardón cinematográfico en Estados Unidos, en cuyos espejos artísticos nos miramos los españoles. La noticia de las concentraciones a favor del aborto, que se han convocado para hoy en diversas ciudades españolas, no destaca tanto. Ni siquiera por lo sorprendente que es, a estas alturas del siglo veintiuno, que las mujeres (y algunos hombres, quiero suponer, que también a ellos les atañe el asunto) tengan que volver a salir a la calle como se hacía en los inicios de la democracia.

Los datos que han salido estos días, a raíz del acoso a las clínicas donde se practican abortos ateniéndose a una ley sancionada por el Congreso, son irritantes. En algunas comunidades autónomas las mujeres no pueden abortar en un hospital o en una clínica concertada aunque su embarazo suponga un riesgo para su existencia o sea fruto de un acto perverso. Lo que no se dice es si esas mismas mujeres a las que les está vedado el acceso a un servicio público, tienen la posibilidad de interrumpir la gestación pagando una cantidad de dinero en una clínica privada. Con uno de esos facultativos que, en su puesto oficial, se declara objetor contra el aborto.

Porque, no nos engañemos, siempre se ha abortado en España, incluso en los tiempos de la dictadura . Y no me refiero a los quirófanos clandestinos que montaban curanderas y matasanos de pocos escrúpulos, que se ofrecían a mujeres que no podían pagar mucho dinero por la operación. Me refiero a quirófanos o consultas bien equipados, regentados por galenos que seleccionaban su clientela con rigor, y les sacaban del apuro a cambio de un cheque abultado o un favor de otra índole, asegurándoles una gran discreción y no respetándose en todos los casos los supuestos que conformarían la ley de despenalización del aborto de 1985.

El caso es que aquí estamos, otra vez, a vueltas con un derecho que algunos se empeñan en negarle, no sólo a las mujeres (insisto) sino a hombres y mujeres de esta sociedad. ¿No tendrán otras cosas en las que ocuparse esos que incordian? Yo les sugiero que cojan un libro y se pongan a leer para entretenerse, para cultivarse y para entender a los demás. El primer libro que podrían leer es uno de John Irving que se titula Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra (Tusquets Editores, 1986), conocido aquí por la película de Lasse Hallström Las normas de la casa de la Sidra.


1 comentario:

Luis dijo...

Hola Cecilia.
Soy un auténtico viciado de la lecturas de los blogs de personas extrañas y siempre que veo alguna entrada de este tipo me paro para felicitar a la persona que lo ha escrito.
No podemos permitir que ocurran estas cosas que haya tanta hipocresía con este asunto.
Felicidades